Section 4. Analysis of economic and legal policies on labour productivity
3. Skills and skill development
Al formar terapeutas o supervisores, es importante dis- poner de un entorno apropiado para una terapia breve de orientación social. Estamos en plena transición de una tera- pia y una supervisión exploradoras y pausadas a un modo de trabajo orientado hacia la acción. Las agencias suelen se- guir por los caminos tradicionales aunque ya intenten cam- biar. Por su misma naturaleza, tienen procedimientos buro- cráticos estructurados sobre ideologías pretéritas. La intro- ducción de una nueva manera de hacer terapia puede cau- sar inconvenientes a todos. Como ejemplo extremo, pense- mos que un centro pediátrico puede solicitar una batería de tests psicológicos y una historia clínica detallada, e insistir en que el terapeuta lleve un registro minucioso del proceso terapéutico. Recuerdo que una vez me pidieron que comen- tara un caso presentado en un hospital privado. La clienta era una joven de dieciocho años que habla consumido un
3 Véase D. Grove y J. Haley (1993) Conversations on therapy. Popular
problems and uncommon solutions, Nueva York: Norton. [Conversaciones sobre terapia. Soluciones no convencionales para los problemas de siem- pre, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1999,]
poco de heroína, aparentemente para acompañar a su no- vio en esta experiencia. Recibí un informe diagnóstico de sesenta páginas. En la junta médica, comenté que un te- rapeuta orientado hacia el enfoque activo habría terminado el tratamiento en el tiempo que les había llevado preparar ese documento de sesenta páginas. (El comentario no fue bien recibido.) También señalé que el documento no incluía ningün plan de terapia, salvo la recomendación del cuerpo médico de persuadir a los padres y obtener su consentimien- to para internar a la adolescente por tres años, como mí- nimo. Después de la reunión, hablé con los médicos
resi-
dentes y me enteré de que habían recomendado tres años de internación porque ese era su tiempo de residencia.El contexto formativo para la técnica de supervisión re- comendada en este libro requiere un entorno diferente del tradicional. Intentar supervisar la práctica de un nuevo en- foque terapéutico en un entorno que exige todos los procedi- mientos antiguos puede ser un error. En el curso de unos años he introducido una terapia socialmente activa en va- rias agencias y he advertido que se pueden tomar varias medidas para facilitar la transición.
Ante todo, el supervisor necesita que el programa forma- tivo cuente con la aprobación de las autoridades máximas de la agencia. No queremos que los terapeutas en formación queden atrapados entre un supervisor y una administra- ción antagónicos. La aprobación debe incluir algunos cam- bios. Es preciso liberar al programa formativo de las restric- ciones impuestas por los procedimientos tradicionales, con la creación de una unidad que tenga sus propios proce- dimientos de admisión y alta, y su propia política sobre el registro del proceso terapéutico. Las notas serán breves pero darán una idea clara de lo ya realizado, por si otro tera- peuta se hace cargo del caso. El consultorio contará con un espejo de visión unilateral y varias cámaras de televisión. Los terapeutas en formación serán voluntarios, y no indi- viduos a quienes se les exige que hagan el curso. Las ideas del programa formativo no se impondrán a los miembros del cuerpo médico que no participen en él; sin embargo, se los debe invitar a que vengan a observar el curso en cualquier momento.
Este enfoque se asemeja a un emprendimiento comercial en que una compañía establecida crea una división para de-
sarrollar, experimentar y comercializar un nuevo producto. El proceso se mantiene aislado de los procedimientos habi- tuales de la compañía. Si el nuevo producto tiene éxito, es absorbido por la estructura global de la compañía; si fraca- sa, es cancelado sin estorbar el funcionamiento general de la empresa. Unas veces, un nuevo programa formativo tie- ne éxito y sus principios son adoptados por toda la agencia; otras, se lo expele y la agencia sigue funcionando del modo habitual.
11. Terapia compulsiva
Una joven principiante recibió el caso de un delincuente juvenil acusado de robo. Les habían dicho a sus padres que, si hacía terapia, el juez lo consideraría un paso positivo y no lo enviaría a la cárcel. El muchacho se presentó en el consul- torio con su familia, por cierto bastante numerosa (incluía a varios hermanos y un tío). La terapeuta organizó a la fa- milia en torno de la meta de impedir que el menor volviera a robar. Emergieron varios conflictos familiares, que fueron resueltos. La familia parecía satisfecha con la terapia; dijo que había podido discutir por primera vez varias inquietu- des. La terapeuta estaba complacida con su cooperación y aparente satisfacción. Se fijó fecha para el juicio y se concer- tó una sesión terapéutica para el día siguiente; en ella se discutiría lo sucedido la víspera, y sus consecuencias. El juez tomó en cuenta la cooperación de la familia en asistir a terapia y dispuso la libertad del menor. Al día siguiente, la terapeuta esperó a la familia para felicitarla por su éxito. No se presentaron ni cancelaron la cita. Cuando la tera- peuta los llamó por teléfono, informaron con bastante brus- quedad que no querían verla ni continuar el tratamiento. La terapeuta se indignó viendo que la familia simplemente la había usado como un medio de evitar que el hijo fuera a la cárcel. Al parecer, su cooperación había sido insincera; ha bían asistido a las sesiones con el único propósito de que la terapeuta informara al juzgado que habían cooperado en la terapia. Tras esta experiencia, la terapeuta sintió que ya no podía confiar en algunos de sus otros clientes; temía que sencillamente la estuviesen usando. Incumbía a su super- visor evitar que esta experiencia la empujara al cinismo y afectara negativamente su trabajo. No cabía duda de que había aparecido un nuevo tipo de terapia.
La terapia fue creada para prestar ayuda a las personas que la soliciten en forma voluntaria, a gente que tenga un
problema y no pueda resolverlo por sí sola. Todas las escue- las de terapia, y son muchas, se basan en la idea de que el cliente inicia el tratamiento por voluntad propia. Los tera- peutas discreparán en sus enfoques y técnicas, pero coinci- den en suponer que sus clientes están motivados a buscar ayuda. A tal punto se dio por sentada la naturaleza volun- taria de la terapia que hasta se sostuvo la imposibilidad de prestar ayuda a quienes no la solicitaran. Esas personas te- nían que tocar fondo; sólo así se desesperarían lo suficiente para pedir asistencia terapéutica y sólo entonces podrían beneficiarse con ella. El pago de honorarios por la ayuda prestada definía el carácter voluntario de la terapia.
En estos últimos años, ha aparecido otro tipo de terapia. Ahora abundan los tratamientos compulsivos. La prolifera- ción de los casos de abuso ha inundado el sistema judicial: abandono de niños, abuso fisico y sexual de menores, violen- cia conyugal, abuso de sustancias. Cada vez suman más las personas derivadas a terapia por orden judicial. A veces se suspenden las penas impuestas tradicionalmente por la ley y se trata el problema, quiéralo o no el cliente. En tales si- tuaciones, no es raro que este no quiera hacer terapia y que el terapeuta no desee tratar a alguien que viene al consulto- rio contra su voluntad. Ninguno de los dos desea la compa- ñia del otro. Este contexto se está haciendo habitual en la terapia contemporánea.
El descubrimiento de la terapia por el sistema judicial ha conducido a varios tipos de tratamiento compulsivo. Uno consiste en sentenciar al individuo a hacer terapia; es un tratamiento por orden judicial. Quienes han recibido esta sentencia tienen que asistir a sesiones terapéuticas —y pa- garlas— les guste o no. Obligar a la gente a pagar un trata- miento no deseado plantea curiosos problemas éticos.
En una segunda forma de derivación, un poco menos for- zosa, un funcionario judicial dice al, acusado o a su familia que hacer terapia sería una buena idea pues podría con- graciarlos con el juez.
Otra versión de la terapia compulsiva es utilizada por quienes creen que, si empiezan a tratarse antes de ser juz- gados, tendrán más posibilidades de que el juez sea clemente con ellos. No hacen terapia en busca de ayuda sino sólo para impresionar al juez. A veces, dicen al terapeuta que vienen voluntariamente y ansían cambiar; el clínico se da cuenta
de que ha sido engañado cuando el cliente simplemente desaparece después de la audiencia judicial. Pero algunos son sinceros y expresan que no tienen el menor interés en cambiar y sólo hacen terapia para no ir a la cárcel.
Veamos un ejemplo de un cliente sincero en terapia compulsiva. Un hombre joven entró en terapia junto con su esposa; lo habían sentenciado a someterse a tratamiento por tenencia y comerciali- zación de PCP.* El terapeuta entrevisté a la pareja y le preguntó al hombre si no le gustaría cambiar y abandonar las drogas. El respondió: «No; las he consumido durante muchos años, en ver- dad, toda mi vida, y lo disfruto. Me abstendrá mientras me hagan los análisis de orina ordenados por el juez, pero el día en que que- de libre volveré al PCP». «Usted sabe que el PCP es una de las po- cas drogas que causan lesiones cerebrales», dijo el terapeuta bus- cando el modo de motivarlo a abandonar las drogas. «No he notado ninguna lesión cerebral», replicó el hombre. El terapeuta se volvió hacia la esposa, para que lo ayudara a motivarlo más, y le pregun- té: «¿No querría verlo abandonar las drogas?». «Sinceramente, no», replicó ella. Y el hombre acotó: «Ella se droga más que yo. Nos drogamos juntos».
El terapeuta siguió buscando algún medio de estimularlos a reformarse. En un momento, la esposa comentó la posibilidad de tener un hijo y expresó cierta inquietud por el efecto que podrían causar las drogas en el bebé. El terapeuta se mostró complacido por este comentario. Salió del consultorio y, a poco, regresó con un folleto sobre los daños que ocasionan las drogas a los fetos. El joven le echó un vistazo y dijo: «Pues... no estoy seguro de querer tener un hijo».
Un terapeuta exasperado tal vez habría rechazado a este cliente potencial, pero con ello sólo habría devuelto el pro- blema al sistema penal (que había fracasado porque, de lo contrario, no habría recurrido a la psicoterapia). O el hom- bre se habría dirigido a otro terapeuta y le habría mentido en vez de decirle la verdad.
* [Sigla del anestésico «phenylcyclohexylpiperidine> (fenil-ciclohexil-pi- peridina), también llamado «piperidina», «phencyclioline» (fencicliolina) y, como droga de venta callejera, «angel dust» (polvo de ángel). ( N, de la 71)1