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The ERP implementation project – successful or less successful?

7.4. Findings

7.4.2. The ERP implementation project – successful or less successful?

La tentación más intensa para los aboga- dos, que los aparta de la idea idónea de con- traexamen, es la pretensión de preguntar para arribar a las conclusiones que ellos esperan del testigo (de nuevo, en la lógica de hacer del contraexamen un ejercicio autosuficiente). Se olvidan completamente que éste es un testigo hostil, reticente al caso del contraexaminador, y ceden a la pretensión -golosa hasta la gula- de que el testigo les ofrezca expresamente la conclusión desacreditante.

Dos cuestiones respecto de esto, dos caras de una misma moneda: se debe resistir a toda costa la tentación de hacer “la pregunta demás”; y: “¿qué esperabas que el testigo responda?”

La “pregunta demás” tiene muchas versio- nes. El formato más frecuente es la pregunta por la conclusión o por la explicación de la lí- nea de contraexamen. La tentación suele ser irresistible y uno puede ver, especialmente en los abogados de menos experiencia, cómo se les hace agua la boca por hacer la pregunta: “y, dado que la calle estaba obscura y todo pasó muy rápido, lo cierto es que usted no puede estar seguro de que la persona que vio haya si- do mi cliente, ¿no es cierto?” Y el testigo, por supuesto, responde: “no, no es cierto, lo vi per- fectamente, estoy completamente seguro de que era él”. El abogado entonces no tiene op- ción, sino replicar: “¿y cómo puede estar tan seguro?” (doble estupidez). Y, entonces, el tes- tigo ofrece una buena razón: “fue justo cuando se es tacionó un auto junto a nosotros, sus lu- ces nos iluminaron de lleno y, aunque efectiva- mente fueron solo algunos segundos, éste era

el hombre que acababa de matar a mi hija… ja- más voy a olvidar su rostro, lo tengo grabado para siempre, lo reconocería donde fuera…”. Mala cosa para el contraexamen. El testigo siempre va a tener una respuesta. Si la explica- ción es cierta, entonces al preguntársela esta- mos haciendo el trabajo de nuestra contrapar- te (estamos contribuyendo al examen directo); y, por supuesto, si el testigo no tiene una ex- plicación, va a inventar una. Lo que probable- mente nunca va a ocurrir es que el testigo di- ga: “¡recórcholis!, todo este tiempo pensando que era su cliente, pero, ahora que usted me lo sugiere, ¡guaaaauuuuuu!, tal vez no esté segu- ro de que sea él…”

Esto nos lleva a la segunda idea-fuerza, pariente de la pregunta demás, pero no exacta- mente lo mismo. Con frecuencia uno observa a los abogados realizar preguntas del tipo: “…y usted está seguro que lo que escuchó fue un disparo?”; o: “...y dígame doctor, usted se sien- te capacitado para ofrecer esta conclusión?” Y a uno le dan ganas de preguntarle al abogado: “¿y qué esperabas que responda, ¡imbécil!…?” Ya veremos, hacia el final de este capítulo, que salir a contraexaminar no es salir a pescar: un contraexaminador no hace preguntas cuya res- puesta no conozca. Pero esto es todavía mucho más básico: un contraexaminador no puede ha- cer preguntas en el vacío, sin ninguna sensibi- lidad o proyección acerca de la respuesta pro- bable del testigo. Este testigo y este perito están a punto de mandar a alguien a la cárcel por sus testimonios, ¿qué esperaba nuestro buen con- traexaminador? ¿Pensó que en verdad le podían responder: “¡cáspitas!, ahora que lo menciona, tal vez no haya sido un disparo…”; o: “¡recór- cholis!, ahora que me lo pregunta, tal vez ésta no sea mi área de experticia…”; o, tal vez: “¡Diablos, sus preguntas son temibles!”.

El contraexamen es, entonces, un ejerci- cio muy específico y concreto: mi teoría del ca- so y la información de que dispongo determi-

nan mis líneas de contraexamen, para cada una de las cuales tengo información de respaldo, asumiendo que estoy tratando con un testigo hostil a mi caso; cada una de esas líneas de contraexamen van a producir los insumos que necesito para argumentar mis conclusiones, y dicha argumentación la voy a construir en el alegato final. En muchas ocasiones, varias de estas líneas de contraexamen nos permitirán producir información más bien modesta, no de aquélla que solemos ver en los contraexáme- nes de Matlock, pero no por ello menos impor- tante a la hora de construir nuestro relato o descreditar la versión de nuestra contraparte en el alegato de clausura. El ser modesto con los objetivos perseguidos en el contraexamen no es, para una gran mayoría de los casos, un pro- blema, sino más bien una virtud del litigante.

Veamos, ahora, un clásico formato de contraexamen: la teoría del caso de la fiscalía es que el acusado mató a su víctima abriendo la llave del gas mientras ésta dormía. La defen- sa contraexamina al principal testigo de la fis- calía, quien afirma haber visto al acusado hu- yendo de la escena del crimen.

P: Sr. Quintanilla, usted ha dicho que comen- zó a sentir un fuerte olor a gas ya desde la entrada al departamento. ¿No es así? R: Así es.

P: Y también lo oímos decir que recuerda bien ese hecho porque se le llenaron los ojos de lágrimas…

R: Sí…

P: Y nos dijo que los ojos no le dejaron de la- grimar hasta que volvió a salir a la calle. R: En efecto, así fue.

(No le pido interpretación, conclusión, ni consecuencias sobre el tema de las lágrimas y el obstáculo que ellas representan para la visión; ésas son mías, en el alegato final.) P: Y dijo, además, que tardó apenas unos se-

gundos en marearse debido al olor del gas. ¿No nos dijo esto, señor Quintanilla?

R: Sí.

P: Y, de hecho, el mareo fue tan intenso, que tuvo que apoyarse en la pared, ¿no es así? R: Bueno, fue muy brevemente, sólo al co-

mienzo…

(Lo mismo sobre el mareo: estado mental al momento de la percepción).

P: Dígame por favor si es correcto que, para llegar desde la puerta de entrada a la pieza de la occisa, hay que subir las escaleras que quedan al final del pasillo.

R: En efecto.

P: ¿En cuánto tiempo hizo usted ese recorrido? R: No sé... no podría decirlo con precisión. P: ¿Sería justo decir que fue un minuto? ¿Dos? R: Un minuto, más o menos.

P: Y durante todo ese minuto estuvo expuesto al mismo gas que le llenó los ojos de lágri- mas y lo mareó en la puerta...

R: Bueno, sí...

P: Ese gas que, según nos dijo, tardó sólo unos segundos en marearlo y hacerlo

lagrimar... R: Sí.

P: Y mientras más se acercaba al dormitorio, más cerca estaba de la fuente del gas, el ca- lefont...

R: Sí.

(Lo mismo sobre duración de la exposición al gas.)

P: Déjeme ver si reproduzco bien sus pala- bras... usted abre la puerta, el gas lo marea, le llena los ojos de lágrimas, luego usted ca- mina hacia el dormitorio exponiéndose otro minuto más al gas, al mareo, a las lá- grimas y, cuando llega a la pieza, ve a una persona que está saltando por la ventana... ¿no es verdad?

R: Sí, así es como ocurrió.

P: Ahora déjeme llevarlo a otro tema... (Lo mismo sobre la reproducción completa de las condiciones de percepción: no le pido conclusiones respecto de ellas.)

De vuelta, será en el alegato final -y ni un segundo antes- cuando diremos al tribunal: "Señores jueces, ¿qué tiene el fiscal para acusar a mi cliente? ¡Ah!, sí: tiene un testigo quien, se- gún él mismo nos ha contado, tuvo que soste- nerse de la pared para no caer debido al ma- reo que le produjo el gas que había en la casa, y a quien, apenas entró a ella, se le llenaron los ojos de lágrimas por el gas... ésas eran las con- diciones en las cuales quedó tan sólo con los primeros segundos de exposición. Luego lo respiró durante un largo minuto más y, cuando por fin llegó al dormitorio, tuvo sólo un instan- te de segundo para ver a una persona que sal- taba por la ventana. Y asegura que dicha per- sona era mi representado...".

Lo que interesa recalcar aquí es que la pregunta que el abogado debe tener en mente al momento de encarar su contraexamen no es ¿cómo destruyo a este testigo en este acto? si- no, cosa distinta, ¿qué elementos de este testi- go necesito recoger o debilitar en mi alegato fi- nal?, pues en la mayor parte de los casos, será sólo allí donde podremos armarle al juzgador el puzzle completo acerca de “lo que dice la prueba de este caso".