¿Cómo es el trabajo de las mujeres en la actualidad? La situación, signada por la crisis y el ajuste estructural, desafía a la división sexual del trabajo como tal vez nunca anteriormente: la desocupación masculina, en los sectores más pobres; la necesidad de dos salarios para mantener el nivel de vida, en la clase media. Crece el número de mujeres “jefas” de hogar y el de hombres a cargo de los hijos/as y del trabajo doméstico. Muchos varones lo sufren como una condena ligada a la desocupación, asociada con una pérdida de la autoestima y un aumento de la irritabilidad. Muchas mujeres también lo viven como una pesada carga: aún cuando se liberan en gran medida de la “doble jornada”, el ideal del varón proveedor aún subsiste en las fantasías femeninas.
Existe un caudal importante de información recogida sistemáticamente a nivel mundial por la Organización Internacional del Trabajo. La OIT ha asumido un papel de relevancia en lo que se ha denominado “monitoreo” o “seguimiento” de los acuerdos firmados por los países en las Conferencias Mundiales sobre la Mujer. En su informe de 1996, este organismo de las Naciones Unidas caracteriza el estado de la cuestión:
En todo el mundo, las mujeres están peor remuneradas que los hombres y no se aprecian signos de un cambio inmediato de tendencia. La mayoría de las mujeres siguen ganando, como media, tres cuartas partes del salario que perciben los hombres fuera del sector agrario.
Las mujeres ocupan un 14% de los puestos administrativos y de gestión y menos del 6% de los cargos de alta dirección de todo el mundo.
En los países desarrollados, las mujeres trabajan al menos dos horas más por semana que los hombres, aunque no es excepcional encontrar diferencias de 5 a 10 horas. En los países en desarrollo, las mujeres dedican de 31 a 42 horas por semana a actividades no remuneradas,
frente a las 5-15 horas de los hombres.
En América Latina y el Caribe, el 71% de las trabajadoras se concentra en el sector servicios. En los países desarrollados, la cifra se sitúa en torno al 60%. La concentración de la mano de obra femenina en el sector agrario es superior al 80% en el África Subsahariana y alcanza al menos el 50% en Asia.
En los países industrializados, gran parte del aumento de la participación de la mujer en la población activa se ha materializado en puestos de trabajo a tiempo parcial. Entre el 65% y el 90% de los trabajadores a tiempo parcial en los países de la OCDE son mujeres.
En dos tercios de los países situados en regiones desarrolladas, las tasas de desempleo de la mujer son superiores a las del hombre. En Europa Central y Oriental la diferencia oscila, en términos generales, entre el 50% y el 100%, salvo en Hungría, Lituania y Eslovenia, donde las tasas de desempleo del hombre son superiores.
Las mujeres sólo son beneficiarias de un 5% de los créditos rurales concedidos por los bancos multilaterales.
Es evidente que la posición de las mujeres, como grupo, sigue signada en el mundo del trabajo por la subordinación y la precariedad.
El caso del trabajo docente del nivel primario es diferente. Al estar regulada por estatuto, el acceso, el ascenso y la remuneración de los/as trabajadores/as de la educación no presenta distinciones en función del sexo del/a docente. Desde la implementación plena del estatuto (y los concursos que éste establece) en la Ciudad de Buenos Aires, es posible determinar que la titularización de mujeres maestras ha redundado también en una representación en la dirección de las escuelas que tienden a corresponderse con las proporciones de la base: en 1988 eran el 91% de la base, en las aulas, y el 68% de los/as directores/as. En 1998 era el 93% de la base y el 80% en las direcciones.
No obstante, no podemos apresurarnos a celebrar: en 1998, en el mismo distrito, las mujeres sólo representaban un 33,3% en las supervisiones. Según el Reglamento Escolar vigente, la supervisión tiene básicamente la delegación del control del sistema educativo, tanto en su dimensión material (recursos físicos, financieros, humanos) como en la pedagógica y política. La tradición del cargo consolidada en el imaginario docente —salvo contadas y valiosas aunque aun escasas excepciones—, lo marca como fuertemente asociado a prácticas autoritarias de imposición y control. No es casual, ya que su presencia en las escuelas, más allá de la formalidad en los actos escolares, significa evaluación de la tarea o, peor, la existencia de algún conflicto de gravedad que requiere de la participación de la autoridad externa para su tratamiento y resolución.
Pero su tarea no representa solamente el control de los/as subordinados/as sino, como contrapartida, la articulación entre las escuelas y el gobierno del estado. En este sentido, también corren por su cuenta la interpretación de las necesidades, los recursos disponibles y, aún, del “estado de ánimo” de las bases. En suma, se trata de una tarea del control y el afianzamiento del consenso social en torno a la organización del sistema escolar. Una tarea que requiere “cintura política” y determinar cuándo se aplica una norma y cuándo se la evade. En este sentido, aún en el sistema educativo, en que predominan fuertemente las mujeres, puede existir un “techo de cristal” (Morgade y Arri, 1998).
La Internacional de la Educación, organismo que nuclea a las confederaciones sindicales docentes de numerosos países, en su 2º Congreso Mundial llevado a cabo en 1998 dictó una interesante “Resolución sobre la Feminización de la Profesión Docente” que, tomando en cuenta los problemas derivados de la segmentación horizontal y, fundamentalmente, la segmentación vertical en la docencia, insta a las IE y a sus organizaciones afiliadas a:
“Poner en marcha estrategias para eliminar toda forma de discriminación contra las mujeres que trabajan en la educación:
considerar el impacto sobre las mujeres docentes de todos los aspectos de las políticas de educación y sindicales;
trabajar para erradicar la desigualdad en materia de condiciones de trabajo y/o salario que perjudica a las mujeres, o perjudique a hombres y mujeres, como podría ser el caso en sectores altamente feminizados, como la primaria o la educación de la temprana infancia;
promover la inclusión de mujeres en las comisiones de contratación y promoción (...).
Emprender y promover investigaciones para:
identificar los factores de contratación, de formación docente, de las condiciones de trabajo y de la situación de los/as docentes, que desalientan a los hombres a entrar y permanecer en la carrera;
desarrollar políticas tendientes a lograr un mejor balance entre hombres y mujeres en todos los niveles educativos;
actuar en colaboración con la OIT sobre los factores que influyen en el deterioro de la condición de los docentes, que se propaga en todo el mundo. Este análisis debe considerar, eventualmente, cuál es el tipo de relación que existe entre el aumento de la feminización de la profesión y el deterioro de los salarios y la condición de los docentes de ambos sexos;
desarrollar indicadores dinámicos, desglosados por nivel de educación y cargos de responsabilidad, para medir el grado de feminización de la profesión, como guía para políticas y acciones futuras;
trabajar con la OIT y otras agencia intergubernamentales apropiadas para verificar enfermedades relacionadas con el stress que reportan hombres y mujeres del sector educativo y promover el desarrollo de políticas relacionadas con las condiciones de trabajo;
analizar qué consecuencias tiene (si hay alguna) para los estudiantes la feminización creciente de la profesión; las ventajas y desventajas que aparezcan en este estudio deben servir de base para los debates y la acción del Comité de la Condición de la Mujer y el Consejo Ejecutivo de la IE”.
A esta lectura netamente gremial y reivindicativa de las relaciones de género en el trabajo de enseñar se le ha sumado recientemente la lectura de la psicología laboral: las enfermedades “femeninas” que padecen las mujeres docentes no se dan solamente a las obvias cuestiones de sexo; también se vinculan con cuestiones de género, por ejemplo, cuando el stress aparece en un cuadro de la doble o triple jornada de trabajo unida a la responsabilidad en el trabajo doméstico hogareño (Martínez, 1997).