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Seríamos incoherentes con las afirmaciones de la presentación si sólo tratásemos las formas estereotipadas de determinar qué es “lo femenino” y qué “lo masculino”, y los casos en los que esas formas se han vuelto concretas. Consistentes con la crítica a la noción de “trabajo”, Powell y Clarke (1990), por ejemplo, sostienen que antes que una separación tajante en el terreno de las prácticas sociales, mujeres y varones han transitado y transitan ámbitos comunes, pero sus acciones tienen diferentes significados. Lo hemos visto en el caso del trabajo de las mujeres, también en la participación de los hombres en la familia: mujeres y varones comparten más de lo que parece el trabajo y la vida familiar, pero sus papeles se explican de diferente manera.

Es decir que, de acuerdo con la definición que adoptemos, englobaremos, o no, al protagonismo de las mujeres. Si conocimiento es sólo aquello producido y transmitido en los ámbitos académicos, los saberes transmitidos de madres a hijas sólo serán “tradiciones” o “folklore”, pintorescos a la hora de comprar recuerdos de viajes, pero inexistentes o poco valorados frente a la pregunta: “¿Qué saben esas mujeres?” Más aún, la forma femenina de comunicarse que recibe el mote descalificador de “chusmerío”, ¿no es también una forma de conocimiento sobre otros/as, de análisis introspectivo —a veces sin anestesia— de la propia vida y las vidas ajenas? Si ampliamos la mirada “tradicional” veremos la participación de las mujeres y de los grupos no hegemónicos en la retaguardia, haciendo los saberes y la historia del día tras día de las comunidades.

Lo mismo ocurre con la tecnología. Si al hablar de “tecnología” sólo se piensa en máquinas inteligentes o microprocesadores, seguramente concluiremos con el difundido prejuicio de que las mujeres y la tecnología no se llevan demasiado bien. Sin embargo, las mujeres han creado — desde los inicios de las sociedades humanas— conocimientos básicos relativos a los animales, las plantas o los minerales y también han desarrollado tecnologías para la preparación de alimentos, el cuidado del ganado y la preparación de la tierra para los cultivos; tecnologías del vestido, de la atención del parto, del cuidado de los/as enfermos/as.

La visibilización de estas actividades es fundamentalmente una cuestión conceptual. Claro que esto parece increíble para el sentido común, según el cual la realidad aparece como dada, fuera de nosotros/as y bastante independiente de nuestra voluntad. Pero estamos mostrando el papel fundamental que el significado de las acciones tiene para los seres humanos: o sea, el cristal con que se mira. En este sentido, la realidad no habla por sí misma sino a través de los conceptos de que disponemos para mirarla.

Por otra parte, además de estas tal vez oscuras cuestiones de interpretación, es posible demostrar en las ocupaciones no tradicionales que el tipo de trabajo apropiado para las mujeres no viene en los genes. Parece estar creciendo el consenso acerca de que el hábitat es una responsabilidad de todos/as los/as miembros de la familia. La combinación de la lucha de las mujeres y la reformulación del mercado de trabajo, es decir, el desafiante escenario social y económico de fin de siglo, sin duda interpela a la división sexual tradicional, abriendo posibilidades de cambio que sólo podemos anticipar en nuestra fantasía.

Hay mujeres empresarias, académicas, dirigentes, etc., que con frecuencia combinan sus deseos y oportunidades de transgresión con los mandatos de género —que también llevan consigo—. Son mujeres que han desarrollado particularmente ciertas capacidades que las imágenes de género predominantes identifican como

“masculinas”: independencia, seguridad en sí mismas, racionalidad. La existencia de estas mujeres excepcionales genera en ocasiones la imagen ilusoria de que “la que quiere, puede” o de que “nadie pone barreras, llegan por su capacidad”; es decir, que el techo de cristal no existe. También frecuentemente ellas mismas tengan esa visión de sí mismas. De hecho, suele tratarse de mujeres que, si bien sufren un stress emocional particular por las expectativas adversas del medio, suelen tener una energía y una salud acordes con los desafíos de sus actividades.

Seguramente muchas de las lectoras y de las compañeras de los lectores de este libro se encuentran en este grupo. Si llegaron a este punto ya se deben haber convencido de que no todo lo que brilla es oro y que las oportunidades personales y sociales de las que han gozado sólo abarcan a un sector de la población. Y también que los “costos” de la compatibilización entre el proyecto profesional, maternal, de pareja y ciudadano, se mantiene en un equilibrio totalmente inestable parecido a una pirámide apoyada en su vértice. No es que no valga la pena y que la famosa paridad entre los sexos no haya sido otra cosa que la sobrecarga de las mujeres, como dicen algunos (Lipoveztky, 1999). El análisis de género nos permite historizar la posición de mujeres y varones en la sociedad, descubrir el protagonismo femenino en la construcción de la sociedad pero al mismo denunciar que, más allá de que haya “excepciones”, aún existen huecos importantes en la plena realización de los ideales de igualdad y justicia que orientan la utopía moderna.

El movimiento social de mujeres ha venido denunciando el sexismo en todos los ámbitos desde hace tiempo y, en la actualidad, al importantísimo caudal de investigaciones acumulado se suma un conjunto estructurado y sistemático de propuestas de transformación local e internacional. Pensando en el “qué hacer” repasaremos algunas de ellas en el próximo capítulo.

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