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La Logoterapia de V. Frankl (1905- 1997) es reconocida como la tercera escuela austriaca; surge después del Psicoanálisis de S. Freud (1856-1939) y de la Psicología Individual de A. Adler (1870-1936). Víctor Frankl (1905-1997) fue discípulo de los dos grandes maestros austriacos de Psicología. En su libro

“Psicoanálisis y Existencialismo” al refe-

rirse a su relación con estos dos grandes maestros señala “que un enano puede llegar a ver más lejos que un gigante, porque el primero puede subirse sobre los hombros del segundo y ampliar su visión”. V. Frankl se considera como un enano frente a S. Freud y a A. Adler pero apoyándose en el Psicoanálisis y en la Psicología Individual, la Logoterapia agrega una nueva dimensión: la dimen- sión espiritual.

Etimológicamente logoterapia signi- fica (logos = sentido; terapia = cambio) cambio por la búsqueda de sentido. V. Frankl está convencido de que el hombre debe encontrarle sentido a todo lo que vive, ya sean cosas agradables o desagra-

dables. Así como el Psicoanálisis está atento a las causas del pasado y la Psicología Individual a las metas del futuro, la Logoterapia apunta al deber.

Para la tercera escuela austriaca, el no desarrollo espiritual determina las deno- minadas neurosis noógenas, que son neurosis espirituales; la persona sufre por carecer de sentido. Resulta oportuno recordar al respecto la frase de Nietzsche, quien afirma que “sólo quien tiene por qué vivir, soporta casi cualquier cómo”.

El sentido está en los valores. Éstos se clasifican, según V. Frankl, en tres tipos fundamentales: los valores creativos, propios del trabajo y de la acción creado- ra, son aportaciones a la comunidad. Los

valores vivenciales, basta un instante

para justificar esa vivencia y hacer pre- sente el valor; basta un instante de amis- tad para justificar la amistad. Y los valo-

res de actitud, que implican la forma en

que se asumen el dolor y el sufrimiento.

a. Concepciones antropológicas de V. Frankl

Para la Logoterapia el hombre no está compuesto de cuerpo, mente y espíritu. El hombre es una unidad y una totalidad indivisible. Sin embargo, tiene una triple

dimensión (corporal, psíquica y espiri-

tual). La dimensión espiritual constituye lo esencial y específicamente humano, mientras que lo psíquico y corporal lo comparte con los animales.

El autor afirma la existencia de un inconsciente espiritual; en cambio, Freud vio en el inconsciente la sede de la instinti- vidad. El Psicoanálisis sostiene que el hom- bre es un ser impulsado. Para el análisis existencial el hombre es un ser responsable. Para Frankl la religiosidad no es ins- tintiva, es personal, fruto del yo, perte- nece a la persona espiritual; la religiosi- dad inconsciente parte del centro del hombre. Cuando esta religiosidad está reprimida “emerge la inquietud en el corazón”. Lo profundo del hombre es el inconsciente espiritual. Ese inconsciente espiritual está dirigido hacia Dios, de allí la afirmación de la presencia ignorada de Dios en el fondo de toda alma humana.

En su libro “Psicoanálisis y

Existencialismo” presenta la necesidad de

encontrar el sentido a todo lo que existe a través de los valores, ésta sería la tarea específica de la Logoterapia. Asimismo, postula la necesidad de encontrar los siguientes sentidos: el sentido de la vida, el sentido de la muerte, el sentido del dolor, el sentido del trabajo y el sentido del amor.

• Sentido de la vida

Para muchas personas la existencia de

la muerte suprime el sentido de la vida. Para la Logoterapia, en cambio, la cadu- cidad en vez de mermar el sentido de la vida lo vigoriza.

Obrar por el sentido del placer lleva a que el hombre actúe simplemente por las ganas que tenga. Freud sostiene, en su libro “Más allá del principio del placer”, que el placer quedaría reducido a lo inor- gánico, esto es, que la pulsión de Muerte triunfa sobre la pulsión de la Vida.

Para Kierkegaard, en cambio, la felici- dad está en comunicarse.

El hombre tiene que lograr ser cons- ciente de los valores, y luego ser respon- sable con ellos; siempre la vida tiene sen- tido, aún en el momento de la muerte.

El cansancio es un sentimiento, y los sentimientos nunca se pueden tomar como argumentos pues pueden respon- der a imágenes o aspectos superficiales y no a un verdadero conocimiento. Si bien el hombre es reemplazable, cada vida humana es singular y peculiar. El hombre no debe interrogar la vida, sino que la vida lo interroga a él y él debe responder.

• Sentido de la muerte

Que el hombre sea mortal le da senti- do a la vida. Si la vida fuese eterna se podrían dejar las tareas para mañana. Como la vida es limitada, existe la muer-

te; no se puede dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. Asimismo, la respon- sabilidad surge porque la vida es irrever- sible y se vive una sola vez, de allí la importancia de la historia de cada uno.

Frankl señala que el hombre es una individualidad e integra una comunidad. Ser hombre significa ser-otro. En la comunidad el hombre adquiere sentido y responsabilidad. El hombre se va hacien- do libre en la medida que se libera de determinismos biológicos, sociológicos y psicológicos.

No es el medio ambiente el que estructura el carácter, sino la libertad interior del hombre. La certeza de muer- te sólo produce espanto en aquél que abriga una mala conciencia de su vida.

• Sentido del dolor

Los hechos de la vida humana tienen sentido más allá del éxito o del fracaso. La falta de éxito no significa falta de sentido, la plenitud del dolor no significa el vacío de la vida. El hombre madura y crece en el dolor. El hombre debe tolerar lo que el destino pone ante él, ésta es la verdadera finalidad del sufrimiento.

Percibir lo que “debe ser” es un valor. El sufrimiento provoca una tensión fecunda entre el ser y el deber ser. En el duelo, por ejemplo, al llorar por la persona perdida, la recuperamos en nuestra mente; si recha-

zamos el dolor, rechazamos sus represen- taciones, entonces sus recuerdos se vuel- ven persecutorios. Lo mismo pasa con la culpa, si ésta se acepta con el dolor que provoca, permite la reparación del daño que se ha causado; si se rechaza, la culpa se vuelve persecutoria despertando la ansiedad desorganizadora.

En el plano biológico el dolor cumple una función de advertencia. En cambio a nivel psíquico el dolor evita que el alma caiga en una situación de apatía.

La evasión, el aturdimiento y la dis- tracción, no borran las desgracias sino el estado afectivo de quien padece las des- gracias. Si se narcotiza la herida doloro- sa, se corre el riesgo de narcotizar el espíritu humano.

• Sentido del trabajo

El hombre tiene que ser responsable con su persona y con su situación. El tra- bajo brinda la posibilidad de encontrarle un sentido a la acción. Lo que da sentido al trabajo no depende de lo que se haga sino de quién lo haga y cómo lo haga.

La situación de desocupación es un síntoma de la época, puede llevar a una neurosis de apatía. También puede gene- rar vacío en el espíritu y crear un estado similar a las neurosis del día domingo. Sin embargo, la desocupación no determina el carácter neurótico irremediablemente.

• Sentido del amor

El amor es una vivencia del otro sin- gular y particular, significa captar el valor del otro. El ser amado por otro es una gracia, y aumenta el valor del ser amado.

El amor hace crecer, ya que abre el espíritu del que ama a la plenitud de los valores encarnados, en el otro y otros. Agudiza su mirada, ya que percibe al otro y al mundo.

Frankl distingue tres actitudes en el amor:

- La actitud sexual: de la estampa física

de una persona se desprende un estí- mulo que despierta en otra persona su corporalidad, esto es, su sexuali- dad. Lo sexual llega hasta lo corporal, provoca excitación.

- La actitud erótica: el hombre siente

algo más que su excitación sexual. A través del erotismo se penetra hasta la textura anímica del otro ser, a esto se lo llama enamoramiento. Se da cuando las cualidades anímicas del otro nos afectan. Frankl dice que “en el enamoramiento no se siente movi- do en su excitabilidad, sino conmovi- do en su emotividad psíquica; está conmovido por la psique de la otra persona, por su carácter, por sus ras- gos”. De todas formas, no llega al

meollo del otro ser. La tendencia eró- tica inmanente en la adolescencia, se revela como un anhelo de camarade- ría, ternura, intimidad, comprensión. En la madurez psicosexual se da una convergencia entre lo erótico y lo sexual.

- El amor es una penetración espiritual

en el ser del otro: quien ama no se ve excitado en su corporalidad, ni con- movido en su emotividad, sino que se ve afectado en lo más hondo de su espíritu por el ser amado. Busca lo que el otro es, en su singularidad y peculiaridad, como incomparable e insustituible. Quien ama verdadera- mente, no pone sus ojos en lo físico ni en lo psíquico, sino en lo que el otro verdaderamente es.

La excitación sexual es transitoria. El enamoramiento puede variar. El verdade- ro amor no varía, es la captación espiri- tual de lo que es verdaderamente el otro. El amor capta la esencia del otro. Es más fuerte que la misma muerte, ya que tras- ciende la desaparición del ser amado. Por ser espiritual, el verdadero amor capta la esencia del ser amado y puede permane- cer para siempre.

El amor espiritual busca la unidad e infunde dignidad a los actos psicosomá- ticos. Lo importante es amar a la perso- na. El amor no se refiere a lo que el otro posee o tiene, sino a lo que el otro es.

Tener capacidad de elegir para construir el matrimonio, significa lograr cierta madurez erótica.

La fidelidad, por su parte, implica sobre- ponerse a los estados de ánimo y mante- nerse en la relación que se ha elegido. La fe en la persona amada genera honradez.

b. Pedagogía sexual de V. Frankl

Para orientar a los jóvenes frente a las relaciones sexuales Frankl considera lo siguiente:

1- Desde el punto de vista médico- somático, las relaciones sexuales no se deben indicar ni contraindicar; se debe adoptar una actitud neutra, sabiendo que desde el punto de vista físico, ni las relaciones sexuales ni la abstinencia son causa de trastornos. 2- Desde el punto de vista psico-higiéni-

co, cuando no existe una madurez psicosexual, a pesar de la madurez sexual, las relaciones sexuales debe- rán contraindicarse. Nunca se debe dar una indicación de tipo positivo, la decisión de tener relaciones sexuales pertenece a lo espiritual.

3- Desde el punto de vista ético sexual, el médico no puede aconsejar jamás

el trato sexual. La responsabilidad debe ser del propio sujeto.

Para proyectarse en el matrimonio hay que ver la capacidad que tienen los con- trayentes para mantener la actitud mono- gámica con respecto al amor y al sexo.

El joven debe ser capaz de enamorar- se y desenamorarse, debe ser capaz de hacer el corte y vivir en soledad. Debe estar atento para impedir que lo sexual prevalezca sobre lo erótico.

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