9. Potential costs and benefits of increased mobility under alternative scenarios
9.2. Estimation of potential flows from the EaP countries under different
Ya lo dijo la Ley del Manu: ¿Quién es mi enemigo? Mi vecino. Y también Juan Ramón Jiménez en lo que tenía de indostánico con su barba esquiva. Y quizá el secreto de su altísima Poesía haya sido ese de la DISIDENCIA, hasta de sí mismo. Como la más dolorosa de las vecindades. («¿Necesito yo acaso I de algún vivo en la vida? / ¡Olvido! ¡Soledad tan gratos / aquí des- pierto!»)
Contó en la «Residencia de Estudiantes» el ilustre puertorriqueño Jaime Benítez los dramáticos escapismos de Juan Ramón por los hospitales psiquiá- tricos de Estados Unidos. Hasta que Zenobia tomó la decisión de llevarle a Puerto Rico y hacerle vivir en casa de un médico español, el doctor Madrid, 121
cuya terapéutica consistió en soltarle por la explanada de la Universidad en- tre estudiantes que le rodeaban y aclamaban: «¡el Poeta!, ¡el Poeta!»
Tal como ahora una publicación «A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ» con por- tada lapidaria, editada por el «Aula cultural» del Consejo Superior de Investi- gaciones y el Instituto de Cooperación iberoamericano y orquestada con cien voces españolas clamando: «¡El Poeta!, ¡el Poeta a los cien años de su nacer!» Cuando el 15 de abril en 1927 me decidí a visitarle en Madrid para expli- carme esa «fobia vecinálica» tomé muchas precauciones. No asustarme. Per- signarme. Y reducirle —poéticamente— a la familia de los lepidópteros. Bus- cando su espiritrompa. Como supremo Lírico de España.
Recién mudado de casa (una de las mudas inevitables que hace la larva de la seda periódicamente), tenía aún en desorden su rincón y se excusaba. (Recuerdo que su voz salía de un oboe metido en un profundo pozo seco.) Y esa voz se le enredaba en la espiritrompa que, al fin, descubrí en su capi- laridad bucal, en su barba, donde los lepidópteros poseen radicadas —según los entomólogos— las células selectivas del gusto. Y sólo entonces compren- dí que su manía era la de un solitario inmerso en un huevo de oro, evitando que nadie se acercara a perturbar su morada mágica. No consintiendo vecin- dad alguna.
—Me he tenido que mudar de casa porque en la anterior tenía un Ma- gistrado que tiró un tabique y penetró en mi cuarto... Y lo peor jue antes en otra mansión con otro vecino que tocaba pared pot medio todo el día la pianola y al encontrármelo por la escalera me preguntaba si me molestaba... Al fin encontré un piso que me gustaba pero el vecino era un novelista, Aca- démico que se creía un hidalgo (Ricardo León), pero que tomaba por las mañanas aguardiente en calzoncillos... Ahora sólo me molesta, en el piso de abajo un emblema de burguesía pudiente e intolerable...
Una tarde vino a visitarme Juan Ramón a La Gaceta Literaria, donde cola- boró con honrosa asiduidad. Y se quedó extasiado de mi piso que daba al ro- mántico Cementerio de San Nicolás, cuyos cipreses se mecían (como la acipre- sada barba juanramoniana) tras la calle cerrada, por una larga valla. (Calle de Canarias, 41.) ¡Parece un plateau de cine! Y además los obreros del taller al salir no me molestarían porque parecen aquellos de cuando el Cine empezó con Pathé Freres...
Me faltó tiempo para ofrecerle mi propio apartamento. Convirtiéndome, por tanto, en vecino que huye... Pero quizá aquel ofrecimiento me valió la altísima consideración de incluirme en sus Españoles de tres mundos.
Aún le veo sentado en la butaca de níquel y sarga negra que dibujó el po- laco Jahl, junto a mi mesa también funcionálica, y que por timbre tenía una esbelta bocina deliciosa de auto y detrás el cartel de «L'Étoile du Nord».
Aún le veo. Pero ya no le volví a ver más. Porque se lo dejé al insigne Be- nítez para que fuera a recogerle el Premio Nobel —1956— y se lo trajera a Zenobia, que lo recibió ya en agonía mientras él arrancaba flores, flores y las derramaba temblando sobre el lecho de esa muerte que había sido su Vida (Su Esposa como Musa). ¡Su única Vecina sin mudanza] («¿Cómo era, Dios mío, cómo era? ¡Y sólo quedó en mi mano la forma de su huida!»)
La Esposa como Musa
¿Cómo no ha visto ningún crítico juanramoniano este secreto, que le valió para cifrar su más exacta y arcana Poesía y lograr con ella y por Ella la Es- posa como Musa, un Premio Nobel, un Hijo universal?
Ni Cario Bo, ni Cañedo, ni Gastón Figueras, ni Blajot S. J., ni Emmy Nie- derman o Sor Mary Ciria o Mercedes Pesado o Thelma Lamb o Rosemary Souviron y otros comentaristas que revisé con Raquel, desvelaron esa Verdad, por no sabemos qué misoginia específica, ya que la crítica literaria nunca plan- teó que una Esposa pudiera ser Musa. Tema, por otra parte, excepcional como
Quizá el secreto de su altísima poesía haya sido ese de la DISIDENCIA, hasta de sí mismo. (Cuadro de Vázquez Díaz.)
¿Hay que saltar desde Boscán a Juan Ramón Jiménez para encontrar la alta Poesía de la Exaltación
del Matrimonio, de la Esposa como Musa? (El poeta con Zenobia Camprubí.)
Todos los españoles genuinos somos mariólatras y capaces de matarnos por la Inmaculada Concepción. Un dogma que no se entiende con la cabeza, sino con la sangre y la honra. (Cuadro de Murillo.)
ya advirtiera Menéndez Pelayo: «Raros son los Poetas ni de nuestra literatu- ra ni de las extrañas que hayan cantado a su Mujer (salvo después de muer- ta) y rarísimos los que han expresado este puro y limpio afecto difícil de to- car sin profanación.»
¿Hay que saltar desde Boscán a Juan Ramón Jiménez para encontrar la alta Poesía de la Exaltación del Matrimonio, de la Esposa como Musa? Con- tra lo que se cree, el Amor en España, tierra de don Juan, es mucho más cas- to y sacramental de lo que parece. El propio don Juan busca como Musa o fin de su amor una Mujer que no termina de hallar hasta que Zorrilla le entrega a doña Inés para que le salve el alma. Y es que pocos Poetas han sabido con- cebir ese Misterio tremendo. Aquel que los Antiguos cifraban en la Naturaleza «Virgen y Madre». Y el Cristianismo en «María». Por eso todos los españoles genuinos somos mariolatras y capaces de matarnos por la Inmaculada Con- cepción. Un Dogma que no se entiende con la cabeza sino con la sangre y con la honra.
Juan Ramón era de la tierra de don Juan y llevaba su nombre. Un seño- rito andaluz, con una «mirada fiera y negra», como describió Gómez de la Ser- na. Nacido en Palos de Moguer una Navidad de 1881.
Su Poesía comenzó con besos y suspiros —tal que Boscán— hacia las mu- jeres que pasaban: Blanquita, la del pueblo; María, gala de rosa; Francina, aquella lejana Georgina imposible. Pero la nunciación presentida llegó. 1912. No necesitó hablarle. Zenobia Camprubí y Aymar. Ella todo adivinó. Y le descubrió. Y partió con él. Rubia, nórdica, clara de ojos. Parecía una Madre, tutora o protectora del Poeta más que una Novia. Y una Novia cuando al cabo de 42 años de Matrimonio ya estaba para morir. No tuvieron hijos de carne. Entre ellos la filialidad se hizo verso. Y por ese Verso de Juan Ramón como por un hijo ella trabajó, se despenó, se consumió. Hasta verlo —a ese Verso, a ese Hijo— triunfar universo y premiado. España había perdido Puerto Rico a poco de nacer Juan Ramón. Pero Zenobia le llevó para morir en Puerto Rico y reconquistarlo sublimemente. Y hacia un verso más alto que el de Rubén: el mundial del Premio Nobel.
Zenobia pasa por el verso de Juan Ramón casi sin ser vista, adivinada. (Tu sol me dio en la sangre. / Tu voz, paz del día nuevo. / Tu cuerpo celos del cielo. / Tú, la Tú de verdad / buena mía, a mi lado. / Renaceré yo pie- dra / y aún te amaré Mujer a ti. / Renaceré yo viento... yo ola... yo fuego... yo hombre, y aún te amaré Mujer a ti.» Zenobia murió el 28 de octubre, 1957, San Juan de Puerto Rico. Juan Ramón medio año justo, el 28 de mayo, 1958. San Juan de Puerto Rico. De allí llegaron a Moguer por el mar, donde fueran a casarse en 1916. Era tarde del Corpus. 6 de junio, tarde de Procesión, de ro- sas, de Custodia. «Y tú eras en el pozo mágico el Destino / para hacerme sentir que yo era tú / para hacerme gozar que tú eras yo»...
Altísima, arcanísima poesía misterial de «la Esposa como Musa». Yo era tú... y tú eras yo. Comunión de almas ante Dios. Tarde del Corpus. Tarde de Eucaristía. ¡Oh exaltación del Matrimonio! Sacramento y Poesía.
Ramón (inaugurando el 900)
Me interrogo a mí mismo.
—Ramón Gómez de la Serna no era de la generación del 27, ¿verdad? —Pero un gran inspirador suyo, así como Ortega fue su apadrinador des- de La Gaceta Literaria. Ramón se vanagloriaba de no pertenecer a generación alguna: «No tengo generación. No soy de ninguna generación —dijo una vez—: soy el creacionista natural.»
—¿Y era cierto?
—No. Precisamente Ortega le encasilló a Ramón con su famosa tertulia de Pombo en «la última generación o barricada liberal».
—¿La última?
—Así lo proclamó Ortega: «Al menos en Poesía, son ustedes la última ge- neración liberal y esta Sagrada Cripta de Pombo, donde se alojan, la última barricada. Han derribado ustedes los postreros, casi impalpables, reductos de la tradición literaria...
—Entonces la generación del 27 o de la Gaceta, ¿qué fue?
—Sigamos escuchando la definición orteguiana: «Más allá (de Ramón) me parece estar viendo otros hombres, más jóvenes, en quienes un sentido de la vida, ya nada negativo, comenzará a pulsar. Amantes de las jerarquías, de las disciplinas, de las normas, comenzarán a juntar las piedras nobles para erigir una nueva tradición y alzar una futura Bastilla...»
—¿Y Ortega, el máximo índice liberal de España, pudo expresarse así? —Y más que eso. En el inolvidable banquete que le ofreciera Ramón en Pombo por 1941: «El liberalismo —afirmó Ortega—, por su esencia misma, tiene los días contados. No es una actitud definitiva que se baste a sí propia. Cuando no quede un títere tradicional con cabeza, el liberalismo no hallará de qué liberarnos y se reabsorberá en su nada originaria.»
—Un poco exagerado...
—De acuerdo. Pues siempre queda algo que derribar. Por lo menos la ge- neración precedente. Además, Ramón fue un precursor nuestro, como él mis- mo lo sintió: «Aquello que yo atisbé en no sé qué lejana estrella una noche de lunatismo fue esto que ahora comienza a triunfar y a ser fórmula de arte de toda una generación» (la del 27).
—¿Y cuál, ese precursor atisbo?
—El descubrimiento de la metáfora como átomo poético, como energía nuclear de la poesía. Y que llamó «Greguería». No en vano escribió como un Einstein de la literatura, aquella novela hoy llevada ya a la T.V. El dueño del átomo. En rigor cada novela ramoniana no era sino greguerías en reacción. Atomizaciones de las cosas. La generación del 27, con su exaltación de Gón- gora, fue la que logró, al fin, fisionar la metáfora y descubrir sus protones y neutrones y desarrollarla en cadena.
—¿Cómo veía usted a Ramón?
—Pues así: como un ciclotrón, en explosión continua, alimentado por su pipa y la hélice de su corbata, con patillas y pelo de bucles nucleares. Grueso, estallante en trajes de rayas como calibres, con una voz disparada, atronado- ra, y unos rasgos de nariz y boca aleonados, voraces, dignos de su nombre aumentativo y mayúsculo: Ramón.
—¿Alguna otra visión menos ciclotrónica de Ramón?
— ¡Oh, sí! Su otro medio ser, como él hubiera dicho, respondía quizá a su apellido secreto y materno Puig. A él le gustaba firmarse solamente RA- MÓN, ciclotrónicamente. Menos, Gómez de la Serna en la línea señorial y aria de su estirpe montañesa (de la que por cierto procedía el argentino Ernesto Guevara de la Serna —nada de Che—, estirpe de conquistadores y virreyes). Pero Ramón nunca se firmó con el Puig que^ le mediterraneizaba. Y por el cual parecía a veces un mandolinista napolitano', un batelero griego, un rabassaire catalán, un sultán turco que le hacía preferir mujeres de estirpe oriental como Carmen de Burgos y Luisita Sofovich... Y, a veces, le desvalorizaba la gregue- ría en baratija y quincallería.
—¿Recuerda alguna greguería de las buenas?
—La Gaceta Literaria le editó una selección entre las que quizá estaba aquella de que «el jabón era el pez más difícil de pescar en el agua», o esa de que «las cintas de los gorros de los marineros van diciendo adiós a todos los mares». O esa otra: «El rayo es una especie de sacacorchos encoleri- zado...»
—¿Fue usted contertulio del célebre café de Pombo en la calle de Carre- tas junto a la Puerta del Sol?
—No muy asiduo. Pero merecí un banquete como los que ofreciera a Or- tega, a Azorín, a Larra y que resultó histórico.
—¿Por qué?
—Era el final de 1930 cuando ya la unidad española estaba en crisis pre- sagiándose la revolución en estas nubes literarias, pues el poeta es siempre el precursor o agorero. Tras el discurso de Ramón sobre mí, publicado en la última edición de Pombo, se levantó Antonio Espina y tras unas cáusticas pa- labras sacó una amenazante pistolita de madera. Entonces, Ramiro Ledesma Ramos, futuro fundador de l^s JONS (o Juntas de Ofensiva Nacional-Sindica- lista), respondió con otras palabras más agresivas aún y una pistola de verdad. El jaleo fue terrible. También en ese banquete Rafael Alberti distribuyó unas cuartillas contra algunos colaboradores de La Revista de Occidente.
—¿Qué otros recuerdos tiene de Ramón?
—Ramón venía mucho por nuestra imprenta y nuestra casa. Se hizo ami- go de toda mi familia. Y nos quería y le queríamos entrañablemente. Asistió a una célebre comida en mi casa de la calle Canarias, 41, que ofrecí por 1930 al conde de Keyserling y tomé en cine y aún conservo en No-Do. Y a la que asis- tieron Baroja, Menéndez Pidal, Américo Castro, Rafael Alberti, Benjamín Jar- nés, José Bergamín, Ramiro Ledesma Ramos, César Muñoz Arconada, Emilio García Gómez, Pérez Ferrero, Rivera Pastor y Ramón. Al final, en la azotea, so- bre una chimenea, Alberti empezó a hacer que freía huevos en una sartén y Keyserling a aspirar su olor. Keyserling bebió tanto que a la salida quería a todo trance sacar en brazos a Menéndez Pidal hasta el coche de mi hermano.
—¿Ramón actuó en una película suya?
—Sí. En mi documental Esencia de Verbena, hoy también conservado en No-Do y que aún se proyecta como film clásico, o sea, sin envejecer. Hacía de muñeco del pim pam pum con chistera y pipa: y luego de falso torero. Parti- cipando también Miguel Pérez Ferrero, Samuel Ros y Joaquín Goyanes. Asi- mismo actuó en el primer Cine Club español que fundé yo para presentar El cantor de jazz tiñéndose el rostro de negro como si fuera el protagonista Al Jolson.
—¿Visitaba usted su casa?
—Su casa pública era el café de Pombo en los sábados por la noche. La privada, un torreón de la calle Velázquez, 4, donde vivía con una muñeca de cera, un farol y las paredes llenas de recortes gráficos de periódicos. Pero llegó la guerra y marchó en 1936 a Buenos Aires, donde ya había estado antes, colaborando desde allí en el diario Arriba en una sección que titulaba «De orilla a orilla».
—¿Volvió a España?
—Ramón volvió en 1949 acompañado de su esposa, la escritora argentina Luisita Sofovich. Le recibió Franco, dimos su nombre a la calle donde nació, la calle de las Rejas, cerca del Palacio de Oriente. Le ofrecimos un banquete en el Ritz y celebró las últimas reuniones de Pombo antes de que se transfor- mara en un comercio de valijas y baúles. Ese café, fundado a fines del x v m y a donde asistieran Goya, Fígaro, José Bonaparte, Prim, Sagasta, cuando aún se llama «Café y Botillería de Pombo».
—¿Qué más recuerda usted de su estancia en Madrid?
—Paseó conmigo y asistió a una velada de mi «Cripta de Don Quijote» o de los «Libertadores de América», en el Antiguo Café de Levante, donde instau- ré los bronces de Bolívar, San Martín, Rodríguez de Francia, O'Higgins, Martí, Rizal, Hidalgo, Rubén.
—¿También ese venerable café acaba de desaparecer, es cierto?
—El café se transformó simbólicamente en una zapatería: «Los Guerri- lleros.» (¡Oh Manes de los Libertadores!)
—¿En Buenos Aires le visitaba usted?
—Siempre que venía a Asunción. Apenas llegaba a la capital porteña lla- maba a su teléfono 474775 de la calle Hipólito Irigoyen, 1947. Me citaba y su- bía en ascensor a su nuevo torreón bonaerense empapelado de grafías perio- dísticas como el de Madrid, sin camas, con sofases y en vez de una muñeca de cera, una mujer de verdad, Luisita.
—Dicen que era muy celoso.
«No tengo generación. No soy de ninguna generación —decía Ramón—. Soy el creacionista natural.»
No obstante, Ortega le encasilló con su famosa tertulia del Pombo en «la última generación o barricada liberal».
(Cuadro de Solana.)
Giménez Caballero (en el centro) en el agitado
banquete que se dio en su honor en el Pombo.
(A la derecha, de pie, Ramón Gómez de la Serna).
veces de mi paso organizamos una conferencia juntos, proyectándose mi film Esencia de Verbena, donde él actuaba. Resultó un gran éxito.
—¿Estuvo Ramón en Paraguay?
—Él me dijo que sí. Y que recordaba la calle Palma y un hotel al pie del cual por la noche cantaban las ranas. Eso debió de ser por 1931. Luego yo aquí he preguntado y me dijeron que estuvo en el Hotel Hispano-americano, hoy Colonial y que efectivamente en la calle Palma, mal empedrada, cuando llovía había sapitos y sapotes. Y que Ramón dio tres conferencias en el cine Granados y una charla en la «Sociedad España». Aún recuerda Emilio Saguier Aceval que llevaba unos cuellos anchos y una corbata de nudo muy grueso. Yo le invité varias veces a la Embajada como huésped de honor y me prometió venir por el río, pues en avión, a pesar de su vanguardismo, no montaba nunca.
—¿Dónde murió?
—Murió en Buenos Aires a las 11 menos 5 minutos de la noche del sába- do 12 de enero de 1963. Ramón había nacido el 3 de julio de 1888 a las 7,20 de la tarde. El cronista Félix Centeno —que también murió después— calculó que Ramón vivió 74 años 6 meses 3 horas y 35 minutos. Su cadáver se trasladó a Madrid, recibiendo un entierro nacional y popular. El cuadro de Solana so- bre Pombo fue adquirido por el Museo de Arte Moderno y el velador por el Museo Romántico. Y luego, poco tiempo después, llegarían a Madrid desde Bue- nos Aires en el Cabo San Vicente, tres cajas con 2 320 kg de cosas ramonianas que se distribuirían quizá a nuevos museos españoles.
—¿Cuál fue su mejor libro?
—En rigor todos eran el mismo: la greguería con un fondo de Madrid, o Francia, o Portugal, o Italia, o Argentina, las tierras que él recorriera y sim- bolizaba en La Nardo, La Quinta de Palmyra, El Torero Caracho, Piso Bajo... Pero donde la greguería adquirió más trascendencia fue en dos temas: uno muy madrileño: El Rastro y otro muy universal: El Circo.
—¿Cree que se le ha hecho justicia a Ramón?
—No. Mereció el Premio Nobel y sólo recibió a última hora el Premio March. Él jamás aspiró a premio alguno. Era de una generosidad fabulosa en su pobreza. Regalaba los libros. Inundaba a los amigos de cartas afectuosas, escritas en papel amarillo y tinta roja como la bandera de España, compartía su comida con escritores más pobres aún. Su amor y su espiritualidad le hi-