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El sacerdote Jaime Balmes (1810-1848) nació en Vich, esa vieja ciudad de Ca- taluña con solera romana y alma medieval, a la que yo me escapaba siempre que podía cuando fui con la IV de Navarra del inolvidable Camilo Alonso.

¿Quién fue Balmes?, me preguntaba. ¿Sólo el restaurador de la Escolás- tica en el romanticismo?

Tras el dieciochesco benedictino Feijoo, la Escolástica había ido quedan- do desplazada. El propio canciller de la católica Universidad de Cervera, don- de estudiara Balmes, se declaraba antiaristotélico. Y se tomaba a broma los latines tomistas con oraciones fúnebres a la «materia prima» y al «ente de razón». En Vich, la Summa de Santo Tomás, y los Comentarios de Suárez ya- cían arrumbados en la librería del viejo y silencioso palacio episcopal.

Desde la expulsión de los jesuítas en 1767 nadie tocaría aquellos y otros libros que dejara en orden el padre Gallisá. La semilla tomista la portaron consigo a Italia los expulsos. Hasta el punto de deberse al padre Masdeu el resurgir itálico del escolasticismo con Buzzetti, Sordi, Taparelli y, luego, Li- beratori.

Tal vez cuando Napoleón y las Cortes de Cádiz algún sacerdote usara esas polvorientas ideas arrumbadas en Cervera y en Vich como armas con- tra los invasores liberales, al modo de los curas patriotas a lo Gil, Risco, Puebla...

Pero por 1825 al 30, cuando por toda España sólo corría la moda del eclecticismo de Cousin, heredando al cartesianismo y al sensismo, nadie pen- saba en revivir el goticismo escolástico, romano, contenido en aquellos li- 84

Desde la expulsión de los jesuítas en 1767, la escolástica había ido quedando desplazada. La semilla tomista la portaron consigo a Italia los expulsos. (Cuadro de Goya.)

Balmes armonizó el tomismo con la inspiración del «common sense» que había entrado en Cataluña —la tierra del común septido— procedente de Gran Bretaña.

Lo que representara por entonces en Dinamarca otro romántico, Kierkegaard, lo asumió Balmes para un existencialismo cristiano en España.

brotes. Salvo el joven ausetano Jaime Balmes. Ésa fue la genialidad románica y romántica a la par, conciliadas: restaurar la filosofía barroca, mediévica del x v n dentro de las circunstancias catalanas de por entonces.

O sea, armonizando el tomismo con la inspiración del «common sense», que había entrado en Cataluña —la gran tierra del común sentido— con el mismo fervor que el otro por Ivanhoe, para la novela histórica. Y que Ossián para la lírica. Todos procedentes de la romántica Escocia.

Asimismo, Balmes tuvo en cuenta el «tradicionalismo» francés de Bonald y De Maistre, también de moda. Y conoció a Cousin personalmente en París. Y había leído a Descartes y la filosofía idealista alemana.

Esta tendencia conciliadora entre lo «tradicional» y lo «nuevo» le había llevado en política a propugnar la unificación de partidos antagónicos para evitar nuevas guerras civiles. Y en filosofía, a que le tildaran de «escéptico» y de «espiritualista». Y aun de estar a punto de caer en posiciones reproba- bles, como las de los modernistas Lamennais, Gioberti, Rosmini, Hermes. Pero Balmes logró hacer coincidir su propio genio conciliador con el armónico e integrador de España. El de Ketermalkuth, el Makor hayim, según Menéndez Pelayo; hasta el Ars magna, de Raimundo Lulio; el artificio dialéctico de Fernando de Córdoba, la concordia platónico-aristotélica de Fox Morcillo. Y el catolicismo que inspiró nuestra doctrina para el Movimiento. Nuestro pre- cursor.

Así, Balmes basó toda su metafísica en un «sentido», que no por «común» dejaba de ser «luz divina», «instinto intelectual», «escudo y guía de la ra- zón». Y que le hizo enlazarse no sólo con Suárez y preparar un resurgir de la escolástica, sino adivinar ser también el precursor de las futuras filosofías existenciales o intuitivas.

«Civilización europea» (1848). O conciliación de «criticismo», «sentimiento». Razón y fe. Su otra obra metafísica fue la Filosofía fundamental (1846).

Como filósofo de la Historia, atacó a Guizot, con El protestantismo com- parado con el catolicismo, en sus relaciones con la civilización europea (1844). Y su labor apologética popular la dejó en Cartas a un escéptico. Polí- ticamente, reunió dos tomos de escritos, derramados por revistas y periódicos.

Balmes sólo vivió treinta y ocho años.

Tras Balmes surgieron en España las bases para que Menéndez Pelayo pu- diera hablar de una filosofía propia. Y para que se potenciara la escolástica, con fray Ceferino González, Monescillo, Cornelias, Fonseca, Ortí y Lara, Pou, Caminero, Tejado. Y en el siglo xx se le tuviera a Balmes como un restaurador del catolicismo hispánico. (Hoy existe una Fundación Balmes y su revista Razón Española, que dirige Gonzalo Fernández de la Mora.)

En Europa, tal vez inspiró el movimiento de Oxford, aquel «Illative sen- se», del famoso cardenal Newman. En Francia, tras Balmes, apareció con igual directiva el cardenal Mercier, para la escuela de Lovaina, lográndose la en- cíclica «Aeterni patris» (1879), restaurando el tomismo. Y Alemania reconoció por boca de Klimke todos esos méritos. Balmes tendría, además, los de ha- ber precedido a Bergson, Unamuno, Heidegger, en sentar las bases de un in- tuicionismo fenomenológico. Lo que representara por entonces en Dinamarca otro romántico, Kierkegaard (1815-1855), lo asumió Balmes para un existen- cialismo cristiano en España. Pero sin desesperación ni angustia, sino con el «buen sentido» patrio. Aquel «curita catalán con cara aniñada y unos ojos de claridad azul, que eran como una ventana abierta a la objetiva ternura para todos los valores y las emociones humanas».

El «buen sentido» de Jaime Balmes, el precursor. De un cristianismo más allá del otro vanguardista danés. Y por tanto, más universal. Y por uni- versal, católico.