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CHAPTER 5: RESULTS OF PHASE ONE – THE LIFE HEALTH CARE HISTORY

5.2 Ethnography – ‘Juggling aspects of my life to cope with Pelvic Floor Dysfunction' PAIN that was my introduction to this problem you call pelvic floor dysfunction It began with

empresarial, condicionando su autonomía en instancias vinculadas a la contratación, el despido, etc. (Rubery J. y Wilkinson F. 1994). Lo anterior cuestiona el supuesto de que existe coherencia entre las necesidades de las firmas y sus sistemas de empleo.

Por otro lado, estudios contemporáneos subrayaron la hipótesis de la heterogeneidad de las firmas que operan en diferentes segmentos de productos y del mercado de trabajo. Destacando que los empleadores, dentro de esa heterogeneidad, pueden combinar diferentes estrategias, y ofrecer distintas condiciones de contrato a diferentes segmentos de la fuerza de trabajo dentro de una misma empresa (Gallie D y White M. 1994). Por ejemplo, una misma firma puede ofrecer contratos tradicionales a una parte de sus empleados, y promover contratos no típicos a otra parte de su personal. Los contratos no típicos, tales como de medio tiempo, a tiempo determinado, contratos de formación pasantías, etc. son ofrecidos al personal que desarrolla tareas que las empresas tienden a terciarizar, de forma tal de achicar y aplanar su estructura de personal.

2.4. Teorías latinoamericanas sobre el desarrollo económico y el mercado laboral

Ha sido un hecho ampliamente estudiado que las economías latinoamericanas tuvieron desempeños bien distintos en comparación con

las economías de los países occidentales del norte. Es por ello que se describen brevemente las particularidades de la organización económica en América Latina.

Durante el Siglo XIX y hasta las primeras décadas del Siglo XX en el esquema internacional de comercio a la región le correspondía el papel de productor de alimentos y materias primas para los centros industriales. La estructura económica que generaba el modelo de producción agropecuario- exportador significó la exclusión política y económica de los trabajadores. Mientras que la exclusión política se garantizaba mediante el control del Estado por parte de los denominados grupos “oligárquicos”, el modelo de producción hegemónicamente primario significaba el afianzamiento de una estructura económica ampliamente desigual.

El lugar de la región en la división internacional del trabajo fue fuente de amplios estudios y debates. Desde el punto de vista de las ciencias sociales, una denominación común para esta primera etapa económica de los países de la región fue aquella conocida como “modelo de crecimiento hacia fuera”.

Otra concepción de relevancia fue la noción de centro-periferia y el concepto de capitalismo periférico, como referencia a las características principales de las economías latinoamericanas y a su inserción en el esquema internacional de comercio. En esta misma dirección, el concepto de heterogeneidad estructural dio cuenta de las particularidades del patrón de desarrollo latinoamericano, señalando que las peculiaridades del progreso técnico en la región habían contribuido a generar estructuras productivas heterogéneas. La heterogeneidad fue fruto de la diferenciación entre aquellas regiones-ramas vinculadas a las economías centrales y aquellas que no, quedando excluidas del progreso técnico (Lavopa A. 2005).

El esquema de producción primaria como única modalidad de realización económica comenzó a resquebrajarse durante la primera guerra mundial (Prebisch R. 1949). El impulso industrializador, sin embargo, surgió recién a partir de los años treinta cuando la restricción externa provocada por la crisis del año ´29 obligó el inicio del proceso de sustitución de importaciones (en adelante ISI). Según la literatura, las economías latinoamericanas se habían beneficiado por la expansión del mercado interno que había provocado la Primera Guerra Mundial, forjando las condiciones propicias para el desarrollo de la ISI con posteridad a la crisis del treinta (Cardoso FH y Faletto E. 1990).

La primera etapa de industrialización sustitutiva fue concebida, entonces, como de industrialización forzosa. No obstante, fundó un conjunto de expectativas que descansaron en la convicción de que la industrialización generaría un ciclo de desarrollo auto sustentado. En esta dirección, las investigaciones de la Comisión Económica para América Latina (en adelante CEPAL) destacaron la importancia del sector manufacturero en la creación de puestos de trabajo, argumentando la existencia de una economía diferenciada entre el sector moderno (industrial) y el sector tradicional (agrario) (De Ibarrola M. 2004).

De esta forma, y bajo la influencia de la perspectiva de la modernización2 hegemónica por aquella época, propusieron al avance industrial como el

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La noción de modernización fue central en los debates de los años ´50 y ´60 en América Latina. Su importancia estuvo relacionada fundamentalmente con la consolidación institucional de la sociología como ciencia. El perfil del saber empírico analítico que había adquirido en EEUU se internacionalizó, extendiendo a una comunidad académica que se volvía internacional un lenguaje especializado, la estandarización de técnicas y procedimientosde investigación así como el conjunto de temas considerados propios de la disciplina. El esquema básico de las hipótesis concernientes a la modernización (la dicotomía tradicional- moderno) no era nuevo y se encuentra tanto en el mismo origen de la disciplina sociológica, en todos aquellos (Weber, Durkheim, Tönnies, Marx) que desde el siglo XIX han tratado de interpretar las transformaciones sufridas por las sociedades europeas.

La visión fundamental que permite reconocer el uso del concepto es que la modernización de sociedades del mundo subdesarrollado es un proceso de tránsito desde la “tradición” a la

factor principal para la modernización económica y la expansión de una estructura económica más diversificada en la producción y más homogénea en la distribución del ingreso.

A pesar de la visión optimista sobre la industrialización sustitutiva, los textos de la época señalaron también algunos elementos que obstaculizaban el desarrollo sostenido. En esta dirección, la propensión al consumo suntuario por parte de los estratos de mayor nivel socioeconómico en detrimento de las inversiones reproductivas de capital y de la equidad distributiva llevó a la CEPAL a plantear el concepto de desequilibrio dinámico.

Según esta perspectiva, dado el deterioro de los términos de intercambio y los hábitos de consumo suntuario de los sectores de ingreso superior en América Latina se produjo un fenómeno de desequilibrio o insuficiencia dinámica cuyo principal efecto fue el escaso desarrollo del sector secundario. De forma tal que el empleo industrial-moderno no creció como se necesitaba para absorber el crecimiento demográfico de la región. El resultado de este proceso fue, entonces, la expansión de un segmento muy importante en el mercado laboral que está empleado en actividades de baja productividad y que disminuía muy lentamente (Tokman V. 1988).

“modernidad”, entendiendo por ésta la replicación de características económicas, de estructura social, psico-sociales y de organización política de las sociedades nor- occidentales contemporáneas. Esta misma concepción también puede subyacer a los trabajos que han definido el cambio social como transito entre la sociedad folk a la urbana o alrededor de “variables-patrón” parsonianas. Pero lo nuevo de la sociología de la modernización a partir de los ′50 es que la atención se orientará hacia los países más o menos marginales de la modernidad occidental que, a su vez, no habían emprendido la vía soviética de la industrialización que es el conjunto de sociedades que recibirán el nombre de Tercer Mundo.

Esquemáticamente, el punto de partida de la problemática de la modernización podría resumirse en: ¿Por qué el pasaje no se había producido en algunas sociedades? o ¿Por qué en América Latina no llegamos a ser modernos? ¿Qué acciones concientes podían favorecer dicha transición?

2.5. El sector informal urbano

La primera formulación acerca del sector informal urbano (en adelante SIU) se manifestó en una serie de estudios sobre los mercados de trabajo urbanos de África durante la década del setenta y fue realizada desde el campo de la antropología económica. Los estudios que dieron lugar al concepto intentaron poner en evidencia la dualidad en las oportunidades de ingresos de los trabajadores en Kenia, diferenciando empleo de auto-empleo, correspondiéndose este último con la informalidad.

El informe sobre Kenia destacó el dinamismo y la importancia del sector no estructurado en la creación de empleo (Blaug M. 1973). No obstante, según Tokman sus principales aportes conceptuales fueron los argumentos a favor de que en los países de menor desarrollo el problema del empleo no era solamente relativo a la desocupación sino que también inherente a las ocupaciones de baja productividad e ingresos (Tokman V. 2004).

La definición del SIU estuvo desde mediados de los años setenta asociada a la pobreza urbana y al ingreso de subsistencia. En la concepción de la Organización Internacional del Trabajo (en adelante OIT), el SIU es uno de los segmentos de un mercado laboral dual, caracterizado por bajos requerimientos de capacitación, capital y organización laboral, operaciones de baja escala, bajos niveles de productividad y escasa capacidad de acumulación. La venta ambulante, el servicio en domicilios, el comercio de baja escala y las producciones domésticas menores son algunos ejemplos de las ocupaciones de dicho sector.

En esta dirección y en función de los bajos ingresos y de la inestabilidad de las ocupaciones, el empleo informal fue también denominado como sub- empleo. Esta última definición es gráfica en cuanto a la referencia que establece con la baja calidad de las ocupaciones y con la presunción de que

el empleo informal se desarrollaba debido a las dificultades de los trabajadores en su incorporación al sector moderno en economías de menor desarrollo relativo (De Ibarrola M. 2004).

Con relación a las apreciaciones de la OIT-PREALC, Portes argumenta que la visión que cataloga a los mercados y las empresas como exclusivamente formales o informales es ahistórica (Portes A. 1994). Según él, lo novedoso en la historia del capitalismo no es justamente el desarrollo informal, sino la emergencia de instituciones reguladoras de los ámbitos laborales. Por esta razón, el sector informal no es un residuo de la producción pre-capitalista, y tanto el sector formal como el informal son resultado de un conjunto de tendencias asociadas al desarrollo de las luchas obreras y al papel del Estado en distintos períodos históricos. Esta perspectiva cuestiona la asociación entre actividades informales y pobreza, proponiendo una visión más abarcativa que señala, en primer lugar, que informalidad no es exclusiva de los países menos desarrollados.

En segundo lugar, que la informalidad no es solo relativa a la incapacidad del sistema para incorporar a la población económicamente excedente, sino que es un modo de vinculación capital - trabajo asociado a la organización global de la reestructuración del sistema capitalista.

En tercer lugar, que dicho sector incluye a todas las actividades redituables que no están reguladas por el Estado en entornos sociales donde existen regulaciones sobre actividades de similar carácter. Por último, que alcanza mayor extensión allí adonde existen lazos comunitarios para movilizar los recursos necesarios para garantizar su funcionamiento. De esta forma, son los entornos sociales los que condicionan la morfología del SIU con relación al tiempo, las dimensiones y su modus operanti (Portes A. 2000). En dirección a una perspectiva más amplia, se han recreado distintas tipologías sobre los rasgos que caracterizan a las distintas lógicas que

operan en el SIU. El objetivo de estas descripciones es señalar que no es un espacio homogéneo y exento de fenómenos contradictorios. Por ejemplo, en algunos grupos el SIU está asociado a la lógica de la subsistencia frente a la falta de oportunidades en el sector formal. En otros al método de producción y reproducción conocido como “unidad doméstica de producción” donde se articula el trabajo de los distintos miembros del hogar. Y, en otros, a la lógica de la reestructuración productiva, propiciada por la externalización o terciarización de una parte de las actividades de las grandes empresas (De Ibarrola M. 2004). Es decir, con los fenómenos de outsourcing, el franchising, que se han señalado en un apartado anterior.

En los estudios contemporáneos sobre el SIU en América Latina es frecuente la utilización del concepto teórico y la forma de medición que sugiere la OIT. De esta forma, es frecuente que para su definición se tome en cuenta la unidad productiva y en particular su tamaño, su escala de producción, el uso de tecnología, el nivel de productividad, la capacidad de acumulación. Esta conceptualización presenta ciertas falencias según planteamos en cuanto a la medición de la amplia variedad de situaciones que se presentan en el sector informal cuando se trabaja con definiciones más amplias.

A pesar de las limitaciones que se atribuyen este enfoque, dadas las limitaciones de la información disponible, en el presente trabajo se utilizará de todas maneras el enfoque que utiliza la OIT, también denominado del mercado de trabajo, que delimita al sector informal en función del autoempleo (trabajadores por cuenta propia) no profesional, el trabajo familiar sin salario, y los trabajadores de micro-empresas.