Ante el callejón sin salida de jesulogías historicistas y de los cristologismos kerigmatistas, el texto mismo del Nuevo Testamento es inspiración de método y de orientación.
En efecto, la pregunta ontológica, vale decir, la pregunta que interroga por el sentido es anterior al preguntar óntico que interroga a secas por el ser. El valor y el alcance de la ontología de la comprensión nos permite afirmar que el ser-en-sí y para-sí de Jesús no es captable sino en la mediación de su sentido-para-el-mundo. Aquello por lo que indaga el Nuevo Testamento no es, en primer lugar, por el en-sí de Jesús de Nazareth, sino por el relieve de su significación para-nosotros. La forma de captación de Jesús por las comunidades que interrogan por el sentido de Jesús no se dirige, en primer lugar, a una reconstrucción biográfica objetivable de Jesús, sino a la significación de su destino relativa a las comunidades que interrogan. Ellas trazan, por consiguiente, una especie de analítica ontológica de fe, de amor y de seguimiento con sentido, antes que una analítica metafísica con relación al ser.
Si con respecto a todo ser-ahí es primaria la pregunta por el sentido, lo es al máximo en el caso de Jesús, interrogado por quienes ponen la pregunta fundante y fundamental de toda la tradición cristiana: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” La pregunta crucial no se dirige en primer término a la razón óntica para pedir la definición de la individualidad e identidad del ser personal de Jesús; se dirige a la la razón ontológica que pregunta por el sentido revelador y salvador de su ser, de su vivir y de su acontecer. La preeminencia de la pregunta y sobre todo de la respuesta única aceptable en la fe cristológica, “Tú eres el Cristo el Hijo de Dios bendito”, pone de relieve que el texto no se constituye a partir de una comprensión óntica del ser de Jesús, sino a partir de una comprensión ontológica, vale decir, de horizonte de significación y de sentido revelador y salvador de su acontecer, de su palabra, de su acción, de su vivir, de su morir y de su resucitar. En esa fenomenología de relación reveladora y salvadora es la que se hace también captable el ser personal e individual del que allí se manifiesta.
De ahí que las fórmulas confesionales de la fe cristológica, con todas sus variables y sus esquemas, son primeras y primaciales en el orden ontológico y, por supuesto, también en el orden cronológico (años 40-50).
Los relatos que recogen luego episodios selectos prepascuales de vida pública primero (años 60-70) y de infancia después (años 70-80) no persiguen ¡ni siquera ellos! una finalidad reconstructiva onticista, sino elementos de realidad de Jesús y de signficado en estas perspectivas:
Los relatos de vida pública y de infancia quieren ser declaraciones y aclaraciones catequéticas de las confesiones de la fe de pascua. Cuanto hay de explícito en las confesiones pascuales de la fe quiere ser visto ahora como ya implícito en el acontecer prepascual del Señor.
Los relatos de vida pública y de infancia trazan, por tanto, el vínculo de indispensable identidad sustancial entre el Cristo confesado y proclamado y el Jesús prepascual, histórico y real. Es que la zona
de la fe sin la zona de la realidad real pudiera ser palabrería, sentimiento, ideología. Por eso, en la lógica de los evangelios, por detrás del kerigma pascual se halla el suceder real de un ser real.
Los relatos de vida pública y de infancia quieren, además, controlar las desviaciones docetistas que bien pronto comenzaron a olvidar el significado de la historia prepascual para las confesiones pascuales de la fe y el significado de las confesiones de la fe para la captación del Jesús de la historia. Los graves brotes de gnosticismo y de docetismo fueron un reclamo para trazar evangelios que realzaran la realidad de la carne del Verbo, de su historicidad, de su finitud, de su espacialidad, de su mundanidad, de su morir, es decir, de su verdadero ser en el mundo. La fe cristológica, como la yahwista, se resisten a pensar a Dios por fuera de la realidad del mundo y de la carne: “Si alguien no
confiesa a Jesús venido en carne, ese es el Anticristo” (1Jn 4,3)
En particular, los evangelios de vida pública y de infancia están encaminados a controlar los adopcianismos inaceptables que, tergiversando a Pablo, ponen la filiación divina de Jesús sólo a partir de su resurrección de entre los muertos. Entonces se hace necesario mostrar en forma de midrash, es decir, de memoria creyente restrospectiva, que Jesús es el Hijo amado del Padre a partir de la teofanía del bautismo (Marcos); más aun, a partir de su concepción en el seno maternal de María (Mateo y Lucas); todavía más, a partir de su preexistencia en el principio desde cuando Dios ha sido Dios en lo insondable de su propio misterio (Juan).
En esa dinámica y con esa intención, las narraciones de vida pública primero y de infancia después ofrecen la invaluable y necesaria conexión entre la historia prepascual del Jesús real y las confesiones pascuales de la fe, y eso precisamente para que la fe de pascua no pueda ni deba percibirse como inconexa con la persona histórica y con la experiencia histórica de quienes vieron con sus propios ojos, palparon con sus propias manos, contemplaron y tocaron a la Palabra que estaba junto al Padre y que se ha manifestado.
En ese plano de trazado del acontecer y de testimonio sobre el ser real de Jesús, de su persona y de su obra es cuando adquire toda su dimensión el hecho de su encarnación y mundanización en la historia, hasta asumir las condiciones de ser en el mundo, de ser en el tiempo y de ser en la finitud, exenta la culpabilidad, características que definen el ser aherrojado, y que son niveles propios de quien, “Siendo Dios, no retuvo su condición divina sino que se anonadó haciéndose en todo semejante
a los hermanos y apareciendo en su porte como uno de ellos” (Fil 2, 6-8).
De esta manera, el plano de los relatos que se refieren a Jesús en el mundo y en el tiempo no persiguen finalidad alguna distinta a definir la onticidad de Jesús, es decir, su identidad individual y su ser personal histórico, pero siempre en el horizonte ontológico mismo en el que se comprende su sentido revelador y salvador. Y, por supuesto, a percibir el significado del Jesús real para la fe de pascua y la solidez de la fe pascual fundamentada en hechos reales de la historia real del Jesús prepascual. Así orienta Juan la conclusión de todo su evangelio (20,30) Lucas el prólogo del suyo (1, 1-4) y Pablo sus persistentes identificaciones entre el nacido del linaje de David según la carne y el constituido Hijo de Dios con poder a partir de la resurrección de entre los muertos (Rom 1, 3-4).