6.2 Computational Study for the Genetic Algorithms
6.2.2 Evaluation of the Genetic Algorithms
La disciplina de las relaciones internacionales es excesivamente amplia. Nin- gún estudio que se incluya dentro de su espectro puede pretender abarcar todos sus aspectos. Asimismo, sus postulados han ido evolucionando a lo largo del tiempo, y los seguidores de las distintas escuelas reformulan continuamente sus postulados a la luz de las nuevas realidades. Resulta por todo ello imprescindible aclarar de partida en qué parte de todo ese entramado se sitúa la presente tesis.
A la hora de ofrecer una definición de lo que se entiende por “relaciones inter- nacionales”, el único acuerdo que parece haber existido desde siempre es en hacerlo a partir del concepto de frontera. Siguiendo un criterio etimológico, podemos decir, con Raymond Aron, que “las relaciones internacionales son, por definición, al parecer, las relaciones entre naciones”; teniendo en cuenta que el término nación aquí “no hace referencia a una especie particular de comunidad política”, sino que “equivale a cual-
quier colectividad política, territorialmente organizada”47. Así pues, para que algún hecho, acontecimiento o realidad entre dentro del ámbito de las relaciones internacio- nales, debe haber afectado, en su realización, a territorios que entran en la jurisdicción de dos o más gobiernos. Como resume Marcel Merle:
Si, por una hipótesis, los Estados desapareciesen, las relaciones que hoy calificamos de “internacionales” cambiarían de naturaleza. Mientras que el Estado subsista y la existencia se materialice sobre un terreno, mediante la existencia de la frontera, las re- laciones internacionales solamente pueden concebirse en relación a él.
Esta es la razón por la que la definición más conveniente de las relaciones internacio- nales es aquella que toma el “paso” de la frontera como criterio de especificidad48.
Está, por tanto, generalmente admitido que es la realidad estatal la que da car- ta de naturaleza a las relaciones internacionales. Sin embargo, el acuerdo no pasa de este punto. La siguiente pregunta la formula, con su habitual clarividencia, el citado Aron: “¿Hay que incluir en las relaciones entre unidades políticas las relaciones entre individuos pertenecientes a esas unidades?”49 Si el único límite lo establecemos en la noción de frontera, la cantidad de flujos a considerar haría imposible la formulación de una teoría de las relaciones internacionales. Los primeros teóricos de la materia no se encontraron con muchos problemas a la hora de dar una respuesta al dilema. El Rea- lismo clásico redujo el ámbito de las relaciones internacionales a las relaciones entre Estados. El padre moderno de esta corriente, Hans J. Morgenthau, ni siquiera se vio en la necesidad de justificar esta premisa, cosa que sí hizo, una vez más, Raymond Aron:
Ninguna disciplina científica se compone de fronteras netamente trazadas. Además, en primera instancia no es importante saber dónde terminan las relaciones internaciona- les, precisar a partir de qué momento informes individuales dejar de ser relaciones in- ternacionales. Tenemos que determinar el centro de interés, la significación propia del fenómeno o las conductas que constituyen el nudo de ese terreno específico. Así, el centro de las relaciones internacionales son las relaciones que hemos calificado de in- terestatales, ésas que comprenden a las unidades en tanto que tales50.
47
“Les relations internationales sont, par définition, semble-t-il, les relations entre nations”, “…équivaut a n’importe quelle collectivité politique, territorialement organisée”, ARON, Raymond : Paix et Guerre entre les nations, Paris, Calmann-Lévy, 2004, pp. 16-17.
48
MERLE, Marcel: Sociología de las relaciones internacionales, Madrid, Alianza, 2000, p. 110.
49
ARON, R.: Paix…op. cit., p. 17.
50
“Aucune discipline scientifique se comporte de frontières nettement tracées. Il n’importe guère, en première instance, de savoir où finissent les relations internationales, de préciser à partir de quel moment des rapport interindividuels cessent d’être des relations internationales. Nous avons à déterminer le centre d’intérêt, la signification propre du phénomène ou des conduites qui constituent le noyau de ce domaine spécifique, ce sont les relations que nous
A esta concepción se apuntaron los pioneros de la Historia de las Relaciones Internacionales. En las primeras palabras de su conocida obra sobre la materia, Re- nouvin y Duroselle aseguraban:
El estudio de las relaciones internacionales se ocupa sobre todo de analizar y de expli- car los tratos entre las comunidades políticas organizadas dentro de un territorio, es decir, entre los Estados. En efecto, debe tener en consideración los vínculos estableci- dos entre los pueblos y entre los individuos que componen estos pueblos (...). Pero re- conoce que rara vez estas relaciones pueden disociarse de las que se han establecido entre Estados: a menudo, los gobiernos no dejan el paso libre a estos contactos entre los Estados (...)51.
Pero con el discurrir de los años, los estudiosos comenzaron a prestar una ma- yor atención a esos “vínculos establecidos entre los pueblos y entre los individuos”. A la par que la situación provocada por la Guerra Fría, cuyas necesidades explicativas había tratado de cubrir el Realismo, se hacía menos agobiante, se avanzaba hacia un mundo en el que determinados grupos, con intereses distintos a los de los estatales, adquirían la fuerza suficiente como para establecer lazos interfronterizos al margen de los gobiernos. Se tomaba conciencia, en definitiva, de la existencia de una red mucho más tupida y compleja de redes internacionales que no podían permanecer encubier- tas y debían incorporarse al análisis de las relaciones internacionales, pues sin ellas, en ocasiones, resultaba difícil comprender el comportamiento mismo de los Estados. Surgieron así estudios teóricos como los de Robert Keohane y Joseph S. Nye52, que trataron de englobar esta nueva realidad que, por otra parte, se enmarañó todavía más cuando el avance de las nuevas tecnologías permitieron establecer nudos de comuni- cación y difusión mucho más numerosos y difíciles de controlar por las autoridades estatales. Recientemente, Joseph S. Nye Jr. aseguraba que “una consecuencia políti- ca del aumento de información a través de los nuevos medios de comunicación ya es evidente: los gobiernos han perdido una parte del su control tradicional sobre la infor- mación relativa a sus propias sociedades”53.
Bajo estas circunstancias, no es extraño que Merle haya desistido de dar una definición restrictiva de la disciplina que nos ocupa, estableciendo que “en lo sucesivo calificaremos como relaciones internacionales todos los flujos que atraviesan las fron-
avons appelées interétatiques, celles qui mettent aux prises les unités en tant que telles”, Ibi-
dem, p. 17.
51
RENOUVIN, Pierre y DUROSELLE, Jean-Baptiste: Introducción a la Historia de las Relacio-
nes Internacionales, México, FCE, 2000, p. 9 (Traducción de la cuarta edición francesa de
1995).
52
KEOHANE, Robert y NYE, Joseph S.: Poder e Interdependencia. La política mundial en tran-
sición, Buenos Aires, GEL, 1988. 53
teras o que incluso tienden a atravesarlas”54. En el campo español, Roberto Mesa se sumó a esta concepción, ya en la década de 1970, al escribir:
...nuestra visión de las Relaciones Internacionales abarca un complejo relacional en el que tienen cabida todos los grupos sociales o individuales cuyos intereses o cuya vo- cación les hacen salir del límite nacional y desarrollar o completar sus actuaciones en el marco internacional55
¿Debemos entonces despreciar, por anticuadas, visiones como las de Aron o Morgenthau? No parece una postura sensata. No resulta difícil concluir, tras este bre- ve análisis, que cada una de las escuelas teóricas ha tratado, con la mejor de las in- tenciones, de solucionar los problemas planteados por su momento histórico. No hay más que mirar los libros de Morgenthau y Aron para darse cuenta de ello. El primero terminó su Política entre las Naciones56 con un análisis de la actualidad del momento, titulado “El problema de la Paz a mediados del S. XX”. Su visión mecanicista y en cier- to modo pesimita de las relaciones entre Estados venía condicionada por la agobiante posibilidad de un choque entre los dos bloques en que se dividieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. En Paz y Guerra entre las Naciones se percibe también, a veces entre líneas y en ocasiones de manera explícita, la preocupación por la posibili- dad de un holocausto nuclear, a la que Aron dedicó la gran mayoría de la cuarta parte del libro, llamada “Praxeología”. La distensión de los años sesenta y setenta, unida a la evolución social experimentada por las sociedades occidentales fue la que motivo análisis como los de Keohane, Nye y muchos otros. Y así podríamos seguir hasta citar trabajos del tipo de los escritos por Samuel Huntington, que hoy centran todos los de- bates.
La cuestión a plantearse en nuestro caso es, por tanto, la siguiente: ¿qué enfo- que o enfoques resultan más adecuados para dar cuenta de la realidad internacional que envolvía las relaciones hispano-norteamericanas entre 1898 y 1930? No se pue- den exportar los nuevos modelos, por muy de moda que estén, a análisis que preten- den aumentar el conocimiento del pasado. Hemos visto que Renouvin y Duroselle, desde el campo de la Historia, en los años de la posguerra mundial, no veían motivos para restar protagonismo al Estado en materia de contactos interfronterizos. Pero qui- zá resulte más adecuado buscar la respuesta en observadores contemporáneos al período en que se centra la presente tesis. Y para ello nada mejor que remitirnos a Edward Hallet Carr, quien en 1939, unos meses antes del estallido del conflicto mun-
54
MERLE, M.: Sociología...op. cit., p. 110.
55
MESA GARRIDO, Roberto: Teoría y Práctica de las Relaciones Internacionales, Madrid, Taurus, 1977, p. 178.
56
MORGENTHAU, Hans. J.: La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Editorial Sudameri- cana, 1963.
dial que habría de dar un vuelco a la realidad imperante, hizo un repaso de la realidad internacional de los veinte años precedentes. Cuando trató de responder a la pregunta “¿Sobrevivirán las naciones como unidades de poder?”, ofreció la siguiente conclu- sión:
Estaría bien añadir en este momento que las unidades-grupo seguramente sobrevivirán de alguna manera como depositarias de poder político, sea cual sea la forma que to- men estas unidades. (...) No tiene sentido imaginar un mundo hipotético en el que los hombres ya no se organicen en grupos de cara a los conflictos y el conflicto no puede ser trasladado una vez más a un campo más amplio y más global57.
Carr no tenía sitio en su cabeza para la consideración en profundidad de otros actores que los Estados-Nación que configuraban la realidad mundial de entreguerras. Ahora bien, ese período interbélico también fue caldo de cultivo de muchas reflexiones que buscaban la manera de evitar nuevos conflictos como el de 1914-1918. Distintos autores comenzaron a percibir, como recuerda Celestino del Arenal, que “los estados están condenados a convivir”, y que tienen “unos intereses colectivos que satisfacer”58. En 1931, Alfred Zimmer hizo una definición completa de este fenómeno, al decir que uno de los hechos clave en la configuración de las sociedades modernas era el paso de un mundo basado en las relaciones entre Estados a otro basado en las relaciones entre los pueblos59. Ambas afirmaciones ponen de manifiesto la gestación de nuevas fuerzas que, si bien se encontraban en una fase muy temprana de desarrollo, parecían llamadas a desempeñar un papel fundamental dentro de las relaciones internaciona- les, interfiriendo, e incluso ensombreciendo, las relaciones entre Estados.
No se torna posible, por tanto, aplicar la perspectiva estrechamente estatocén- trica del Realismo Clásico al período que estamos considerando. Aquélla fue definida cuando la Guerra Fría, y con ella el peligro constante de una deflagración mundial, dejaban poco margen para que otros grupos, aparte de los estatales, desarrollaran su potencial. La Historia de Relaciones Internacionales, llevada por esta situación y por la tradición misma de la Historia Diplomática, se apuntó entonces a esta corriente, y ape- nas quedó, fruto de la observación de la realidad de los años veinte y treinta, el con- cepto de “fuerzas profundas” de Renouvin60. La perspectiva de este trabajo, aunque
57
CARR, Edward H.: La crisis de los veinte años (1919-1939). Una introducción al estudio de
las Relaciones Internacionales, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004, pp. 311-312. 58
ARENAL, Celestino del: Introducción a las relaciones internacionales, Madrid, Tecnos, 1990, p. 15.
59
ZIMMER, Alfred: The Study of International Relations, Oxford, Clarendon Press, 1931. Citado por NEILA HERNÁNDEZ, José Luis: “La Historia de las Relaciones Internacionales”, Ayer, n.º 42 (2001), pp. 17-42. La cita a Zimmer proviene de las páginas 18 y 19.
60
RENOUVIN, P. y DUROSELLE, J.B.: Introducción… op. cit., pp. 15-279. Las famosas fuerzas profundas de Renouvin componen una mezcolanza de factores más o menos deterministas de
formulada a partir del Estado, no puede dejar de lado la actuación de otras fuerzas cuyas actividades traspasaban fronteras, y cuyo rastro queda perfectamente marcado a la hora de analizar las relaciones hispano-americanas. Nos referimos a las fuerzas trasnacionales: fundamentalmente las firmas multinacionales y la opinión pública inter- nacional.