6.2 Computational Study for the Genetic Algorithms
6.2.1 Test Bed for Genetic Algorithm Analysis
Como es natural, el montante principal de la documentación sobre la que se ha construido esta tesis doctoral procede de los fondos de las oficinas de asuntos exterio- res de los dos países implicados. En España, el Archivo del Ministerio de Asuntos Ex- teriores proporcionó la parte principal de la documentación, y ayudó a la delimitación de los principales caminos por los que debía seguir la investigación en otros archivos. Allí se consultaron exhaustivamente expedientes pertenecientes tanto al llamado Ar- chivo Histórico –cuyos fondos no sobrepasan en ningún caso el año 1931-, como al Archivo Renovado. Este último resultó fundamental a la hora de analizar procesos tan importantes como las negociaciones comerciales o la adhesión de España al Pacto Briand-Kellogg. Igualmente, la Sección de Personal se mostró como un recurso tre- mendamente útil cuando se consideró necesario reconstruir la carrera personal de algunos de los funcionarios o diplomáticos que intervinieron directamente en las rela- ciones de España con los Estados Unidos. Ahora bien, la información que ofrece el Ministerio de Asuntos Exteriores no puede considerarse completa si no se complemen- ta con la consulta del Archivo de la Embajada de España en los Estados Unidos, que se guarda en la Sección de Exteriores del Archivo General de la Administración, ubi- cado en Alcalá de Henares. Gran parte de la documentación allí custodiada se duplica con la existente en el Ministerio. No obstante, en la ciudad complutense pudimos loca- lizar algunos papeles cruciales que había resultado imposible rescatar de las estante- rías del Palacio de Santa Cruz. Para completar la exploración de las fuentes diplomáti- cas, se procedió a la consulta de otros depósitos, que podríamos calificar de secunda- rios. Tal es el caso del Archivo Histórico del Palacio Real, el Archivo privado del Conde de Romanones -en la Real Academia de la Historia-, el Archivo personal de Antonio Maura -en la Fundación del mismo nombre-, o los fondos de la Presidencia del Direc- torio Militar, pertenecientes al Archivo Histórico Nacional. Asimismo, durante una bre- ve visita a París tuvimos ocasión de recabar, en los Archives Diplomatiques del Quai D’Orsay, información importante relativa a la colaboración interaliada durante los me- ses finales de la Gran Guerra.
Con todo, el volumen y calidad de las fuentes españolas y francesas parece muy pobre si se compara con la información que pudimos recopilar en los Estados Unidos. Gracias a dos estancias financiadas por el programa de becas predoctorales de la Universidad Complutense de Madrid fue posible la visita a los National Archives
land), esta colosal institución encierra los fondos del Departamento de Estado. Dos fueron las series en las que se centró nuestra atención: el Record Group 59, o Archi- vos Centrales del Departamento de Estado, y el Record Group 84, que contiene los fondos de las representaciones diplomáticas norteamericanas, y por tanto, de la Em- bajada de los Estados Unidos en España. En ambos, prestamos especial atención a las series decimales 6 –relaciones comerciales y económicas-, 7 –relaciones políticas- y 8 –asuntos internos de los Estados. En ocasiones, cuando el problema considerado lo requería, recurrímos a la serie 3 –protección de intereses. También hubimos de adentrarnos, dentro del Record Group 59, en la signatura decimal correspondiente a la Primera Guerra Mundial -763.72-, que resultó la más complicada de manejar, habida cuenta de la variedad tópica y cronológica de los documentos que engloba. Por otra parte, en la Sección de Manuscritos de la Biblioteca del Congreso norteamericano pu- dimos acceder a las colecciones particulares de tres personajes: Joseph Edward Wi- llard, que fue Embajador de los Estados Unidos en España entre 1913 y 1921; Juan Riaño y Gayangos, Embajador de España en los Estados Unidos entre 1910 y 1926; y Chandler P. Anderson, abogado estadounidense que fue amigo personal de Riaño, y que durante la parte final de la Primera Guerra Mundial actuó como una especie de
lobby en defensa de los intereses españoles.
La riqueza de la documentación americana hace que en muchos casos conoz- camos mejor lo que pasaba por las mentes y en los despachos de los funcionarios norteamericanos, que lo que acaecía en el Ministerio de Estado español. De hecho, nos hemos visto obligados en unas pocas ocasiones a tratar asuntos de los que sólo tenemos constancia por la documentación estadounidense, habiéndonos sido imposi- ble hallar su rastro en la enmarañada organización de los depósitos madrileños. En otras circunstancias, el desequilibrio documental puede producir la impresión de que estamos haciendo un estudio exclusivamente de política exterior norteamericana. No obstante, se trata de una circunstancia inevitable, que solo cabe achacar a la dispari- dad de los recursos organizativos con que contaban las administraciones guberna- mentales a ambos lados del Atlántico.
Aparte de fuentes inéditas, también se ha recurrido al uso de documentación publicada. De obligada referencia ha sido la serie Foreign Relations of the United Sta-
tes. Se trata de una selección de los documentos del Departamento de Estado que
publica, para cada año y de manera periódica, la Government Printing Office de los Estados Unidos. En algunas partes del capítulo referido a los años veinte hemos ape- lado igualmente a los British Documents on Foreign Affairs, edición facsimilar de do- cumentos del Foreign Office británico, que aparecen agrupados bajo un criterio temáti- co. Por otra parte, ante la imposibilidad de consultar sus archivo personales, se han utilizado publicaciones documentales provenientes de los fondos del Coronel Edward
Mandell House –consejero del Presidente Wilson- y David Hunter Miller –asesor legal de la delegación norteamericana a la Conferencia de Versalles. Asimismo, cuando lo hemos considerado imprescindible hemos acudido a los debates del Congreso nor- teamericano, recogidos por el Congressional Record. Por último, a la hora de conocer el contenido íntegro de algunas medidas legislativas emitidas por el gobierno español, ha sido imprescindible recurrir a la Gaceta de Madrid y al Diario de Sesiones del Se-
nado, recientemente digitalizados y puestos al servicio del público a través de Internet.
Sorprendentemente, es escaso el número de testimonios escritos que, en for- ma de memorias o diarios, han quedado para dar cuenta de las relaciones hispano- estadounidenses. Del lado norteamericano hemos hecho referencia a las memorias del General John J. Pershing –comandante en jefe de las tropas de los Estados Uni- dos durante la Primera Guerra Mundial-, a las del citado David Hunter Miller, a las de Robert Lansing –Secretario de Estado bajo Wilson- y a las escritas por George Creel cubriendo su período al frente del Comité de Información Pública. Del lado español el panorama es todavía más parco, ya que apenas contamos con el testimonio escrito por el Conde de Romanones en sus Notas de una Vida y las reflexiones de José Calvo Sotelo en Mis Servicios al Estado.
Por último, no podemos pasar por alto nuestras incursiones en las publicacio- nes periódicas de la época, tanto norteamericanas como españolas. En los Estados Unidos destaca el volumen de noticias relativas a España publicadas por el Christian
Science Monitor de Boston; aparte de éste, son el Washington Post y el New York Ti- mes los diarios que más interés ofrecen. También nos han sido de alguna utilidad re-
vistas como Time Magazine, Current History o The North American Review, por citar sólo algunas. Para España, la lista de diarios consultados se agranda, aunque el ma- yor número de artículos se ha recabado de los periódicos madrileños de mayor tirada, como el ABC, el Sol, o El Imparcial. De Barcelona hemos podido tener acceso a La
Vanguardia, cuyos fondos están digitalizados en su totalidad. Por otra parte, durante
los años de la Dictadura de Primo de Rivera han sido de obligada referencia El Debate y La Época.
Somos conscientes de que podríamos haber contado con un mayor número de fuentes. No obstante, creemos que las consultadas ofrecen un volumen de información adecuado y suficiente para los fines de este estudio. Se puede argumentar que quizá se haya escogido un período cronológico excesivamente amplio, pero éste no podía acortarse sin alterar el sentido y los propósitos de la tesis. La contemplación de tres décadas obliga a la selección de la información, focalizando la atención en las fuentes más importantes. Resulta por tanto imprescindible descartar fuentes de menor nivel cuya consideración hubiera prolongado excesivamente el tiempo trabajo, sin aportar testimonios significativos.