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Evaluation of the geometric bias in the marker tracking method

5.4 D ISCUSSION AND CONCLUSIONS

6.2.1 Evaluation of the geometric bias in the marker tracking method

Hemos simbolizado lo enfermo femenino en términos de histeria, ya que esta desde sus orígenes se relacionó con la sexualidad femenina (“histeria” proviene de

hyster matriz o útero). Los ataques de histeria tan comunes durante el siglo XIX fueron estudiados por Charcot, más allá de tradicionales creencias de posesión demoniaca, desde el punto de vista clínico y en relación con el funcionamiento del sistema nervioso. Muchos de los síntomas de la histeria se relacionaban con la imposibilidad de las pacientes de verbalizar su angustia en contraposición con un estado convulsivo o de excesiva movilidad.

Por otro lado, considerando que la delimitación entre lo sano y lo enfermo tiene que ver con la asimilación del paradigma de ciudadano que los estados decimonónicos establecían en su afán por imponer modelos de progreso; no es extraña la vinculación entre enfermedad y sectores populares racialmente marginales como negros, indígenas y mestizos a través de la cual se reafirma su exclusión dentro del proyecto nacional. En este contexto, es sobre todo el cuerpo de la mujer el que va a ser vigilado

preferentemente en base a las concepciones de herencia validadas por el discurso filosófico y médico de la época, como tal llegó a nuestras mujeres ilustradas, como podemos advertir en la siguiente afirmación de González de Fanning:

Y como según la ley fatal de la herencia, de madres débiles y neuróticas tienen que nacer hijos enclenques, de cerebros que, como fuegos fátuos que iluminan en corto trayecto el firmamento para apagarse luego, resultan adocenadas medianías donde se iniciaban brillantes astros del firmamento científico o literario: jóvenes que en el colegio descollaban y prometían tanto, y que luego se pierden en el vasto osario de las nulidades (González 39)

En este contexto, entenderemos a la prostituta, en tanto personaje de la narrativa decimonónica, a partir de una ambivalencia básica: por un lado, marginal desde la moral y la medicina que cuidaba a los nuevos ciudadanos procurando madres virtuosas y saludables. Las mujeres que ejercen la prostitución son, en este sentido, una amenaza a la “curación” de la sociedad; y sus vientres, un peligro para la descendencia, futura ciudadanía. Por otro lado, necesaria como aseguradora del orden familiar, como agente pacificador del desbocado deseo masculino y, por tanto, garante del virtuosismo de las “madres de la patria”.

En Blanca Sol, el narrador heterodiegético es quien moraliza y le cede en algunas ocasiones la voz a la protagonista para ejemplificar sus observaciones, de manera que cuando nos encontramos frente al discurso directo de Blanca este no suele revelar mucho más de lo que el narrador ha anunciado antes o sentenciará posteriormente. Incluso hacia el final del texto, la situación límite en que se encuentra, no la impulsa a hablar, ella calla mientras su cuerpo desenvuelve el lenguaje de la derrota y de la represión a través de los espasmos que le produce el alcohol, de la sonrisa grotesca con que recibe a sus primeros clientes, y de algunos gritos que tendrá que ahogar rápidamente. De esta manera, el narrador nos anuncia al final: “Ya llegará

el momento que lo diga todo pensaba ella: y sus palabras fueron tomando el tinte subido que retrataba su pensamiento y sus designios” (189).

Estas claves, muchas veces contradictorias, nos transmiten, no obstante, el impulso de sus personajes femeninos por la trasposición de los espacios, el trasvestismo, el juego de roles en muestra de su capacidad de creación y transformación.Esta apertura es necesaria en un espacio intelectual y cultural en que lo femenino era identificado con la debilidad y cobardía como lo demuestra la siguiente cita de Manuel Gonzalez Prada: “ ¿Por qué despertar? No hemos venido aquí para derramar lágrimas sobre las ruinas de una segunda Jerusalén, sino a fortalecernos con la esperanza. Dejemos a Boabdil llorar como mujer, nosotros esperemos como hombres. Nunca menos que ahora conviene el abatimiento del ánimo cobarde ni las quejas del pecho sin virilidad” (68).

Como dijimos, la narradora pocas veces le cede la palabra a Blanca Sol, así que es a través de esta que nos enteramos hacia el final de la novela de la decisión de Blanca de entregarse a la prostitución. Las deudas para los gastos más esenciales la agobian, la criada Faustina al no poder hacer frente a este estado de miseria toma la decisión de abandonar la casa, en ese instante, Blanca la retiene y decide “celebrar” su ingreso a esta nueva vida: “Aquella noche tomó, no una, sino muchas copas repitiendo:- A la prosperidad de mi porvenir!” (Cabello 1894 187). Luego ordena los mejores licores y una cena criolla. En la fuerza de esta resolución, al exagerar los medios a través de los cuales se incorpora a este mundo degradado, le serán mucho más esquivás las palabras y solo su cuerpo “hablará”: “Y así la señora Rubio, con la expresión de profunda desesperación, con el pulso trémulo y mordiéndose los labios, más como quien va a realizar crueles venganzas, que como quien va a llegar a un fin

deseado; escribió varias cartas...” (188).

Este silencio de la protagonista se transforma ahora también en el silencio de la narradora. Si el de la narradora tiene que ver con la autocensura ante los límites de la literatura femenina de la época, el de la protagonista se transformará en una necesidad proyectada, en un reclamo que solo se resolverá a modo de venganza en un esperado futuro:“En la expresión de su semblante y en todo su porte, había algo insólito, algo extraordinario; era el descaro, la insolencia de la mujer que quiere expresar con sus acciones lo que no puede decir con el lenguaje hablado” (Cabello 1894 189).

Esta nueva palabra que se reclama ahora es la nueva palabra de la mujer pública, un nuevo sujeto para quien los límites de lo privado y lo público ya no se encuentran claros, para quien la palabra es esencial no solo como denuncia, sino como construcción de sí misma, en sus nuevos intereses, ya no solo como detentadora del poder que otorga la política sino como organizadora de un partido político. Este reclamo, en gran medida, lo veremos resuelto a través del personaje de Ofelia.

Blanca Sol hasta el momento, en su ambiguedad, su evolución y su capacidad de movimiento, ha recorrido de la mano de la “prudente” narradora, a pesar de los silencios, o por ellos mismos, el camino que no solo la ha llevado hacia una nueva casa, una nueva posición social, un nuevo oficio donde el poder de sus palabras ya no le basta, sino que además, ha logrado visibilizar una problemática y una condición social: el trabajo de muchas de las mujeres limeñas de finales del siglo XIX. La reprobación moral de esta práctica es evidente por parte de la narradora, pero al mismo tiempo se hace evidente la fuerza del personaje, su vitalidad y su reclamo que es principalmente una demanda de palabra, es decir, de voz.

Capítulo III