6.4 Sensitivity to inaccurate disk positioning
8.1.1 Example 80 disk experiment
La fórmula autonomía-dependencia que hemos venido delineando, supone a la interrelación como fundamento del ciclo vital constructivo del mundo. Ahora bien, teniendo esto presente cabría preguntarse ¿cómo podemos pensar al sujeto-viviente en una estructura de otros sujetos vivientes, dinámica y variante?
Algunas teorías sociales sitúan su eje problemático en la estructura; otras, ponen toda su atención en el accionar de los sujetos. Nosotros nos proponemos poder pensar una hipótesis social de los sistemas vivos en la que el eje de problematización no recaiga exclusivamente sobre uno u otro punto.
Este sistema que traemos ahora a discusión ha de ser, según creemos, social e individual y la organización junto a su estructura deben al mismo tiempo con-formarlo y com-ponerlo. Además, como ya hemos podido analizar, el sujeto viviente es él mismo un sistema y esto parecería en principio facilitar nuestra argumentación. Pero, la cuestión aquí es que no sólo organización y estructura son inseparables del sistema, sino que el propio accionar de los sujetos también lo constituyen. Con lo que interrelación y acción subjetiva están de modo permanente y simultáneo formando y transformando el sistema al que nos referimos.
El orden de estos planteos nos lleva a indagarnos acerca de si existe una relación que vaya más allá de la idea de interrelación y la conducta o acción del sujeto. Ambas ya, pensándolo un poco, están entre sí íntimamente relacionadas. La interrelación interpretada como intercomunicación participa sistemáticamente del accionar del sujeto que está-viviendo.
Este cuestionamiento nos remite a la idea de intersubjetividad proveniente de la fenomenología de la mano de Husserl y de las posteriores teorías sociológico-fenomenológicas, propias de pensadores como Schütz, Berger y Luckmann. La intersubjetividad aparece en una primera instancia como la posibilidad de pensar en la idea de una acción intersubjetiva. Nos
preguntamos en consecuencia ¿cómo sería una acción intersubjetiva? Morin, a primera vista, parece naturalizar esta idea y dar por hecho la presencia de intercambios intersubjetivos, comunicaciones intersubjetivas (1980: 285-286). Sin embargo, en L’humanité de l’humanité da a esta noción mayor relevancia: “El sujeto emerge al mundo al integrarse en la intersubjetividad. La intersubjetividad es el tejido de existencia de la subjetividad, el medio de existencia del sujeto, sin la cual él perece” (2001: 85)128.
Ahora bien, hay algunas corrientes antropológicas que suponen que todo tiene como punto de partida a la interacción social. Nos interesa aquí cuestionarnos a partir de ello ¿cuál es el lugar que ocupa la interacción o interrelación, como preferimos llamarle, en el proceso de subjetivación? Parecería, aunque quizá sólo sea sólo una primera impresión, que posturas tales como las del interaccionismo simbólico, por ejemplo, que proponen a la interacción social como principio creador de la autoconciencia y la capacidad de reflexionar del sujeto, desplazan la integridad autónoma del sujeto. En estos términos, la misma interacción precede al sujeto y aparenta incluso estar haciendo del sujeto su dependencia. Esta visión resulta muy discutible, no de parte nuestra con la intensión de resumir la importancia y significancia de la interacción, cuando más bien lo que nos interesa es poner acento en la necesidad de establecer la jerarquía de la instancia egocéntrica del sujeto. Instancia tal en la que el sujeto puede indagarse a sí mismo y reconocerse, saber de sí y sus necesidades. Pero sí consideramos fundamental tener cuidado y especial atención sobre cualquier posible reduccionismo de la cuestión del sujeto per se. Coincidentemente, Morin escribe un párrafo en que parece compartir el mismo propósito: “al igual que el individuo no se disuelve ni en la especie, ni en la sociedad, que están en él como él está en ellas, el sujeto no puede disolverse en la intersubjetividad que, sin embargo, le asegura su plenitud. El Yo del sujeto no es un relevador de transmisión en un
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tejido de intersubjetividad. Conserva su autoafirmación irreductible” (2001: 85)129.
Advertimos que la naturaleza de la intersubjetividad, si bien es el vínculo o comunicación entre sujetos, no se somete a ello. La intersubjetividad constituye un nosotros, que se caracteriza por una relación hacia lo otro, reconociendo su experiencia, pero desde lo uno en el reconocimiento y creación constante de nuevos significados los cuales surgen a la vez de los procesos de construcción inter-comunicacionales. Estos significados, ya lo vimos, provienen de la intercomunicación y son ellos mismos producto y sentido de la comunicación (Bateson 1979), que constituye al sujeto viviente y a su-estar-siendo en el mundo.
De esto anterior, y volviendo sobre la idea de una acción intersubjetiva, pensamos que el significado de la acción subjetiva deviene social en la comunicación comunitaria, esto es, en lo que es puesto en común que tiene lugar en la comunidad. Para que la comunicación sea posible no sólo es necesario que los sujetos compartan un mundo, sino que tienen que ser capaces de comprender también el mundo del otro, que lo incluye. La comunicación, en consecuencia, puede concebirse como la puesta en común de las diferencias. La comunicación se vuelve comunitaria, entonces, cuando lo compartido se ofrece al antagonismo.
Como, vimos las interrelaciones son procesos dialógicos que favorecen la construcción de identidades-alteridades (Sí/no-Sí). Es esta relación el principio básico de construcción de un-mundo-social.
En el marco de la lingüística, y en los parámetros de las teorías de la comunicación, también ha sido planteada la noción de intersubjetividad. Benveniste (1971: 184) discutiendo sobre los problemas del lenguaje se refiere a ella de esta manera:
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“l’individu ne se dissout ni dans l’espèce ni dans la société, qui sont en lui comme il est en elles, le sujet ne peut se dissoudre dans l’intersubjectivité qui pourtant lui assure sa plénitude. Le Je du sujet n’est pas qu’un relais de transmission dans un tissu d’intersubjectivité. Il garde son auto-affirmation irréductible”.
La “subjetividad” de que aquí tratamos es la capacidad del locutor de plantearse como “sujeto”. Se define no por el sentimiento que cada quien experimenta de ser él mismo (sentimiento que, en la medida en que es posible considerarlo, no es sino un reflejo), sino como la unidad psíquica que trasciende la totalidad de las experiencias vividas que reúne y que asegura la permanencia de la conciencia. Pues bien, sostenemos que esta “subjetividad”, póngase en fenomenología o en psicología, como se guste, no es más que la emergencia en el ser de una propiedad fundamental del lenguaje. Es “ego” quien dice “ego”. Encontramos aquí el fundamento de la “subjetividad” (1958)130.
La intersubjetividad emerge, ciertamente, de las interrelaciones y las intercomunicaciones, pero emerge de ellas y las incluye. Encontramos en el seno de la intersubjetividad el sentido y significado del mundo social, pero más aún, en esa acción de volverse común, no por hacer la misma cosa sino por la capacidad de autorreconocerse y reconocer al otro y su mundo, se encuentra la singularidad. Esta acción intersubjetiva no es necesariamente una acción colectiva, sino más bien se trata de una acción comunitaria en la que la unicidad singular logra com-partirse.
Con esto no sólo logramos poner al sujeto en el centro de la construcción social, sino que también se hace de esta construcción una creación subjetiva. Es decir, la construcción social no es extraña al sujeto, por el contrario y en afinidad con algunos conceptos de Bajtín (2004), ser sujeto significa, entonces, comunicación dialógica y la certeza que la identidad del sujeto es el reconocimiento del otro ser significa ser para otros, y a través de él, para sí mismo. De esta manera surge el sujeto conformando el mundo social, que es, a su vez, vital para su mantenimiento en la vida.
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Asimismo, y retomando algunas discusiones, tenemos que, por un lado, cada sujeto vive y se experimenta como sujeto singular y que esta subjetividad singular que lo diferencia de lo otro es común a todos. Pero, por otro lado, también encontramos que el otro es en el sujeto, es decir, que el para sí mismo incluye un doble dispositivo dialógico del que el otro es parte. En consecuencia, estamos en condiciones de ensayar que la intersubjetividad se constituye como la trama que se compone de las experiencias singulares compartidas y comunicadas por cada sujeto. Morin lleva este concepto aún a otro punto, sugiere la idea de una co-integridad y necesidad mutua, pero sin compromiso de la singularidad (2001: 81-86).
En suma, descubrimos que así como no pueden borrarse los contornos de la singularidad, surge un lugar especial para la apertura intersubjetiva del sistema vivo y su doble principio de identidad, consigo mismo y con el todo. Unas líneas del propio Morin condensan bastante la idea:
El sujeto no está sólo porque el Otro y el Nosotros están en él. Pero hay que decir que el Yo también está solo. Solo en ocupar su puesto egocéntrico, hay en él un núcleo incomunicante e incomunicable. Puede encontrarse solo en el mundo, desamparado, incomprendido, rechazado. Es el ser más abierto en sus necesidades, sus curiosidades, deseos, esperas, y el más cerrado en su egocentrismo y su singularidad (2001: 89)131.
Es interesante notar que, a diferencia de esta perspectiva, para los interaccionistas simbólicos, el self (el ego, la escancia o la individualidad de un ser humano) se forma al interactuar. Esta corriente de pensamiento
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“Le sujet n’est pas seul puisque Autrui et le Nous sont en lui. Mais il faut dire que le Je est seul aussi. Seul à occuper son site égocentrique, il y a en lui un noyau incommunicant et incommunicable. Et il peut se trouver seul dans le monde, délaissé, incompris, rejeté. Il est l’être le plus ouvert dans ses besoins, ses curiosités, désirs, attentes, et le plus fermé dans son égocentrisme et sa singularité”.
sostiene que self es la capacidad que tiene cada persona de observar, responder y dirigir su conducta; capacidad que se va formando en ella a través de un proceso de carácter reflexivo. Es decir, referida al propio sujeto y por la que éste puede organizar de manera relativamente estable sus cogniciones y actitudes al ser activadas por los otros, de tal modo que el control social deviene del autocontrol (Lauer, Handel, 1977: 284).
Como hemos entendido hasta aquí en nuestro análisis, la condición del sujeto no pude responder directa o únicamente a determinado tipo de normativa, ni al resultado de la interacción entre el sí mismo y lo otro, sino que la experiencia del sujeto se trata de una construcción en la que su propio-ser- ahí y su singularidad se exponen a la pluridimensionalidad construida comunitariamente. Podemos, más bien, referirnos de esta manera a sistemas sociales construidos y creados por los sujetos al interior del flujo de las interrelaciones.
En concordancia con esto, encontramos útil repasar algunas ideas de Maturana que biologizan la visión antrópica del comportamiento. Estos conceptos de Maturana apuntan a pensar que los seres vivos, y entre ellos los seres humanos, somos sistemas donde todo ocurre en nosotros. Incluso nuestro comportamiento refleja los cambios que se producen en el sistema y en el medio. Lo que vemos como comportamiento en cualquier ser vivo bajo la forma de acciones en un contexto determinado, se corresponde con el diseño de su movimiento estructural como sistema. De esta forma, resulta que la conducta del ser vivo es adecuada si y sólo si sus cambios estructurales ocurren en congruencia con los cambios estructurales del medio, y esto solamente tiene lugar mientras su estructura permanece en congruencia con el medio durante su devenir de continuo cambio estructural. Más aun, todo ser vivo se encuentra en su presente como resultado de una historia, que es en una continua transformación del presente y desde él (Maturana, 2009: 6-8).
Para cerrar este aspecto de nuestro análisis, pensamos que un sistema de sistemas, un sistema así social comprende inseparablemente los entramados de las estructura y de la acción subjetiva individual. Es claro que
la explicación de una acción o conducta no se desprende únicamente del resultado de la interacción entre las partes de un conjunto social, sino que es resultado o producto de la interrelación como consecuencia intrínseca de la relación dialógica en donde cada uno es parte constituyente de la acción y transformación de sí y del otro.
Las relaciones son de uno hacia otro y de otro hacia uno, siempre en un medio con el que también ambos están interrelacionándose, y al que también le ocurren los cambios de las indagaciones y transformaciones propias de las partes. No es menor apuntar que esto es consistente con los sistemas vivos de los que hablamos, que como lo concibe la biología contemporánea, en cada parte, en cada núcleo de cada célula poseen la información del todo y el todo a su vez contiene en sí la información de las partes. Hay un entramarse en conjunto y en un sistema tal, las relaciones son también interrelaciones recursivas que admiten la construcción del nosotros como subjetividad comunitaria.
Volvemos así una vez más sobre los principios subjetivos de inclusión exclusión, porque a lo largo de este análisis nos hemos convencido de que es el propio proceso de conocimiento y autoconocimiento el que dona al sujeto la totalidad como multiplicidad. Es desde allí que se alcanza la conciencia de estar manteniéndose-en-la-vida como sujeto-con-otros-en-el-mundo.