La construcción de mi corpus fue producto de un relevamiento sobre la producción literaria de género narrativa en Argentina bajo la consigna de que en ella se haya tematizado o como prefiero decir, “inscripto” la Patagonia Austral. Las novelas que a continuación se constituyen en las aperturas de estos nuevos itinerarios, más contemporáneos sobre el territorio, fueron elegidas bajo los criterios que adelante explicito.
En relación con la investigación literaria, me parece justo incorporar a la discusión lo que Miguel Dalmaroni (2009) llama del campo clásico. Este campo clásico no adopta en sí la ilusión de especificidad de los estudios literarios, recorriendo entre sus caminos más extensos la ficción, la ficcionalidad, aunque son prácticas, motivos o temas directamente asociadas a los estudios literarios, no le son propias o particulares. En este sentido, el campo clásico cuenta entre sus problemas típicos aquel que remite o combina al estudio de la literatura con otras prácticas.
En efecto, desde el campo clásico esta segunda parte de la tesis propone leer cómo la literatura argentina, la narrativa, inscribió un territorio: La Patagonia Austral, aunque este proceso de investigación estuvo ligado a reconocer la interrelación constante, y dinámica, de umbrales, razón por la cual se asocia a otros géneros, en especial: la prensa y la historiografía regionalista.
Estoy acostumbrado (creo que un campo está acostumbrado a razonar así) a pensar a través de inflexiones, de cortes y de rupturas, no obstante, el armado de este corpus que hoy presento tiene poco de ello. El armado responde, más bien, a una serie de criterios que lejos está de probar que haya corte o inflexiones sino que lo que habilita es otro orden de cosas.
Reconozco las inscripciones de la Patagonia Austral como tematizaciones, formas protocolares de enunciación y constelaciones con los efectos de su rehabilitación o impugnación como territorio, desestabilización o reconversión, reafirmación o reproducción, apropiación y fundación de esos itinerarios del viaje, de la denuncia, de los proyectos nacionales, de las desintegraciones y del mercado que he caracterizado como Itinerarios del pasado y fundantes de los imaginarios sobre la Patagonia Austral.
Mi objeto de estudio es la literatura, afuera quedan de nuestro interés los archivos, el discurso de la historia y la prensa que he analizado. Pero quedan en una afuera limítrofe, en un afuera que acecha, en un afuera de las fronteras, para reubicarse y dialogar cuando el texto literario los convoque.
Cinco son los criterios centrales que han guiado este recorte. El primero es el género literario: narrativa, el segundo el tiempo-espacio: Argentina entre 1982 y 2008, el tercero es la publicación en un circuito centralista, el cuarto es la recepción por parte de la misma crítica literaria centralista de la obra y el quinto es la referencia obligada a la inscripción de la Patagonia Austral como escenario, como actante, como locus enunciativo, o finalmente, como temática.
Que la narrativa sea el objeto de estudio parece ser un hecho consolidado en las heurísticas literarias de Argentina. El volumen que dirige Elsa Drucarof (2000) sienta una postura al titular La narración gana la partida; y al desplegar una serie de argumentos a favor de estudiar el auge de la narración hoy en relación con el determinados períodos. Drucarof sostiene que ganar la partida significa que la narración se ha impuesto como estructura literaria, como una tendencia a partir del género novela. Finalmente, pensará que hay un período que habría comenzado hacia la segunda mitad de los sesenta, que se volvió intenso durante los setenta y sin dudas mantiene efectos fuertes hasta la actualidad, en este periodo, la narración se impuso con una legitimidad particular, adquirió un prestigio específico “en un imaginario de expectativas ligadas a una gran expansión de la literatura y una no menos fuerte problematización de la lectura” (Drucarof, 2000: 8). Obviamente este fenómeno, también arrastró al cuento. Asimismo, Drucarof (2000) señala como problemática que las grandes editoriales prácticamente no publican poesía y que la novela es el género que exigen los estudios de marketing argumentando que es lo que el público lector quiere, lo que se vende. Este privilegio de la narrativa aparece como un fenómeno de mercado que condiciona la producción y circulación de los géneros literarios. Esta problemática vinculada con la idea mercantilista de Patagonia for export, regresará de nuevo cuando analice mi corpus. Los antecedentes sobre la Patagonia, tanto literarios como no literarios son narrativos. Estoy en condiciones de afirmar que no existe un poemario o género dramático que condense una fuerte inscripción sobre el territorio ni que se haya convertido en la referencia constante ni de las poéticas argentinas y latinoamericanas ni en los estudios críticos sobre ello, más que como una temática exótica, no existe. Mis recorridos por los itinerarios se convierten en prueba de ello.
Un criterio fundamental que lleva al recorte del corpus es la incorporación de un problema si bien discutido, para nada despreciable. Este problema es la relación centro- periferia como categoría que el corpus al menos, acusa.
Permítanme una catálisis para instalar esta discusión. La instalación de las categorías centro y periferia en la organización estructural de este apartado necesita al menos una serie de reflexiones sobre ellas. Es común pensar en Latinoamérica que la productividad de la discusión deviene de ciertos planteos de la CEPAL. En este sentido, la novedad consistió en introducir el progreso técnico como elemento central del diagnóstico. Frente a las concepciones clásicas que argumentaban la bondad de la especialización de los países de acuerdo a las ventajas comparativas de cada uno, al considerar que no se producían discriminaciones entre quienes se especializaran en exportar materias primas y quienes lo hicieran exportando manufacturas, los estructuralistas latinoamericanos de la CEPAL plantean que esa especialización no es indiferente y que es necesario distinguir la existencia de un centro y una periferia en la economía mundial. Centro y periferia se diferencian porque tienen estructuras productivas diferentes: el primero se caracteriza por una estructura diversificada y homogénea; mientras que la segunda, por el contrario, posee una estructura simple y heterogénea. En el centro se genera el progreso técnico y se aplica, con lo que se beneficia de los incrementos de productividad que supone, mientras que la periferia se encuentra supeditada a los avances que se producen en el primero y se beneficia de los mismos no cuando lo quiere y necesita sino cuando se lo permiten. Según la CEPAL, las relaciones entre centro y periferia se resumen en los siguientes puntos: a) la periferia permanece retrasada por su incapacidad para generar o integrar el progreso técnico de la misma manera que lo hace el centro; por ello, la productividad del trabajo aumenta más lentamente en la periferia y, en consecuencia, los sectores productores para la exportación de materias primas, que forman la esencia de la periferia, progresan más lentamente que los sectores productores de manufacturas, que es lo característico del centro; b) en la periferia, los sectores de escasa productividad, como la agricultura de subsistencia, generan un continuo excedente de mano de obra, que presiona a la baja sobre los salarios del sector moderno, lo que, además de hacer que no crezca el mercado interno, disminuye los precios del sector de exportación; c) tanto las diferencias de productividad como la baja de los precios explican la tendencia al aumento de las diferencias entre el ingreso en el centro y la periferia; d) se produce una tendencia al desarrollo desigual entre los polos que forman el sistema (Palma, 1987:62).
Esta tesis del comportamiento centro-periferia tuvo una gran influencia y fue recogida por muchos economistas y científicos sociales que se dedicaban al estudio de las cuestiones del desarrollo. Posteriormente, hacia los años 60, dio pie a la escuela denominada de la dependencia, que enfatizaba el obstáculo que suponía para el desarrollo de los países el comportamiento de las economías industrializadas. Dentro de la escuela se dieron diversas tendencias en la explicación de cómo se producía la relación de dependencia de la periferia respecto al centro.
Por otro lado Joaquín Bruner (2002) analiza la difusión de la modernidad dentro de la clave periferia-centro. La pregunta es ¿cómo se despliegan concretamente los procesos de modernización, tanto en sus aspectos “macro” como de tamiz fino? Algo difícil de responder, aún así realiza cinco breves consideraciones. Primero, dentro del naciente orden capitalista, ya en el siglo XV existían lo que hoy llamamos países desarrollados por un lado y países subdesarrollados por el otro; han cambiado las naciones favorecidas pero, en lo que respecta a sus leyes, el mundo no ha cambiado apenas: sigue distribuyéndose, estructuralmente, entre privilegiados y no privilegiados. Luego, la difusión de la modernidad—asunto distinto a los procesos de modernización que operan siempre “desde dentro”—posee una dirección estructural: desde el polo privilegiado, el centro, hacia la periferia. Lo anterior vale tanto para la Gran Bretaña del siglo XVII, tocante a la relación entre Inglaterra, por un lado, y Gales, Irlanda y Escocia por el otro, como para la América Latina de los siglos XIX y XX en relación con Europa y Estados Unidos. Segundo, si bien la modernidad transmitida desde el centro posee un núcleo común—un “programa cultural” que gira en torno a “una concepción del futuro caracterizado como un horizonte de diversas posibilidades realizables a través de la acción humana autónoma” su construcción histórica, en cambio, incluso en el centro, adopta una variedad de formas en lo tocante a las ideas que la informan, el ordenamiento de su estructura institucional y los agentes sociales que la impulsan. Tercero, dichos procesos de difusión—igual que la experiencia de la modernidad— necesitan entenderse, por tanto, no sólo desde el centro y su punto de vista imperial sino también desde las periferias receptoras, con su propia matriz institucional—capitalismo, urbanización, burocracia, etc.—y sus micro-dispositivos de recepción y re-transmisión de la modernidad. Cuarto, en las sociedades periféricas, a su turno, los procesos de modernización operan no sólo bajo la presión de fuerzas ciegas (el mercado, la burocracia, la secularización, la mediatización de la sociedad, etc.) sino que hay, además, agentes sociales y políticos que impulsan dichos procesos. Sobre éstos interesa
señalar que—por opuestos que puedan ser sus proyectos modernizadores—siempre forman parte de la “población incluida” y, por eso, una de las cuestiones centrales de la modernización viene a ser la relación que se establece entre esos agentes con los grupos excluidos (indígenas, por ejemplo), los factores tradicionales y en general los elementos que entran en tensión con el secularismo, de manera de asegurar así una base inclusiva para la modernidad. Quinto, los procesos de difusión, adopción y adaptación de la modernidad en la periferia configuran, inevitablemente, constelaciones culturalmente híbridas, mezcla de elementos culturales heterogéneos, discontinuidades y reciclamientos, fenómenos todos que adquieren su singularidad exclusivamente dentro del contexto socio-histórico en que tienen lugar. Max Weber sostenía que a sus contemporáneos debía resultarles casi imposible imaginar el desgarro que significó el paso desde una sociedad “donde el más allá significaba todo” a una donde la razón triunfa y se erige en motor de la ilustración moderna. Tras haber vivido inmersas por siglos en sus comunidades, donde la economía se hallaba subordinada a fines políticos o culturales, las personas debían ahora satisfacer sus necesidades en el mercado y vender allí su trabajo, aceptar la disolución de los lazos tradicionales y la profanación de todo lo que hasta ayer habían creído venerable y seguro. En un primer momento, “no entendían qué era lo que las afectaba” y “andaban a tientas en busca de un vocabulario” con el cual compartir “sus desgracias y sus esperanzas”. En un segundo momento, en cambio, ya en el siglo XIX, el entorno había cambiado completamente. El centro—o sea, aquel núcleo de ciudades donde es más intensa la experiencia de la vida moderna; el París de Benjamin o el Berlín de Simmel —da origen a nuevas vivencias y a una nueva conciencia de ellas. Según señala Carlos Fuentes en una entrevista: “Acabo de escribir una novela sobre eso, y se llama La Campaña. Empieza en Buenos Aires, la noche del 25 de mayo de 1810, y termina en Veracruz, México, diez años después; y son las aventuras, precisamente, de la Ilustración en tierras aztecas y de incas y de negros y de esclavos y todas estas cosas”. Nacidas de una sociedad donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”, ellas son producto de la vorágine causada por el de nuestra vida interior y, de hecho, como un mundo interior”.
¿Cómo confluyen ambos aspectos, el mundo exterior en continua transformación y su interiorización como mundo de vida en constante proceso de renovación? M. Berman responde con la descripción más potente y hermosa con que contamos hasta ahora: “Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza
con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos”. ¡Ahí está! Un mundo exterior—pleno de posibilidades y riesgos—que, en el mismo acto, experimentamos al interior con ambigüedad y angustia, como auto-realización y destrucción de uno mismo. Giddens ha elaborado sociológicamente tales tópicos bajo el concepto de las tensiones y tribulaciones que envuelven la construcción y trayectoria de la identidad personal en la alta modernidad.
La particular recepción latinoamericana de la modernidad da lugar a ciertas experiencias típicas en relación con la modernidad central. En un momento, esta se impone como ausencia, obligando a la periferia a asumirla como un simulacro. La idea subyacente es que América Latina no puede tener una verdadera modernidad (o sea, la modernidad central) pues le faltan los antecedentes intelectuales e instituciones que le dieron sustento en Europa. Dicho déficit histórico conduciría a una experiencia de la modernidad como disfraz que encubre y disimula. Según esta visión la modernidad nos viene impuesta desde afuera, y en el proceso de adaptarnos a ella se generan simulacros y distorsiones. La periferia imita al centro. Le pide prestado un traje histórico que le viene mal y la desfigura. Esto está emparentado con una teoría de la dependencia y del imperialismo cultural.
En otro punto, se encuentra la perspectiva que da pie a la posibilidad que la periferia dialogue con los temas de la modernidad central y global como propios. Es más, se la apropia ya sea con imaginación o con irreverencia, mediante adopción o adaptación receptiva. Sin meramente imitarlo o copiarlo sino en comunicación con ello. Evidentemente no se trata de una comunicación libre de trabas ni de distorsiones, desde el momento en que opera a través de la estructura o dispositivos de la desigual distribución mundial del capital, el conocimiento y la tecnología. Es una modernidad de inscripciones múltiples como las que habla Beatriz Sarlo. En este aspecto, se despliega sobre la modernidad latinoamericana dos visiones: el macondismo y el marianismo. El macondismo sería una manera de manifestar lo misterio y mágico real de Latinoamérica, su esencia innombrable por las categorías de la razón y por la cartografía política, comercial y científica de lo moderno. Una estrategia intelectual destinada a subrayar nuestra diferencia esencial (no nuestra modernidad diferente). El marianismo debe su denominación al sincretismo religioso de la sociedad novo-hispana donde pervive en culto mariano (por la virgen María). Postula que la cultura latinoamericana tiene un postulado religioso el cual conformaría un peculiar ethos que tendría dos características. La primera es resistente a los intentos reformistas de las élites ilustradas
que fracasaría constantemente por su iluminismo no solo ajeno sino contrario al ethos. En la segunda, dicho ethos crea su propia síntesis cultural a través de la religiosidad popular donde cuya racionalidad es simbólico –dramática antes que instrumental y que en la escisión cartesiana se queda del lado de la subjetividad y de los sentimientos. Esta forma de religiosidad sería una de las pocas expresiones auténticas de esa síntesis que permean el conjunto de la cultura latinoamericana.
Hans Gumbrecht (2004 (1997)) realiza una serie de planteos en relación con la categoría centro-periferia. En una especie de utopía historiográfica, el autor se propone y se pregunta en este libro en qué medida y a qué costo es posible y hacer presente de nuevo en un texto, mundos que existieron antes que su autor naciese, sabiendo que tan emprendimiento, es de base, imposible. Gumbrecht sugiere que su libro puede ser usado para cosas “diferentes que hacer presente los mundos de 1926”. Y en un sentido implícito, este libro “hace un reclamo contra toda afirmación de que responde a una agenda subjetiva o colectiva. ¿Y cómo podría ocupado en la simultaneidad histórica no arribar precisamente a esta conclusión?” Gumbrecht piensa al par centro/periferia, como códigos donde todos los posibles fenómenos, opiniones y perspectivas están presente constantemente en el Centro, mientras que los diversos espacios de la periferia están (al menos temporariamente) carente de ellos. Ahora, los espacios ubicados en la “Periferia austral del mapa son mundos de autenticidad donde se supone que ha sobrevivido un orden elemental y arcaico. Un orden que garantiza que todos los fenómenos preservan sus significados cosmológicos originales.” (Gumbrecht: 2006, p 265). En sí, la aceptación de la diferencia centro y periferia que emerge para todos los habitantes como premisa para la vida cotidiana, da a la gente la impresión que habita un espacio mundial homogéneo. Este código (centro / periferia) aparece colapsado por el colapso que sufre la distancia. La ausencia se acerca a la presencia a través de la emergencia de dispositivos tecnológicos (telegrama, teléfonos). Estas formas de cercanía existencial no son “ciertamente los únicos-ni los más importantes- efectos de la difumación de la distinción entre Centro y Periferia” (Gumbrecht, 2006:355). Un espacio donde ha colapsado los códigos centro y periferia es un espacio de infinitud. Donde la medición de la velocidad y el centro se ha vuelto problemática. Cuando la periferia no es distinta del centro, la región fronteriza del la Periferia no es más periférica. Los espacios fronterizos se convierten en modos de vivir “estar adentro”. Y así, en 1926, las fronteras se convierten en espacios- a veces incluso, espacios centrales a través de los continuos movimientos de vaivén que atraviesan los umbrales que ellas marcan.
Lo anteriormente mencionado (CEPAL/Bruner/Gumbrecht) focalizan la cuestión centro-periferia en relación con elementos categoriales donde el dominio central está pensado en Norteamérica y Europa; pero no en relación a la organización territorial de un país como es en nuestro caso, Argentina. El entramado centro-periferia razonado en nuestra nación aparece dos trabajos: Grimson (2000) (un trabajo de compilación con otros autores) y Ana María Camblong (2010).
Grimson razona que el espacio es producto de una constante e ininterrumpida construcción social parece adquirir notoria claridad en las fronteras, adonde su propia existencia cobra sentido en cuanto relaciones sociológicas entre espacios también sociológicamente definidos (especialmente entre Estados nacionales). La díada “centro periferia” pretende colocar el foco en este último término. No se trata aquí de traer las fronteras al centro, ni de llevar el centro a la fronteras, para analizarlas a partir de un ideal de Nación hegemónicamente construida, verificando grados de discrepancia o de adaptación con este ideal. Tanto empírica como epistemológicamente, se trata de