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De primeras, Carlos II no tuvo ningún éxito contra su sobrino Pipi-no II. Cierto que por el reparto de Verdún el país pertenecía a Carlos; pero el país, al menos por voluntad de la mayor parte de su población.

no quería pertenecerle. Así que lo castigó «con numerosas incursiones», pero a menudo sufrió «enormes pérdidas» (Annales Fuldenses), como en junio de 844 en Angulema a manos de Pipino y Guillermo, el hijo apenas mayor de edad del margrave Bernardo. A su tiempo se decantaron por Carlos, entre otros, su tío y primer archicanciller Hugo, hijo (ilegítimo) de Carlos «el Grande», abad de Saint-Quentin y Saint-Ber-tin, y un nieto de san Carlos, el abad Richbodo de Saint-Riquier. Entre los prisioneros se encontraban el archicapellán de Carlos, el obispo Ebroín de Poitiers, el obispo Ragenar de Amiens, el abad Lupo de Fe-rrières y numerosos condes. Carlos había perdido la soberanía sobre casi toda Aquitania.25

Sólo una acción heroica alegró entonces al rey. Atrajo alevosamente a su campamento y mató de inmediato al conde Bernardo, «que era ingenuo sin que se sospechase de él maldad alguna» (Annales Fuldenses), aunque según otro analista había sido un «salteador público» y el amante de la mujer de Carlos.

Sólo después de un modesto éxito contra los normandos que asediaban Aquitania, la mayor parte de la nobleza, que reprochaba a Pipino una protección deficiente, se pasó a Carlos. Y así pudo éste hacerse elegir en Orleans (848) rey de Aquitania por la aristocracia eclesiástica y civil y hacerse ungir y coronar por el arzobispo Wenilo de Sens, y no por el papa. Era un concepto tradicional tomado del arzobispo Hinkmar, pues éste confirió a Carlos la autoridad sagrada y soberana e hizo de la catedral de Reims el lugar de coronación de los reyes francos.26

En colaboración con la Iglesia Carlos reforzó su autoridad mediante la idea del rex christianus y sobre todo mediante la constante sacraliza-ción de esa autoridad con ayuda de actos ceremoniales y religiosos como la coronación y la unción. En una breve ojeada podemos ver que así ocurrió en el nombramiento de Carlos el Niño, su hijo mayor (855), en la exaltación de su hija Judit a reina de Inglaterra con ocasión de su boda (856) y en la exaltación de su propia esposa Irmintrude (866). Personalmente, después de su coronación en Orleans como rey de Aquitania (848) y en Metz como rey de Lotaringia (869), Carlos se hizo coronar emperador en Roma (875). Y en el año 859, con ocasión de un intento de derrocamiento, demostró su dependencia del clero mediante la declaración de que nadie podía deponerlo si no era «por juicio y sentencia de los obispos» con cuya colaboración había sido consagrado rey; «porque ellos son el trono de Dios, sobre el que Él se sienta y desde el que pronuncia la sentencia. A sus reconvenciones y castigos paternos me someto en todo tiempo...». Una prueba más de la influencia siempre creciente de los sacerdotes sobre la política.

No hay duda de que también Carlos sacó provecho de todo ello. Como los demás carolingios hasta reclamó ocasionalmente la dignidad

abacial, como en el caso de Saint-Denis, no sólo protegió el «trono de Dios», sino que también cooperó estrechamente con él. Nadie más que el antiguo canciller de Pipino I, el obispo Ebroín de Poitiers, dirigió a la clerecía palatina como archicapellán de Carlos. Y a Hugo, hijo ilegítimo del mismo Carlos (y de su concubina Regina), abad de Saint-Quentin y Saint- Bertin y último canciller de Luis el Piadoso, le hizo Carlos su primer canciller antes de que el abad cayera defendiendo su causa en Angulema.

Pero por encima de todos elevó Carlos al noble Hinkmar, monje del monasterio de Saint-Denis a sucesor de Ebón de Reims (845). El arzobispo Hinkmar. sin duda el prelado franco más influyente de su tiempo (y que escribió los Annales Bertiniani entre los años 861-882 en un tono muy subjetivo y orientados por entero a sus objetivos episcopales; en ellos el hábil falsificador ni siquiera titubeó en falsificar el texto de su predecesor), apoyó sí la fracasada tentativa de Carlos para anexionarse el reino central; pero se opuso enérgicamente a su política imperial y a sus incursiones italianas.

Ya al año de la coronación del rey en Orleans (848) cayó en sus manos Carlos, hijo menor de Pipino. El monarca no sólo era tío suyo, era también su padrino de bautismo (patrem ex fonte sacro), al que el muchacho, que por entonces tenía unos doce años, estaba especialmente vinculado tanto por parentesco como por lazos eclesiásticos. Sin embargo, en la asamblea imperial de Chartres presionó al joven príncipe y eventual pretendiente para que proclamase desde el púlpito que «por amor y sin coacción alguna quería hacerse clérigo al servicio de Dios». Inmediatamente después de lo cual los prelados lo tonsu-raron y lo encerraron en el monasterio de Corbie. Y cuando en el otoño de 852 el monarca tuvo en su poder al rey Pipino II, hermano de Carlos, también «con el consentimiento de los obispos y los grandes» (Regino de Prüm) hizo que le impusieran la tonsura en la misma iglesia de Soissons, en la que también se había obligado a Luis el Piadoso a llevar la cruz, encarcelándolo después en el monasterio de san Medardo.27

Fracasó un primer intento de fuga de Pipino con ayuda de dos sacer- dotes, monjes de la casa; y en un sínodo celebrado en Soissons (853) tuvo que formular un juramento de lealtad a Carlos, hubo de emitir un voto monástico formal, vestir de nuevo la cogulla y volver a la cárcel del monasterio. Fue el año en el que casi todos los aquitanos desertaron de Carlos y al año siguiente, atendiendo a la llamada de aquéllos, Luis el Germánico envió a su hijo Luis III el Joven, quien penetró hasta el territorio de Limoges. Carlos cayó asimismo sobre Aquitania, incluso «durante la cuaresma y la fiesta de Pascua», como censuran los Annales Bertiniani: «Pero su ejército no hizo más que devastar, incendiar y lle-

varse a gentes prisioneras, sin que ni las iglesias ni los altares de Dios escapasen a su codicia y maldad».

El príncipe Luis, durante un breve tiempo elevado por su padre a rey de Aquitania, tendría que haberse impuesto claramente con sus tu-ringios, alamanes y bávaros al malquisto Carlos. Pero la invasión de los francos orientales fracasó en el momento en que el ex rey Pipino, al que probablemente Carlos había dejado fugarse, apareció en escena. Y es que el pueblo, al menos en su mayoría, estaba de parte de Pipino, y de nuevo le hizo rey. Recuperó algunas comarcas de Aquitania; pero, tras la retirada de Luis, al año siguiente (855) fue de nuevo atacado por Carlos. Y a mediados del mes de octubre éste otorgó en Limoges a su hijo Carlos el Niño, menor de edad, el título de virrey de Aquitania e hizo que los obispos lo ungieran. Sin embargo, un año después los aquitanos volvieron a declararse en favor de Pipino, que ahora buscó ayuda entre bretones y normandos; pero en 864 de nuevo cayó en poder de Carlos. Éste lo condenó como «traidor a la patria y al cristianismo a prisión severísima» en el monasterio de Senlis, la prisión imperial de Occidente en la que probablemente murió poco después.28

Entretanto Luis el Germánico aceptó una oferta para gobernar el reino de Carlos, que la nobleza francooccidental le había hecho en 854 y que renovó en 858-859. Y al menos la segunda vez el rey. que ya había huido a Borgoña, pudo afianzarse sin más gracias a la actitud resuelta de los obispos francooccidentales capitaneados por Hincmaro de Reims.

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