Caminar por las calles de Asís en plena noche. Escuchar los trozos de conversación que se filtraban del interior de las casas hasta las calles angostas. Escuchar el sonido amortiguado de sus propios pasos en la quietud de la noche. Mirar la gran fortaleza de la Rocca Maggiore que se elevaba enigmáticamente sobre la ciudad, siniestra en sus contornos cuando el cielo estaba claro y la luna iluminaba la montaña. Escuchar el repique de las campanas de las iglesias. Voltear la esquina y encontrarse de sorpresa con unos jóvenes amantes que se besaban creyendo estar solos; alarmar a una robusta matrona bien arropada que caminaba en la obscuridad. Todos éstos eran recuerdos de su adolescencia cuando el anochecer parecía pertenecerle a él solo.
En sus años de adolescencia a Francisco le había gustado pasearse así, o ir de jarana por las calles con un grupo de amigos, pero también prefería estar solo y vagar por los callejones angostos con sus propios pensamientos. A veces hubiera querido perderse para siempre en el laberinto de calles, tocando suavemente las paredes de piedra, esperando que siempre estuvieran allí para protegerlo del porvenir. Otras veces se sentía atrapado como un ratoncito que nunca podría salir fuera de las murallas de la ciudad.
En esos momentos, subía corriendo la colina a la Rocca Maggiore y se sentaba a la luz de la luna mirando los espacios silenciosos del valle de Spoleto, mientras que lo acompañaban las estrellas con sus ojos luminosos. Allí se sentía cómodo y seguro. En realidad, él nunca comprendió por qué. Podría haber sido por el silencio o lo extenso de la llanura y la distancia hasta las estrellas que le creaban un espacio liberador que lo aliviaba de la sensación de estar encerrado en sus murallas que Asís a veces le producía.
Entonces rezaba para que su porvenir llegara pronto. Ya no lo temía. Le daba la bienvenida trajera lo que trajera. No trataba de evadir lo que lo esperaba. Ensanchaba su corazón y pedía para que viniera pronto.
Francisco se sentía armonizar con toda la naturaleza cada vez que podía salir de la ciudad y hallar un lugar para sentarse en una pequeña colina con el objeto de meditar. Después de eso, estaba listo para bajar otra vez y volver a reunirse con sus compañeros.
Francisco se mostraba tan alegre y dicharachero que nunca nadie sospechaba que hubiera pasado tantas horas en la cima de las colinas. Nadie sino Clara di Favarone.
Años más tarde, cuando ella lo cuidaba en su última enfermedad, mientras vivía muy cerca de las monjas de San Damián, la Dama Clara le contó cómo lo miraba cuando ella era niña. Desde sus años más tiernos, Francisco la había fascinado. Era tan ruidoso y chistoso y hacía el ridículo bailando a la cabeza de toda una banda de muchachos, cantando y coqueteando con las chicas curiosas que asomaban la cabeza por las ventanas con persianas y les hacían gestos despreciativos a los alborotadores nocturnos. Pero también le había visto alejarse solo, hablando consigo mismo y haciendo gestos a las calles vacías y luego corriendo a paso precipitado por algún negro callejón sólo para volver a salir al rato, una silueta pequeña contra la pared gris de la Rocca alumbrada por la luna.
Francisco saber que la Dama Clara, que ahora lo cuidaba, había estado con él en sus momentos tranquilos y reflexivos. No fue sino en su última enfermedad en San Damián que supo que la Dama Clara había sido parte de su vida desde un principio. Siempre en el fondo, observándolo apaciblemente, guardando todo en reserva para algún destino futuro que podrían compartir. Éste había sido su secreto todos estos años. Y al final, sólo ella comprendía por todo lo que él había pasado durante los varios períodos de su vida.
Mujer
Ella era tan dulce y radiante como los rayos del sol de Umbría y su lenguaje cristalino consolaba como un bálsamo el corazón inquieto de Francisco. Así era Clara. Y siempre estaba allí, bajo la superficie de su mente. Aunque pareciera raro, él siempre había sido reservado en su presencia, y temía que, a veces, se había portado exageradamente distante y retraído. Pero rara vez estaba ella lejos de sus pensamientos, porque Clara era la eflorescencia más pura del Sueño que jamás había visto.
La tenacidad de espíritu de Clara y su incansable amor avergonzaban a los frailes. Ella soportaba el frío y la pobreza de San Damián en el invierno y animaba a todas sus hermanas con su amor. Era el Sueño personificado, el aspecto contemplativo del Viaje. De San Damián emanaba una luz tan brillante como la del sol. Francisco siempre sabía cuando volvía a Asís que el poder que los había sostenido a él y a sus frailes en el camino venía en gran parte de las monjas de San Damián.
Clara no abandonaba su soledad, pero su espíritu salía para facilitar el Viaje a un gran número de personas que nunca habían escuchado su nombre. Ella y sus hermanas eran el corazón, el hogar de la Fraternidad. Eran la fuerza que guardaba vivo el desafío de la pobreza.
Clara era mujer. Por lo tanto, elemento de equilibrio para la Fraternidad. Porque en un sentido, la Jornada y el Sueño eran a la vez lo femenino y lo masculino, y lo uno complementaba lo otro hasta que formaban una unidad. Toda respuesta a Jesús era, al mismo tiempo, masculina y femenina en su perfección. Así es que cuando los frailes se peleaban, divididos en cuanto a la pobreza, una mirada hacia Clara le revelaba a Francisco dónde se habían desviado. Las mujeres de San Damián conocían el Sueño con toda su intuición femenina y todo el paciente sufrimiento que perseveraba hasta el final.
Clara estaba allí, velando, apenas bajo la superficie consciente de la mente de Francisco. El Sueño estaba seguro con ella, por mucho que la impaciencia masculina de los frailes tratara de alterarlo, mitigarlo o abandonarlo.
Corderito
Después de Clara estaba Fray León, el Corderito de Jesucristo, el fraile puro y sencillo, fiel hasta el fin. Francisco temía haberlo herido sobremanera hacia el final, despidiéndolo de su cargo de secretario y de sacerdote-compañero. Nunca nadie había conocido tan bien a Francisco como Fray León. Después de que Francisco recibió las marcas de la Pasión de Cristo en el monte Alvernia, León había redoblado su cuidado y su atención hacia él. Sin embargo, Francisco temía que la Dama Pobreza no aprobara esta relación especial con Fray León y que un compañero tan maravilloso como él fuera, de alguna manera, una traición del Sueño.
Recordaba la mirada en la cara de Fray León cuando le dijo que ahora tenían que separarse para que Francisco pudiera prepararse para recibir la muerte de la misma manera que había empezado su nueva vida en Cristo—solo con la Dama Pobreza. La respuesta de León demostró que acataba totalmente los deseos de Francisco, pero Francisco podía leer en sus ojos que estaba herido. Sabía cuán fuerte debía ser este golpe para su fiel amigo y compañero. Así es que, para mitigar el dolor, Francisco le dijo, “Fray León, una vez vi a un ciego guiado por un perrito. No quiero parecer más importante que él y ser conducido por el fraile más dulce del mundo.”
Luego, como señal de su amistad, le pidió a León que escribiera esta bendición: ¡Que el Señor te bendiga y te guarde!
¡Que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te muestre su misericordia! ¡Que el Señor vuelva su mirada hacia ti y te conceda su paz!
¡Que el Señor te bendiga, Fray León!
Y cuando León había terminado de escribir, Francisco tomó el pergamino de su mano y lo firmó con el símbolo de la cruz del Antiguo Testamento, la “T”. Luego le entregó el pergamino firmado a Fray León diciéndole afectuosamente, “Toma esto, Fray León, y guárdalo hasta el día de tu muerte.”
Y sonriendo, Fray León se agachó, cogió una piedra y la tiró hasta el fondo del valle. Francisco, temblando con su enfermedad y con la emoción del momento, trató de agacharse para encontrar él también una piedra en el suelo, pero no pudo. Entonces León se agachó y cogió una piedrecita lisa y la puso en la mano de Francisco. Y los dos juntos tiraron la última piedra.