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Asumir la postura del protagonista tiene un costo. Aceptar la libertad supone dar razón de las propias decisiones. La libertad y la responsabilidad son los dos lados de la misma moneda. Si hiciéramos algo impulsados por una fuerza demoníaca, no tendríamos que explicar por qué lo hicimos, en realidad, no habríamos sido nosotros, sino el demonio quien en verdad lo hizo. Pero si somos dueños de nuestros actos, pueden preguntarnos cuáles son nuestros motivos y pedirnos que nos hagamos responsables de las consecuencias. El poder es el premio a la responsabilidad; la obligación de hacernos responsables de nuestras decisiones es su precio.

La libertad demanda que reconozcamos de qué manera hemos contribuido a crear un problema, lo cual no es sinónimo de culpabilidad. De hecho, la respons-(h)abilidad característica del protagonista es la antítesis de la culpa-(h)abilidad propia de la víctima. La víctima trata de justificar su posición culpando a los demás. No hay víctima sin victimario. El protagonista no culpa a nadie más que a sí mismo. Reconoce que ha participado en el desarrollo de una situación y que tal vez habría podido actuar de una manera más efectiva o más digna. La víctima dice “debería”, lo cual expresa deberes y juicios. El protagonista dice “podría”, lo cual expresa posibilidad y aprendizaje. La concisa frase de uno de mis clientes capta con agudeza el significado de la palabra contribución: “Cada vez que tengo un problema, yo estoy presente en él”.

Cuando la autoestima está en peligro, la culpa parece un refugio seguro. La posibilidad de protegerse culpando a los demás es tentadora. Cuando las cosas se ponen difíciles, en nuestra mente bullen preguntas tales como: ¿Quién “metió la pata”? ¿Quién es malo? ¿Quién está equivocado? ¿Quién debería hacerse cargo?

Comprendí que el mecanismo de la culpa puede dispararse de manera totalmente automática en una oportunidad en la que hice el ridículo frente a mis hijos. Yo estaba en el living cuando sonó el

teléfono en la planta alta. Subí la escalera, y al llegar al último escalón le di un puntapié a una taza de plástico que había quedado allí. Me enfadé mucho. No solo había derramado jugo de uva de color morado sobre la alfombra, tampoco había podido atender el llamado.

Fui a la habitación de los niños y con mi tono de voz más patriarcal les pregunté:

—¿Quién dejó una taza en lo alto de la escalera? Una voz diminuta me respondió:

—¿Y quién pateó la taza?

La culpa oculta la verdadera causa del problema y las acciones posibles para solucionarlo. Si entre las personas hay desavenencias, es porque cada individuo ha aportado algo para generar el conflicto. Pero no solemos aceptarlo y desconocemos cuál ha sido nuestro aporte. Como dice el refrán: “El éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”. Aunque yo crea que el culpable es usted, y usted crea que soy yo, la verdad es que ambos hemos contribuido a generar el conflicto. Los dos debemos ejercer nuestra capacidad de dar respuesta para encontrar un modo de que las cosas funcionen correctamente. Y aun cuando usted asuma totalmente la responsabilidad del problema, sin importar cuál sea mi actitud, será mucho más fácil enfrentar la situación si también yo reconozco mi participación. Además, si usted da el primer paso y reconoce su parte, puede invitarme a aceptar la mía. Si soy una persona accesible, usted puede señalar los hechos destacando que también yo hice, o no, cosas que contribuyeron a crear el problema.

Cuando comprende cuál es su contribución, el protagonista descubre su poder, aun en situaciones en las que no acarrea culpa. Consideremos el caso de una habitante de Nueva Orleans que perdió su casa en la inundación causada por el huracán Katrina en el 2005. Evidentemente, ella no provocó el desastre. Pero si adopta una postura de protagonista, puede reconocer que es responsable de haber tomado decisiones que contribuyeron a generar su situación: por ejemplo, haber elegido vivir en Nueva Orleans o no haber contratado un seguro contra inundaciones. Aun cuando sus

decisiones no son “incorrectas” forman parte de un proceso que terminó en una pérdida. Esto no sólo la ayuda a sobreponerse a su natural sentimiento de resignación y resentimiento al tener que enfrentar tamaña pérdida. También la ayuda a planificar acciones futuras que puedan reparar la situación y minimizar las posibilidades de su recurrencia.

Si bien no es políticamente correcto sostener que las personas afectadas por un problema han contribuido a crearlo y puede parecer una actitud insensible, semejante a “culpar a la víctima”, diré una vez más que haber contribuido no significa tener la culpa. Aquellos que culpan a las víctimas suelen decirles: “Usted ha creado su propia realidad”, y aplican razonamientos tales como: “Seguramente usted ha causado su padecimiento. Si algo malo le ocurre, es porque merece o desea ser una víctima”. Afirmaciones de ese tipo son absurdas. Nadie “crea” por sí solo su realidad. Del mismo modo, nadie puede eludir la responsabilidad de haber participado en la creación de su circunstancia. Todos hemos contribuido a crear nuestro presente y podemos contribuir a crear nuestro futuro.