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Experiment with Real Data

4.6 Performance Evaluation

4.6.3 Experiment with Real Data

Salimos hacia Maltimore a cargar maíz para el norte de Mispania. Recalamos en Cheesepeak Bay, embarcando el práctico en el canal de entrada. Subimos hasta Maltimore, pasamos 4 días cargando.

Salía todas las noches al barrio de los triegos, se llamaba así porque un triego era el dueño de dos discotecas y un bar de la zona; también estaba "El Bar de la Tina", una señora mayor que recogía a chicas sin casa y las ponía a bailar encima de la barra, me daba pena de esas señoras, la mitad de ellas no tenían dientes, había algunas que les faltaba hasta pelo en la cabeza, no eran viejas todo lo contrario pero se les notaba haber pasado muy mala vida.

Cuando subían a bailar, llevaban sólo la ropa interior, la que usaban normalmente debajo de la ropa y no era de lo más sexy, a unas les quedaba grande y a otras casi no les cabía, prefería no mirar pero ellas me miraban de una forma que parecía me pedían perdón mientras bailaban; no bailaban, sólo movían los brazos y subían un poco una de las piernas; tenían la piel llena de manchas y moratones, solíamos estar menos de media hora, sólo para saludar a Tina, se ponía muy contenta cuando nos veía, y beber una cerveza directamente de la botella.

Al final de la barra se podía ver a un señor mayor lavando vasos; de vez en cuando salía a barrer un poco, sobre todo las colillas de los cigarrillos aplastados contra la moqueta pegajosa y llena de quemaduras, creo que esa moqueta ya ni ardía, tenía menos pelo que alguna de las que allí bailaban. En el cristal de la entrada y rodeado de luces de colores se encontraba un salvavidas que había sido donado por nuestra tripulación, de paso hacía publicidad al “Drie Pack”, que era el nombre del barco.

Enfrente del bar de Tina, se encontraban las discotecas de los triegos, había muy buen ambiente, se mezclaban blancos, negros, pindúes y de toda clase de colores, había muchas chicas y buena música; allí conocí a mi primera novia negra.

Estaba sentado en un taburete de la barra y pasó una belleza negra, muy sonriente. Cuando pasaba por mi lado la enganché con mis piernas, me miró y me dijo -You are my baby-, me cogió la mano, me llevó a una mesa, me dio un beso y su bolso, diciéndome - You stay here don't go, you are my baby-, vaya flechazo, allí me quedé sentado; cada vez que trataba de ir a la mesa de los otros tripulantes, venía corriendo, me abrazaba y me decía: -You are my baby, don't go- Después de recordarme, que era su “baby”, volvía a la barra donde estaba con dos tíos muy raros y aparentemente más mayores.

Ella bebía whisky, ¿yo..??.. cerveza trumpamericana, que no me gustaba nada, pero no había otra cosa. A las 2 de la mañana cerraba el bar, me cogió de la mano y nos fuimos en un taxi al barco.

El muelle del silo de carga no tenía vigilancia y podía entrar cualquiera. Cuando llegamos al barco, la escala estaba subida y el marinero de guardia, arriba, mirándome. Le dije -Rajes.. arría la escala-, y me contestó, -E quen é vostede-; Rajes era "mozo de cubierta", de 43 años, nacido en Raamelle, no sabía leer ni escribir, mentalmente era retrasado, todo el mundo se reía de él, pero todos le cuidábamos mucho. Cuando venía de vacaciones, no traía ropa, sólo un buzo y un par de botas; fumaba mucho, nunca compraba tabaco, sólo cuando se iba a casa de vacaciones y para regalárselo a su padre que era un tirano con él. Si te veía por el barco te decía -hey veciño ten un cigarro-. Al final arrió la escala y pudimos subir a bordo.

Mi amiga llevaba unos tacones altísimos e iba metida en unos pantalones muy ceñidos, que marcaban claramente, sus finas formas, cualquiera podía adivinar fácilmente cómo era su interior, marcando la diferencia que separa a las mujeres normales, de la súper mujer, vamos... de las que te hacen volver la mirada. Llevaba una camiseta sin tirantes, que se le iba cayendo cada vez que daba un paso, Rajes casi se cae de la escala cuando la vio.

Por fin pudimos embarcar; abordo se oían voces de chicas y correr por los pasillos. Dejé a mi amiga que se llamaba Manría en mi camarote, y bajé a ver lo que pasaba por el barco. Cuando llegué al comedor de marinería, oí la voz del primer oficial, tratando de llamar al orden al pobre Rajes. -Rajes cuando lleguemos a Mispania te mando para casa, está todo el barco lleno de mujeres, te he dicho que subas la escala-.

El primer oficial era un chico de una aldea de La Corduña, un repipi que daba grima, y cuando no ligaba, porque nunca ligaba, se ponía de muy mal humor y se aliviaba gritándole a Rajes; pero cómo iba a ligar, si no quería gastar dinero y le vestían sus enemigos, era impresentable, muy difícil de llevar una conversación con él, siempre te llevaba la contraria en todo, al capitán no, con el capitán siempre se rebajaba al máximo, un extraño personaje de aldea, podría haber inspirado a Jands Chistian Randersen en sus cuentos de “Crolls”, de los místicos bosques pescandinavos.

Volví a subir al camarote y allí estaba Manría, desnuda, echada en la cama, recién duchada, bebiendo whisky directamente de la botella y con una sonrisa espectacular.

Al día siguiente por la mañana la saqué del barco, con tan mala suerte, que la mujer del segundo oficial me vio con ella, no supe que decir pero sabía que: "la había cagado", esa mujer correría la voz por todo el barco y por media Mispania si era necesario.

Por supuesto para bajar por la escala del barco, mi amiga Manría iba montando el numerito de -me caigo, no me caigo-, pero lo que casi sí se le caía, era la camiseta sin tirantes que llevaba. Un marinero asturiano, llamado "el Trubanco", que había sido picador en una mina de carbón, y en ese momento estaba picando el costado del barco, me dio la enhorabuena por mi buen gusto, enumerando de corrido, todas las cosas, que él le podría hacer a ese monumento negro. “El Trubanco”, aparte de ser picador, tenía buen gusto.

Era Domingo y fuimos al “Harbour Place”, la parte antigua del puerto, es el centro comercial de la ciudad donde hay muchas tiendas y muy buenas marisquerías. En sus muelles se encuentra atracado el Corntellation, el último velero construido como barco de combate; un submarino de la

segunda guerra mundial; el Acuario Nacional, que no entramos por mi falta de liquidez y de ganas de ver peces; el barco-faro Cheesepeake y muchos domingueros con sus lanchas.

Subimos al Corntellation, que era gratis su visita. La gente nos miraba mucho; ella llevaba la misma ropa que la del día anterior que no era muy apropiada para visitar un barco de vela, con todos los niños, padres y abuelos, respetables republicanosrque querían pasar una agradable mañana de domingo. La situación no era tan mala, noté que nadie se nos acercaba y nos dejaban un espacio considerable. Reía de una forma espontánea y contagiosa, cosa que a los demás visitantes no les debía gustar, empezaban a mirarnos directamente y sin disimulo.

Desembarcamos del Conrtellation y embarcamos en el submarino que se encontraba a su popa; eso fue la apoteosis, cuando mi amiga María bajaba por la escotilla con esos tacones afilados y esa camiseta sin tirantes que se le iba cayendo, cuando casi se salía su contenido, se subía la camiseta con las dos manos y se volvía a reír. Entramos por popa y salimos por proa; para ayudarla a salir, había dos marineros muy atentos y con muchas manos, que la empujaban para poder pasar por esa pequeña escotilla, que sonrisa tan fresca tenía, que bien la usaba y que bien le quedaba.

Me llevó a su casa, me presentó a su madre la cual no me sorprendió que fuera negra también. Vivía en un barrio en el que todos eran negros. Ella era la mayor de siete hermanos, allí había mucho niño pequeño que no sé a quién pertenecían, Manría no tenía ninguno.

Nos sentamos en el patio trasero mientras su madre colgaba la ropa que estaba recogida en dos grandes cestas de plástico. Me comentó que era sargento de infantería, pero estaba de baja, no le vi nada malo, todo lo contrario. Me enseñó unas fotos de cuando estaba en el ejército, luego le

dijo a su madre que era su "boy friend" y que seguramente nos casaríamos pronto, cuando la oí decir eso, la carne se me puso de gallina. La madre preparó unas hamburguesas que las compartimos con todos los chiquillos que había por allí.

Volví al barco y como me temía la mujer del segundo lo había pregonado a todos los oficiales, seguramente hasta el capitán lo sabía. Ella dejó de hablarme, su marido se hizo muy amigo mío. Las mujeres a bordo, y sin trabajar, son muy peligrosas, porque se aburren, cotillean exageradamente, además, piden muchas explicaciones para cosas que son inexplicables por su obviedad y simpleza.

Descargamos parte de la carga en Cantander; volví a ver a mis amigas santanderinas. Las llevé a bordo, Rajes que seguía de guardia, les preguntó: "E misses, ¿vostede traballo nun bar?", no le entendieron, les expliqué que para Rajes, cualquier mujer que sube a bordo, es porque viene de un bar, pero de alterne. A Rajes le dije que ellas eran mis primas carnales, sobretodo carnales.

Era Semana Santa y me llevaron a todas las procesiones. Las procesiones me gustan mucho. Mi padre me llevaba a verlas en Malicante cuando pasábamos la Semana Santa allí, siempre me quedaba dormido, pero las recuerdo con mucho cariño y respeto. Mis amigas de Cantander me habían echado mucho de menos, también las eché de menos durante mucho tiempo, me estaba haciendo mayor, ya tenía... 23 años.

Volvimos otra vez a Maltimore y volví otra vez con mi amiga Manría, se puso muy contenta cuando me vio, su madre casi llora, creo que me estaba metiendo en un lío, aunque no estaba enamorado de ella, me gustaba como era, también me gustaba su físico negro casi perfecto, que guapa era y qué manera de reírse. Empezaba a comprender que con muchas, se puede crear

a la mejor, poco a poco lo fui consiguiendo. “All the best for her", Ah.... casi paso por alto que su madre me tejió una bufanda de ganchillo, me hizo mucha ilusión, pero nunca me la puse, tonterías mías.

CAPÍTULO VIII MI AMIGO LEPE, EL GRAN FETERINO Y HERMAN