4.4 The Cayuga System
4.4.5 Memory Management
Me fui a casa unos días, hasta que conseguí una plaza de agregado de puente, en un barco de TAMPAS. Conseguí el embarque por medio de la prima del cuñado de yo que sé quién, en TAMPAS había que hacerlo así. El barco era de construcción antigua, de los que se llaman de tres islas. Compartía camarote con otro agregado, era jalejo y además estaba casado, tenía un hijo, ah...! se me olvidaba, Jesús también tenía un hijo y cuando estábamos en Orpus Misty me pidió si podía facilitarle una “collett call”, para llamar a su novia; fuimos a una cabina de teléfonos, metí un cuanto de dólar y le procuré una llamada a cobro revertido.
Estaba oyendo la conversación, de repente cuál fue mi sorpresa cuando le preguntó a su novia, “si quería casarse con él”; empecé hacerle señas para que se diera cuenta de lo que estaba diciendo y pidiendo; bajo mi punto de vista y con esa edad, era algo imposible, fuera de mis previsiones, Jesús se dio la vuelta y así no poder ser contagiado por mis pensamientos adversos.
Las tonterías que puede hacer un hombre cuando está solo y aburrido; generalmente cuando estás separado de la persona que quieres, o que crees que quieres, la idealizas muchísimo, haces promesas bajo la coacción de la soledad, el aburrimiento, la morriña y la debilidad, que se sufre normalmente sobre las 3 de la tarde, a esa hora la depresión suele repuntar, generalmente a las diez de la noche te arrepientes de todo lo que has dicho, especialmente si estás en algún puerto del Drasil.
El barco se nombraba: Moto Tanque "Tampas Verde", de capitán un cantanderino, bastante mayor, a punto de jubilarse; alto y gordo, con gran barriga que le subía por encima del cinturón; se quedaba dormido en la mesa después de comer; fumaba en pipa y orinaba desde el alerón cuando estábamos en maniobra, normalmente a los prácticos no les gustaba su manera de hacer aguas, sobre todo cuando lo hacía a barlovento, salpicando a todos los que estaban a su lado, siempre le di un buen resguardo.
El primer oficial un solterón cincuentón pasturiano nacido en su capital y así gozando de un título más; le gustaba la ópera, a la cual asistía durante la corta y suficiente temporada anual; acudir a la ópera en una ciudad pequeña como Uviedo, permite codearte con tenderos acaudalados o políticos en vías de medrar.
El capitán le repetía constantemente y con voz temerosa -Panolo... la compañía se hunde.... y nos ponen en la calle-, a Panolo le daba igual, tenía suficientes años y dinero para no navegar más, al capitán le pasaba lo mismo, pero disfrutaba sufriendo delante de los demás oficiales.
El segundo oficial, un borrachín de Silbao, feo, narigudo, calvo, con barriga producida, seguramente, por la acumulación de cervezas vinos y licores que se le hacía notar más debido a la estrechez de su pecho y su fina espalda
echada hacia atrás; sus ojeras negras le daban un toque vampiresco, que junto con su aliento descompuesto le hacían, física y químicamente, desagradable; como persona era odioso; lo peor... que de vez en cuando tenía que hacer la guardia con él; nunca me hablaba, mejor, qué necesidad tenía de oírle, además solamente sabía hablar del callejero de Silbao.
El barco no tenía giroscópica y navegábamos por la magistral, que corregía el compás del puente; hacíamos correcciones a cada cambio de rumbo; el radar sólo se ponía en caso de niebla, o con visibilidad muy reducida. Navegábamos cerca de la costa, quizá para no perdernos.
Ah...el tercer oficial de Murgos, pero casado y viviendo en Tan Tebastián, se sabía el callejero de Tan Tebastián mejor que el de Murgos, de Murgos prefería no acordarse; un pelota del capitán o de cualquiera que tuviera más galones que él; salía a tierra para comprar pasteles, un gordo impresentable con voz de niño mimado, cuando se reía le temblaba toda la grasa sobrante, va... no sé porque me he acordado de él. Los de máquinas eran todos vastos excepto el tercero, de Cantander.
Al otro agregado le habían orientado de tal manera, diciéndole, que si se portaba bien, darían buenos informes y podría continuar en la compañía cuando sacara el título de piloto; le advertí de la gran mentira, en TAMPSA sólo entraban los muy recomendados, me creyó y empezó a dejar de complacer a toda la tripulación, en ese barco cada uno del personal fijo parecía el dueño de la compañía.
Cuando cargábamos en la refinería de Malgeciras, que pertenece a REPTA, solía ir a la playa de Fuente Majorca, que es el pueblecito donde se encuentran los muelles de la refinería.
Allí conocí a una chica de San Troque; ella estaba en la playa con una sobrina pequeña, su futura cuñada y una sombrilla también pequeña, que
sólo le servía de referencia, porque no daba casi sombra, pero le hacía juego con su escaso biquini, tapándole lo justo, probablemente lo necesario. Tenía novio, su cuñada fue lo primero que me anunció cuando me vio, era mecánico y trabajaba en Salmería; cuando su futura cuñada se metía en el agua, ella venía y se sentaba a hablar conmigo, era muy guapa y no parecía ardaluza, sólo al hablar, se le notaba un profundo acento de la zona, se hacía gracioso y hasta le quedaba bien, al igual que su pequeño biquini. Normalmente pasaban vendedores por la playa vendiendo todo tipo de baratijas, le compré una “concha natural”, con hilo de lana para colgar, siempre he sido muy espléndido regalando cosas; se anudó el cordón de lana con la concha en el tobillo, me dijo que lo llevaría por la noche en la Feria de San Troque en la caseta del ajuntamiento; me había dado la pista, claramente, de donde poder verla esa noche.
Al atardecer me acerqué hasta la feria y la encontré en la caseta donde me había dicho que estaría; traté de hablar con ella, pero me dijo que la familia de su novio se encontraba allí; me fui a una de las barras para pedir una cerveza, pero no tenía tickets del local, se dio cuenta y me metió un puñado en el bolsillo, cuando ninguno de los suyos la miraba. Traté de salir de allí, pero no me dejaba, venía y me decía que esperara un poco. Al rato vino hablando abiertamente, sin esconderse.
-Bueno ya se ha ido mi futura suegra-, me lo dijo como imitando la voz de su suegra, a la cual, nunca había visto ni oído. Bailamos juntos una vez y salimos de la caseta hasta una plaza donde nos sentamos en un banco, me dio un beso y me dijo, -Me da igual mi novio, pero es seguro que si me doy la vuelta tu desapareces y no te veré más-.., que razón tenía.
Vimos amanecer en un banco de la plaza, que aunque era de piedra no se me hizo incómodo, ella dejaba reposar su cabeza en mi hombro, mientras
que la besaba en sus mejillas doradas, iluminadas por la tenue luz de las farolas ya cansadas esperando al Sol para su relevo; parecía que estaba dormida, pero cuando me movía me abrazaba; la acompañé a su casa y cuando se dio la vuelta para abrir la puerta, desaparecí, como por arte de magia.
Los marinos somos como la cenicienta, por la noche lo damos todo ayudados por ese hada madrina que es el dinero y en mi caso mi juventud insultante cuando ya más mayor lo recuerdo, a las seis de mañana volvemos al barco, a veces sin zapatos y otras veces sin camisa.
No la volví a ver, porque no volví a esa playa, espero que conserve la concha que la regalé, yo conservo el recuerdo de sus mejillas, y la paz del amanecer en una plaza de San Troque.
El “Tampas Verde” parecía un balneario, o mejor dicho, una residencia de ancianos, demasiada tranquilidad para un chico de 21 años, esa clase de vida es un poco tediosa.
En Cáliz iba a la playa y comía helados por el paseo marítimo; con el otro agregado, me dedicaba a vacilar a las calitanas, contándoles mentiras y cosas imposibles.
Había muchos militares en Cáliz, lo cual nos ponían las cosas muy fáciles; los militares son demasiado serios y aburridos con las mujeres, incluso mintiendo lo hacen muy seriamente, que aburridos son. Los oficiales de la hormada pueden ser un buen partido para una mujer que quiere tener un futuro más o menos asegurado.
De vez en cuando descargábamos en Cantander, fue allí donde conocí a dos chicas que me llevaban a la playa del Punsal; tomaban el sol en top-les, les gustaba cuando les ponía crema por la espalda e incluso alguna vez por las piernas, me reía mucho con ellas; me contaban que los cantanderinos eran
unos burros y que ellas estaban deseando salir de Cantander. Jugábamos al parchís en un bar del paseo Pededa, siempre perdía, que buena mano tenían para tirar los dados y que rápido contaban.
Las dos me gustaban mucho, pero no podía separarlas, además, se complementaban muy bien y nunca se ponían celosas una de otra; podía ponerle crema a una y darle un beso a la otra al mismo tiempo, siempre se reían, se les ocurrían cosas muy graciosas, a mi también.
Una noche, el primer oficial me vio con ellas por la calle, al día siguiente empezó a hablar conmigo; me extrañó mucho, porque desde que había embarcado nunca me había dirigido la palabra. Me preguntó si le podía presentar a alguna de mis amigas, no le contesté, antes morir que presentárselas, a un solterón egoísta que nunca antes quiso hablar conmigo, además, me iba desembarcar a los pocos días. Cuando desembarqué pasé la noche con las dos, era imposible separarlas.
No quería volver a Mandril pero tenía que hacerlo, mi tiempo de prácticas se había terminado, que pena, tenía todo lo que un chico de 21 años podía soñar, que bien lo pasé, nadie en la Tierra me lo podrí quitar.
Regresé a Mandril, y de Mandril a La Corduña para sacar el título de piloto de segunda clase. En La Corduña no se estaba mal, además, tenía un amigo de El Terrol, se llamaba Ángel un caballero con las chicas, siempre en su sitio, siempre bien vestido y con dinero en el bolsillo, lo cual agrada mucho a los demás que no lo llevamos.
Él vivía en un piso alquilado cerca de la escuela de Náuticas, yo vivía de patrona; la señora me trataba muy bien, nunca se enfadaba si me duchaba; si tenía alguna aventura iba a casa de Ángel nunca me ponía pegas. Casi todas las chicas que conocí tenían novio, ese detalle es de agradecer, así nunca te piden nada a cambio. Al principio te hablan bien del novio, al poco
tiempo se olvidan del novio, y cuando están contigo no quieren que le recuerdes a su novio, llegado ese momento es la hora de no volver a verlas y devolverlas sanas y salvas a sus novios que siempre están ahí y nunca se pueden imaginar la poca gracia que le hacen a sus inmaculadas novias volver con ellos.