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Explanatory notes

por Fray Saturnino Gutiérrez O.P. Ad maiorem Dei Gloriam

ET TUAM IPSIUS ANIMAM GLADIUS PERTRANSIBIT Ex. Evang. San Lucas Cp. 2 V. 35

(1) Entre los innumerables beneficios con que la paternal solicitud de nuestro buen Dios ha dispensado al hombre, puede decirse que, después de la retribución de los justos no hay uno de mérito tan incomparable como el dolor, y cuando hablo del dolor no solo comprende el dolor, afección del ser sensitivo afectado por las impresiones de los cuerpos, sino que eleva mi proposición principalmente al orden moral, es decir a aquellos sentimientos que lacerando el corazón con sus punzantes espinas, son la salvaguardia de nuestra virtud y el sostén de nuestra perfección moral. (2) La infinita sabiduría ha armonizado de tal manera nuestra manera de ser, y es así como ha colocado al dolor físico en los primeros puestos de la vida animal para hacernos huir de todo aquello que puede perjudicar nuestra existencia material, de manera que si el sentimiento del dolor no es bastante poderoso para impulsarnos a cuidar nuestra vida sensible, los sufrimientos físicos nos obligan a buscar el mejor bienestar posible, así las penas morales, los desengaños, la pérdida de nuestras ilusiones, el continuo rechazo que sufrimos en todas partes y a todas horas del día, al mismo tiempo que nos desprenden de los lazos del mundo, elevándonos y estrechándonos con los destinos de la inmortalidad nos purifican del lodo que al transitar por este valle de miseria han contraído.

(3) Los placeres, la riqueza, la fama, todo lo que el mundo refuta como grande y dichoso apenas despierta en nuestro corazónuna estéril y fugaz admiración; muchas veces la presencia de la felicidad mundana excitan en el corazón los malos instintos y pasiones desarregladas, dando origen a las emulaciones,a la envidia que bien pronto conducen a la perpetración de los más grandes delitos.

(4) La felicidad del siglo ahoga los nobles sentimientos del corazón, nos hace egoístas e indiferentes a las desgracias ajenas, nos envuelve en una atmósfera pesada en que se respira con dificultad el aroma de la virtud, y derramándose nuestros sentidos por las mentidas ilusiones y las falsas alegrías del siglo nuestros ojos se adormecen moralmente y sienten una laxitud que les impide fijarse en los intereses y belleza incomparable de la virtud.

(5) No, no es en medio de la opulencia, de las glorias del tiempo, de la abundancia y de la fama que el hombre puede labrar su propia perfección; es necesario que el hombre con sus crueles dolores, la sed con un lento martirio, la desnudez hayan pulsado a las puertas de nuestra organización para comprender el mérito de aquellas personas que sin más apoyo que la Providencia, ven al astro díapasar a iluminar a otras naciones sin haber llevado un mendrugo de pan a su boca, sin una gota

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de agua que refrigere su garganta y sin un harapo que cubra su desnudez. (6) Es necesario verse solo y abandonado en el mundo sin una mano amiga, sin una mirada de amor y cariño, para sospechar siquiera, la vida de pesares de tantos infelices que nacen y abren sus ojos a la luz del día y hasta la leche la deben a la caridad y compasión. Es necesario haber visto desaparecer de nuestra compañía esos seres queridos que forman parte de nuestro corazón, para poder sondear el gran vacío que su ausencia deja en nuestra alma. (7) Es necesario ver descender al sepulcro a una madre querida, a un amigo leal, y sentir el hielo de su mano que nos invita a tener un instante de paciencia para seguir en pos de ellos para poder juzgar del terrible brillo que ofrece los bienes del siglo y nos deja percibir la realidad de las cosas del mundo desconocido. Es necesario sentir el corazón yerto, cansado, sin esperanzas para medir la profunda huella que la infidelidad, la indiferencia, el engaño, la perfidia dejan en el corazón.

(8) Es necesario finalmente sentir destrozado el pecho, herida el alma en sus más puros afectos, en sus más fundadas esperanzas, en sus caros intereses para comprender el mérito de aquel que fijos sus ojos bañados en lágrimas se resigna y abandona en manos de Aquél que hiere, pero sana,confunde pero ennoblece, purifica y santifica todos los deseos de nuestra alma. (9) ¿Y qué criatura se ha visto abandonada en el amargo mar del sufrimiento en su más terrible expresión que María, a quien el sentimiento católico preconiza con el título de Reina de los Mártires? (10) ¿Qué medida podremos encontrar para apreciar las torturas de aquella bendita alma, que con el hijo de su vientre puede decir: Los dolores de la muerte me rodearon, torrentes de iniquidad me conturbaron porque el Señor puso sobre mí las iniquidades de todos?

(11) Cuando el santo viejo Simeón después de profetizar los destinos de Dios hombre, anunció a María que la espada de dolor traspasaría su misma alma, no hablaba de esos dolores comunes de la humanidad, hablaba sí, de ese dolor supremo que modelo de los más grandes sufrimientos, es también el mejor ejemplo de nuestra conducta.

(12) Cuarenta días pasó Moisés en el Monte Santo hablando con el Señor y recibiendo las instrucciones que hicieron del pueblo judío el más sabio y moral del mundo: Al bajar del monte santo, recibió esta última instrucción: Haz todo conforme al modelo que se te ha mostrado en el Monte Santo. El ejemplo que recibió el legislador de los hebreros no es sino la figura del verdadero modelo que hoy tenemos en el Santo Madero de la Cruz: de la Cruz digo qué objeto tan desolador y repugnante al espíritu del mundo, pero qué lección tan consoladora y de tan sublimes enseñanzas para los que lloran; es decir para toda la humanidad. (13) No es este pensamiento una aserción aventurada, es una consecuencia necesaria de las enseñanzas del Calvario. Bien sabéis que la historia de la humanidad está escrita en tres elocuentes páginas a saber: el paraíso, la cruz, la eternidad; a la luz que despiden estas fechas debemos estudiar el modelo que Dios nos propone en María.

(14) Felices, con la felicidad de la inocencia con la paz de espíritu con la posesión de sí mismos, con la soberanía de la razón sobre las pasiones, y con el dominio de la naturaleza física, con esta felicidad que había de recibir su perfección en aquel día eterno porque jamás se pone el sol de la verdad y del bien, pasaron sus primeros días de la creación los soberanos de la tierra y vasallos del cielo. El dolor moral, esa enfermedad, ese grito del alma herida en su corazón les era desconocido; el dolor nació en el mundo el día que el placer sensible se sobrepuso al placer de la obediencia. (15) Donde quiera que hay falta debe haber castigo, este debe ser proporcionado a la falta y generalmente en la privación de aquello que fue su causa, verdad luminosa que testifica la experiencia. El glotón paga su intemperancia con la pérdida de la salud, que le impide el uso

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moderado de los placeres de la mesa. (16) Terrible indigestión causa en el alma la comida de aquella fatal manzana que había sido colocada para satisfacer las necesidades físicas del hombre: Indigestión en el alma que no pudo saborear ya los encantos de la verdad; indigestión en el corazón que sintió aciduladas y amargas las presunciones de la virtud; indigestión en el cuerpo que rechaza la dirección de la voluntad dirigida por la gracia divina. (17) Era necesario un médico divino que prescribiendo un saludable régimen, no solo restableciera el equilibrio perdido, sino curara radicalmente la enfermedad atacándola en su origen. Era necesario poner a dieta el entendimiento desviándolo de aquellas investigaciones, no solo inútiles sino perjudiciales porque sirven de pábulo a la vanidad; (18) era necesario poner a dieta a la voluntad, arrancando de sus labios ese fruto de las pasiones desarregladas que como causa de esa enfermedad, un germen de muerte y desilusión y era necesario poner a dieta el cuerpo cuyo estómago estrujado por el uso de los placeres sensibles entorpecía las facultades del alma. (19) Este médico soberano fue prometido e hizo su entrada en el mundo en la plenitud de los tiempos cuando la gangrena de la corrupción moral amenazaba seriamente con la muerte. Aquí podemos apreciar el oficio de la Santísima Virgen cuyos destinos están enlazados a los de su divino hijo, siendodel autor el paralelismo que guarda la misión del Redentor con los oficios de María corredentora de los hombres.

(20) La primera mujer había sido la causa de la prevaricación del hombre, por esto la justicia eterna lanzó contra ella esta terrible maldición: “Estará sujeta a la autoridad de tu esposo y darás a luz tus hijos con dolor”. (21)Luego que la justicia divina estuvo satisfecha con esta sentencia da lugar a la esperanza y al perdón, estas consoladoras palabras nos dan la clave para penetrar el profundo misterio de las primeras enemistades, pondré dice el Señor a la serpiente, entre ti y ella, entre tu descendencia y la suya y tú pondrás acechanzas a la de su calcañal. (22)¡Qué preconización tan solemne de la Santísima Virgen! pero al mismo tiempo, qué lucha tan terrible la que en ese día se traba entre las generaciones de aquellas dos madres. La madre del paraíso dará a luz sus hijos entre dolores; esta es la pena de su inobediencia; (23) La madre del Calvario dará a luz sus hijos, dará61

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Se añade el término dará.

al mundo entre los dolores terribles del encantamiento de la gracia; los hijos de aquella recogiendo la herencia del pecado de su progenitora pondrán, por las sugestiones de su engañador, asechanzas al talón de los hijos que están al fin quebrantando la cabeza de aquellas y la de su seductor.

(24) Aquí, así como se ostenta la futura grandeza de María, se profetizan sus divinos dolores como quiera que quien dice asechanzas, dice igualmente peligros, sobresaltos, sufrimientos, dolores, y todo esto no como se quiera sino peligros, sobresaltos, sufrimientos causados por aquel que había sido bien astuto para hacer prevaricar a la primera creatura predilecta de Dios. (25) Así podemos decir que si Dios desde el principio del mundo prometió al linaje humano que un día había de venir en que la justicia y la paz se dieran el ósculo de reconciliación en aquel que había de descender de María, allí mismo prometió que el triunfo de la justicia y de la paz sería el precio de los dolores de María. Veamos la realización de ésta promesa.

(26) Dos grandes fines dominan la Obra de la Redención, primero satisfacer a la justicia de Dios infinitamente agraviada por el pecado de naturaleza y cuyas consecuencias fueron la pérdida de las relaciones de amor y ternura entre Dios y su criatura, levantando un muro de bronce entre la santidad infinita y el pecado: Jesucristo con el juicio de su sacrificio infinito pagó esas deudas, destruyó el muro y nos dio, como dice San Pablo, libre acceso al Padre.

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(27) Segundo, no era bastante abrir el camino y quitar y salvar los obstáculos para que el pensamiento divino quedara perfecto; era necesario recuperar al hombre mismo en su naturaleza, era necesario darle un principio soberano para que auxiliado por él la voluntad triunfase del principio del mal y de la muerte que al nacer contrae para su ruina. (28) Jesucristo con su celestial doctrina, con sus purísimos preceptos con sus inimitables ejemplos e inmaculada vida, y principalmente con la gracia, ha inoculado en el alma cristiana ese principio omnipotente para domar la naturaleza y hacerla servir a la gloria de Dios y a nuestra santificación.

(29)El humilde nacimiento del Salvador, su oscura vida de artesano, su pobreza, su ardiente celo por la gloria de Dios, su mansedumbre, paciencia y sobre todo su inextinguible caridad, eran los ejemplares que el Dios hombre proponía a nuestra imitación. No hay situación azarosa en la vida, no hay dolor por profundo que sea, no hay prueba por terrible que sea que no nos presente a Jesucristo abriéndonos con su cruz el camino de la imitación. (30) Millares de santos, de almas justas todos los días se proponen imitarle, suben en la62

(37) Todo esto debía realizar el imperio de Jesucristo en una naturaleza pervertida, corrompida y connaturalizada con el mal; era pues preciso emplear sanos antídotos contra la causa del mal: este había sido el placer; luego el remedio debía ser el sufrimiento. Así Jesucristo elige la sangre de escala de perfección, le imitan, pero jamás llegan a conformarse con el modelo de la Santa Cruz. Es que en Jesucristo todo se reviste de su divinidad y cuanto dista el tiempo de lo eterno, lo finito de lo infinito, lo contingente de lo necesario, así la virtud divina se diferencia de la virtud humana. (31) Como si Dios conociera que el modelo de su perfección infinita visible en Jesucristo sería un sol cuyos vivísimos resplandores no podrían soportar los ojos de la fuerza humana quiso que esos purísimos rayos de su santidad inefable se reflejaran y reprodujeran en el terso cristal de María que siendo una pura criatura, pero criatura enriquecida con dones singulares y con las gracias y prerrogativas que convienen al título de Madre de Dios, nos sirviera de ejemplar en armonía con las necesidades del ser moral del hombre, y ese modelo que proponía a nuestra imitación lo realiza en una madre, es decir, en la expresión más fiel y pura del amor desinteresado, del sacrificio más gustoso, de la constancia invencible y de la sensibilidad más exquisita y delicada en supremo grado. (32) Este modelo lo verifica en el ser que a la comunidad de facultades con el hombre reúne la delicadeza del sentimiento, y esto en una mujer virgen en su integridad de espíritu y virgen por su integridad material; es decir, virgen en sus pensamientos, virgen en sus deseos, virgen en sus palabras, integridad divina que como esencia fragante y pura jamás se contaminó con el tinte del engaño, de la hipocresía y del pecado. (33) Pero esta mujer virgen, era virgen madre y esto nos da la medida de los dolores de María divinizados con la fragancia de la virginidad y la riqueza de la sensibilidad maternal.

(34) Lo expuesto nos da a conocer el por qué de esa admirable conformidad en los padecimientos y glorias entre el hijo y la madre, de manera que al cotejar las páginas sagradas parecen dos destinos en uno solo. (35) Y en efecto, Jesucristo burló la esperanza de los que lo esperaban como soberbio conquistador temporal; ese conquistador universal no de las glorias del siglo, sino de las glorias del espíritu; su imperio era el de las inteligencias, el de la virtud, el de la eternidad. (36) Para dominar las inteligencias era necesario llevar la convicción, la certidumbre, para gobernar las voluntades, era preciso dar santas e inefables leyes sancionadas con el ejemplo de su ejecución y para dominar al hombre eternamente era indispensable arrancarle de los brazos de los bienes cadenas y efímeros del tiempo.

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María que aunque preservada del universal contagio y descendiente de regia prosapia había descendido a los inferiores escalones de la condición social, escoge por padre putativo a un humilde artesano a quien da por esposa la que había de serle madre; sus primeros años de vida pasan silenciosos y oscuros bajo la obediencia de aquellas criaturas que el mundo despreciaba; así exponiéndose con María como el emblema personificado de la humildad cortó de raíz el orgullo primera fuente de nuestros extravíos. (38) Cargado con las iniquidades de todos los hombres, su vida fue penitente y austera, ni los cielos ni la tierra le vieron reír, pero los cielos y la tierra le vieron llorar; en esa vida inmaculada no hallaréis una sola concesión a la fragilidad humana, y hombre de dolores desde la cuna que rodó en un establo sobre brutos animales, hasta su último lecho el suplicio de los viles esclavos criminales, fue su existencia una pira de caridad, una víctima de su sacrificio ofrecida en las aras de la justicia divina a la cual venía a satisfacer. (39) Así María confundida por su pobreza con la luz del pueblo, sujetándose a las humillantes observaciones de la ley en su divino alumbramiento, en la presentación de su hijo en el templo, y al parecer hasta mirada con indiferencia, tratada con dureza por su Dios que era al mismo tiempo su hijo, reflejó la profunda humildad de aquel que se humilló hasta la muerte de Cruz. (40) Quien detenga su atención al leer el evangelio, notará que en ninguna de las glorias del Salvador figura la presencia de María, no era el saber el puesto que Dios le había asignado en la obra de la reparación, su lugar estaba señalado en el Calvario, allí debemos estudiar nuestro modelo.

(41) Nadie podrá negar que el Calvario es la solución de las grandes cuestiones sobre los destinos e historia de la humanidad: grandes crímenes y las más sublimes y heroicas virtudes. La historia de cuatro mil años sobre la lucha entre la virtud para defender sus fueros, y las pasiones disputándoselas, allí estuvo contenida: Jamás los cielos ni la tierra presenciaron tanta desdicha, tanto abandono y por lo mismo que se vio el dolor en su carácter, su acerbo y general, por lo mismo del Santo Madero manó la santificación del sufrimiento. (42) Reflexionad que en Jesucristo se reunieron todas las aflicciones, todas las decepciones, todo el abandono, toda la desolación, y todos los sufrimientos físicos. (43) En su cuerpo, como dice el profeta, no tenía una parte sana y así el abuso que el hombre había hecho de sus facultades físicas; él pagó esa prevaricación63

(46) Representante del hombre corruptible y pecador su bendita alma probaba el amargo cáliz de la organización y cual fuera lo terrible de su posición se conoce por aquella agonía la del huerto que le llevó en el exceso de su angustia a pedir al Padre la suspensión del sacrificio y por aquella humilde oración con que se queja al Padre por haberle abandonado. (47) Sin patria, sin amigos, abandonado por los suyos, suspendido entre el cielo y la tierra su alma se debate contra los asaltos de la muerte, “pagué lo que no debía” y se medita que aquellos atroces tormentos sobrepujan a toda ponderación, entonces la grandeza del sufrimiento nos da la medida del heroísmo de la víctima. (44) En orden al sentimiento, todas las más delicadas fibras del corazón fueron mortalmente heridas. La envidia forjó la calumnia pasa blasfemar del justo. Por coherencia, el odio y la venganza refinaron sus instintos crueles, en los tormentos, el desengaño patentizó en malicia y veleidad en aquel pueblo que como días antes lo había recibido con el hosanna y hoy pedía a gritos su muerte. (45) No eran solo estos sentimientos naturales los que desgarraban aquel sacratísimo Corazón y aunque en verdad que uno solo de ellos habría bastado para aniquilar a toda virtud humana, otros dolores

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