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Objective 1. Exploring processes that will support
Los estudios sobre las razones de la cooperación entre humanos de Tomasello (2010) y la tendencias al altruismo de Bowles an Gintis (2011) permiten inferir una posición de los autores acerca de su concepción de los vínculos entre humanos. De los dos se infiere que la crucialidad de los vínculos entre humanos surgió por dinámicas evolutivas que tuvieron
lugar al darse el tránsito de simio a hombre, en el caso del primero, o el triunfo de los homos sapiens sobre otros tipos de homos, en el caso de los segundos, de las cuales se seleccionaron aquellas conductas que favorecían la supervivencia. En su obra ¿Por qué cooperamos? (2010), Tomasello sitúa las bases de la cooperación humana en lo que
denomina un sentido de nosotrosidad, un sentimiento de estar juntos, que surgió cuando,
en su afán por sobrevivir en condiciones ambientales catastróficas, los grandes simios tuvieron que aprender a trabajar juntos en función de metas compartidas mutuamente benéficas. En ese sentido, la colaboración humana es producto de tres transformaciones fundamentales que alteraron el perfil fuertemente competitivo de los simios; desarrollaron una intencionalidad compartida, conjunto de habilidades y motivaciones cognitivo-sociales
para comunicarse entre sí con el fin de poder coordinar actividades en busca de metas comunes (habilidades de atención conjunta y conocimiento mutuo); en ese mismo proceso se volvieron más tolerantes y aprendieron a confiar más en los otros sobre todo en lo que
se refería a la comida; y concomitantemente con lo anterior, desarrollaron prácticas institucionales grupales que exigían el adoptar y cumplir normas sociales de necesario y
obligatorio cumplimiento. Lo anterior se manifestó en la cultura.
Sustenta sus afirmaciones a través de datos sobre semejanzas y diferencias entre el comportamiento de niños entre cero y dos años y los chimpancés, que le permiten relacionar lo que él considera el fundamento evolutivo del altruismo y la colaboración (lo que heredan de los grandes simios) y lo que ellos portan al momento de ser observados en la investigación. Concluye que el altruismo urde sus bases en la biología porque surge en los niños de manera natural pero posteriormente es moldeado por la cultura. Lo anterior constituye evidencia en favor del carácter innato de los sentimientos altruistas y la predisposición a compartir y cooperar.
En la misma línea de ideas Bowles & Gintis, en su libro A Cooperative species Human reciprocity and its evolution (2011) sitúan el origen de los vínculos entre humanos en el
marco de la emergencia de las preferencias altruistas; en sus estudios sobre los orígenes de la cooperación humana muestran como de las prácticas de cooperación mutualista – que se basan en la reciprocidad- brotó la cooperación altruista que ocurre en ausencia de beneficios para sí e, incluso, en detrimento de sí mismo. Bowels & Gintis (2011), en sus estudios lograron evidencia experimental de que la tendencia al altruismo prolifera de
manera más fructífera en aquellas sociedades pequeñas actuales que derivan su sustento de la caza (los cazadores de ballenas en Lamalera, Indonesia), cuyas actividades de caza son altamente complejas y de gran esfuerzo y riesgo, y para aquellas en que para subsistir es necesario aunar esfuerzos para el aprendizaje y la adquisición de habilidades, y compartir y participar de la distribución. En concordancia con Tomasello (2010), Bowles & Gintis, (2011) concluyen el valor evolutivo de la acción cooperativa de los humanos:
Humans became cooperative species because our distinctive livelihoods made cooperation within a group highly beneficial to its members and, exceptionally among animals; we developed the cognitive, linguistic and other capacities to structure social interactions in ways that allowed altruistic cooperation to proliferate. (Bowles & Gintis, 2011, pág. 196)
Según estos autores, las formas y hábitos alimenticios de los humanos modernos que desde sus inicios se fundamentaron en la carne que obtenían de animales grandes, imposibles de dominar por un solo individuo, implicaba la ejecución de actividades de caza complejas, muy difíciles y de alto riesgo. Realizarlas con relativo éxito les exigió desarrollar conocimientos y habilidades cada vez más complejos y sofisticados que para transmitírselos a sus descendientes requerían de acciones intencionadas de enseñanza intensiva y prolongada, lo que aumentó significativamente el periodo de dependencia frente a los adultos de los descendientes. De esta manera, en favor de hacer trascender las prácticas cooperativas se desarrolló la crianza, al punto de extenderse a prácticas muy elaboradas más allá de la familia inmediata. Lo anterior, favoreció la evolución del cerebro en cuanto a su tamaño- la emergencia de estructuras nuevas- que pudieran gestionar
comportamientos ‘pacientes’ y tiempos de vida sufrientemente prolongados para lograrlo, tal como lo plantearon Kaplan et al. 2000, y Kaplan y Robson, 2003 (a través de Bowles & Gintis, 2011). En esa mismas dinámicas, tuvieron que organizarse para la repartición de los beneficios obtenidos de la caza lo que les obligó a prácticas intensivas y bien desarrolladas de intercambio de alimentos y recursos en general, pero sobre todo de información (Boehm, 2000, a través de Bowles & Gintis, 2011).
Como vemos, según estas explicaciones se asume que las tendencias o preferencias altruistas son exaptaciones que brotaron de miles de millones de años de comportamiento cooperativo; del cooperativismo mutualista emergieron comportamientos cooperativistas altruistas y con las correspondientes mutaciones en las estructuras del cerebro, aparecieron
las predisposiciones biológicas hacia el altruismo. En concordancia con lo planteado por Tomasello (2010) en relación con la emergencia de expectativas mutuas que posteriormente evolucionan en juicios normativos neutrales con respecto al agente, la capacidad humana de construir instituciones sociales y la transmisión cultural de comportamientos aprendidos permitieron la proliferación de esas preferencias sociales altruistas.
En conclusión, tanto Tomasello como Bowles & Gintis asumen que lo humano y los vínculos humanos son producto de la necesidad de responder colectivamente a situaciones en las cuales estaba en juego la supervivencia. En esas circunstancias, la colaboración y la cooperación eran las estrategias más adecuadas y quienes hicieran uso de ellas estarían mejor dotados y por ello tenían mayores probabilidades de sobrevivir. En ambas explicaciones vemos que los vínculos entre humanos surgen, sobre todo, para asegurar la alimentación, el desarrollo de herramientas, y las instituciones sociales y las prácticas de crianza para asegurar la perdurabilidad de dichos desarrollos.
Si bien, estos autores aportan evidencias importantes acerca de la naturaleza innata de sentimientos que favorecen el encuentro humano, la tendencia a la cooperación y a las conductas altruistas que van más allá de la búsqueda de beneficio propio o recompensa, sitúan el origen de los vínculos entre humanos en el marco de la lucha por la supervivencia en contextos de escasez. Lo anterior implica que dichas conductas son estrategias seleccionadas por el beneficio que implican a largo plazo, lo cual sugiere que los vínculos entre humanos surgen en el contexto de la lucha por la vida. Que estas hayan surgido por selección natural es una afirmación imposible de refutar.
Sin embargo, desde las neurociencias han surgido en las últimas 3 décadas, también, hallazgos y explicaciones que sugieren que dichas conductas altruistas y cooperativas son manifestaciones complejas de las tendencias de preservación y expansión que la vida exhibe desde sus formas menos complejas. Pensar los vínculos entre humanos en el marco de las dinámicas de la vida implica necesariamente mirar a los seres humanos como sistemas complejos abiertos a las señales del entorno que se autorregulan homeostáticamente para preservar su vida y expandirla. Eso implica necesariamente que los organismos humanos porten dispositivos neurofisiológicos que permitan la autorregulación.