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Role of the Bradi1g75310 gene and its homologs in strigolactones biosynthesis

EXPRESSION SEEM TO EXHIBIT DIFFERENTIAL DEVELOPMENTAL PHENOTYPES

Dado que los occidentales no hemos llegado al mismo consenso sobre la geografía del Otro Mundo que las culturas tradicionales, estamos más a merced de nuestras capacidades imaginativas a la hora de penetrar en la otra vida. En cierto modo es alto

fascinante y liberador, pero también puede ser peligroso. ¿Hasta qué punto confiamos en nosotros mismos para soñar un estado de gloria?

Tengo la plena certeza de que puedo imaginarme el Cielo. Un chófer me conduciría desde mi villa en el Mediterráneo, bien abastecida con las más finas viandas y el mejor vino, piscinas y mujeres complacientes, a una fiesta en un palacio lleno de ricos, famosos y poderosos, que estarían felicitándose mutuamente por estar en el Paraíso. Agasajado y festejado por tan excelsa compañía, yo sería el invitado de honor y haría acopio de las alabanzas y la admiración que se me negaron en vida. Naturalmente, me mostraría pudoroso y refinado, pero satisfecho. Todos lo estaríamos, con los demás y con nosotros. Tan contentos y pagados de nosotros mismos que la cháchara y los brindis de las copas rebosantes de champán no nos dejarían escuchar el canto de los ángeles sobre nuestras cabezas. Demasiado ocupados en cruzar miradas con las hermosas esposas de otros, ni siquiera alzaríamos la vista. No repararíamos en que aquellos que nos aguardan son dáimones que quieren ayudarnos; no les oiríamos pedirnos con susurros que saliéramos un momento, por las puertas del gran salón abiertas de par en par, donde hay unas interesantes vistas. Estaríamos contentos donde estamos, intercambiando éxitos y triunfos con un ruido que a los ángeles les sonaría como un chillido de murciélagos, el sonido que se dice que hacen los muertos en el Hades.

Por supuesto, el Cielo que me he imaginado es el de los egotistas, aquél que para otros sería el Infierno.

Sabemos que el Infierno existe porque cada día vemos a personas atrapadas en pequeños infiernos creados por ellas mismas, de los que son incapaces de salir, ya sea por miedo, egolatría, desafío o simple hábito; es decir, por carencia o falseamiento de la imaginación. Pues las puertas del Infierno están siempre abiertas. Pese a que nos apremian los dáimones y nos lo imploren nuestros ancestros, somos nosotros quienes no damos ese paso al Cielo, porque hacerlo sería reconocer que hay otra vida fuera de nosotros, y ello supondría tener que seguirla. Tendríamos pues que cambiar, y eso es algo que no podemos hacer: por mísero que sea mi pequeño ser, es mío y sólo mío, y no lo soltaré sin más.

Así que continuamos la fiesta, escuchando nuestro propio eco día tras día bajo un sol deslumbrante y un cielo azul, hasta el momento en que tal vez nos encontremos deseando que aparezca una nube. Y cuando ésta aparece, bajo su sombra vemos por primera vez el rostro del cuidador de la piscina. Tiene la fisionomía de un viejo amigo —cuyo nombre no recordamos—, y nos pregunta si nos apetece cambiar por un día la piscina climatizada por un chapuzón en el océano, que se encuentra justo al otro lado de la valla electrificada, aunque nunca hayamos reparado en ello.

Este caprichoso escenario hipotético sirve para recordarme que debo desconfiar de poder encontrarme en cualquier Cielo que sea capaz de imaginar. Y no me refiero a que el Cielo no pueda ser como este mundo; de hecho, así será, al menos al principio, aunque luego se transforme de manera indescriptible, tal como nos transmiten aquellos que han experimentado en esta vida las grandes Visiones de la Naturaleza o los Amados. Podría muy bien ocurrir que el Infierno fuera el Cielo que he imaginado — o, debiera mejor decir, con el que he fantaseado—; pues nada queda fuera del imaginar del alma, incluso nuestro egoísmo es una forma de imaginar. El problema es

que éste no se abandona a la imaginación, sino que la manipula y coacciona en ser vicio de sus propias fantasías. Insiste en su propia versión del Cielo, y ése es el motivo por el que no existe ningún Infierno, sino sólo una miríada de falsos Cielos. Como señala Virgilio en La Eneida, «cada uno sufre con la otra vida que se merece».[15]

Así pues, entre las «muchas moradas» que Cristo atribuyó al reino de su Padre, debemos suponer que existe, por ejemplo, un Valle de Sombras, poblado por almas que se niegan a admitir que han muerto; un callejón estrecho para los tímidos, incapaces de abandonar los hábitos y rutinas de su vida en la Tierra; una autopista colapsada para los que continúan atrapados en los celos, el resentimiento y el odio, que los atan a su vida anterior; y un salón de ateos durmientes, que han insistido en el olvido. Hasta la nube angelical de los piadosos puede parecer un falso Cielo a un hombre de «genio», como se definía William Blake. En «Visión memorable», satiriza a los irreprochables ortodoxos cristianos cuando describe el enfoque de éstos sobre el Paraíso de la Imaginación: «Mientras caminaba entre las llamas del Infierno, deleitado con los goces del genio, que a los ángeles parecen tormento y locura […]».[16] Es decir,

que para el puramente espiritual, la dicha del alma imaginativa puede parecerse al Infierno.

En consecuencia, no se nos puede negar lógicamente el derecho a arder para siempre. Puesto que en el Otro Mundo no hay ninguna coacción —la única potencia es el Amor, y éste no utilizará la fuerza—, podemos desobedecer al alma, al daimon personal o a Dios indefinidamente. Desde el punto de vista teológico, es el pecado de orgullo. Se puede observar en tiranos endiosados como Hitler o Stalin, cuya exaltación de sí mismos y convicción de su derecho divino los lleva a creer que cualquier persona es inferior a ellos o apenas humana. Desean secretamente que los demás sean números sin alma o cadáveres. Por eso, al morir, vagan solitarios por una tierra baldía del Otro Mundo, un campo de exterminio, con olor a carne incinerada y cuya música son los gritos de los moribundos; es decir, su Cielo ideal. Pero ni eso los satisface, porque el vacío que deja la negación del alma es insondable y nunca se puede llenar, por muchas otras almas que devore. De modo que los corroen los buitres de un ansia jamás satisfecha y los abrasa una sed imposible de saciar.

Podemos —y, de hecho, lo hacemos— olvidar el alma, ignorarla, renunciar a ella, venderla o traicionarla, pero no deshacernos de ella. Al final, tendremos que afrontarla. Yo me inclino por la visión optimista de que la mayoría lo haremos más pronto que tarde. Por ejemplo, tengo la esperanza de que hasta los materialistas más endurecidos, que niegan cualquier Otro Mundo, se den rápidamente cuenta de su error. Si el propio impacto de la muerte no es lo bastante iniciático como para abrirles los ojos a la realidad del Otro Mundo, siempre podrá surgir ante ellos algún fragmento de vida imaginativa que escarbe una grieta en sus ideas preconcebidas —algo como el compromiso abnegado que tenían respecto a su trabajo; o a lo que no dieron importancia, como el cariño que sentían por una mascota—. Al fin y al cabo, las realidades del alma que negaron en vida habrán ido ejerciendo una presión en el inconsciente y apenas será posible impedir que irrumpan en el momento de la muerte, como la presencia deslumbrante de Jesús que cegó al perseguidor de los cristianos en su camino a Damasco.

Todos llevamos la túnica de Neso, porque en realidad es la piel del alma, que no nos podemos quitar sin despedazarnos. Es el don del Amor, que nos da calor y alimento, nos ilumina y nos deleita, a menos que nos resistamos. Entonces, por supuesto, quema como el Infierno. Pero en realidad, esa quemadura sólo es el Amor intentando adecuarnos a la dicha.