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EXTENSION OF A ZERO MEMORY SOURCE:

res, porque Dios no nos abandona nunca• (Vida de oración, folleto MC, n. 168, Madrid, 1973, p. 13).

Podrá parecer, acaso, que es imposible mante­ ner tal condición en el mundo, y más aún en el mundo de hoy, en que la prisa y la agitación, el ruido y la velocidad, el desenfrenado ritmo y la dureza de la lucha por la vida no dejan, ciertamen­ te, libre el espíritu para ponderar nada. Y, sin embargo, el recogimiento es posible, y su necesi­ dad mayor precisamente por ser el mundo de hoy como es. No podemos olvidar -y todavía se insis­ tirá sobre ello- que la Virgen María no vivía en un convento, sino en medio del mundo, en el seno de una familia cuyo sustento dependía del trabajo diario. Evidentemente es más fácil -hablando ab-

solutamente- guardar recogimiento en el claustro que en la calle; pero hemos de preguntarnos, en­ tonces, si Jesús mantuvo el recogimiento y la vida interior durante la incesante actividad de los tres años de su vida pública, y si le fue posible a San Pablo. Es el mismo Jesús quien, con su ejemplo, nos muestra el procedimiento: Él se retiraba con frecuencia, durante horas enteras a veces, a la soledad. Para poder estar recogido habitualmente en medio del mundo y con un quehacer que pue­ de ser agobiante, es necesario dedicar a lo largo del día algunos momentos

exclusivamente

a estar solo. «Que no falten en nuestra jornada unos mo­ mentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios, elevando hacia Él nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los labios, porque cantan en el corazón. Dedique­

mos a esta norma de piedad un tiempo suficiente,

a hora fija si es posible» (J. Escrivá de Balaguer,

Vida de oración,

p. 15). Quien esto no procura,

quien no encuentra tiempo para estar a solas con­ sigo mismo y ponderar en su corazón, pero con referencia al plan de Dios, « aquellas cosas» que le vayan sorprendiendo, nunca jamás dominará las circunstancias ni sacará provecho de ellas. Será arrastrado por el torbellino de la vida, a remolque siempre de impulsos y pasiones, de acciones y reacciones, como una hoja seca en otoño a merced de los caprichos del viento o como un madero za­

randeado por los rápidos de un río.

Unicamente el recogimiento -el guardar las co­ sas- puede hacer que ponderemos en nuestro co­ razón. Y sólo el ponderar las cosas en el corazón

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da firmeza y orientación a la vida, porque enton· ces se posee una vida interior que tamiza y en­ cauza los acontecimientos exteriores, extrayendo de ellos el mensaje que Dios comunica y por el cual adquieren su sentido trascendente.

Espiritu de pobreza

¿Qué cosas eran aquellas que María ponderaba en su corazón ? Las dos veces que San Lucas se refiere a esa actividad interior de Nuestra Señora dice que ponderaba •estas cosas•. Alude, pues, a hechos que acaba de narrar y que tienen una reJa. ción directa con la Virgen. Estos hechos son el nacimiento de Jesús y la adoración de los pasto­ res, la presentación y la adoración de Simeón, el episodio del Templo. No deben excluirse otros he­ chos sólo porque San Lucas no los mencione, pero que la afectaron también directamente: San Ma­ teo consigna la adoración de los Magos y la huida

a Egipto ( Mt l). En realidad, todo el mundo

maravilloso que el mensaje de Gabriel le había mostrado, todas las consecuencias, todos .los epi· sodios relacionados con su Hijo eran materia de elaboración interior.

Cada una de cestas cosas• que la Virgen guar. daba y ponderaba nos abre un sinfín de perspec­ tivas. Todas ellas están cargadas de sentido, reple­ tas de enseñanzas. Cada una tiene que comunicar­ nos un denso mensaje sobrenatural que nosotros podemos comprender y que lleva también, aunque implícita, la invitación a seguir el camino que nos muestra.

Todo cuanto San Lucas nos dice acerca del Na­

cimiento es un llamamiento a la pobreza. La lec­

ción, sin embargo, comienza todavía antes. Hay una fiesta de la Virgen, que la Iglesia celebra el

18 de diciembre con el título de Expectación del

parto de Nuestra Señora, que nos incita a la re>

flexión. Es el pórtico gozoso del Nacimiento. A na.

clie le supone un esfuerzo considerable intuir los sentimientos de Marra durante los días inmediata­ mente anteriores a la venida del Señor. Dado lo que sabía, todo se centraba en el momento, ya

próximo, en que iba a contemplar a su Hijo. Le

esperaba con ilusión; todo el pueblo judlo, duran­

te siglos, había vivido con la esperanza puesta en

ese momento y de esta esperanza se había alimen­

tado. Era el Hijo deseado por una generación tras otra, y todas las ansias, todas las ilusiones, todo el tembloroso y emocionado anhelo de la espera se hab(a concentrado en Ella.

¿Qué madre no sueña en el hijo que espera?

También la Virgen soñarla. Todo le parecerla

poco para 1!1. Y en su interior, quizá comentán­

dolo con José, trazarla planes, haría proyectos, prepararla multitud de pequeños detalles, todo cuanto estaba en su mano, para que s'u Señor, al nacer, se encontrara con todo lo que una madre puede proporcionar al hijo que llega. Pero he aquí que, cuando llegó el día, Dios derribó de un soplo todos los planes, los proyectos, las ilusiones, los suefios . . . Jesús no nacería en su casa, ni siquiera en una casa; apenas le fue concedido un establo, donde se recogen los animales para pasar la noche. Hay sólo una clase de sueños que no entorpecen

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-al menos, no del todo- la vida Interior: aque­ llos que se refieren a hechos posibles dentro del camino de cada uno. El hacer planes, forjarse ilusiones, trazar proyectos, es algo muy humano en sí, y no sólo no aparta de Dios ni impide el ponderar las cosas en el corazón, sino que ayuda a cumplir los planes divinos cuando se parte de la realidad concreta y se encaminan a conseguir objetivos, también concretos y reales. Es la apli­ cación de la inteligencia al servicio de Dios, por­ que si el hombre es inteligente -como Jo es­ debe obedecer inteligentemente. Dios dibuja los rasgos más generales, pero no nos exime de la ta­ rea personal, de la propia iniciativa. Hacer planes, trazar proyectos, soñar, ilusionarse, está bien. Pero hemos de estar siempre dispuestos a aceptar sin protestas ni gestos agrios de contrariedad, que Dios nos despoje de todo ello, pues tiene per­ fecto derecho a hacerlo. «Mis caminos no son vuestros caminos•, dice el Señor Dios Omnipo­ tente (Is 55, 8). Está bien -por eso Dios nos ha dado inteligencia- que tengamos nuestros puntos de vista, con tal de que no nos olvidemos de que también Dios tiene el suyo y, en caso de no coin­ cidir, Dios es el que siempre tiene la razón, porque no se equivoca jamás. Nosotros sf nos podemos equivocar, lo cual sucede con tanta frecuencia que es asombroso que nos cueste tanto renunciar, que dejemos que el corazón se nos pegue tanto a insig­ nificancias por el mero hecho de haberlas pensado nosotros, por ser nuestras.

La lectura del Nacimiento de Jesús en el Evan­ gelio de San Lucas deja entrever, pese a su so-

briedad, las horas angustiosas que pasó Maria en Belén. Se daba cuenta de la proximidad, de la in­ minencia de la hora del parto. A causa del edtcto

de Augusto, muchos juclios ele la estirpe de David

habían acudido a Belén a empadronarse, y la pe­ queña aldea estaba por aquellos días ocupada por una población que excedía con mucho su capaci­ dad para albergarla. María y José, por otra parte, eran pobres y no tenían mucho que ofrecer. En el mesón no hubo Jugar para ellos . . . , ni en ningu­

na parte. Todas las pu�rtas se les cerraron. La impotencia, la absoluta soledad, el desamparo to­ tal, la carencia, incluso, ele aquello poco que tie­ nen hasta los más pobres, un sentimiento del &.co­ so a que les sometía la necesidad, el dolor y la tristeza de no pode¡· ofrecer a ese Hijo a punto de llegar ni siquiera un techo y unas paredes que velaran el alumbramiento, son cosas que nadie puede experimentar, por muchas catástrofes que

le sucedan, tan agudamente como las conoció la Virgen, la llena de gracia. Como si Dios se desen­ tendiera de su Hijo.

Al cabo tuvo que refugiarse en una cueva que servía de establo en las afueras de Belén. Y allí, en un establo, nació el tan esperado Mesías. ¿Cómo no iba a ser todo ello motivo de pondera­ ción en su interior? Dios la habla despojado de sus sueños e i lusiones, Dios la había hecho cono­ cer la pobreza más total, el verse privada hasta de las cosas indispensables que la más pobre de las madres tiene, la había hecho pasar por la humi­ llación de mendigar un techo para verse cortés y superficialmente despedida, probablemente con