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Syndrome Calculation Error Detection and Error Correction:

In document Information Theory and Coding SYLLABUS (Page 169-172)

Case IV: Average Power Limitation (Unidirectional Distribution):

CYCLIC CODES

7.6 Syndrome Calculation Error Detection and Error Correction:

Greg Bear vendió su primer cuento corto en 1966, cuando tenía quince años. Se puso en forma entre finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando un aluvión de cuentos y novelas lo convirtieron en un escritor que había que seguir de cerca.

El trabajo de Bear está profundamente enraizado en la mejor tradición intelectual de la ciencia ficción. Escritor prolífico y a la vez disciplinado, premia por encima de todo el rigor especulativo y el respeto por los hechos científicos. Esta actitud lo liga a la ciencia ficción dura tradicional, a pesar de su muy alabado trabajo de fantasy.

A medida que su carrera avanzaba, comenzó a destacar con fuerza su gran capacidad imaginativa, logrando un impacto aún mayor gracias al disciplinado oficio que había aprendido anteriormente. Esta combinación ha producido una ciencia ficción dura genuinamente radical, de un poder visionario excepcional, demostrado en novelas ampliamente alabadas como Blood Music o Eon.

El relato que viene a continuación, publicado a principios de 1982, marcó el salto cuántico de Bear, desde los límites de las concepciones tradicionales hasta un nuevo y vertiginoso espacio. Con el directo y detallado desarrollo de una idea genuinamente fantástica, este relato muestra lo mejor de la técnica de Bear.

«Dios ha muerto, Dios ha muerto.”... «¡Perdición! Cuando Dios muera, lo sabrás.” Confesiones de San Argentino

Soy un feo hijo de piedra y carne, no se puede negar. No recuerdo a mi madre. Es posible que me abandonara al poco de nacer. Es más que probable que esté muerta. A mi padre, una cosa picuda y de media ala, si es que se parece a su hijo, no lo he visto nunca.

¿Por qué un desgraciado así ha de aspirar a convertirse en historiador? Creo que puedo remontarme al momento en que hice esta elección. Se halla entre mis recuerdos más tempranos, y por lo tanto debe de haber ocurrido hace unos treinta años, aunque no estoy seguro de cuántos viví antes de este momento, años ahora perdidos para mí. Estaba en cuclillas tras las gruesas y polvorientas cortinas de un vestíbulo escuchando a un sacerdote instruir a otros novicios, todos de carne pura, sobre Mortdieu. Sus palabras aún permanecen vivas en mí.

—Hasta donde yo pueda alcanzar —dijo—, Mortdieu acaeció hace setenta y siete años. Algunos estudiosos niegan que la magia reinara en el mundo, pero pocos niegan que Dios, como tal, había muerto.

Sin lugar a dudas, eso es decirlo suavemente. Todos los pilares de nuestro gran universo se derrumbaron, el eje se movió, las puertas cósmicas se cerraron y las reglas de la existencia perdieron sus cimientos. El sacerdote prosiguió, con tono mesurado y respetuoso, la descripción de tal época.

—Tengo oído de sabios que hablaban sobre un lento declive. Donde el pensamiento humano poseía fortaleza, la violenta sacudida de la realidad se redujo a un temblor. Donde el pensamiento era débil, la realidad desaparecía por completo, tragada por el

caos. Cada espejismo se volvió tan real como la materia sólida —su voz tembló emocionada—. Un dolor cegador, la sangre encendiéndose en nuestras venas, los huesos rompiéndose y la carne convirtiéndose en polvo. El acero fluyendo como líquido. Ámbar lloviendo del cielo.

Multitudes reunidas en calles que va no seguían mapa alguno, si es que los mapas no habían cambiado por sí solos. No sabían qué hacer. Sus débiles mentes, incapaces de aferrarse a...

Para empezar, la mayoría de los humanos, así lo entiendo, eran sin duda demasiado irracionales. Muchas naciones se desvanecieron o se volvieron torbellinos incomprensibles de miseria y depravación. Se dice que ciertas universidades, bibliotecas y museos sobrevivieron, pero en la actualidad tenemos poco contacto con ellos.

Pienso a menudo en esas pobres víctimas de los primeros días de Mortdieu. Sabían de un mundo con cierta estabilidad; nosotros nos hemos adaptado desde entonces. Se asombraron de las ciudades que se volvieron bosques, de las pesadillas que se hicieron realidad ante sus ojos. Osadas cornejas se asentaron en las ramas de árboles que otrora fueron edificios, los cerdos corrían por las calles sobre sus patas traseras... y sucesos similares. (El sacerdote no animaba a la contemplación de las rarezas. «La excitación», así decía, «alienta más monstruos todavía».)

Nuestra catedral sobrevivió. La racionalidad en el vecindario, en cambio, se había debilitado unos siglos antes de Mortdieu, y únicamente la había reemplazado una suerte de fórmula. La catedral sufría. Los supervivientes, los clérigos y los empleados, devotos a la busca de un santuario, tuvieron infelices visiones, tuvieron sueños desgraciados. Vieron cobrar vida a los ornamentos de piedra de la catedral. Con alguien a quien ver y creer, en un universo desprovisto de otro fundamento, mis antepasados se desprendieron de la piedra y se transformaron en carne. Siglos de celibato espiritual pesaban sobre ellos. Cuarenta y nueve monjas que se habían procurado refugio en la catedral fueron descubiertas, y además no eran completamente aborrecibles, por lo que circulan algunas versiones indecentes del relato. Mortdieu provocó un imprevisible efecto afrodisíaco entre los fieles, y la copulación tuvo lugar.

No se ha definido el período de gestación, porque en aquella época la gran rueda de piedra no se había puesto en movimiento, hacia delante y hacia atrás, para contar las horas. Ni nadie había recibido la silla de Kronos para vigilar la rueda, y proveer así las reglas para la actividad cotidiana.

Pero la carne no rechazó la piedra, y vinieron al ser los hijos e hijas de carne y piedra, entre los que me cuento. Todos aquellos que fornicaron con las figuras inhumanas parieron jóvenes monstruosos, bien para criarlos, bien para rechazarlos hacia los escondidos rincones de más arriba. Aquellos que aceptaron el abrazo de los santos de piedra y de otras estatuas con forma humana sufrieron menos, pero aun así, fueron desterrados a los lugares más altos. Se erigió un andamio de madera, dividiendo la gran nave en dos pisos. Una carpa se tendió sobre el andamio, a fin de prevenir la caída de desperdicios, y en el segundo piso de la catedral, los retoños más humanos de carne y piedra se dispusieron a crear una nueva vida.

He intentado durante mucho tiempo descubrir cómo renació en el mundo algo similar al orden. La leyenda dice que fue el arquiexistencialista Jansard, crucificador del amadísimo San Argentino, quien, percibiendo y arrepintiéndose de su error, descubrió que la mente y el pensamiento podían aquietar el espumoso océano de la realidad.

El sacerdote concluyó su lección, abreviada en demasía, deteniéndose someramente en este punto.

—Con la clausura de la vigilante mirada de Dios, la humanidad tuvo que buscar y asirse al tejido de un mundo que se deshilachaba. Aquellos que permanecían con vida,

aquellos que tuvieron la sabiduría suficiente para evitar que sus cuerpos se desmembraran, se transformaron en la única fuerza cohesiva en el caos.

Había aprendido suficientes palabras para entender lo que decía; mi memoria era buena, todavía lo es, y nació en mí la curiosidad por saber más.

Deslizándome por los muros de piedra, tras las cortinas, escuché a otros sacerdotes y monjas entonar las escrituras para los rebaños de niños de carne. Esto ocurría en el piso de abajo y me encontraba en grave peligro, pues las gentes de carne consideran abominaciones a los de mi estirpe.

Logré robar un salterio y aprendí a leer. Robé otros libros también. Estos describían mi mundo, al permitirme compararlo con otros. Al principio no podía creer que otros mundos hubieran existido jamás. Todavía albergo dudas. Puedo asomarme al pequeño ventanuco redondo, a un lado de mi habitación, y contemplar el gran bosque y el río que rodean la catedral, pero no puedo ver nada más. De modo que mi experiencia de otros mundos está muy lejos de ser directa.

No importa. Leo mucho, pero no soy un académico. Lo que me ocupa es la historia reciente, el último apartado de esa hora germinal de la que hablaba el sacerdote. Desde lo metafísico a lo íntimamente personal.

Soy pequeño, apenas tres pies de alto, pero puedo correr con rapidez a través de casi todos los pasadizos secretos. Esto me permite observar sin llamar la atención. Puede que sea el único historiador de todo el sector. Otros que reclaman para sí este oficio ignoran lo que está delante de sus ojos, pues buscan las verdades últimas, o al menos las Grandes Perspectivas. Por eso, si preferís la historia donde el historiador no está implicado, buscadla en otros. Siendo objetivo, tanto como puedo, tengo mis temas favoritos...

En la época en la que mi historia comienza, los niños de carne y piedra buscaban aún al Cristo de Piedra. Aquellos de nosotros nacidos de la unión de la piedra de santos y gárgolas con las monjas desnudadas creíamos que nuestra salvación se encontraba en el gran célibe de piedra, quien había venido a la vida con todas las demás estatuas.

De menor importancia era la relación secreta entre la hija del obispo y un joven de piedra y carne. Tales relaciones estaban prohibidas incluso entre los de carne pura. Y como esos dos amantes no estaban casados, su pecaminosa relación me intrigaba.

Su nombre era Constantia, y tenía catorce años, miembros esbeltos, el pelo oscuro y el pecho maduro. Sus ojos reflejaban la estulta suerte de la existencia divina, propia de las niñas de tal edad. El nombre de él era Corvus, y tenía quince años. No recuerdo con exactitud sus rasgos, pero era lo suficientemente bello y diestro; podía trepar por el andamio casi tan rápidamente como yo. Primero los espié mientras hablaban, durante uno de mis frecuentes pillajes en el depósito para robar otro libro. Se hallaban entre las sombras, pero mis ojos son agudos.

Hablaban quedamente y con desasosiego. Mi corazón sufrió al verlos y al pensar en su tragedia, pues sabía sin duda que Corvus no era de carne pura y que Constantia era la hija del mismísimo obispo. Imaginé al viejo tirano aplicando el castigo acostumbrado a Corvus, por quebrar las reglas de los pisos y de la moralidad. Pero su hablar era de una dulzura tal que casi ocultaba el hedor a cerrado de la nave inferior.

—¿Has besado antes a un hombre? —Sí.

—¿A quién? —A mi hermano.

—¿Y a quién más? —su voz era cortante, parecía decir: «mataría a tu hermano». —A un amigo llamado Jules.

—¿Dónde está ése?

—¡Oh!, desapareció durante una expedición para traer leña.

—¡Oh! —y él la besó nuevamente. Soy un historiador, no un mirón, por lo que discretamente ocultaré el florecer de su pasión. Si Corvus hubiera tenido algo de sentido común, habría celebrado su conquista y nunca habría vuelto. Pero estaba atrapado y continuó viéndola, a pesar de los riesgos. Eso significaba lealtad, amor, fidelidad, y era raro, y me fascinó.

Hoy he estado tomando el sol, ha sido un día hermoso, y he estado mirando por encima de los contrafuertes. La catedral semeja a un lagarto de vientre colgante, y los contrafuertes son sus patas. Hay algunas casas pequeñas en la base de cada contrafuerte, donde asomaban los desagües con cara de dragón por encima de los árboles (o de la ciudad, o de lo que quiera que sea que una vez estuvo debajo). Ahora las gentes viven allí. No siempre fue así, hubo un tiempo en el que el sol estaba prohibido. A Corvus y Constantia se les había negado el sol desde la infancia, y por eso, incluso en los albores de su juventud, estaban pálidos y sucios por el humo de velas y palmatorias. La mayor cantidad de sol que uno podía recibir era gracias a las expediciones para traer leña.

Tras espiar uno de los encuentros clandestinos de los jóvenes amantes, medité en un oscuro rincón durante una hora, y luego fui a visitar al Apóstol Tomás, un gigante de cobre. El era el único con forma humana que vivía en lo alto de la catedral. Portaba una regla donde estaba grabado su verdadero nombre, pues había sido fundido por Viollet-le- Duc, el arquitecto que había restaurado la catedral en tiempos pretéritos. Conocía la catedral mejor que nadie y yo le admiraba enormemente. La mayoría de los monstruos lo dejaban en paz, por miedo, si no por otros motivos. Era enorme, negro como la noche, pero cubierto de óxido verde, su rostro absorto en un eterno pensar. Se sentaba en su acostumbrado habitáculo de madera cerca de la base del chapitel, no a los escasos veinte pies del lugar en el que esto escribo, y meditaba sobre tiempos que ninguno de nosotros conoció nunca. Tiempos de alegría y amor ya idos, aventurarían algunos, o sobre el peso que caía sobre él, dirían otros, pues ahora que la catedral había devenido en el centro de este mundo en caos.

El fue el gigante que me eligió de entre la fea chusma, cuando me vio con el salterio. Me animó en mis esfuerzos por leer.

—Tus ojos brillan —me dijo—. Te mueves como si tuvieras una inteligencia despierta, y te mantienes limpio y seco. No eres vano como las gárgolas, tienes sustancia. Por amor a todos nosotros, úsala y aprende los caminos de la catedral.

Y así lo hice.

Me miró cuando me aproximaba. Me senté en una caja, a sus pies, y dije: —Una hija de carne se ve con un hijo de piedra y carne.

Encogió sus enormes hombros. —Así ocurrirá en algunas ocasiones. —Así pues, ¿no es pecado?

—Es algo tan monstruoso que sobrepasa el pecado y se vuelve necesidad —dijo—. Ocurrirá más frecuentemente así pase el tiempo.

—Están enamorados, creo, o lo estarán —y él asintió.

—El Otro y yo fuimos los únicos que nos abstuvimos de fornicar la noche de Mortdieu —dijo—. Yo soy el único capaz de juzgar, aparte del Otro —aguardé a que juzgara, pero suspiró y me dio unas palmadas en el hombro—. Y nunca juzgo, mi feo amigo. ¿Cierto?

—Cierto —contesté.

—Así que, déjame solo con mi tristeza —parpadeó—. Y ojalá consigan todavía más poder.

El obispo de la catedral era un anciano. Se decía que no era obispo antes de Mortdieu, sino un vagabundo que llegó durante el caos, antes de que el bosque tomara el lugar de la ciudad. Él mismo se autoproclamó la cabeza rectora de esta sección del antiguo dominio de Dios, diciendo que así había sido dispuesto para él.

Era de corta estatura, entrado en carnes, con enormes y peludos brazos como las pinzas de una tenaza. Una vez mató a una gárgola con el simple apretón de su puño, y las gárgolas son seres duros, puesto que no tienen tripas como tú (supongo) y como yo. El pelo que rodeaba su calva era blanco, espeso y enmarañado, y sus cejas se inclinaban hacia su nariz con maravillosa flexibilidad. Entraba en celo como los cerdos, comía abundantemente y defecaba líquido (lo sé todo). Un hombre de su tiempo, si es que alguna vez hubo alguno.

Suyo era el decreto por el que aquellos de carne impura debían ser apartados y aquellos otros que no tuvieran forma humana, matados en cuanto se les viera.

Cuando volvía de la cámara del gigante, vi que la nave inferior estaba alborotada. Habían descubierto a alguien subiendo por el andamio, y habían mandado tropas para derribarlo. Por supuesto, se trataba de Corvus. Yo era un escalador más ágil que él y conocía las vigas mejor, por lo que, cuando se halló atrapado en un aparente callejón sin salida, fui yo quien le hice un gesto desde las sombras y le indiqué un agujero lo suficientemente holgado para que escapara. Lo atravesó sin detenerse un segundo a darme las gracias, pero la etiqueta nunca me ha parecido importante. Atravesé el muro de piedra por un nicho del tamaño de unos pocos palmos, y repté hasta el fondo, para ver qué más sucedía. La excitación era inusual.

Corrió el rumor de que una figura había sido vista con una joven, pero el gentío no sabía quién era. Hombres y mujeres entremezclados en la humeante luz, entre las hileras de chozas, hablaban alegremente. Las castraciones y ejecuciones eran de las pocas diversiones que había por entonces. Yo también las apreciaba, pero apreciaba más aún a las potenciales víctimas de ahora, y esto me preocupaba.

La inquietud y el interés hicieron aflorar lo mejor de mí. Me deslicé por un agujero sin reparar y caí a un lado del callejón, entre el muro exterior y las chozas. Un grupo de sucios crios me descubrió.

—¡Ahí está! —aullaron—. ¡No ha huido!

Las enmascaradas tropas del obispo pueden pasar libremente por todos los niveles. Casi estaba acorralado, y cuando intenté una ruta de escape, me esperaron en un lugar estratégico de la escalera, de la cual había de subir su siguiente tramo hasta arriba, y me forzaron a retroceder. Me enorgullecía de conocer la catedral desde el sótano a los cimientos, pero entonces caí de mala manera y llegué a un túnel que nunca antes había visto. Conducía hacia abajo, hacia un ancho muro de los cimientos. Estaba a salvo, por el momento, pero temeroso de que tal vez encontraran mi despensa de comida y envenenaran mis recipientes de agua. Aun así, nada podía hacerse hasta que se fueran, por lo que decidí pasar esas angustiosas horas explorando el túnel.

La catedral es una fuente de continuas sorpresas. Ahora comprendo que no conocía ni la mitad de lo que ofrecía. Siempre hay nuevos caminos para ir de acá para allá (algunos creados, lo sospecho, cuando nadie mira) y algunas veces, incluso, nuevos lugares que descubrir. Mientras las tropas husmeaban desde arriba en el agujero, cerca de la escalera, donde sólo un niño de dos o tres años podría entrar, seguí un tramo de toscos escalones tallados en la piedra. El agua y el limo hacían el pasaje resbaladizo y dificultoso. Por un momento, me encontré en una tiniebla más profunda de lo que nunca

había sospechado ver, una oscuridad más profunda que lo que la mera ausencia de luz explicaría. Luego, abajo, vi un tenue resplandor amarillento. Con más cautela, aminoré el paso y continué en silencio. Tras una roñosa y rudimentaria puerta metálica, puse mi pie en una estancia iluminada. Despedía olor a piedra desmoronándose, un penetrante aroma a agua mineral, a limo, y al hedor de una gárgola muerta. La bestia, muerta hacía varios meses, estaba tumbada en el suelo de una estrecha cámara, pero todavía apestaba. Ya he mencionado antes que las gárgolas son muy difíciles de matar, y ésta había sido asesinada. Tres velas recién encendidas se encontraban en hornacinas alrededor de la cámara, titilando a cansa de una ligera corriente proveniente de arriba. A pesar de mis temores, crucé el suelo de piedra, tomé una vela e inspeccioné la siguiente sección del túnel.

Descendí durante una docena de pasos, y acabé ante otra puerta metálica. Allí fue donde detecté un olor que nunca antes había experimentado, el olor de la más pura de las piedras, algo así como un raro jade o una piedra virgen. Un sentimiento tal de ligereza se me subió a la cabeza que casi me eché a reír, pero era demasiado precavido para ello. Tiré de la puerta y un soplo del aire más fresco y dulce me recibió, como el soplo de la

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