2. Investigation and Analysis
2.4 Pilot Human Factors
2.4.2 Fatigue
Michel Löwy
**El capital es una máquina formidable de reificación. Desde la Gran Transformación que refiere Karl Polanyi, es decir, desde que la economía capitalista de mercado se ha autonomizado, desde que ésta se ha, por así decir, «desempotrado» de la sociedad, funciona únicamente según sus propias leyes, las leyes impersonales de la ganancia y de la acumulación. Ella supone, subraya Polanyi, “lisa y llanamente la transformación de la substancia natural y humana de la sociedad en mercancías”, gracias a un dispositivo, el mercado autoregulador, que tiende inevitablemente a “romper las relaciones humanas y […] destruir el hábitat natural del hombre”.1 Se trata de
un sistema despiadado, que arroja a los individuos de las capas desfavorecidas “bajo las ruedas mortuorias del progreso”, ese “carro de Jagannâth”.2
* Agradecemos al Dr. Fernando Matamoros por el apoyo para la publicación del texto. Traducción de César Ortega. ** Sociólogo y filósofo marxista franco brasileño. Profesor de la ehess de París.
1 poLaNyi, Grande, p. 70.
2 Jagannātha o Jagannāth, es uno de los nombres sánscritos usados para denominar a Krishná. Significa ‘señor’ (nātha) del ‘universo’
(jagat). El templo del Señor Jaganath es uno de los mayores de India. La adoración es tan antigua que no hay registros de cuánto
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Max Weber ya había captado en forma notable la lógica “cosificada” del capital en su gran obra Economía y Sociedad: “La reificación (Versachlichung) de la economía fundada sobre la base de la socialización del mercado sigue absolutamente su propia legalidad objetiva (sachlichen). […] El universo reificado (versachlichte Kosmos) del capitalismo no deja ningún lugar a una orientación caritativa....” Weber deduce que la economía capitalista es estructuralmente incompatible con cualquier criterio ético: “En contraste con cualquier otra forma de dominación, la dominación económica del capital, a partir del hecho de su ‘carácter impersonal’, no sabría ser éticamente reglamentada. […] La competencia, el mercado, el mercado de trabajo, el mercado monetario, el mercado de productos, en una palabra, las consideraciones ‘objetivas’, no son éticas, ni antiéti- cas, sino simplemente no-éticas […] y comandan el comportamiento en el momento decisivo e introducen instancias impersonales entre los seres humanos involucrados.”3 En su estilo neutro
y no-comprometido, Weber ha puesto el dedo sobre lo esencial: el capital es intrínsecamente, por su esencia, no-ético.
En la raíz de este conflicto se encuentra el fenómeno de la cuantificación. Inspirado por el
Rechenhaftigkeit –el espíritu de cálculo racional que refirió Weber– el capital es una máquina formi-
dable de cuantificación. No reconoce que el cálculo de las pérdidas y ganancias, las cifras de pro- ducción, la medición de precios, costos y ganancias, somete la economía, la sociedad y la vida hu- mana a la dominación del valor de cambio de la mercancía y su expresión más abstracta, el dinero.
Estos valores cuantitativos, que se miden en 10, 100, 1,000 o 1 000,000, no conocen de lo justo o lo injusto, ni de lo bueno o malo: ellos disuelven y destruyen los valores cualitativos y en primer lugar los valores éticos. Entre éstos existe “antipatía”, en el sentido antiguo del término, proveniente de la alquimia: falta de afinidad entre dos sustancias.
Hoy en día, este reino total –de hecho, totalitario– del valor mercantil, del valor cuantitati- vo, del dinero, de las finanzas capitalistas ha alcanzado un nivel sin precedentes en la historia de la humanidad. Pero la lógica del sistema ya había sido capturada por un crítico lúcido del capitalismo, en 1847: “Ha llegado por fin un momento en que todo lo que los hombres habían considerado como inalienable deviene en objeto de cambio, de tráfico y puede ser enajenado. Es el tiempo en que las mismas cosas que eran comunicadas pero nunca intercambiadas; dadas pero nunca vendidas; adquiridas pero nunca compradas –la virtud, el amor, la opinión, la cien- cia, la conciencia, etcétera– en el que todo finalmente pasa por el comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o, para hablar en términos de economía política, el tiempo en el que cualquier entidad, moral o física, se ha convertido en un valor venal, llevada al mercado para ser apreciada en su justo valor”.4
Las primeras reacciones, no solamente obreras, sino también campesinas y populares contra la mercantilización capitalista tuvieron lugar en el nombre de valores sociales y algunas necesi- dades sociales consideradas más legítimas que la economía política del capital. Estudiando los movimientos de masas, las “revueltas del hambre” y por otros motivos del siglo xviii inglés, el historiador E.P. Thompson refiere la confrontación entre la economía moral de la plebe y la eco- tiempo lleva realizándose (lo que es muy común en India, donde los textos no se fechaban ni guardaban cronologías). Como en casi toda religión, el culto al Señor Jagannātha no ha estado exento de fanatismos. Muchos devotos, con la esperanza de liberarse de los sufrimientos o de purificarse definitivamente, se arrojaban bajo las ruedas de los pesados e imparables carruajes. Las autoridades coloniales inglesas (establecidas en la India hasta 1947) divulgaron extensamente este hecho como ejemplo de la “barbarie hindú”. Por eso en los países anglohablantes, el término juggernaut (anglificación de Jagannātha) significa ‘fuerza inexorable u objeto enorme que aplasta todo lo que encuentra a su paso’. (N. del T.)
3 weber, Wirtschaft , 1923, pp. 305, 708-709. 4 marx, Misère, 1947, p. 33.
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nomía capitalista de mercado (que tiene en Adam Smith su primer gran teórico). Los revueltas por el hambre (en las que las mujeres desempeñaron el papel principal) constituían una forma de resistencia al mercado –en nombre de la antigua economía moral de las normas tradicionales de la comunidad– que no estaba exenta por supuesto de racionalidad y que, en el largo plazo haya probablemente salvado a las clases más bajas de la hambruna.5
El socialismo moderno es el heredero de la protesta social. Esta economía moral pretende construir la producción no bajo los criterios del mercado y del capital –la demanda efectiva–, la rentabilidad, la ganancia, la acumulación, sino sobre la satisfacción de las necesidades sociales, el
bien común, la justicia social. Se trata aquí de valores cualitativos, irreductibles a la cuantificación
mercantil y monetaria. Rechazando el productivismo, Marx puso de relieve la prioridad del ser de los individuos –la plena realización de sus potencialidades humanas– en comparación con el tener y la posesión de bienes. Para él, la necesidad social primera, la más urgente, aquélla que abre las puertas del Reino de la Libertad era el tiempo libre, la reducción de la jornada de trabajo, el libre desarrollo de los individuos en el juego, el estudio, la actividad ciudadana, la creatividad artística, el amor.
Entre estas necesidades sociales existe una que cobra una importancia cada más decisiva en la actualidad, y que Marx no había tenido suficientemente en cuenta (excepto en algunos pasajes aislados) en su obra: la necesidad de salvaguardar el medio ambiente natural, la necesidad de un aire respirable, de agua potable, de una alimentación libre de venenos químicos o radiaciones nucleares. Una necesidad que se identifica, tendencialmente, con el imperativo mismo de la supervivencia de la especie humana en este planeta, cuyo equilibrio ecológico está seriamente amenazado por las consecuencias catastróficas –el efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, el peligro nuclear– de la expansión al infinito del productivismo capitalista.
El socialismo y la ecología, por lo tanto, comparten valores sociales cualitativos, irreductibles al mercado. También comparten una revuelta en contra de “La Gran Transformación”, en con- tra de la autonomización deificada de la economía en relación a las sociedades, y un deseo de
reintegrar la economía en su entorno social y natural. Sin embargo, esta convergencia será posible
sólo si los marxistas someten a un análisis crítico su concepto tradicional de fuerzas productivas –sobre el que volveremos más adelante– y si los ecologistas rompen con la ilusión de una “eco- nomía de mercado”. Esta doble operación es la obra de una corriente, el ecosocialismo, que ha logrado una síntesis entre los dos enfoques.
¿Qué es el ecosocialismo? Se trata de una corriente de pensamiento y acción ecológica que integra los logros fundamentales del marxismo, al mismo tiempo que se deshace de sus escorias productivistas. Una corriente que ha comprendido que la lógica del mercado capitalista y la ganancia
–
así como la del autoritarismo tecno-burocrática de las difuntas “democracias popula- res”–
son incompatibles con la salvaguarda del medio ambiente. En fin, se trata de una corriente que, al tiempo que critica la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, sabe que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza vital–
esencial–
para cualquier trans- formación radical del sistema.El eco-socialismo se ha desarrollado –a partir de la investigación de los pioneros rusos del fin del siglo xix y principios del siglo xx (Serge Podolinsky, Vladimir Vernadsky)– y especialmente durante los últimos veinticinco años, gracias al trabajo de pensadores de la talla de Manuel Sa-
5 thompsoN, Customs, 1991, pp. 267-268. N ostr o mo 152
cristán, Raymond Williams, André Gorz (en sus primeros escritos), así como de las preciosas contribuciones de James O’Connor, Barry Commoner, Juan Martínez Allier, Francisco Fernán- dez Buey, Jean-Paul Déléage, Elmar Altvater, Frieder Otto Wolf, Joel Kovel, y muchos otros.
Esta corriente está lejos de ser homogénea políticamente, pero la mayoría de sus repre- sentantes comparten algunos temas comunes. En ruptura con la ideología productivista del progreso
–
en su forma capitalista y/o burocrática (el llamado “socialismo real”)–
y opuesto a la expansión al infinito de un modo de producción y consumo destructor del medio ambiente, representa dentro del movimiento ecologista la tendencia más avanzada, la más sensibles a los intereses de los trabajadores y los pueblos del Sur, aquélla que comprende la imposibilidad de un desarrollo sostenible en los marcos de la economía capitalista de mercado.¿Cuáles podrían ser los principales elementos de una ética ecosocialista, que se oponga radical- mente a la lógica destructiva e inherentemente no-ética (Weber) de la rentabilidad del capital y del mercado total, este sistema de la “venalidad universal” (Marx)? Avanzo aquí algunas hipótesis, algunos puntos de partida para la discusión.
En primer lugar, se trata, me parece, de una ética social: no es una ética de la conducta indivi- dual, no apunta a culpabilizar a las personas, promover el ascetismo o la autolimitación. Desde luego, es importante que los individuos sean educados en el respeto al medio ambiente y el re- chazo del desperdicio, pero lo que verdaderamente está en juego es otra cosa: la transformación de las estructuras económicas y sociales del capitalismo/mercantiles, el establecimiento de un nuevo paradigma de producción y distribución fundado, como hemos visto, en la consideración de las necesidades sociales, como la necesidad vital de vivir en un entorno natural no degradado. Un cambio que requiere de actores sociales, movimientos sociales, organizaciones ecologistas, partidos políticos, y no solamente de personas de buena voluntad.
Esta ética social es una ética humanista. Vivir en armonía con la naturaleza, proteger las espe- cies en peligro de extinción son valores humanos, así como la destrucción, por la medicina de formas vivas que atacan la vida humana (microbios, virus, parásitos). El mosquito Anopheles, portador de la fiebre amarilla, no tiene el mismo derecho a la vida que los niños del Tercer Mundo amenazados de esta enfermedad: para salvar a estos últimos, es éticamente legítimo, en algunas áreas, erradicar al primero...
La crisis ecológica, amenazando el equilibrio natural del medio ambiente, pone en peligro no sólo a la fauna y la flora, sino también y sobre todo a la salud, las condiciones de vida, la supervivencia misma de nuestra especie. Así que no hay necesidad alguna de partir a la guerra contra el humanismo y el antropocentrismo para ver en la defensa de la biodiversidad y de las es- pecies animales en peligro de extinción una exigencia ética y política. El combate para salvar el medio ambiente, el cual es necesariamente el combate por un cambio de civilización, es un imperativo humanista, que no concierne sólo a tal o cual clase social, sino al conjunto de todas las personas.
Este imperativo concierne a las futuras generaciones, amenazadas de heredar un planeta que se ha vuelto inhabitable por la acumulación cada vez más incontrolable de daños para el medio ambiente. Pero el discurso que fundaba la ética ecológica fundamentalmente en este peligro futuro ya está hoy bien superado. Se trata de una cuestión mucho más urgente, que concierne directamente a las generaciones presentes: los individuos que vivimos en el comienzo del siglo xxi conocemos ya las consecuencias dramáticas de la destrucción y envenenamiento capitalista de la biósfera, y que amenazan –en lo que concierne a los jóvenes en todo caso– en veinte o
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treinta años con verdaderas catástrofes.
Se trata también de una ética igualitaria: el modo de producción y de consumo actual de los países capitalistas avanzados, basado en una lógica de acumulación ilimitada (de capital, de ganancias, de bienes), de despilfarro de recursos, de consumo ostentoso y de destrucción acele- rada del medio ambiente, no puede de ninguna manera extenderse a todo el mundo, bajo pena de una crisis ecológica de grandes proporciones. Este sistema se basa, por lo mismo, necesaria- mente, en el mantenimiento y la profundización de la ya terrible desigualdad entre el Norte y el Sur. El objetivo del proyecto ecosocialista es una redistribución planetaria de la riqueza mundial, y un desarrollo conjunto de los recursos a través de un nuevo paradigma productivo.
La exigencia ético-social de satisfacción de las necesidades sociales sólo tiene sentido dentro de un espíritu de justicia social, igualdad
–
que no significa homogeneización–
y la solidaridad. Ella implica, en última instancia, la apropiación colectiva de los medios de producción y la distribución de bienes y servicios a cada cual según sus necesidades. No tiene nada en común con la llamada “equidad” liberal, que trata de justificar la desigualdad social en la medida en que esta- rían “ligadas a funciones abiertas a todos en condiciones de justa igualdad de oportunidades”,6el argumento clásico de los defensores de la “libre competencia” económica y social.
El ecosocialismo implica también una ética democrática: en tanto que las decisiones econó- micas y las elecciones productivas continúen en manos de una oligarquía de capitalistas, banque- ros y tecnócratas
–
o, en el desaparecido sistema de economía controladas por el estado, de una burocracia ajena a todo control democrático–
nunca dejaremos el ciclo infernal del productivis- mo, de la explotación de los trabajadores y de la destrucción del medio ambiente. La democrati- zación de la economía–
que implica la socialización de las fuerzas productivas–
significa que las decisiones importantes en la producción y la distribución no se toman por “los mercados” o un politburó, sino por la propia sociedad, después de un debate democrático y pluralista, en el que se opongan las propuestas y opciones diferentes. Es, claramente, la condición necesaria para la introducción de otra lógica socio-económica, y de otra relación con la naturaleza.Por último, el ecosocialismo es una ética radical, en el significado etimológico de la palabra: una ética que se propone llegar a la raíz del mal. Las medidas parciales, las semi-reformas, las Conferencias de Río, los mercados de derechos de contaminación7 son incapaces de aportar
una solución. Hace falta un cambio radical de paradigma, un nuevo modelo de civilización, en definitiva, una transformación revolucionaria.
Esta revolución afecta a las relaciones sociales de producción
–
la propiedad privada, la divi- sión del trabajo–
, pero también a las fuerzas productivas. En contra de una cierta vulgata mar- xista–
que puede apoyarse en algunos textos del fundador–
que concibe el cambio únicamente como la supresión–
en el sentido hegeliano de la Aufhebung–
de las relaciones sociales capitalis- tas, “obstáculos al libre desarrollo de las fuerzas productivas” hace falta cuestionar la estructura misma del proceso de producción.Para parafrasear la famosa frase de Marx sobre el estado, después de la Comuna de París: los trabajadores, la gente no puede tomar posesión del aparato productivo y ponerlo simplemente a caminar en su favor: hay que “romperlo” y sustituirlo por otro. Esto significa: una profunda
6 rawLs, Libéralisme, 1995, pp. 29-30.
7 El mercado de derechos de contaminación (también llamado de bonos de carbono) abarca todas las transacciones en las que
algunos países desarrollados compran créditos de carbono a los demás, para cumplir en forma parcial con el Protocolo de Kyoto (N. del T). N ostr o mo 154
transformación de la estructura técnica de producción y las fuentes de energía
–
principalmente fósiles o nucleares–
que lo conforman. Una tecnología que respete el medio ambiente, y ener- gías renovables–
solar en particular–
son fundamentales para el proyecto ecosocialista.8La utopía de un socialismo ecológico, de un comunismo solar9 no significa que no hace falta
luchar ahora por objetivos inmediatos, que prefiguren el futuro y estén inspirados en estos mis- mos valores:
–
Dar prioridad al transporte público contra la proliferación monstruosa de los vehículos particulares y de transporte por carretera.–
Salir de la trampa nuclear y desarrollar la investigación en torno de fuentes de energía re- novables.–
Exigir el cumplimiento del acuerdo de Kyoto sobre gases de efecto invernadero, rechazan- do la mistificación del “mercado de derechos de contaminación”.–
Luchar por una agricultura ecológica, combatiendo a las multinacionales de semillas y sus transgénicos (Organismos Genéticamente Modificados, oGm´s).Estos son sólo algunos ejemplos, podemos fácilmente alargar la lista. Encontramos estas demandas, y otras similares, entre las reivindicaciones del movimiento internacional contra la globalización capitalista y el neoliberalismo, que surgió en 1996 en la Conferencia Intergaláctica contra el Neoliberalismo y por la Humanidad, organizada por los zapatistas en las montañas de Chiapas, y que ha mostrado su capacidad de protesta en manifestaciones callejeras en Seattle (1999), Praga, Quebec, Niza (2000) y Génova (2001). Un movimiento que no sólo es crítico de las monstruosas injusticias sociales producidas por el sistema, sino que también es capaz de ofrecer alternativas concretas, como en el Foro Social Mundial de Porto Alegre (enero de 2001). Este movimiento, que rechaza la mercantilización del mundo, extrae la inspiración mo- ral de su revuelta y sus propuestas de una ética de la solidaridad, inspirada en valores sociales y ecológicos cercanos a los enumerados aquí.
Bibliografía referida
8 Sobre el significado político de la elección entre las fuentes de energía fósil y solar, ver isseLiN, “Spécificités”, 2001, pp. 45-52. 9 sChwartzmaN, “Solar”, 1996.
beNsaïd, Daniel, Marx l’intempestif. Grandeurs et misères
d’une aventure critique (xixè, xxè siècles), Paris. Fa-
yard, 1996
isseLiN, François, “Spécificités techniques de la produc- tion capitaliste”, Inprecor, num. 461- 462, agos- to-septiembre, París, 2001.
marx, Karl, Misère de la Philosophie, París, Sociales, 1947. poLaNyi, Karl, La Grande Transformation. Aux origines
politiques et économiques de notre temps, París, Galli-
mard, 1983.
rawLs, John, Libéralisme politique, París, puF, 1995. sChwartzmaN, David, “Solar Communism”, Science and
Society, vol. 60, num. 3, 1996, pp. 307-331.
thompsoN, E. P., “Moral Economy Reviewed”, Customs
in Common, Londres, Merlin Press, 1991.
weber, Wirtschaft und Gesellschaft, Tübingen, jCb Mohr, 1923.
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