Numerosas preocupaciones han surgido con respecto a los efectos adversos que puede tener una interacción más estrecha entre la empresa y el mundo académico sobre la contribución científica de los investigadores y, en particular, sobre la efectiva división del trabajo entre la ciencia pública y la ciencia privada (Merton 1973; Nelson 2001, 2004; Feller 1990; Metcalfe 1998). Desde el enfoque de la economía de la ciencia autores como Dasgupta y David (1994) señalan que las universidades y las empresas operan bajo dos sistemas de funcionamiento diferentes. El primero, basado en los principios de la “ciencia pública”, se orienta a la difusión libre, rápida e imparcial de los resultados de investigación, mientras que el segundo, basado en los principios de la “ciencia privada”, busca la apropiación y explotación comercial del conocimiento. Debido a estas diferencias, una interrelación muy estrecha entre estas dos esferas puede resultar a largo plazo “costosa” en términos de producción y difusión de conocimiento. De hecho, se ha sugerido que la creciente participación de la industria en la investigación académica puede influir en el rendimiento de los científicos universitarios,
debilitando el proceso acumulativo de la investigación y la transferencia de conocimientos entre los investigadores (Stephan et al. 2007). Bajo estos enfoques, se rechaza la participación directa de la industria en la investigación académica, y se señala que la colaboración de estudiantes de segundo y tercer ciclo en la investigación industrial, así como la movilidad de los científicos industriales y académicos de una esfera a otra, son estrategias alternativas válidas e incluso más efectivas para transferir el conocimiento a la industria, sin poner en riesgo la estructura de la ciencia abierta (Dasgupta y David 1994).
En esta misma línea, Nelson (2001) afirma que las universidades y las empresas difieren ampliamente en su visión sobre la función del conocimiento. Los empresarios no suelen compartir los valores académicos de la publicación de los resultados y el intercambio de información entre colegas y el público en general. En lugar de ello, buscan mantener la propiedad de los nuevos conocimientos para lograr o conservar una ventaja competitiva. Por estas razones, subraya que un alto interés comercial por los resultados de la investigación académica, puede debilitar el compromiso tradicional de los profesores de publicar en el dominio público y favorecer el avance de la ciencia abierta. Otros autores han manifestado sus preocupaciones sobre las consecuencias adversas que puede tener esta mayor vinculación con la industria en dos aspectos muy relacionados: la autonomía de los investigadores, y la producción científica de alta calidad. Florida y Cohen (1999), por ejemplo, en un estudio realizado en varios centros de investigación universidad- empresa de universidades de Estados Unidos encontraron que la mayoría de los encuestados consideran que la industria tiene la capacidad de modificar el énfasis u orientación de sus programas de investigación, así como las políticas de divulgación de la información y publicación8. Concretamente, estos autores distinguen dos cuestiones primordiales a las que se enfrenta la investigación universitaria. La primera de ellas, se refiere al llamado “problema del sesgo”, el cual hace referencia al supuesto cambio en el esfuerzo de investigación básica a investigación aplicada. El aumento de los vínculos con la industria tiende a sesgar o a cambiar la agenda de los académicos hacia la investigación aplicada a corto plazo, en detrimento de la investigación básica. La evidencia aquí es ambigua, por lo que no se puede saber con certeza si los fondos industriales están introduciendo cambios en la agenda de investigación universitaria. Florida y Cohen sugieren que se puede estar evidenciando “un sesgo de selección” en el
8 El 65% de los centros encuestados indicaron que la industria ejerce una influencia sobre la dirección de
sentido de que los centros que ya están más orientados hacia la investigación aplicada tienen más probabilidades de obtener financiación de la industria y adoptar una orientación más comercial.
La segunda cuestión, es el “problema del secreto” el cual implica un aumento en las restricciones sobre la publicación de los resultados de investigación. Para los autores citados anteriormente, esta cuestión genera las preocupaciones más inquietantes en torno a los problemas que enfrenta la investigación académica. Si bien en un principio este problema puede plantearse como una cuestión ética, ya que el aumento del secreto es contrario a la norma de libre difusión del conocimiento científico, en la realidad va mucho más allá, debido a que el secreto académico puede amenazar el efectivo avance en la frontera de la ciencia. Esto plantea importantes cuestionamientos en términos de los efectos adversos que las RUE pueden tener sobre el libre intercambio y difusión del conocimiento científico. De hecho, algunos autores perciben la comercialización del conocimiento académico como incompatible con la filosofía tradicional de difusión del conocimiento en el “dominio público”. Esta preocupación se expresa claramente en el ensayo de Nelson (2001), donde afirma que el coste de perder la cultura de la “ciencia abierta” existente en las principales universidades, supera cualquier beneficio que pudiera surgir como resultado de una más rápida difusión tecnológica.
Este tipo de tensiones han sido también destacadas en otros estudios empíricos. Cohen et al. (1994), por ejemplo, encontraron que aproximadamente un 35 por ciento de los centros mixtos entre universidades y empresas concede a las empresas la opción de suprimir información de los documentos científicos y un 50 por ciento les concede el derecho de retrasar la publicación de los resultados. Asimismo, en el estudio realizado por Thursby y Thursby (2001), se pone de manifiesto que más de la mitad de las empresas encuestadas incluyen cláusulas de retraso de las publicaciones en al menos el 90% de sus contratos con la universidad. Otros estudios relacionados (Blumenthal et al. 1986; Campbell 1997) ponen de manifiesto que la financiación de la industria y las patentes han llevado a los investigadores a aumentar el “secreto” respecto a la metodología empleada y los resultados de investigación, a fin de proteger la confidencialidad o el valor económico de los resultados (Blumenthal et al. 1996).
Por otro lado, la diversidad de funciones que debe cumplir el investigador en el contexto de la “universidad emprendedora” puede generar tensiones con respecto al tiempo de dedicación necesario para el buen desarrollo de cada una de sus actividades. De esta
forma, aunque la obtención de apoyo financiero de la industria no obstaculice per se la cantidad y calidad de la producción científica, los académicos se enfrentan a las restricciones de tiempo que generan el problema del “tiempo escaso” y de “asignación de atención”. En otras palabras, las relaciones demasiado estrechas con la empresa privada, implican entre otras cosas, que se incremente el tiempo dedicado a la solución de problemas de la industria, en detrimento del tiempo dedicado a la investigación. En esta línea, Feller (1990) manifiesta estar en contra de la participación de la universidad como agente de crecimiento económico puesto que “tales actividades desvían a los
investigadores académicos de las funciones sociales donde son más eficientes como proveedores de un bien colectivo – el conocimiento científico y tecnológico”. En este
sentido, para las universidades e investigadores académicos en general, la cuestión fundamental tiene que ver con el balance entre la contribución a la ciencia pública a través de las publicaciones y la búsqueda de apoyo financiero de la industria.
Estos argumentos reflejan algunas de las principales preocupaciones que han emergido con relación a los efectos negativos que un mayor involucramiento de la universidad con la empresa puede ejercer sobre el rendimiento científico, debido al retraso en las publicaciones, al incremento del “secreto”, la pérdida de autonomía universitaria para orientar la agenda de su investigación (“problema del sesgo”) y las restricciones de tiempo a las que se enfrentan los investigadores para llevar a cabo la totalidad de sus funciones.