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SCANS (N) WEEKS STU

5.3. PROJECT 3: DOPPLER STANDARIZATION

5.3.2. FETHUS PROJECT

EXPERIENCIAS HISTÓRICAS Y PELIGROS

En los apartados precedentes del presente capítulo repasamos distin- tas formulaciones de la falacia naturalista, en el seno de la concepción subjetivista de Hume, —no es la razón sino las pasiones la fuente del jui- cio de valor, el cual es una percepción mental del sujeto, y por tanto no existe “razón práctica” alguna ni es posible una fundamentación racional de la Ética—, de la variante realista del subjetivismo moral propuesta por Moore —“bueno” y “malo” no son propiedades naturales pero sí reales, no meras percepciones mentales subjetivas sino propiedades de la acción humana—, y de la variante prescriptivista defendida por Hare —aunque los valores sean proyecciones subjetivas sobre la acción humana, el ca-

135 Empleamos esta palabra sencillamente según el sentido indicado por la primera a-

cepción de su entrada en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española («Sistema filosófico que considera la naturaleza como primer principio de la realidad»), y sin adicional connotación ni compromiso filosófico o filosófico-jurídico.

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rácter prescriptivo del discurso ético en un nivel crítico de pensamiento moral lleva a regirlos por criterios públicos y los hace argumentables y u- niversalizables—. Admitida la falacia naturalista, se considera errónea la inferencia de conclusiones morales a partir de premisas no morales o fác- ticas, y con ello, se invalida la deducción del “debe” a partir del “es”, así como la de enunciados o juicios prescriptivos a partir de los descriptivos.

Sin embargo, por todas las consideraciones anteriormente discutidas, entendemos que tales filosofías, y en general cualquier concepción subje- tivista, concluyen en un mayor o menor grado de antinaturalismo por compartir todas idéntica premisa, la asunción acrítica de una presunta dicotomía excluyente e irreconciliable entre hechos y valores. Pero anali- zada con una perspectiva histórico-filosófica, dicha presunción se revela como un mero dogma del pensamiento desarrollado en Occidente du- rante la Edad Moderna y prolongado luego en la posmodernidad. Gra- cias al influjo de la Weltanschauung cientificista irradiada desde el Círculo de Viena, llamada “empirismo consecuente” por sus integrantes pero incorporada a la Historia de la Filosofía con los apelativos de empirismo lógico, positivismo lógico o neopositivismo, dicho dogma de dicotomía entre hechos y valores fue empleado principalmente para distinguir entre las ciencias llamadas “duras” o de la Natur —Física, Química, Geología, Biología, etc.—, y las ciencias “blandas” o del Geist —Economía, Socio- logía, Psicología, Derecho, etc.—, y en menor medida también para justi- ficar la separación entre la esfera objetiva o pública de la subjetiva o privada en la comprensión de la vida social e individual. Se buscaba el santo grial de un conocimiento científico —y jurídico— puro. Así se explica que la cesura absoluta entre hechos y valores sea considerada como uno de los ingredientes clave en el desarrollo de la racionalidad científica de la Edad Moderna, o bien que intelectuales tan poco sospechosos de positivismo como Max Weber afirmaran que la característica objetividad de la ciencia

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moderna la inhabilitaba para responder a la pregunta filosófica sobre el sentido, circunstancia que, unida a la divulgación social de los innegables éxitos cognitivos y tecnológicos ofrecidos por el avance del conocimien- to científico, ha contribuido decisivamente al proceso de desencanta- miento136 o desmagificación del mundo característicos de la cosmovisión

moderna y posmoderna. En su magistral ensayo El desplome de la dicotomía hecho/valor137, Hillary Putnam lo expresa con claridad cuando analiza el

periplo de la distinción excluyente ser-deber ser o hecho-valor transcu- rrido desde el empirismo clásico hasta el neopositivismo: «La dicotomía hecho/valor de los positivistas lógicos se basaba en una imagen estrecha- mente cientificista de lo que puede considerarse un “hecho”, al igual que el antecedente humeano de esta distinción se basaba en una estrecha psi- cología empirista de “ideas” e “impresiones”»138, imagen refutada por la

cotidiana y testaruda evidencia, por lo demás fácilmente constatable, de que gran parte del lenguaje descriptivo está irremediablemente cargado de valoraciones, y por ello parece más próximo a la verdad afirmar que «la descripción fáctica y la evaluación pueden y deben estar imbricadas»139.

Incluso en el estricto ámbito del conocimiento científico, la demoledora e irrefutada crítica de Willard Quine140 a la concepción positivista sobre

la tajante distinción entre juicios analíticos y juicios sintéticos, de la cual derivaría un presunto lenguaje de la ciencia impecablemente dividido en

136 Weber, M. (1988), El político y el científico: p. 200.

137 Putnam, H. (2004), El desplome de la dicotomía hecho/valor y otros ensayos.

138 Ibídem, p. 41. Punto y seguido, Putnam concluye el razonamiento despejando toda

duda al respecto: «Darse cuenta de que gran parte de nuestro lenguaje descriptivo es un contraejemplo viviente de ambas imágenes del reino de los “hechos” (la empirista clá- sica y la positivista lógica) debería socavar la confianza de cualquiera que suponga que hay una noción de hecho que contrasta nítida y absolutamente con la noción de “valor” supuestamente invocada en el discurso acerca de la naturaleza de todo “juicio de va- lor”». Ibídem, cursiva en el original.

139 Ibídem, cursiva en el original.

140 Quine, W. (1985), “Dos dogmas del empirismo”, en Desde un punto de vista lógico: pp.

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una sección analítica y otra fáctica, tiene como efecto colateral la imposi- bilidad de seguir defendiendo verosímilmente la concepción canónica so- bre la división entre ser y deber ser o entre hechos y valores. Por ello Putnam concluye en que las dicotomías excluyentes “verdad analítica ver- sus verdad sintética” y “juicio fáctico versus juicio valorativo”, sencilla y lla- namente «han pervertido nuestro pensamiento tanto en lo que concierne al razonamiento ético como a la descripción del mundo, impidiéndonos advertir que evaluación y descripción están entretejidas y son interdepen- dientes»141.

En cuanto concluye que las determinaciones objetivas de la realidad, investigadas por la ciencia, son susceptibles de conocimiento objetivo, mientras que sus determinaciones no objetivables, como las estudiadas por la Ética, son inhábiles para elaborarlo, la asunción de la dicotomía excluyente entre hechos y valores propende a escindir la comprensión de la realidad en dos órdenes o estructuras ontológicas incompatibles. Si la manifestación fenoménico-científica de lo real es objeto posible de cono- cimiento objetivo pero la fenoménico-ética no, se sigue entonces que los juicios sobre hechos naturales presentan valor de verdad y pueden ser adverados o falseados, mientras que no así los juicios, como los morales, sobre hechos no naturales; y se concluye en que —ahora aparece la con- secuencia epistemológico-ética final de la concepción moral subjetivis- ta—, formular juicios de valor sobre hechos no objetivables, como los morales, conlleva incorporar un ingrediente espurio que, verdaderamen- te, está ausente en la realidad desnuda del hecho físico o la acción huma- na, pues no es sino una mera proyección subjetiva. Paradójicamente, una

141 Putnam, op. cit., p. 16. Ni siquiera en el ámbito más presuntamente aséptico, neutral,

descriptivo y cognitivamente imparcial de la ciencia puede nuestro conocimiento des- vincularse de modo total y absoluto de una carga valorativa: «si dejamos de pensar en “valor” como sinónimo de “ética” resulta bastante evidente que la ciencia sí presupone valores: presupone valores epistémicos». Ibídem, p. 45; cursiva en el original.

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creencia argüida como signo inequívoco de racionalidad moderna y cien- tífica, cual es la dicotomía entre hechos y valores, por sus concomitancias recuerda vivamente a doctrinas filosóficas decrépitas como el platónico dualismo ontológico de los mundos inteligible y sensible o el cartesiano dualismo sustancial de res cogitans y res extensa. Es decir, la racionalidad moderna convierte así la distinción epistemológica entre hechos y valo- res, propuesta para propiciar el estudio y la comprensión de la realidad, en una distinción ontológica inherente a la realidad misma.

Muy al contrario, entendemos que la distinción entre hechos y valores sí resulta admisible cuando se mantiene en un plano epistemológico, es decir, si se realiza con la finalidad legítima de facilitar la comprensión de la realidad con fines gnoseológicos o, si se quiere, pedagógicos. No parece haber mayor problema en distinguir entre hechos y valores, mientras se recuerde que dicha diferencia no es sino parte de un instrumental analíti- co con el cual observar y comprender la realidad para conocerla. El ver- dadero problema surge al asumir la creencia de que la distinción entre ser y deber o hecho y valor configura la realidad misma, pues entonces se la implementa ya en un contexto ontológico y no meramente epistemológi- co. Esto sucede precisamente al sostener que, dada su pertenencia a esfe- ras totalmente distintas, la dicotomía entre hechos y valores es absoluta, y de ahí la imposibilidad de transcurrir del lenguaje descriptivo al pres- criptivo, pues entonces se afirma implícitamente que la dualidad no afecta al plano del conocimiento, donde cualquier o casi cualquier discontinuidad puede ser pensada hasta argumentar la continuidad, sino que está con- sustancialmente ínsita en la misma realidad, convertida ahora en un con- glomerado de dos sustancias tan irreconciliablemente distintas, que toda inferencia que conecte entre sí enunciados predicativos de la una y la otra solo puede ser reputada como un supuesto típico de falacia naturalista. Así, el hiato ya no atañe a la mente del sujeto cognoscente, preside más

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bien la configuración misma de la realidad conocida, pues el carácter apodíctico de la distancia absoluta entre las esferas fáctica y axiológica solo es defendible si no es un mero instrumento cognitivo en manos del sujeto cognoscente y afecta a la propia esencia del ser conocido. La me- tafísica sombra proyectada por el trasmundo platónico y el dualismo sus- tancial cartesiano sobre la tradición filosófica que nutrió la racionalidad moderna resulta muy alargada.

Pero con ello no terminan las contradicciones y aporías deducibles de la creencia en la división excluyente entre hechos y valores. Además, su ad- misión confiere implícitamente a la ciencia el estatus epistemológico de criterio de verdad último, valorativamente aséptico e incontrovertible. Pues, aceptar la creencia en la disyunción excluyente entre hechos y valo- res conlleva de suyo dos consecuencias cuya combinación termina eri- giendo a la ciencia en criterio último e incontestable de verdad para todo orden de lo real. Según la primera, los hechos serían en sí mismo neutros desde el punto de vista valorativo; conforme a la segunda, el concepto de verdad es posible en un contexto fáctico e imposible en un contexto axiológico. Se crea así el trasfondo deductivo idóneo para el juego de la falacia naturalista, pues ahora se colige que, partiendo de premisas cons- truidas con enunciados propios de un lenguaje descriptivo de hechos naturales, como los estudiados por la ciencia, resulta ilegítimo inferir conclusiones construidas con enunciados propios de un lenguaje pres- criptivo de hechos no naturales, como los estudiados por la Ética. Con ello, en primer lugar, los hechos naturales estudiados por la ciencia me- diante enunciados descriptivos se presentan como valorativamente neutros, pues la escisión incomunicable entre hechos y valores parece garantizar que los juicios producto de la observación descriptiva, identificados con la cópula “es”, proceden de una actividad humana filtrada de valoracio- nes; y en segundo, los juicios prescriptivos identificados por la cópula

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“debe” estudiados por la Ética son presentados con una sobrecarga axio- lógica inherente que, perteneciendo hechos y valores a mundos intransi- tables entre sí, les impide tener valor veritativo alguno, y con ello ser adverados o falseados, pues, siendo el valor una proyección subjetiva del observador en la acción humana y careciendo siempre de la objetividad característica de lo fáctico, nunca podrá ser elucidado racionalmente en términos de verdad o falsedad, solo admitido como creencia basada en consideraciones psicológicas o emotivas. Perpetrada a la platónica la con- sumación de ese cisma incomponible entre dos mundos, las respectivas categorías asignadas a cada cual solo pueden ser adversarias, según mues- tra el esquema siguiente.

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