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MUNDO SUBJETIVO Ciencia Ética hechos valores descripción prescripción necesidad contingencia evidencia creencia razón sentimiento racionalidad irracionalidad

verdadero o falso ni verdadero ni falso

universalidad parcialidad

intersubjetividad intrasubjetividad

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Con ello, el perfil de la racionalidad moderna muestra otro de sus sellos más característicos, que podríamos denominar pensamiento dis- yuntivo, y consistente en comprender la realidad en base a la disyunción entre conceptos opuestos cuyo respectivo entramado conduce a irrecon- ciliables estructuras lógicas y, en ocasiones, ontológicas, según se com- probó antes. Sentada la división absoluta entre el mundo objetivo de una ciencia que estudia hechos y el mundo subjetivo de una Ética que estudia valores, la senda queda allanada para establecer una fácil relación jerárquica entrambas. Dado que solo el reino objetivo de los hechos expuestos me- diante lenguaje descriptivo es susceptible de conocimiento dilucidable en términos de verdad y falsedad, y que el reino de los hechos compete solo a la ciencia, esta se convierte en el criterio de verdad único y último para conocer y argumentar la imagen del mundo.

Si ello es cierto, ¿qué ocurre entonces con la acción del ser humano? La dicotomía absoluta entre hechos y valores propende a confundir la categorización de los actos humanos con la de los hechos naturales o físicos. Suele decirse que la conducta humana está consustancialmente concernida por el ejercicio de la libertad, único modo coherente de sos- tener que los actos del ser humano no son cualitativamente parangonables a los realizados por un animal no humano o a los acaecimientos naturales o físicos. De ahí que, al buscar una justificación etiológica para la produc- ción de los fenómenos, se hable de causalidad física o natural para expli- car los hechos producidos por una realidad física (la caída de un rayo) o por la vida instintiva (el mordisco de un perro), pero en cambio se hable de causalidad por libertad para dar cuenta de los hechos producidos por el ser humano (conducir un vehículo). Admitir la libertad en la acción humana, a la postre conlleva inevitablemente dos corolarios que contri- buyen a ahondar la diferencia cualitativa inicial entre el hecho natural, el del animal no humano y el humano. El primero consiste básicamente en la

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posibilidad o implausibilidad de juzgar —en sentido jurídico— las altera- ciones producidas en el mundo exterior como consecuencia de los hechos, razón por la cual resulta tan absurdo exigir a un rayo responsabilidades por causar un incendio o encarcelar a un perro por propinar un mordis- co, como indulgente tolerar sin más la impunidad del conductor negli- gente que atropella a un peatón. El segundo corolario es probablemente menos evidente que el anterior y, quizás por eso mismo, requiera consi- deraciones más complejas. Dado que la causalidad de los hechos humanos está inevitablemente afectada por la libertad, las acciones u omisiones producidas por el hombre que provocan consecuencias aptas para alterar el previo estado de cosas en el mundo exterior —y respecto de las cuales, a diferencia de las producidas por los fenómenos naturales y los actos animales, resulta plausible calificar la responsabilidad—, están constituti- vamente infundidas por valores. En otras palabras, toda acción humana libre y deliberada implica valores.

Varios factores influyen en que la acción humana, causada por liber- tad, esté consustancialmente concernida por valores. A diferencia de lo que ocurre en los automatismos inmediatos, donde la secuencia habida entre el estímulo y la respuesta no resulta procesada por ningún elemento o factor mediador, la acción humana no es instintiva sino mediada por un proceso de reflexión142. Pero interviene además otro ingrediente cuyos

142 Evidentemente, se está argumentando en vía de principio general y sin negar las espe-

cificidades propias de las situaciones excepcionales. Es decir, se alude a la acción humana realizada en tales condiciones de normalidad que permitan un proceso de deliberación, dejando para mejor ocasión, por competer a objetivos investigadores diferentes, tanto los casos de actos humanos meramente reflejos y por ello resueltos instintiva y no razonada- mente (romper aguas una parturienta), como aquellos otros en los cuales las circunstancias de la acción presionan tan excepcionalmente sobre el agente moral que se sobreentiende la imposibilidad del proceso de razonamiento (alteración grave de la conciencia de la reali- dad) o su inhibición (trastorno mental transitorio), o bien la inexigibilidad de respon- sabilidad moral ni jurídica por los actos cometidos (legítima defensa, estado de necesidad justificante). Se alude más bien al proceso habitual seguido en condiciones normales por la acción humana razonada.

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caracteres de universalidad y necesidad parecen conferirle el estatus de constante en la praxis humana. Los actos del ser humano, entendidos como conducta humana causada en libertad tras una deliberación previa realizada en circunstancias normales, nunca pueden agotar o ejecutar si- multáneamente el universo de discurso correspondiente a todos los cur- sos de acción posibles para provocar una alteración en el estado del mundo exterior. Así, por ejemplo, puede darse a dos hijos de familias diferentes tipos distintos de educación, incluso aunque coincidan en factores como su edad, cultura, país, contexto socio-histórico, clase social, etc. Pero a la postre solo recibirán uno muy concreto de sus respectivos preceptores, y este, que configurará quizás no absoluta pero con toda seguridad sí deci- sivamente su personalidad, solo puede ser expuesto como la resultante de un conjunto de decisiones ante situaciones frente a las cuales, tanto por lo referente al educando como sus educadores, fue imprescindible elegir. Es decir, siendo imposible, por definición, agotar el universo dis- cursivo de todos los cursos de acción posibles, en última instancia es ne- cesaria la elección, y con ello, la selección. Esto constituye precisamente la quintaesencia misma de los dilemas morales.

¿Qué se elige, desde el punto de vista de la filosofía práctica, cuando hay acción humana? En el universo discursivo formado por todos los cur- sos de acción posibles para implementar un acto, cada curso de acción será distinto en función del elemento axiológico preferido, valorado o desvalorado, para motivar o justificar la elección. En el ejemplo anterior, el alumno recibirá una formación muy diferente según asista a las clases impartidas por un colegio religioso o por otro laico; en el primer caso, el curso de acción adoptado es fruto de una elección cuyo valor subyacente consiste en la conveniencia de que el discípulo sea formado en el con- texto de una concepción religiosa de la vida, en el segundo no. El políti- co cuya administración atraviesa carencias presupuestarias, quizás pueda

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lograr un resultado económico similar, bien fomentando la iniciativa em- presarial privada, bien aumentando el gravamen sobre la renta, pero en el primer caso, inspirado por una solución característica de la tradición dis- cursiva liberal, adoptó un curso de acción política cuyo valor orientador subyacente es la libertad, y en el segundo, inspirado por una solución característica de la tradición discursiva socialista, adoptó un curso de acción política cuyo valor orientador subyacente es la igualdad. Así sucede, muta- tis mutandis, en la mayoría de casos en que se asiste a una acción humana libre y deliberada. Elegir en el universo discursivo de todos los cursos de acción posibles, implica seleccionar entre los distintos valores subyacen- tes a los mismos, para poder decidir en condiciones racionales cuál de ellos debe ser, en última instancia, preservado. Y esto conduce, a su vez, al brete de establecer una jerarquía implícita o explícita de los valores en conflicto, único modo en la cual la decisión puede constituir el fruto ra- cional de una elección selectiva entre valores colusorios143. Por tanto, si

se admite que la conducta humana libre y deliberada está constitutiva- mente infundida por valores, entonces una distinción inconciliable entre hechos y valores solo puede construirse confundiendo o equiparando explícita o implícitamente los hechos naturales y los humanos. Pues, si el par conceptual “hecho” opuesto a “valor” incluye los hechos humanos, y además se sostiene que los hechos en sí mismos y desprovistos de toda otra determinación son consustancialmente neutros respecto de los va- lores, se sigue entonces que los hechos humanos reciben el mismo estatus

143 Por ello, una teoría general de los dilemas morales bien podría comenzar diciendo

que se producen con la colisión de dos o más valores, y que se resuelven aplicando ra- cionalmente una tácita o expresa escala jerárquica, cuya conjugación conduce a decidir un curso de acción en el cual subyace, bien un equilibrio armónico entre los valores en conflicto, bien un predominio del valor priorizado en coexistencia subsidiaria de los restantes, o bien, por último, la elusión total de los colusorios no prioritarios. Pero esto es materia para otro debate.

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epistemológico que los hechos naturales o físicos, bien porque no se al- canza a distinguir entre ambos, bien porque se les reputa idénticos.

Las consecuencias de confundir o equiparar los hechos humanos y los naturales distan de ser baladíes. Pues, considerando retrospectivamente el proceso seguido por el agente moral y descrito en el párrafo anterior, conllevan obliterar en la acción humana la intervención de elementos conceptuales como la voluntad, la responsabilidad, la decisión, la elec- ción, la selección, la jerarquía, los valores y la deliberación, y por ello, en definitiva, negar a la conducta humana la causalidad por libertad, para reconocerle solo la causalidad física. Con lo cual, la reflexión ética edifi- cada tras casi dos mil quinientos años de cultura occidental, simplemente se derrumba. La aparentemente inocua dicotomía excluyente entre he- chos y valores, la inofensiva imposibilidad de transcurrir desde los lenguajes descriptivos a los prescriptivos, en fin, la perspicaz falacia naturalista, muestra ahora su auténtica identidad. Pues conllevan equiparar gnoseoló- gicamente los hechos humanos y los naturales, y con ello, concebir la acción humana en el seno de una teoría físico-natural, concluyendo así, no solo en un determinismo naturalista que niega la libertad humana por la presión asfixiante de la causalidad física, sino además en la supresión de la Ética y en la entronización de la ciencia para entender la conducta y la experiencia humana.

En una cosmovisión donde la ciencia se desentiende de los valores, la acción humana es comprendida como si fuera un hecho natural y la Ética se suprime, a renglón seguido la humanidad pierde la Historia, convertida ahora en un mero informe cronológicamente coherente pero desatento a apreciar trascendencia alguna en los acontecimientos históricos que ver- daderamente afectan a la vida individual y social de la humanidad. En re-

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alidad, la Historia misma como concepto se torna inaplicable144, pues su

materia vivificante son las acciones humanas, y si estas carecen de toda distinción respecto de los hechos naturales, entonces todo evento histó- rico se disuelve en cadenas de procesos puramente físicos y el término “historia” pierde su referencia objetiva145. La Historia se convierte en

Historia Natural. Obsérvense ahora más de cerca los peligros de la apa- rentemente inofensiva aceptación de la falacia naturalista, pues estamos ya próximos a desvelar la racionalidad hija de la Edad Moderna que con- dujo al horror del pogromo causado durante la Segunda Guerra Mundial y después a la imperiosa necesidad de una institución jurídica como los derechos humanos. Aunque en esta sede no proceda analizar —quizás sí citar— el carácter estratégico, instrumental y económico de dicha racio- nalidad146, baste con enfatizar cómo el pensamiento disyuntivo entre los

órdenes fáctico y axiológico desarrollado a partir de la falacia naturalista y divulgado por los filósofos éticos neopositivistas, al inteligir los actos humanos desde la perspectiva teórica físico-natural, anula su compren- sión y evaluación en clave moral y en última instancia concluye negando la dignidad del ser humano, al convertirlo en la función de una amalgama axiológicamente aséptica de procesos físico-químico-psíquicos despro- vista de experiencia moral. Si los actos humanos desaparecen como sub- clase específica de los hechos naturales, la causalidad por libertad se muda en causalidad física y se descodifican los valores subyacentes a las elec- ciones y preferencias inherentes a la acción humana, cuya dimensión constitutivamente moral desaparece.

144 Améry, J. (2001), Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima

de la violencia: p. 41.

145 Levi-Strauss, C. (1964), El pensamiento salvaje: citado ibídem.

146 En el sentido empleado pássim en Horkheimer, M. y Adorno, T. (2003), Dialéctica

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En Más allá de la culpa y la expiación147, Jean Améry expone con claridad

cómo esta concepción de la realidad, en particular de la alteridad y de la experiencia humana, culminó después en la normalidad del holocausto. Comprender los actos humanos en la óptica de una teoría físico-natural exenta de toda implicación moral conduce al verdugo de Auschwitz a contemplar la tortura como un hecho físico-químico-psíquico, su con- ducta como el estricto cumplimiento de la orden del superior y el dolor como una reacción evaluable en términos de resistencia. Dinámica por la cual terminaríamos comprendiendo la sociedad como el marco de rela- ción entre unidades semovientes de materia orgánica cuyas reacciones químicas generan autoconciencia sin reconocimiento de la condición con- génere del otro. No existiendo Moral, por descontado, tampoco existiría experiencia de la justicia, y por Derecho solo cabría entender la emana- ción positiva y pura —los viejos camaradas de premisas se reencuentran en la conclusión— de la voluntad suprema del Estado. Ese termina sien- do, más allá del disfraz ideológico entretejido por la disyunción excluyente ser-deber, la supuesta neutralidad valorativa o asepsia científica expurgada de contaminantes emotivo-morales, el auténtico semblante de la raciona- lidad estratégica, económica e instrumental en simbiótica complicidad con una cosmovisión cientificista basada en la dicotomía excluyente en- tre hechos y valores, la coartada filosófica perfecta para justificar o no condenar conductas como el genocidio administrado burocráticamente por un Estado de legalidad impecable. Por ello el nacionalsocialismo del Tercer Reich tuvo tal interés en presentar sus valoraciones —arios su- periores, judíos inferiores— como “objetivas” y en justificar su política de exterminio con razones “científicas”. Cuanto más distancia media entre ciertos actos humanos y los valores velis nolis subyacentes a su realización, más cómodo resulta el ejercicio despótico del poder, más fácil al victi-

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mario torturar y ejecutar sin culpabilidad ni remordimiento, pues le allana comprenderse a sí mismo cual semoviente eslabón integrado en una ca- dena de mando, no como agente moral responsable, y a su víctima cual testimonio de la resistencia de un organismo ante el dolor, no como su- jeto pasivo de experiencia moral y digno de respeto. La espeluznante cró- nica de aniquilación y martirio legada por la racionalidad de la Edad Moderna aconsejaría cuanto menos una revisión crítica de sus elementos filosóficos nutricios, en aras de contribuir al fundamento de la respuesta ofrecida por el Derecho para combatir la negación de realidad a la expe- riencia moral del ser humano y la consiguiente supresión de su dignidad. Respuesta concretada en la institución jurídica de los derechos humanos.

85 2 FUNDAMENTO Y TITULARIDAD

DE LOS DERECHOS HUMANOS.