La educación y la capacitación son lo que Rikowski describe como procesos de la producción plusválica. En opinión de Rikowski, son subespecies de la producción relativa de plusvalor(el incremento de la productividad laboral para que el trabajo necesario se reduzca) que conducen a un incremento relativo del tiempo laboral excedente y, por lo tanto, de la plusvalía. El desarrollo del capital humano es necesario para que las sociedades capitalistas se reproduzcan y creen más plusvalía. En consecuencia, el corazón del capitalismo puede desnudarse al explorar la naturaleza contradictoria del valor de uso y el valor de intercambio de la capacidad laboral. Harry Cleaver señala:
El valor de uso de la capacidad laboral, como señala Marx... es su habilidad para trabajar y producir valor y plusvalor. Su valor de intercambio es el valor que obtiene la clase trabajadora a cambio de su venta. El valor de uso y el valor de intercambio de la capacidad laboral son evidentemente contradictorios porque la capacidad laboral sólo puede ser valor de intercambio para la clase trabajadora (dado que no tiene medios de producción) y no valor de uso. No obstante, la misma capacidad laboral sí tiene valor de uso para los capitalistas que la compran y la ponen a trabajar (2000, p. 98).
Repasemos aquí lo que han dicho Rikowski y otros, como Helen Raduntz (1999), porque es importante que el lector comprenda este proceso. El capital no se mueve de motu proprio; más bien, las capacidades físicas y mentales de los trabajadores permiten estos movimientos mediante su expresión en el trabajo. La capacidad laboral es la sustancia de valor o "forma celular" del valor. El acto de trabajar permite que la capacidad laboral (los movimientos del capital) se transforme en plusvalor. La capacidad laboral asegura la preservación del universo social del capital, pero también constituye su eslabón más débil. Los agentes sociales tienen que transformar la capacidad laboral en trabajo y, con el fin de que se dé el valor excedente, se tiene que obligar, engatusar y coaccionar a los trabajadores para producir más valor del que cubre su subsistencia, conforme a la definición del trabajo socialmente necesario. Irónicamente, la capacidad laboral ha generado su propio amo dentro de la sociedad capitalista: el capital. El mejoramiento de la capacidad laboral crea más valor y plusvalor cuando se capacita a los trabajadores para que puedan trabajar más, con mayor rapidez y más eficientemente. Los maestros pueden fracturar la relación con la clase capitalista al dar clases sobre justicia social. En la medida en que la educación escolar se base en generar la mercancía viviente de la capacidad laboral, ese combustible para el horno de la mano de obra viviente del cual depende todo el universo social del capital puede convertirse en cimiento de la resistencia humana. En otras palabras, la capacidad laboral puede incorporarse sólo hasta que lo permitamos. Los trabajadores, como fuente de la capacidad laboral, pueden participar en actos que rechacen el trabajo enajenante y que desvinculen el trabajo de la forma de valor del capital. Como argumenta Dyer-Witheford: "El capital, una relación de mercan-tilización general basada en la relación laboral, necesita del trabajo. Pero el traba-
jo no necesita del capital. El trabajo puede prescindir del salario y del capitalismo, y encontrar maneras distintas de organizar sus propias energías creativas: es poten-cialmente autónomo" (1999, p.68, cursivas en el original).
La relación trabajo-capital no es simétrica. Como señala Mészáros: "Esto significa, en el sentido más importante, que si bien la dependencia que tiene el capital del trabajo es absoluta -dado que el capital no es absolutamente nada sin el trabajo, el cual debe explotar permanentemente- la dependencia que tiene el trabajo del capital es relativa, creada históricamente y superable históricamente" (2001, pp. 76-77, cursivas en el original). Esto significa que se puede y se debe luchar por un orden metabólico socialista alternativo, fuera del universo social del capital.
Los marxistas revolucionarios piensan que la mejor manera de trascender los límites brutales y barbáricos impuestos por el capital a la liberación humana consiste en movimientos prácticos masivos centrados alrededor de la lucha de clases. Sin embargo, el llamado sonoro de la lucha de clases actualmente está siendo desdeñado por la izquierda burguesa al considerarlo políticamente extravagante y muchos lo interpretan como el anuncio de una película de clasificación B. La izquierda liberal está menos interesada en la lucha de clases que en hacer que el capitalismo se "compadezca" más de las necesidades de los pobres, como si esto fuera realmente posible dentro de la ley de valor del capitalista.
El logro de la justicia social es un anhelo que acogen sin titubeo los liberales. Esto es digno de aplauso. Sin embargo, esta lucha con demasiada frecuencia se separa antisépticamente del proyecto de transformar las relaciones sociales capitalistas. Cuando alguien trata de justificar la lucha de clases ante los liberales que fervientemente creen que el capitalismo es preferible al socialismo o -¡Dios nos libre!- al comunismo, la gente reacciona como si un mal olor acabara de entrar por la puerta. No estoy diciendo que la gente no debería preocuparse por el socialismo o por el comunismo. Después de todo, se han consumado muchos horrores durante regímenes que se hicieron llamar comunistas. Estamos diciendo que el capitalismo no es inevitable y que la lucha por el socialismo no ha concluido. Tal vez hoy en día esta lucha sea más urgente que en cualquier otra época de la historia del hombre. El socialismo ya no es una lucha homogénea sino, como explica Dunayevskaya (2002), debe implicar la formación de coaliciones y la colaboración internacional de la clase trabajadora con las contiendas contra el capitalismo global. Dicha política es de diferencia e inclusión, pero también es una cuyo centro de gravedad es la lucha por alternativas al capital.
Ante tal intensificación contemporánea de las relaciones capitalistas globales y de la crisis estructural permanente (en vez de darse un cambio en la naturaleza del propio capital), necesitamos formular una pedagogía crítica capaz de vivir' la vida diaria como se vive en su centro. En otras palabras, necesitamos resistir firmemente al capital. Esto significa admitir la incapacidad estructuralmente determinada del capital global para compartir el poder con los oprimidos, su participación en las relaciones racistas, sexistas y homofóbicas, su relación funcional con el nacionalismo xenofóbico y su tendencia al imperialismo. Significa