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What should be the fiscal rule for the EUI and the country contributions?

3. Outline of main trade-offs and challenges

3.2 What should be the fiscal rule for the EUI and the country contributions?

La mayor parte de la bibliografía disponible coincide en establecer la década de los cincuenta y sesenta como la época en que tienen lugar las primeras manifestaciones de grupos juveniles, que son el antecedente del surgimiento de las pandillas juveniles, a su vez, prototipo de las maras o “proto-maras”, tal como se les conoce hoy día.

Al documentar los efectos de la violencia en la salud mental de los salvadoreños en la década de los noventa, el médico psiquiatra e investigador Elvio Sisti (1995) desarrolló para la Organización Panamericana de la Salud (OPS) el primer estudio sobre juventud y violencia en El Salvador. Según éste, los primeros antecedentes sobre pandillas juveniles se dan en 1959, cuando notas periodísticas dan cuenta de grupos de pandillas de alumnos de colegios de élite como el Externado San José, Liceo Salvadoreño y Colegio García Flamenco (Sisti, 1995, p. 13).32

Martell (2005) refuerza que las confrontaciones violentas entre jóvenes se iniciaron cuando las barras o grupos de seguidores de estos equipos deportivos chocaban entre sí y creaban dramatizaciones violentas para mostrar su superioridad ante los rivales” (p. 696). En ese periodo surgieron en El Salvador las primeras manifestaciones de rivalidad

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Las instituciones educativas referidas por Sisti eran colegios de élite, a los que concurrían los hijos de la clase pudiente salvadoreña y donde se forjaban los nuevos representantes empresariales y las políticas del país.

71 entre grupos de jóvenes estudiantes capitalinos que, alentados por el odio entre equipos de baloncesto colegial, acababan dirimiendo sus diferencias mediante peleas en la vía pública (Smutt y Miranda, 1998, p. 23).

Colaboradores de los principales periódicos del país y que fueron estudiantes en esa época, como el articulista Roberto López Geissman (1995), rememoraron en piezas editoriales lo que llamó “la época dorada” de los juegos estudiantiles en la capital salvadoreña, especialmente en el Campeonato Colegial de Básquetbol, sobre el que escribióa: “era usual encontrar en la calle a escolares peleando cuerpo a cuerpo y teniendo a lo sumo, como armas, sus cinturones” (EDH, 30/05/1995) minimizando el nivel de violencia que los jóvenes tenían en esa época.33

No obstante, Savanije y Beltrán (2005), mediante revisión hemerográfica limitada del periódico La Prensa Gráfica, determinan que las rivalidades entre centros educativos de nivel medio es aún más antigua y se remontan a los años cuarenta del siglo pasado, circunscrita, eso sí, a los eventos deportivos que a veces terminaban con expresiones violentas de las barras de aficionados (Savanije, 2005, p. 17).

En 1946, los autores encontraron la primera noticia sobre tales confrontaciones, correspondiente a barras deportivas de centros educativos privados, donde estudiaban los jóvenes de estratos sociales acomodados, quienes hacían desórdenes dentro y fuera del estadio, con enfrentamientos entre ellos. La sorpresa por una sucesión de encuentros deportivos con desenlaces violentos que derivaron en la suspensión del campeonato de ese año por orden de los jueces se representa en las noticias siguientes:

“En plena cancha (…) varios jugadores del equipo negro –del Colegio García Flamenco– agredieron a varios jugadores del Liceo (Salvadoreño) / El sábado la barra “flamenca”, olvidando la noble misión del deporte en sí, hizo gala de una cultura que muchos dudamos sea la impartida en el centro educativo de la bien ganada fama y prestigio del Colegio. / “La gota que hizo rebalsar el vaso fue el partido interrumpido por los incidentes que produjeron unos fanáticos de la barra del Liceo Salvadoreño”. (Savanije y Beltrán, 2005, p. 18)

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En su artículo Las maras: de la agitación en las aulas al terror en las calles, López Geissman brinda antecedentes sobre las barras estudiantiles en un tono condescendiente, que se percibe como una apología de los actos vandálicos por la “agitación” de jóvenes estudiantes de colegios de élite, y una condena para los jóvenes de institutos nacionales, de pobre condición económica, a quienes nomina como agentes de terror. Aunque no lo dice abiertamente, el autor sugiere la concusión de un fenómeno de “lumpenización” de las pandillas capitalinas.

72 Pero la violencia subió de tono el 30 de mayo de 1956, cuando se registró la primera intervención de las fuerzas de seguridad en la historia de los juegos colegiales “a raíz de los penosos disturbios, hechos violentos protagonizados por jóvenes fanáticos del deporte(LPG, 30/06/1956)34, en el cual alumnos de un colegio dañaron edificios, automóviles y las instalaciones de la institución rival, lo que conllevó a que un Juez Especial de la Policía a emitir la determinación de “enviar a la orden de los Jueces capitalinos a todos los jóvenes colegiales que tomen parte en los desórdenes estudiantiles a consecuencia de los cuales se registran daños considerables en la propiedad privada” (Savanije, 2005, p. 19).

Poco después, registra Savanije, un autobús con niños y jóvenes del Colegio Externado San José fue atacado con piedras, palos y disparos por estudiantes del Instituto El Salvador, frustrados por la derrota de su equipo (LPG, 17/06/1956). En este caso, La Prensa Gráfica da cuenta del hecho y lo califica de “criminal atentado, que ya no es un simple choque entre las barras de dos colegios”, de tal manera que eleva la importancia del tema de las noticias a las páginas editoriales bajo el titular “¿Barbarie o Deporte?, en el que hace una relación histórica de las rivalidades y pidió medidas más severas para detenerlas (Savanije, 2005, p. 24).

La violencia entre barras se volvió cíclica en la década de los sesenta, y transcurrió con sobresaltos e intervención de agentes de la Policía Nacional, hasta que en 1978 algunos equipos de colegios privados se retiraron definitivamente de los campeonatos colegiales y las instituciones nacionales comenzaron a ser permeados por los movimientos sociales, que, en ocasiones, llevaron a confrontar a los estudiantes con las autoridades del Ministerio de Educación y del gobierno central para exigir demandas extra curriculares propias del preámbulo del conflicto bélico declarado a inicios de 1980. Las barras estudiantiles quedaron entonces, con participación casi exclusiva de los institutos nacionales de educación media, que reorientaron la rivalidad deportiva antes sostenida con los colegios privados para profundizar en la violencia entre ellos mismos, desarrollada en el escenario de la calle, las paradas de buses, los parques, en todo momento y con todo tipo de armas, rivalidades que son vigentes hasta la fecha.

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Savanije hace referencia al artículo periodístico Batalla estudiantil da lugar a proceso, que registra la primera detención de un joven estudiante acusado de actos vandálicos. El artículo apunta “las

circunstancias en las cuales la violencia se desbordó, dañando la propiedad privada, hicieron que las autoridades estuvieran obligadas a intervenir”.

73 En Guatemala, aunque las maras guatemaltecas tienen también como antecedente el ámbito estudiantil, a diferencia de El Salvador (de mayor levedad), el desarrollo de las agrupaciones de jóvenes partió desde su inicio desde el ámbito político propio de los movimientos juveniles de la década de los años treinta. Los movimientos de protesta en Guatemala, entre los cuales se encontraban los grupos de estudiantes, trabajadores y pandillas juveniles, surgen con un carácter político marcado y de oposición a los gobiernos dictatoriales de la época y a su coyuntura social. En el caso de los estudiantes, este tipo de participación era promovido desde las instituciones educativas en la década de los años cuarenta con una amplia convocatoria (Levenson et. al., 1988, p.7).

Desde los años treinta, estudiantes del instituto capitalino Rafael Aqueche, la Escuela Normal para Varones y las estudiantes del Instituto de Señoritas Belén formaron una organización denominada “Consejo de los Trece”, que se hizo sentir en las protestas contra el presidente Jorge Ubico y fueron los precursores de los movimientos que impulsaron la revolución de octubre de 1944, en la que fue derrocado el general Federico Ponce (Merino, 2001, p. 166).

En 1959 esta masa crítica formó parte del Frente Unido Estudiantil Guatemalteco, conocido por sus siglas FUEGO, que protestaron sistemáticamente también contra el general Miguel Idígoras Fuentes por la supresión de las reformas educativas durante el periodo 1944-1953 (Levenson, 1997, p. 17).

De forma paralela, en la capital guatemalteca operaban bandas juveniles o pandillas que, desde 1950, se habían adherido a los movimientos de protesta, aunque con menos sustancia política. Según Levenson, las pandillas a veces actuaban como fuerza antagónica a los movimientos estudiantiles, llegando en ocasiones a atacarles físicamente.35 En la medida en que la radicalización política se expandía, a mediados de los setenta, el movimiento popular llegó a tener tal fuerza que eclipsó a las pandillas y a la cultura de la droga, haciéndoles perder presencia hasta su declinación, lo cual se vio precipitado por la represión militar de la época que aumentó contra ellos y contra todo aquello que pareciera “subversivo” o “peligro comunista”. De esta represión fue

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Levenson apunta que desde los cincuenta a mediados de los setenta, conforme la ciudad de Guatemala iba creciendo, las pandillas se hacían cada vez más comunes. Compuestas sobre todo por hombres que peleaban entre sí por problemas territoriales, con cadenas y cuchillos, usaban droga y se oponían a los grupos de estudiantes políticos”.

74 también objeto el movimiento estudiantil y laboral, que en las protestas de 1970 se vieron brutalmente contenidos (Levenson, 1997, p. 19).

El aparato militar guatemalteco dio rienda suelta a las estructuras paramilitares conocidas como escuadrones de la muerte, para librar una lucha clandestina contra la población civil, especialmente joven, generando terror a gran escala, a fin de evitar más expresiones contra el régimen de turno. El fervor político de la década de los sesenta había sido silenciado. Tendrían que pasar al menos 15 años para que los movimientos políticos estudiantiles asomaran sus cabezas nuevamente, mientras que las pandillas surgían paulatinamente, pero sin el antagonismo de sus antecesores, con mayores niveles de convergencia con el pensamiento político de los estudiantes de secundaria, y éstos, a su vez, con los trabajadores jóvenes que asimilaron parte del fuerte ideario de las pandillas y sus lenguajes radicales.

Es así como surgen las protestas de 1985 en Guatemala, con una violencia inusitada, acumulada tras varios años de silencios y violaciones de los derechos humanos básicos. Ese año es considerado, de hecho, como el año de nacimiento de las maras en Guatemala, sobre lo cual se ampliará más adelante.

Las etapas primigenias de la violencia juvenil en El Salvador y Guatemala son tomadas como punto de inicio en el desarrollo del fenómeno de las pandillas callejeras, territoriales o de barrio, con una vertiente adicional relacionada con las rivalidades entre escuelas, institutos nacionales o colegios, las cuales persisten hasta la fecha, pero con organizaciones más complejas y mayores niveles de violencia que los mostrados dos décadas atrás.

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