El aspecto del tratamiento para niños autistas fue también un campo activo. Más allá de todos los estudios etiopatógenos y de sus teorizaciones, así como de las clasificaciones y reclasificaciones propuestas, existía una inminente rea- lidad: la gran cantidad de autistas que en esa época existían (entre 4 a 5 niños autistas por cada 10 000 nacidos vivos). Estos niños y sus familias merecían y exigían respuestas terapéuticas concretas. Diversas fueron las propuestas de modelos terapéuticos, los cuales se encontraban fundamentados en diversas teorías psicológicas y pedagógicas de la época, la mayoría de ellas influencia- das por las distintas hipótesis etiológicas. Cualquiera que fuere la orientación epistemológica que sustentara cada uno de los modelos terapéuticos, la pro- puesta común a todos ellos era la inclusión de los padres, en mayor o menor medida, en el tratamiento de sus hijos.
Los padres de los niños autistas se encontraban limitados en cuanto a generar y mantener cambios benéficos en su hijo discapacitado. Estas mismas limitaciones las manifestaban en cuanto a la capacidad de proveer para ellos mismos, su hijo autista, y sus otros hijos, un estilo de vida estable, satisfacto- rio y relativamente libre de estresantes generados por la dificultad de contar con atención y apoyo adecuados. En respuesta a esta problemática se desarro- llaron programas de entrenamiento para padres cuyo objetivo principal era lograr que fueran eficaces en la resolución de sus problemas. También surgie- ron estos entrenamientos como resultado de observaciones en cuanto a que la ayuda de los padres en el tratamiento del niño autista era indispensable y benéfico tanto para el niño, para los terapeutas y para los padres (Brauner A, Brauner F, 1981; Wing L, 1985; DeVillard R, 1986; Paluszny M, 1987; Helm D, Kozloff M, 1989). Además del entrenamiento a padres en centros especia- lizados para la atención de niños autistas, se desarrollaron programas basados en el hogar, utilizando para ello a los padres como coterapeutas. A pesar de que se empleaban diferentes nombres para los programas, la mayoría se basa- ba en principios de modificación de la conducta. Abordajes terapéuticos como la Terapia de Intercambio Social (Kozloff M, 1973), la Terapia del Desa- rrollo (Wood M, et al., 1971; Word M, 1972, 1975a, 1975b), Enfoque Basado en el Hogar (Howlin P, et al., 1973), programa TEACCH de Carolina del Norte (Schopler E, Reichler RJ, 1971, 1976, 1979a, 1979b), y Programa del Desarro- llo del Lenguaje (Lovaas OI, et al., 1966, Lovaas OI, 1968, 1984). Cada uno de ellos contaba con características propias, aunque también tenían algunas en común como las siguientes:
1. La evaluación completa se realizaba en torno a las habilidades y deficien-
cias del niño.
2. Las percepciones de los padres en cuanto al niño se determinaban
mediante entrevistas, cuestionarios y observaciones directas.
3. Se entrenaba a los padres con métodos diversos: por medio de la obser-
vación directa de los profesionales que aplicaban las técnicas, a través de la participación en el proceso de entrenamiento, y por medio de visitas semanales de monitoreo.
4. La mayoría de estos programas entrenaban a los padres en sesiones dia-
rias, centrando su atención en la disminución de las conductas inapro- piadas y en el desarrollo de ciertas habilidades.
5. Todos estos programas incluían en mayor o menor medida terapia de
lenguaje, musicoterapia, equinoterapia, terapia física, terapia ocupacio- nal, terapia de integración sensorial, terapia cognitiva y terapia de juego. El enfoque psicoterapéutico con orientación psicoanalítica también fue de elección, en vista de que se reconocía que tanto los niños psicóticos y autis- tas, como sus padres y hermanos, requerían intervención emocional. Estos autores argumentaban que fuera la etiología que fuera, el niño se desarrolla- ba dentro de un ambiente familiar, y que para esforzarse en ayudar al niño psicótico/autista a superar los problemas evolutivos de la etiología, era nece- sario trabajar dentro de la unidad familiar. Dado que el trastorno del comporta- miento surgía en el contexto familiar, era indispensable que los padres, junto con el niño, estuvieran implicados psicoterapéuticamente (Szurek SA, et al., 1942; Puntnam M, 1948; Rank B, 1949; Werner H, et al., 1963; Mahler M, 1952, 1980, 1984; Mahler M, Furer M, 1972; Szurek SA, Berlin IN, 1956; Goldfarb W, 1961; Tinbergen N, Tinbergen EA, 1985; Welch M, 1988). Además del trabajo con el niño y sus padres incluidos dentro de la sesión terapéutica, también se realizaron abordajes psicoterapéuticos psicoanalíticos exclusiva- mente con el niño, y se agregaron sesiones de orientación de manejo con los padres. Estos abordajes terapéuticos tenían en común la teoría del juego y su importante papel dentro del desarrollo. La teoría del juego, que sustentaba el abordaje psicoanalítico infantil, fue adaptada en cuanto al manejo técnico, para niños con alteraciones severas en su desarrollo (Allen H, 1942; DesLauriers AM, Carlson CF, 1969; Tustin F, 1972, 1987; Sylva K, et al., 1976; Bettelheim B, 1985, 1987). Ambos encuadres psicoanalíticos reportaron éxito en sus resul- tados, aunque una vez más, como en todos los esfuerzos anteriormente mencio- nados, no fueron consistentes ni favorables en todos los casos.
En cuanto a las medidas terapéuticas médicas, la literatura que existía era escasa. Dado que el tratamiento ideal para estos niños se sustentaba en la identificación de la etiología del síndrome, para después realizar un trata- miento basado en la misma; al ser esta última desconocida se optó también por realizar tratamientos individualizados para cada paciente, basado en sus necesidades. De esta forma, se intentaron tratamientos para corregir anorma- lidades bioquímicas no específicas que pudieran ser relevantes para cada caso, aunque no se tratara de la etiología de base en el autismo. Se realizaron intentos con catecolaminas (Ritvo E, et al., 1971; Campbell M, et al., 1972b, 1976b), muchas y diversas investigaciones con la vitamina B6 (Rimland B, 1973, 1974; Rimland B, et al., 1978; Lelord G, et al., 1981, 1982), y con piridoxina
(Martineau J, et al., 1981; Ellman G, et al., 1981). También se intentaron tra- tamientos inespecíficos con fármacos, cuyo objetivo era aliviar los síntomas sin tener en cuenta los factores etiológicos de base en esta patología. Al no existir mecanismos etiológicos claros para el síndrome, los intentos por encontrar alivio se realizaron por ensayo y error, sin que existieran estudios válidos doble ciego que los fundamentaran. Los fármacos comúnmente empleados en pacientes autistas fueron: fenotiazinas (Wolpert A, et al., 1967; Campbell M, et al., 1972a; Engelhardt DM, et al., 1973), tioxantenos (Wolpert A, et al., 1967; Waizer J, et al., 1972), tricíclicos (Campbell M, et al., 1971; Pool D, et al., 1976), anfetaminas (Campbell M, et al., 1972b, Campbell M, et al., 1976b), alcaloides (Fish B, et al., 1979), antihistamínicos (Korein J, et al., 1971), iones (Campbell M, et al., 1972a; Gram LF, Rafaelsen OJ, 1972), butirofenonas (Campbell M, et al., 1983a, 1983b) y fenfluramina (Geller E, et al., 1982; Ritvo E, et al., 1983). A pesar de todos los estudios realizados, ningún fármaco demos- tró ser el adecuado para el autismo, por lo tanto, los investigadores conclu- yeron que la medicación necesariamente debía ser individualizada al menos por el momento.