POVERTY, POLICIES AND FINANCIAL SYSTEMS IN 2000
3.4 FINANCIAL SECTOR IN UGANDA 1 Introduction
3.4.2 Formal Financial System
Jean-Claude Carrière:
Buñuel despierta
Oportet, Madrid, 2016 320 páginas, 18.00 €
1900) tiene ochenta cuando le dicta sus memorias, curiosamente, la misma edad que tiene Carrière cuando aparece en Francia Le réveil de Buñuel (2011), tra- ducido en España como Buñuel despierta en 2016.
El punto de partida y motivo de inspira- ción de este despertar de Buñuel hay que encontrarlo, como nos recuerda Carrière al comienzo del primer capítulo, en el úl- timo párrafo de las memorias de su ami- go, quien manifiesta ante el presenti- miento de su pronta desaparición: «Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimien- to, como a la mitad de un folletín. Creo que esta curiosidad por lo de después de la muerte no existía antaño, o existía me- nos, en un mundo que apenas cambiaba. Una confesión: a pesar de mi odio a la in- formación, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, acer- carme hasta un quiosco de periódicos y comprar unos cuantos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, pegándome a las paredes, regre- saría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, al abrigo tranquilizador de la tumba».
Ni corto ni perezoso, Carrière, perso- naje en su ideada autoficción, decide una tarde poner en práctica el último deseo del maestro. Compra los periódicos y revistas más recientes y, pertrechado del instru- mental necesario, se dirige al cemente- rio de Montparnasse. Espera, convenien- temente apartado de miradas molestas, a que los vigilantes cierren las puertas del mismo para encaminarse al panteón del cineasta. Conviene señalar, antes de pasar a mayores, que dicho camposanto
era uno de los lugares más queridos de Buñuel. Cuando regresaba a París, ciudad en la que pasó buena parte de su juven- tud, solía alojarse en el hotel Aiglon, en el Boulevard Raspail, y procuraba reser- var una habitación cuyas ventanas dieran al cementerio. Justo el mismo hotel donde sus padres se alojaron en su viaje de no- vios y donde, probablemente, fue engen- drado. La cuna y la sepultura. Carrière nos cuenta que en varias ocasiones lo sorpren- dió sentado frente a esas ventanas, con- templando ensimismado ese «saludable» paisaje, como bien le gustaba decir.
Solo ya en el panteón, consigue mover la piedra del sepulcro, enciende una vela y baja a la cámara mortuoria. Su intui- ción lo lleva hasta el ataúd de Buñuel. Con gran esfuerzo, a base de martillo y cincel, logra abrir la tapa emplomada del ataúd sin dañar la madera. Allí está el cuerpo in- corrupto de un hombre que, al acercar la vela, pronto reconoce como el de su amigo y maestro. Lo llama repetidas veces has- ta que consigue despertarlo. Le trae los periódicos.
A partir de ese momento, seremos tes- tigos de una docena de visitas, ordena- das a lo largo de diez capítulos, en las que Carrière dialoga con el redivivo Buñuel, fallecido en 1983, acerca de lo divino y lo humano, de todo lo sucedido en el mundo en esos casi treinta años de ausencia: la caída del muro de Berlín y la práctica ex- tinción del comunismo, el sida, internet, el 11 de Septiembre y un largo etcétera de asuntos de actualidad que serán analiza- dos y confrontados por ambos interlocuto- res. En ese telón de fondo van apareciendo los grandes temas buñuelianos: el terro- rismo, el humor, la muerte, la superpobla- ción, la religión, los sueños y los ensue-
ños, el afán autodestructivo del hombre y la consiguiente desolación del planeta, los animales (en especial, los insectos), su negada y, sin embargo, existente poé- tica, su innato espíritu contradictorio, el sexo y, cómo no, la imaginación. Asistimos a una verdadera ampliación de las memo- rias buñuelianas y participamos de ella. Como si el transcriptor de las mismas, el propio Carrière, no sólo las evocara, sino que las completara añadiendo muchos de los interesantes descartes, nunca mejor el símil, que, en su momento, se vio obliga- do a rechazar.
Hemos hablado de telón de fondo, de ser testigos, de asistir como espectado- res, y no es gratuita la terminología tea- tral, pues Carrière, además de escritor y experimentado guionista, es, al tiempo, un contrastado dramaturgo. Memorables son sus colaboraciones con Peter Brook. No puedo, como espectador, dejar de agradecerle, por poner un solo ejemplo, su excelente adaptación del Ramayana y el Mahabharata que tuve la fortu- na de ver en mi juventud, en un espec- táculo que todavía retengo en mi memo- ria. Consecuentemente, Buñuel despierta puede, en todo momento, leerse como un inteligente libreto teatral en el que dos su- tiles actores, Carrière y Buñuel, destripan el mundo que nos ha tocado vivir. Puro teatro de cámara.
La lacra del terrorismo, que nos sacu- de en el nuevo siglo, la preanunciaron con triste lucidez ambos cineastas en su últi- mo proyecto irrealizado: Agón. Una bom- ba estalla, asimismo, al final de Ese oscu-
ro objeto de deseo. No olvidemos que el
terrorismo aparece ya en el segundo ma- nifiesto surrealista, cuando Breton invita- ba a disparar de forma indiscriminada en
la calle a la multitud. Una pose, sentencia el resucitado Buñuel, quien ve en el terro- rismo una inagotable fuente publicitaria. «Sólo importa una cosa: que la sangre de- rramada corra por las venas de todos los periódicos».
El terrorismo nos lleva a su fascinación por la muerte, simbólicamente represen- tada en esa escultura del cardenal Tavera en Toledo sobre la que se inclina una sub- yugada Catherine Deneuve en Tristana. La muerte, se nos cuenta al final del li- bro, la llevamos dentro; hay, por lo tanto, que amarla. Puede parecer casual que el destino lo condujera a México, país siem- pre hechizado por la muerte; pero llegó a amar, como su amigo André Breton, aquel país, del que tomó la nacionalidad e hizo del mismo su hogar.
En su segunda visita al cemente- rio, Carrière le lleva una botella de rio- ja. Ingiriendo el añorado caldo (nos dirá más adelante que lo más le cuesta, como muerto, es la ausencia del sueño y del vino), recordarán sus productivos y agra- dables encierros. Le recuerda su guionista a este respecto: «Solos los dos, como dos monjes, cada uno en una celda, sin muje- res, sin amigos, sin visitas […]. Adorabas esos periodos de aislamiento». San José Purúa, en México, o Cazorla y el Paular, en España, fueron sus retiros favoritos.
Con lucidez abordan otro de los grandes problemas de la humanidad: la superpo- blación. De 1998 a aquí, anotan, la pobla- ción del planeta se ha duplicado. «Cada bebé es un nuevo cliente», opina Buñuel con certero humor en un mundo sin con- trol, regido por el comercio más despiada- do. El sur emigrando masivamente hacia el norte en esas embarcaciones-ataúdes que naufragan con frecuencia en la hui-
da de las guerras o en busca de un mun- do mejor. Y lo más vergonzoso: los que consiguen llegar son devueltos, exhaus- tos y humillados, al punto de partida. En vez de otorgar premios a la natalidad, tan frecuentes en los regímenes autoritarios, habría que fusilar –añade– a los incons- cientes que se reproducen como conejos. Superpoblación que va de la mano con la devastación del planeta, con el progresi- vo agotamiento de los recursos naturales y la destrucción de las especies animales y vegetales. Tendríamos que renunciar al petróleo y sus productos. Cambiar la vida. «Somos la vergüenza del sistema solar –constata– y soñamos con expandirnos en el espacio». Se rebela ante la idea de que el hombre sea una criatura creada por Dios a su imagen y semejanza. Seríamos, viene a afirmar, obra de un monstruo que observa impasible esa «carnicería perma- nente» a la que llamamos «humanidad».
Religión y fanatismo fueron siem- pre para Buñuel una misma cosa. Como cristianismo y vampirismo. Consideraba el sexo como algo sucio, viciado por la represión religiosa. Dos elementos nos constituyen: la credulidad y el deseo de destruir. Los animales son otra cosa. Los salva el instinto. Proverbial era su amor por los insectos. Se quedaba absorto con- templando las evoluciones de ese ser mí- nimo y perfecto que es una mosca. «El pensamiento –gustaba decir– es autóno- mo, se posa donde quiere, como una abe- ja». Ninguna discusión entre naturaleza y arte. Todo refinamiento estético lo sacaba de quicio. «¡A la mierda el arte!», procla- ma, y, sin embargo, siempre alcanza ese secreto equilibrio como creador de imáge- nes, ya que éstas «adormecen si son de- masiado planas y desvían la atención si
son demasiado bellas». Se nos recuerda una vez más cómo en Nazarín gira la cá- mara del preciosista Gabriel Figueroa, el director de fotografía, que enmarcaba un hermoso plano con el Popocatépetl al fon- do, por abarcar un paisaje más anodino, pero también más verdadero. Lo que no le impide regalarnos, en esa misma pelícu- la, sin ir más lejos, una de las secuencias más profundamente poéticas de la histo- ria del cine: esa niña india con la sábana blanca ondeando entre sus manos mien- tras recorre las calles del pueblo, asolado por la peste. «La esencia de Buñuel está ahí», resume con tino Carrière.
Un día sin reír era un día perdido. El humor, tan presente en estos diálogos de ultratumba, estructura su obra y mar- ca su vida. Era, junto con la imaginación (un músculo que había que entrenar a dia- rio), su tabla de salvación. Minusvaloraba sus películas y, no obstante, fue el cine el medio que lo encumbró. Las contradic- ciones –de nuevo Carrière– entretejieron su existencia, pero nunca maniataron su libertad.
Esas constantes idas y venidas noc- turnas al cementerio terminan cuando el narrador se ve obligado a confesar a su paciente mujer, que ya recela de la fide- lidad de su marido, el objeto de las mis- mas. Descubrimos, por tanto, que todo lo sucedido es producto de la obsesión de Carrière, de su añoranza por el amigo tan- tos años ausente. Buñuel murió en México y sus cenizas fueron llevadas después a su Calanda natal y esparcidas por el mon- te Tolocha. Vuelve entonces con su mu- jer al cementerio, quiere mostrarle ese su- puesto panteón tantas veces visitado. No lo encuentra. Hace frío. Regresan a casa: «En una vieja novela barata, ahora encon-
traríamos una botella de rioja apoyada en una lápida, por los alrededores. Pero no. No hay ninguna botella. Busco un poco, pero nada. Ni siquiera una página de periódico».
Adenda. Echo en falta, en esta buena edición, alguna nota de los traductores que subsanara las mínimas imprecisiones o errores del original. Se dice, por ejem-
plo, que la sierra de Cazorla pertenece a Granada en lugar de a Jaén o que, en uno de sus sueños, Buñuel hacía el amor con Isabel la Católica. En sus memorias deja en un par de ocasiones bien claro que era la joven reina Victoria Eugenia el objeto de sus ensoñaciones eróticas, incluso uno de esos sueños inspiró la secuencia eróti- co-necrófila de Viridiana.
El mismo miedo. Eso fue de lo que se perca- tó un John Muir niño ante el terror del gato familiar cuando un colimbo atrapado en el hogar asestó al felino un picotazo en medio de la frente. El miedo del gato no difería del suyo. La percepción de la semejanza no lo abandonaría jamás en su estrecho con- tacto con el mundo animal. La atención de las madres con las crías, el reconocimien- to de los animales entre ellos, aun cuando a nosotros nos parezcan indistinguibles, la individualidad de cualquier animal si uno se toma el tiempo necesario para observar- lo y compararlo, el impulso del juego en los cachorros, la lealtad de los perros, las re- acciones similares ante el hambre, el peli- gro o incluso las manifestaciones de afecto de los animales fueron ahondando en él la
apreciación de la analogía que nos herma- na. A veces se nos olvida que somos anima- les, unos muy curiosos, sin duda, aunque primates emparentados con el resto del rei- no animal.
John Muir (Dunbar, Escocia, 1838-Los Ángeles, 1914) fue un agricultor, montañe- ro, dibujante, geólogo, botánico, inventor, pastor, periodista y, sobre todo, naturalis- ta en la más elemental de sus definiciones. En la descripción que de sí mismo hizo a un amigo, más modesta pero, no obstante, plural, se llamaba poeta, vagabundo, geó- logo, botánico y ornitólogo. Con su larga barba y su modo de vivir consecuente, ha sido considerado por algunos una suerte de profeta, no tanto en la tierra que lo vio na- cer, Escocia, como en el país al que emigró,