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5.5 Tensile specimens simulations

5.5.4 Fracture model

Para mi Lucia, con sus nueve añitas

Así habló la niña e intentó tocar la barbilla

de su padre. En vano alzó, sin embargo, varias veces la manita. Se inclinó entonces sonriendo el padre, la acarició y dijo: «Si las diosas me regalaran hijas como esta, poco me preocuparía la ira de la celosa Hera. Tendrás, hijita mía, todo cuanto desees» . . .

CAUMACO

E

I lector familiarizado con la mitología griega habrá reconocido en estas pala­bras a Zeus , patriarca de los dioses. Pero ¿quién es la hija pequeña que, sentada en las rodillas del padre, no le llega a la barbilla? La religión griega se caracteriza, como ninguna otra en la tierra, por sus diosas j uveniles. Sí, se caracteriza más por las muchachas divinas que por relacionarse con las gran­ des religiones del padre -la israelita y la cristiana en nuestro ámbito cultu­ ral- a través del dominio reconocido de Zeus sobre los dioses y los seres huma­ nos. En la antigua Grecia nunca se llegó a una religión exclusivamente patriarcal. Hasta la ciudad más espiritual de la Hélade, Atenas, tenía al Iado del padre Zeus a la hija Atenea, proveniente de los tiempos de una religión de la madre -religión más antigua y poseedora de rasgos matriarcales-, e invocaba a la diosa virginal como madre.

Par esa la pregunta sobre la posible identidad de esa hijita en las rodillas de Zeus sigue teniendo sentido aunque revelemos que la escena citada se encuen­ tra en el himno de Calímaco a Artemisa. Lo que queremos aclarar es lo siguien­ te: ¿podría ser otra de las maravillosas figuras femeninas j uveniles de la familia olímpica de los dioses? ¿Por ejemplo, la mencionada gran hija de Zeus, llama­ da, con su nombre completo, Palas Atenea? Los griegos relacionaban con la pa­ labra «Palas» -según la interpretaran como masculina o femenina- la imagen de un muchacho robusto o de una virgen robusta o quizá incluso la de una joven mujer, tal como es la figura de una cariátide. Los atenienses, sin embargo, tam­ bién hablaban de su diosa como de la muchacha, la Kore o -para distinguirla de Perséfone, hija de Démeter, que era adorada en la vecina Eleusis bajo el aspecto de la muchacha divina- la «Kore nuestra». Aquella situación, la de una mucha­ cha pequeña que aún no ha madurado bastante para ser una robusta « Palas» , ¿no podría presentar a Atenea o a Perséfone?

Se trata de una situación humana, resaltada con los medios llenos de picar­ día propios de la todopoderosa poesía helenística, en la cual Artemisa apare­ ce como una joven muchacha dentro de la patriarcal familia griega. La escena familiar puede ter una creación original de Calímaco. En cambio, el poeta difí­ cilmente podía contravenir el significado que la realidad humana de aquella situación tenía para los griegos: es decir, el «rango» real y la correspondiente imagen de una joven muchacha griega. Hemos de proceder aquí con suma pre-

cisión. Se trata de una fase de la vida y de una categoría de edad que, en cir­ cunstancias próximas todavía a la naturaleza, entre los pueblos de la antigüe­ dad y también más tarde, no sólo se representaban poéticamente, sino tam­ bién en lo religioso, con leyes y ceremonias propias. Existían y existen , hoy en día generalmente en formas atrofiadas, ceremonias de iniciación en la madu­ rez que conducen a personas de la misma edad de una fase a la otra, de un «ran­ gO» al otro; eran en su origen verdaderas ceremonias de misterios, aunque no siempre se las llamara así.

La pertenencia a una categoría de edad -que no debe considerarse una organización más o menos consciente, sino el tener sin más la edad corres­ pondiente- es para todos quienes aún no han llegado allí o todavía no son maduros para ella un misterio que no puede comunicarse con palabras. El secre­ tismo, manifiesto en la utilización de máscaras y disfraces, que caracteriza las ceremonias de iniciación en la madurez es la cristalización de ese misterio, a veces su caricatura y con harta frecuencia su abuso. El tener una edad deter­ minada es un verdadero secreto de misterio. Los más jóvenes no pueden tener una idea acertada de ello y personas de la misma edad tampoco pueden pronun­ ciarlo, sino a lo sumo insinuarlo. Las ceremonias de iniciación en la madurez son insinuaciones más impresionantes para que los maduros tomen concien­ cia de dónde están. La imagen de una divinidad podía servir en la antigüedad como insinuación destinada a esta toma de conciencia.

Seamos, pues, precisos y preguntemos por la edad de la Artemisa que Calí­ maco describe, no sin motivos, a través de las circunstancias de la existencia de una muchacha en el seno de la familia olímpica, o sea, de la familia en gene­ ral. Ni Atenea, que con el escudo y la lanza vigila, por así decir, la frontera de la familia patriarcal y se halla por encima de ella en cuanto protectora, ni Persé­ fone, destinada al rapto y alzada por encima de la frontera, podrían ocupar el lugar que corresponde a Artemisa. La vida humana transcurre por todas las fases de la vida deviniendo y des-deviniendo. No transcurre así, en cambio, el ser de los dioses inmortales. Puede, en cuanto ser periódico, corresponder a la órbita de las cuerpos celestes que se ponen y reaparecen o a las periodicida­ des naturales de la vida humana, concretamente de la femenina. Puede abar­ car cosas tan contrapuestas como la muerte y el gobierno de Perséfone, diosa de los infiernos, o puede alcanzar de forma misteriosa la fase de la maternidad y ser, sin embargo, virginal, como es el caso de Palas Atenea: el ser de los dio­ ses se mantiene siempre cautivo en una forma única, aunque sea contradic­ toria. Cuando un poeta experto caracteriza a Artemisa mediante un edad deter­ minable es porque esta se considera la fase de la vida que corresponde a su forma de ser. La diosa ayudaba a las muchachas mortales a tomar conciencia de esa fase, si bien ella misma, en cuanto inmortal, parece más adulta o más carente de una edad determinada que una niña de nueve años en las representaciones conocidas, salvo en el himno de Calímaco.

Artemisa pidió sesenta hijas de Océano como compañeras de juego: todas ellas de nueve años de edad. Una edad inexplicable si no fuera porque se refie­ re a una determinada categoría de edad: precisamente aquella' a la que perte­ nece la propia diosa y a la cual quiere pertenecer siempre como protectora. La fase anterior también está definida con precisión por Calímaco. Empezaba con que Leto mostraba a la hija de tres años a los parientes divinos y recibía rega-

los de ellos, por cuanto era la primera vez que podían ver a la niña. Calímaco describe la visita al maestro Hefesto y sus herreros, los cíclopes, que no pue­ den asustar a la pequeña Artemisa. A buen seguro, algo similar se hacía tam­ bién a la misma edad con los niños humanos. En Atenas, sobre todo los niños varones eran presentados en público a los tres años. Recibían como regalo pequeños jarros de vino y j uguetes.

La siguiente fase de la vida empezaba para las niñas a los nueve años. Correspondía a la efebía de los muchachos y se llamaba sin duda parthel1ia. Es la edad que profesa Artemisa como la única que le corresponde cuando, en Calímaco, pide a su padre sobre todo una «parthel1ia eterna». No sólo desea el estado de virginidad -pues parthel1ia puede traducirse también con esta pala­ bra-, sino también la forma de vida particular y la plenitud vital propia de la muchacha entre los nueve años y el año, no muy posterior, en que la virgen grie­ ga empieza a usar el cinturón de las novias. A nosotros, una niña de nueve años nos parece demasiado pequeña para llamarse una «joven muchacha» y no una «niña». Precisamente lo ajeno nos obliga en este caso a prestar atención sólo a lo esencial. Los nueve años, una edad temprana a nuestro j uicio y para las muchachas griegas no tan temprana, se confirman mediante una costumbre ateniense como el inicio de la fase de la vida anterior a la fase de novia.

Antes del matrimonio, dicen, las vírgenes atenienses eran consagradas a la Artemisa de Brauron o a la de Muniquio. Empezaban así un período de ser­ vicio a la diosa, la consagración en un misterio -esto también se relata de manera explícita-, y no podían tener menos de cinco años ni más de diez. Ocu­ rría a veces que una muchacha tenía algunos años más cuando recibía la con­ sagración: como modelo ejemplar se consideraba, sin embargo, el noveno año. Por eso es la edad adecuada para las compañeras de j uego de Artemisa en el himno. El modelo, sin embargo, la diosa, ¡ cuánto más vieja debe de haber pare­ cido en su día en los dos lugares de culto consagrados a ella en tierras áticas, en Brauron y Muniquio, que en la delicada escena familiar de Calímaco ! Las muchachas vestidas para ese culto a Artemisa, las representantes de la cate­ goría de edad de que hablamos, se llamaban arktoi, «osas» ; el oficio, la cele­ bración de su fase de la vida, se llamaba arkteia, «asedad». La j ustificación era la siguiente: «porque imitaban a una osa».

Se manifiesta aquí una extraña ferocidad. Esta, sin embargo, no falta del todo en la figura clásica y homérica de la diosa. No obstante, la ferocidad aparece en Homero en la imagen de una fiera más meridional: Artemisa es con­ vertida por Zeus en leona para las mujeres; se le concede la posibilidad de matar a la que quiera. Y se le ofrece también otra posibilidad de ejercer esa misma cualidad: puede matar los animales salvajes, las ciervas. Calímaco atribuye el placer de la caza a la muchacha de nueve años y hasta la caracteriza por dicho placer. No pide arco y flechas a su padre porque ella misma solicitará las armas a los cíclopes. Sin embargo, pide llevar el vestido corto de caza: « ¡ Para ma­ tar animales salvajes! » Abastece de carne de venado a la familia olímpica. Este lado útil de su caza diaria sólo es importante desde el punto de vista del voraz Heracles, de quien los dioses se burlan. Más esencial parece el otro aspecto: el matar. Se resalta de igual modo tanto en Homero como en Calímaco; no se trata de una crueldad manifiesta, pero sí de una agresividad incomprensible dirigida en la caza contra los animales -animales queridos como los ciervos-

y, en el ámbito humano, contra las congéneres, las mujeres. La Artemisa de Brauron, a la que Atenas le consagró un santuario en la Acrópolis por su múl­ tiple y cercana relación con el sexo femenino, recibfa como regalo los vestidos de las mujeres que habfan superado felizmente el puerperio. La sacerdotisa recibfa los vestidos de aquellas que morfan en el sobreparto: horribles tro­ feos de la cazadora.

La hija de la casa, que ha crecido hasta ser una joven muchacha, como ca­ zadora: esta imagen es casi tan sorprendente en Grecia como ver a la repre­ sentante de esa misma edad como osa. La caza no era, en las épocas históri­ cas conocidas para nosotros, un pasatiempo normal o apropiado para la joven edad de las muchachas griegas. Quizá aparezca de este modo en la le­ yenda de la cazadora Atalanta. La herofna, sin embargo, es la forma humani­ zada de la propia Artemisa. En su transformación en león, Atalanta recibe incluso una de las formas animales de la diosa, como ocurre a otra transfor­ mada del círculo artemfsico, Calisto, que adquiere forma de oso. Una suerte de consagración corresponde más bien a la vida cinegética de los adolescen­ tes griegos. Lo sugiere la indicación del librito cinegético de Jenofonte, según la cual la lengua materna helena habfa de constituir una condición imprescin­ dible a la hora de elegir a los futuros jóvenes cazadores. Lo sugieren también las sarcófagos de mármol de efebos, que están adornados con escenas de consagración e inmortalizan al joven difunto vestido de cazador. Son adoles­ centes que en la leyenda griega llevan esta consagración en la forma artemfsi­ ca más pura, como Hipólito y otros cazadores virginales de los cuales a veces sólo ofmos el nombre y a veces ni siquiera este, hasta tal punto están recono­ cidos como un mero tipo.

De este modo, un rasgo de la imagen de la divina cazadora queda aún más claro. Es un rasgo pueril y al mismo tiempo un componente sororal o casi fra­ ternal en la relación con el otro sexo. A la cazadora Artemisa pertenece como hermano el cazador Apolo y también, unido a ella como hermano menor, Hipó­ lito. Antes de la siguiente fase de la vida en que entra Artemisa, antes de que las compañeras de la cazadora se conviertan en presas, existe aquí, en la fase de la parthenia, un placer cinegético masculino. Las mujeres griegas sacrifica­ ban ellas mismas las vfctimas en sus cultos. En las fiestas de Brauron y Muni­ quia habfa para ello cabras: eran, por asf decir, las presas de las osas. Estas no llevaban la clámide con flecos de Artemisa, sino otra prenda caracterfstica que debfa sustituir la piel de oso de los tiempos prehistóricos: el krotokón. Las bacan­ tes también usaban esa capa de color azafrán, igualmente en lugar de pieles. La capa del cazador Meleagro también tenfa ese color. Era el color de un ámbi­ to en que la caza y el éxtasis, la danza y el sacrificio no estaban dirigidos a los dioses subterráneos. (El rojo remitía a todo ámbito más oscuro.) El amarillo rojizo reinaba en Atenas en las fiestas y cultos femeninos: dondequiera que lo femenino se movfa con mayor libertad.

De este modo, la fase de la parthenia se demostraba como una verdadera fase femenina, a pesar del elemento pueril en ella. En la figura de la gran caza­ dora, las pequeñas osas humanas encontraban un nuevo aspecto de su natu­ raleza femenina. Era el encuentro con algo fuerte y feroz que, cuando lo per­ mitfan las leyes no escritas de las ciudades que habfan devenido demasiado patriarcales , las capacitaba para competir fraternalmente con los efebos en

todas las pruebas y ejercicios pueriles, tal como hadan hasta cierto grado las muchachas espartanas. En algún momento, sin embargo, ese elemento fuer­ te y agresivo de ellas se volverá contra ellas mismas en la forma de unos dolo­ res feroces, los del parto, que implican un despliegue de energía mucho mayor que el de cualquier prueba deportiva de que eran capaces los hombres. Enton­ ces ya no serán osas, no serán sacrificadoras de cabras vestidas de color aza­ frán, sino personas entregadas a esa misma diosa a la que empezaron a servir en su noveno año de vida.

Vestida con el krokotón, al servicio de la virginal diosa, la joven muchacha ateniense era como una llama diáfana. No recibía el arco y las flechas, pero sí el otro atributo que la divina muchacha de nueve años pidió a su padre Zeus, además de la parthenia y la clámide de caza, en el texto de Calímaco la antor­ cha llameante que se llevaba en las procesiones y danzas cultuales durante la noche, en las estribaciones sagradas, entre el mar y el cielo. Hasta los pasteles que se ofrendaban a la diosa en Muniquio llevaban velas encendidas alrede­ dor. ¡ Cuán frío e inhumano sería lo divino que lleva el nombre de Artemisa y Diana y que está tan entrelazado con la luna, sin la adoración portadora de fue­ go de los florecientes seres femeninos ! «Mora en el éter diáfano de las cum­ bres», así fue descrito en los Dioses de Grecia de Gtto, «en el resplandor dorado de los prados de montaña, en el centelleo y titileo de los cristales de hielo y las superficies nevadas, en el asombro silencioso de los campos y bosques cuan­ do la luz de la luna los ilumina y gotea, rielante, de las hojas de los árboles. Entonces todo es ligero y transparente. La propia tierra ha perdido su grave­ dad .. . Flota sobre el suelo como un baile de pies blancos.» Esto tan puro es algo sublime. «La bailarina y cazadora que acoge al osezno en el regazo y echa una carrera con los ciervos, letal cuando tensa el arco dorado, extraña e inacce­ sible como la naturaleza silvestre y, sin embargo, llena como ella de encanto, de movimiento ágil y de belleza centelleante. » Al mismo tiempo, tiene su equi­ valente en algo cálido, vivo y vibrante que está en nuestra propia casa: nuestra joven hija460

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