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La importancia del análisis de las características de los hogares junto a la localización de los sujetos en la estructura social está definida por la valoración que hace la sociedad de los atributos y posesiones con que cuenta cada persona en un momento histórico y lugar determinado, a partir de considerar los tres tipos de capitales definidos por Bourdieu (capital económico, capital social y el capital cultural) devenidos en activos (Kaztman, 2001). La valoración determina no sólo el volumen sino también la estructura de las posesiones, la cantidad, calidad y qué cosas (Tenti Fanfani, 2001). Esta valoración es consecuencia del desarrollo de las sociedades y es germen de distinción social donde la conformación del capital en cada hogar responde a una combinación específica que refleja su localización en la jerarquía social y da cuenta de su producción y reproducción (Tenti Fanfani 2001). Torrado (2003) se refiere a las estrategias familiares de vida como los comportamientos de los agentes sociales de la sociedad con la constitución y mantenimiento de unidades familiares en el seno de las cuales pueden asegurar su reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar todas las prácticas económica y no económicas, indispensables para la optimización de las condiciones materiales y no materiales de existencia de la unidad y de cada miembro. Tales comportamientos contribuyen simultáneamente a la reproducción de la posición social de la unidad, a la reproducción de su clase social de pertenencia y, por ende, a la reproducción de la estructura de clases sociales (Torrado, 2003:27).

Al respecto, Bourdieu (1997) da más precisiones sobre este particular al indicar que los agentes cuentan con diferentes tipos de capitales que conforman la estructura del capital necesario para participar en el espacio social. Los capitales pueden ser definidos como posesiones, de bienes o prácticas posibles, por sus propiedades necesarias e intrínsecas que les incumben a los grupos en un momento dado, a partir de su posición en un espacio social determinado. Es decir, que son valoradas por la sociedad y valorizan su ubicación en el espacio social en cuanto principio de similitud y diferencia. Los agentes o los grupos son distribuidos en el mismo según dispongan de los dos capitales más eficientes en las sociedades desarrolladas como lo son el capital cultural y el capital económico. A partir de ambos, los agentes o grupos son distribuidos según el volumen global de

capital que ellos poseen en diferentes especies y según la estructura de su capital, es decir, el peso relativo de los diferentes tipos de capital en su volumen total (Bourdieu, 1997:29).

Al referirnos a los tipos de capitales se hace referencia a la terminología proveniente de la economía política, aunque no debe ser entendida en los términos económicos liberales. Existen tres formas elementales de capital que se refieren a las posesiones socialmente valoradas y que no pueden ser reducidos a términos de otros sistemas de valoración. Así se presentan el capital

económico, cultural y social. El capital económico corresponde al conjunto de las posesiones

necesarias para producir bienes o servicios intercambiables. El capital cultural se relaciona con el

conjunto de habilidades y disposiciones necesarias para producir y apropiarse de bienes simbólicos. El capital social corresponde al conjunto de vínculos que, en la forma de obligaciones o créditos, lealtades o afinidades, permiten al individuo o grupos contar con la cooperación voluntaria de otros individuos o grupos. A la vez son todos ellos considerados capital simbólico válido en las relaciones de poder y dependencia; en la lucha de dominación y competencia en el mercado.

El capital cultural, a su vez, cuenta con tres formas de existencia. Existe como disposición o

habilidad incorporada, en la forma de saberes y aptitudes; como propiedad objetiva, en forma de

textos, herramientas, máquinas y objetos de arte; y finalmente, como insignia institucionalizada, en

forma de títulos, credenciales, licencias y habilitaciones (Tenti Fanfani, 2001).

La conformación del capital en cada hogar responde, así, a la combinación específica que deriva en su ubicación en la jerarquía social dando cuenta de la producción y reproducción de la sociedad. Esta estructuración del capital la define Bourdieu como “una estructura estructurada por principios generadores de prácticas distintivas y por una estructura estructurante basada en esquemas clasificatorios de principios clasificatorios, principios de visión y de división de los gustos diferentes”,

que él denomina hábitus3.

La reproducción de la estructura de distribución del capital cultural, indica Bourdieu (1997), opera entre las estrategias de las familias y la lógica específica de la institución escolar. Las familias llevan adelante estrategias para perpetuar su ser social con todos sus poderes y privilegios que son base de las estrategias de reproducción familiar invirtiendo en capital cultural tanto más cuando más importante es su capital escolar y cuanto mayor es el peso relativo de éste en relación con su capital

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El concepto de hábitus constituye uno de los pilares del pensamiento bourdiano que él recoge de la filosofía clásica. El hábitus, según Bourdieu, surge desde el momento en que nacemos y nos adscribe a esquemas que los tomamos como inconscientes y reproducimos. En sus propias palabras “el hábitus es ese principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relaciones de una posesión en un estilo de vida unitario, es decir, un conjunto unitario de elección de personas, de bienes, de prácticas. Al igual de las posiciones de las que ellos son el producto, los hábitus están diferenciados, pero también son diferenciantes. Distintos, distinguidos, ellos son también operadores de distinción: ponen en juego diversos principios de diferenciación o utilizan de modo variable los principios de diferenciación comunes” (Bourdieu, 1997:31). De allí que el hábitus es una estructura estructurada que contribuye, como esquema organizador heredado de las prácticas sociales y las percepciones de las prácticas de los demás agentes; y a la vez, se constituyen en estructuras estructurantes articulando lo individual y lo social, las estructuras externas e internas pertenecientes a la misma realidad social, en un momento con proyección hacia futuro. Así, esta estructura se constituye en flexible y evolutiva.

económico. También en la medida en que las otras estrategias de reproducción, son menos eficaces o relativamente menos rentables (Bourdieu, 1997:95).

La incorporación del capital cultural requiere de una inversión significativa de tiempo y esfuerzo personal además de la inversión monetaria requerida para adquirir las herramientas necesarias para realizar esa apropiación. Es decir, el capital cultural no se limita a la posesión de bienes culturales obtenidos con dinero o acceso a estudios de alto nivel sino que responde a una incorporación paulatina que es incrementada y revalidada entre generaciones sucesivas. Tenti Fanfani (2001) indica al respecto que cuanto mayor es el beneficio que se espera por la inversión de ese tiempo en otras actividades productivas, mayor es la privación relativa que supone el esfuerzo de incorporar capital cultural. Esta privación resulta menos onerosa en la medida que pueda ser solventada por colaboraciones familiares. Las familias que poseen mayores volúmenes de capital económico son quienes están en mejores condiciones para “comprar” el tiempo necesario para prolongar la educación de sus hijos. De este modo, la transformación del capital económico en capital cultural colabora en la reducción de los costos de transmisión para las familias mejor ubicadas. Más aún, el costo de apropiación de unidades adicionales de capital cultural es menor cuanto mayor es el volumen de capital cultural que se posee, posicionando en una mejor situación comparativa a quienes cuenten con mayor apoyo externo para lograr la tarea.

Al consagrar el capital cultural en forma de títulos, diplomas y distinciones, la institución escolar valida y legitima esta transmisión desigual del capital (Tenti Fanfani, 2001:150). En la escuela esto se vislumbra como una diferenciación de capacidades y aptitudes, como desventajas comparativas de los alumnos emanadas del origen sociocultural familiar. El resultado es la reproducción y

estructuración de la sociedad jerarquizada en clases, estratos o posiciones4 en el espacio social,

factores que permiten diferenciar a los sujetos y los contextos familiares en la dinámica social. La posición bourdiana sobre el papel de la escuela en la estructuración social y como mecanismo de diferenciación radica en que el sistema escolar actúa mediante una serie de operaciones de selección que separa a los que no poseen capital cultural heredado de los que están provistos de él y que, como las diferencias de aptitud son inseparables de las diferencias sociales según el capital

heredado, el sistema escolar tiende a mantener las diferencias sociales demarcando fronteras. De

este modo, la reproducción social tendiente al mantenimiento de la posición que ocupa en el espacio social, se lleva a cabo por estrategias de transmisión familiar o herencia, y también por la contribución de la institución escolar. Así, a través de las prácticas educativas intencionales y de los

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Las posiciones en el espacio social están referidas a la concepción bourdiana que se asemejan a las clases sociales pero, stricto sensu, no lo son. Más aún, Bourdieu (1997; 35) niega la existencia de las mismas e indica que en cada momento de una sociedad se distingue un conjunto de posiciones sociales que están unidas por una relación de homología a un conjunto de actividades o de bienes, ellos mismos caracterizados relacionalmente. Así, en el análisis social se observan relaciones entre posiciones sociales, las disposiciones (o hábitus) y la toma de posición de cada conjunto. (...) esta idea de distinción, de separación, está en la base de la noción misma del espacio (Bourdieu, 1997; 28-29).

resultados educativos de otras prácticas hogareñas, el capital cultural familiar es transmitido de padres a hijos. Sin embargo, la escuela, de no mediar políticas compensatorias o equitativas, puede, y así sucede indica Bourdieu (1997), reproducir las diferencias sociales. De esta manera, los títulos se

presentan como “garantía de la competencia técnica de los certificados de competencia social (...)

en todas las sociedades avanzadas, el éxito social depende muy estrechamente de un acto de nominación inicial que consagra escolarmente la diferencia social preexistente y la reproduce” (Bourdieu, 1997:98-111). De este modo, el que los agentes tengan acceso a un tipo particular de establecimientos educativos o a otro común, sumado al volumen de su capital cultural heredado dará como resultado la conformación de sectores sociales a los cuales el sistema educativo contribuyó a diferenciar.

No obstante esta conformación estructural de la sociedad y del sistema educativo, es en ella misma donde residen las pautas resolutivas. Bourdieu indica al respecto que al conocer cuales son las leyes que reproducen este sistema entonces se obtiene alguna oportunidad de minimizar la acción reproductora de la institución escolar de modo que, en una acción conciente, el sistema educativo no refuerce la desigualdad, no redoblar, mediante su eficacia específica, las diferencias existentes entre los niños que le son confiados. Así, debe ponerse el sistema en guardia contra el efecto de destino mediante el cual la institución escolar transforma las desigualdades sociales previas en desigualdades naturales (Bourdieu, 1997:140). En este sentido, el sistema educativo puede también actuar como mecanismo de resistencia contrahegemónica a partir de sus cuadros de recursos humanos y de políticas públicas tendientes a la superación de las diferencias.