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FRAMEWORK FOR SAFETY MANAGEMENT SYSTEMS (SMS)

In document Safety Management Manual (SMM) (Page 165-168)

Si la presencia de moneda foránea y el inicio de algunas cecas costeras iban lenta pero paulatinamente habituando a ciertas zonas y/o ambientes sociales al uso de la moneda, no cabe duda de que el punto de in- flexión tuvo lugar durante la Segunda Guerra Púnica. Al hecho de que una notable masa de piezas se movie- ra en suelo peninsular a causa del desplazamiento de los ejércitos, pago de mercenarios, gastos de avitualla- miento e incluso posibles sobornos, se añadiría la pre- sencia directa de Roma, portando consigo un numera- rio diferente e iniciando pronto una conquista que iba a acarrear tributos, multas, sanciones y, de modo más o menos directo, nuevo movimiento de monedas.

La reacción de muchos pueblos y ciudades de la pe- nínsula Ibérica ante estos acontecimientos los condujo, en bastantes casos, a iniciar una amonedación propia, escalonándose el funcionamiento de las diversas cecas desde el final del siglo iii a.C. hasta el i a.C., aunque tras las guerras sertorianas hay un drástico descenso de la producción y cese de gran cantidad de cecas. No obstante, hay otras que continúan e incluso se inician en ciertos casos, abriendo además otras nuevas durante el principio del Imperio. Sin embargo, sería impen- sable atribuir unas mismas razones para la puesta en marcha de todos los talleres locales que funcionaron en la península Ibérica durante el periodo republica- no. Las causas que se han esgrimido para justificar el comienzo de estas emisiones han sido muy diversas y difieren según se refieran a monedas de plata, bronce, o se trate de una u otra zona. Entre las hipótesis pro- puestas, unas se apoyan en el pago de tributos e im- puestos, a Roma, otras suponen cajas locales de reserva de bienes comunitarios, se piensa en soldadas de los propios ejércitos, en finanzas a escala local para peque- ños pagos que aliviasen las retribuciones industriales o de poca monta, en una reacción ante Roma de los gobiernos locales reafirmando su propia identidad o en un intento de captación del prestigio que conlleva el acuñar moneda, bien por la propia ciudad, bien por las minorías dirigentes.

La cuestión sigue abierta, pero la realidad es que en la provincia Citerior se contabilizarían unas 100 cecas, mientras que la Vlterior alcanzaría algo más de 70, sin contar las que funcionaron en la península Ibérica al inicio del Imperio que, en total, superan las 40. Estas altas cifras contrastan con el resto del Mediterráneo occidental, no solo en número, sino en cronología, ya que a finales del siglo ii e inicios del i a.C. la mayo- ría de talleres habían cesado su producción, caso de la Magna Grecia, Sicilia o, en buena parte, la Cisal- pina, manteniéndose no obstante la producción local en las Galias y en el norte de África. Sin embargo, esta imagen puede resultar en cierto modo engañosa, ya

que las amonedaciones realizadas en Hispania fueron muy diferentes en regularidad y volumen. Con relativa frecuencia se redujeron a emisiones cortas y puntuales o bien intermitentes, lo que no es óbice para que tam- bién hubiera cecas con una abundante y continuada producción.

Un tema interesante sobre el que volveremos luego, es la diferente utilización de los metales monetarios en ambas provincias. Mientras que en la Citerior se emitió plata y bronce, en la Vlterior, salvo el mencionado epi- sodio gadeirita, solo se acuñaría el bronce, a pesar de que esa zona era la gran productora del preciado metal. En principio parece dibujarse un horizonte de uso de la plata amonedada, más relacionado con la tradición griega, irradiando de Emporion-Rhode, hasta la costa levantina –Arse–, asimismo en contacto con esos am- bientes. En cambio, el sur y también Ebusus, ligados desde antiguo a intereses púnicos, se decantaron en su inicio por la menuda moneda de bronce.

la Citerior (mapa 1)

en torno a emporion

Si los emporitanos continuaron durante un tiempo con su plata, es importante recordar que estas mone- das habían sido copiadas por ciertos grupos galos, pero también por pueblos del interior peninsular. Son las llamadas «dracmas de imitación emporitana» de las que también se imitaron los divisores. En realidad este proceso había empezado mucho antes y, tuviera o no qué ver con ello el reclutamiento de mercenarios galos, el hecho es que en la zona del Languedoc-Rosellón se habían copiado las monedas de Emporion y en la cuen- ca del Garona las de Rhode (Villaronga 2000, 177). Pero sería a partir del 218 a.C., es decir, del desembar- co de Escipión, cuando los pueblos iberos comenzaran a imitarlas y a emitirlas, supuestamente para financiar sus luchas contra Roma, durando estas emisiones hasta los inicios del siglo ii a.C. en que debieron de formar parte del célebre argentum oscense que llevaron a Roma en sus triunfos los generales victoriosos, según nos na- rran las fuentes antiguas (García Riaza 1999).

Tales imitaciones, que se realizaron también co- piando monedas de Massalia, se caracterizan por se- guir con menor calidad y arte los tipos originales, pero en especial por incluir reproducciones defectuosas de las leyendas griegas o, lo que es más interesante, escri- birlas en ibérico y pseudo-ibérico, unas veces legible y otras no (Villaronga 1998, 104), incluyendo tam- bién símbolos diversos (fig. 34 y 35). Así se han po- dido localizar una serie de nombres correspondientes a los emisores como por ejemplo Iltirta, Kese, Barkeno o Kertekunte. Más de cien leyendas que, en su ma- yoría, son étnicas, topónimos y algún antropónimo, proceden de lugares que, según Villaronga (Villaronga 1998, 100), se situaban en lo que hoy es Cataluña y su

entorno, alcanzando algunos puntos de Aragón y de la provincia de Castellón. Sea como fuere, la llegada del denario romano –con cuyo peso las dracmas de 4,80 g no coinciden– y el inicio del llamado «denario ibérico» acabaron, definitivamente, con ellas.

Las monedas de la citerior a lo largo del periodo republicano

El impulso para una relativa monetización de esta zona no se limitó a las cecas griegas y a las dracmas de imitación emporitana. Entre éstas, las que portan la leyenda Tarakonsalir deben de ser el precedente de la futura Tarraco, que ahora, con el nombre de Kese (ces- setanos) (Villaronga 1983), iba a iniciar unos bronces de patrón púnico con cabeza masculina en anverso y, en el reverso, un caballo galopando al estilo cartaginés (fig. 36), aunque pronto aparecería un tipo llamado a permanecer con gran éxito en el futuro: el jinete, en este caso, portador de una palma (fig. 37). No hay acuerdo total sobre la cronología de estas series tem- pranas y mientras unos datan el inicio antes de 218 a.C. (García-Bellido/Ripollès 1998, 208), la mayoría se inclinan por la propuesta de Villaronga (Villaronga 1983, 205 y ss) situándolo hacia 211 a.C., y aun hay quien lo baja más, pensando en 195 a.C. (Crawford 1985, 95). Sea como fuere, lo importante es que asis- timos a los comienzos de la que viene conociéndose como «amonedación ibérica» (Domínguez 2006), aun- que ciertos autores prefieren delimitar el término, con- siderando que la zona propiamente ibérica se concen- tra en Edetania y Contestania, mientras que en el resto y al norte del Ebro, ven un ambiente asociado mejor a pueblos de origen celta que a los propiamente iberos. No obstante, la cultura ibérica habría sido adoptada por ellos al menos en aspectos tan importantes como la escritura y la lengua (García-Bellido/Ripollès 1998, 210-211). El siglo ii a.C. conocerá la expansión de es- tas amonedaciones, realizadas en bronce pero también abundantemente en plata, que se prolongarán en el i a.C., desapareciendo, con pocas excepciones, tras las guerras sertorianas.

Aunque aún se desconoce la ubicación de algunas cecas de las que solo se ha podido leer el nombre, los lugares de emisión se extienden por la actual Cata- luña, concentrándose más en la franja costera y valle del Llobregat, así como en las márgenes del Ebro y sus afluentes, subiendo a territorio vascón para lue- go adentrarse en la Celtiberia, mientras que se sitúan únicamente unas pocas cecas más al sur, en la zona levantina (Domínguez 1997). No siempre coinciden las agrupaciones de estos centros de emisión que los diversos autores han propuesto, basándose unos en el pueblo emisor, y otros, en el territorio, la tipología y/o la metrología (Villaronga 2004, 163 y ss.; Pérez Almo- guera 1996). En líneas generales podemos presentar un panorama de expansión geográfica que no rebasa

por el oeste la provincia de Burgos con Sekobirikes (fig. 38) –salvo la curiosa excepción de la extremeña Ta- musia (fig. 39)– y por el sur, ya bastante alejada de su núcleo fundamental, Saitabi (fig. 57), en la provincia de Valencia. Como esbozo, y citando solo una ceca por cada zona, partimos de las ya mencionadas emisiones de Kese (cessetanos) (fig. 37) y Untikesken (fig. 13 y 14), en la costa catalana, para recordar otras: de los layetanos (Laiesken) (fig. 40), los ausetanos (Ausesken) (fig. 41), los ilergetes (Iltirta) (fig. 42), los suessetanos e iacetanos (Bolskan) (fig. 43), los vascones (Baskunes) (fig. 44), los sedetanos (Kelse) (fig. 45), los edetanos (Ikalesken) (fig. 46) y las pertenecientes a los habitantes de la Celtiberia. En ésta última y recordando la difi- cultad de fijar unas fronteras para sus términos, hubo talleres importantes como Arekorata (fig. 47) o Turiasu (fig. 48) en territorio lusón, o entre los belos, Sekaisa (fig. 49) y Bilbilis (fig. 60) (Domínguez HMHA).

El punto de referencia fundamental de estas emi- siones, tanto las acuñadas en bronce como las de pla- ta, sobre las que volveremos luego, es la presencia de una inscripción relativa a la «ciudad-ceca» o al pueblo emisor, escrita en alfabeto ibérico y situada en la par- te inferior del reverso. Se ha destacado con frecuencia la repetición de los tipos en estas emisiones de la Ci- terior pero, estudiando más detenidamente las imáge- nes, se advierte que los elementos diferenciadores no faltan. Es cierto que los anversos se ocupan con una cabeza masculina, con o sin barba, cuya identifica- ción es discutida, sin embargo, no solo las diferencias de estilo son frecuentes –compárese, por ejemplo, una moneda de Konterbia Belaisca (fig. 50) con otra de Titiakos (fig. 51)–, sino que su indumentaria tam- bién varía: cuellos vestidos con manto e incluso con fíbula (Lauro, fig. 52; Orosis, fig. 53), adornados con torques (Aratikos, fig. 54; Belikiom, fig. 55), cabezas desnudas (Baitolo, fig. 56), tocadas de láurea o con cinta e infulae (Saiti, fig. 57), etc. Además, pueden acompañarse de diversos símbolos, figuras o letras (Konterbia Karbika, fig. 58; Eusti, fig. 59), y abun- dan las emisiones que rodean el tipo de uno (Bilbilis, fig. 60), dos (Sekaisa, fig. 61) o tres delfines (Lakine, fig. 62), alternando su número incluso dentro de una misma ceca, mientras que algunas no llevan ninguna marca (Ilturo, fig. 63). Las cabezas miran a la derecha, con la excepción de una serie de Ilturo.

Tampoco es siempre idéntico el jinete, tipo carac- terístico del reverso (Domínguez 1979, 206-217). Lo encontramos llevando una palma en las monedas de Kese (fig. 37) (Villaronga 1983), igual que hará en las de Ausesken e Iltirta (figs. 41 y 42), siendo el preferido aunque no el único (Ilturo, fig. 63) de las cecas catala- nas. Las emisiones con el caballero portador de lanza aparecen asimismo en gran número tanto en el valle del Ebro como en la Celtiberia, y sus armas defensi- vas u ofensivas han sido tratadas en algunas ocasiones

(Guadán 1979; Lorrio 1995). Suele llevar casco, muy raramente escudo, y también puede portar una espa- da (Bentian, Baskunes, fig. 44), una hoz (Oilaunes, fig. 64), algo parecido a una doble hacha (Arsaos, fig. 65) y hasta en Sekaisa, un ave sobre una especie de cetro figurando un estandarte o signum (fig. 66), lo que ha suscitado diversas hipótesis (Beltrán Martínez 1991- 93, 191; Gomis 2001, 41 y ss.). Esto no es óbice para que en la misma zona se encuentren también algunos jinetes con palma. Un tipo interesante, aunque escaso, es el jinete que tira de otro caballo. Aparece en denarios de Kese portando una palma (fig. 67), en quinarios de Turiasu llevando una corona (fig. 68) (Gozalbes 2004- 2005) y también en la copiosa serie de denarios de Ikalesken (Villaronga 1988), ceca situada mucho más al sur, donde el caballero, clámide al viento y escudo al brazo, camina hacia la izquierda cuando la dirección normal en el resto de estos personajes es marchar hacia la derecha (fig. 46).

Mucho se ha escrito acerca de la interpretación del «jinete ibérico», desde la inspiración en monedas de Hierón de Siracusa a denarios romanos, pero hoy pare- ce más aceptada la idea de que el bien conocido y acu- ñado en abundancia «jinete macedón» tuvo que ver en la gestación del tipo que en realidad debió constituir una elección personal de la propia Kese, donde prácti- camente se inició, y puede que lo escogieran para di- ferenciarlo del caballo cartaginés (Arévalo 2002-2003, 248-249). Es bastante probable que, como ha visto M. Almagro (Almagro Gorbea 1995, 58-61), esta figu- ra ecuestre pretendiera ser la representación del heros equitans, sujeto adecuado a la mentalidad de las elites que reflejaban en él su superioridad social y prestigio, tanto en el aspecto lúdico como guerrero, de ahí la gran aceptación de un tipo que resultaba válido y alta- mente significativo para amplios sectores sociales y ex- tensas zonas peninsulares. No obstante, últimamente, se ha propuesto una interesante relación de un grupo de estos jinetes, lanceros pero sin escudo, con la activi- dad cinegética (Gozalbes 2006).

A estas imágenes de uso más general escapan varias excepciones. Permanece algún tipo griego, como el Pe- gaso y el toro embistiendo en Untikesken (figs. 13 y 14) en emisiones ligadas a Emporion, mientras que en bronces de valor mitad de Sekobirikes encontramos el raro reverso de un león (fig. 69). De raíz indígena pue- den suponerse el lobo representado en Iltirta (fig. 70) y el gallo sobre divisores de Arekorata. Incluso alguna vez aparecen figuras de aspecto romano, como en la última pieza citada de Sekobirikes. También se encuentra una cabeza femenina galeada en Sesars y en bronces con valor mitad de Turiasu. Otro rostro masculino, asimis- mo con casco, se muestra en quinarios de Turiasu (fig. 71) (Gozalbes 2004-2005). Pero es evidente que las cabezas viriles y el tipo del jinete en sus dos variantes básicas se extenderían por toda la Citerior con menor

penetración en la zona levantina. Debemos también tener en cuenta que muchas cecas acuñaron divisores, unidades, mitades y cuartos en bronce, y denarios y quinarios en plata. Se caracterizaban por diferentes ti- pos en el reverso, de forma que las denominaciones viniesen así señaladas, aunque es de resaltar que tanto las unidades de plata –los llamados «denarios ibéri- cos»– como las de bronce, presentan los mismos tipos. Normalmente, aunque con excepciones, un caballo sin jinete (Kese, fig. 72) se reservó a las mitades de la uni- dad mientras que un medio Pegaso (Kese, fig. 73) y un jabalí ocupaban los valores inferiores en algunas cecas. No obstante, se ha supuesto que ciertas letras presentes en determinadas emisiones se puedan considerar como marcas de valor (Villaronga 1973a).

Aparte de la compleja interpretación de los tipos no es problema fácil determinar la metrología seguida por las emisiones de bronce y las opiniones al respecto no son siempre coincidentes (Domínguez 1997, 165). En opinión de Villaronga, Kese se inició utilizando un sis- tema relacionado con el cartaginés de 10/11 g, mien- tras que Untikesken e Iltirta lo hicieron en relación al romano coetáneo que, desde los aproximadamente 35- 40 g del sextantal reducido, había descendido en el primer cuarto del siglo al uncial de 24 g. De ese modo cada cual influyó en zonas diversas (Villaronga 2004, 118 y ss). Sin embargo, se advierten cambios in- ternos en el funcionamiento de muchas cecas, con una tendencia a la aceptación de los patrones romanos, lo que oscurece un panorama que resulta especialmente complejo en la Celtiberia, cuya variedad metrológica ha dado pie a diversas teorías sin que ninguna sea hoy por hoy aceptada por todos, entre las que destaca la propuesta de Villaronga, que considera para la zona un patrón de 14/15 g basado en la mitad del romano coetáneo (Villaronga 2006, 201).

Las primeras emisiones de Kese y de otros centros emisores que la siguen en el tiempo se habían reali- zado en bronce, sin embargo, el papel que desempe- ñó la plata en la amonedación de la Citerior fue muy importante, conociéndose estas piezas argénteas como denarios ibéricos. Pero no olvidemos que ni el volu- men de producción de todos los talleres fue similar, ni todos emitieron plata y bronce. Hubo buen núme- ro de cecas mixtas (Iltirta, Kese, etc.) mientras que la mayoría de las mono-metálicas acuñaron solo bronce (Lauro: Llorens/Ripollès 1998) y raramente alguna solo plata (Kolounioku), sin que las causas de estas di- ferencias acaben de estar definitivamente resueltas. Se han expuesto varias hipótesis, entre ellas la situación geográfica de las ciudades emisoras de plata, ubicadas en lugares estratégicamente centrados, desde donde se podría suministrar el numerario a las de alrededor (Burillo 1995).

También se ha pensado en su función (Otero 1998), tema muy discutido ya que varios autores aso-

cian estas monedas al pago de tributos a Roma (Gar- cía-Bellido 1993a) y suponen que el valioso metal se reservaba a pagos de las tropas romanas o a los contin- gentes indígenas de apoyo, correspondiendo así a las obligaciones tributarias (Beltrán Lloris 1986; matiza el tema en 2006, 113), e incluso se ha querido ver su inicio y avance con un desarrollo paralelo a la línea de conquista romana, con la propuesta de «monedas de frontera» (Knapp 1979). En opinión de otros autores, al menos en los primeros momentos de su producción, los impuestos no eran aún fijos y no se puede con ello justificar la imposición de emisiones (Aguilar/Ñaco del Hoyo 1995, 1997; Ñaco del Hoyo 2003 y 2006b). Aún pueden tenerse en cuenta posibles cajas públicas ciudadanas disponibles para otras variadas necesidades financieras o incluso económicas, de los mismos emi- sores, lo que podríamos traducir por reservas locales, prontas, eso sí, para responder también a un cúmulo de exacciones irregulares cuya existencia dejan bien claras las fuentes antiguas.

La tipología de estas piezas argénteas, con pesos de unos 3,80 g, difieren ligeramente de los habitua- les en el denario romano y en ocasiones se acompa- ñan de divisores, repite el esquema de las unidades de bronce, es decir, cabeza masculina y jinete. No está definitivamente cerrado el problema de su inicio e in- cluso Crawford, que había propuesto su comienzo en los primeros años del siglo ii a.C. (Crawford 1969), cambió más adelante de idea bajándolo, a mediados del mismo (Crawford 1985). No obstante, la inves- tigación española (Villaronga 1995a, 67; 2004, 133; Beltrán Lloris 2006, 111) tiende a la cronología alta para la producción de dicha plata en la Citerior, de modo que durante el primer tercio del siglo ii a.C. podrían haber funcionado algunas cecas emitiendo de- narios como Kese, Iltirta, Ausesken e Ikalesken, aunque la época de mayor expansión tendría lugar a partir de la mitad del siglo. En ese último periodo continuaron algunos talleres que ya se habían iniciado algunos años antes, como Bolskan, Sekaisa o Arekorata, pero sería en- tonces cuando alcanzaran su mayor producción. Para- lelamente, funcionaba otro relativamente elevado nú- mero de cecas locales, entre las que podemos destacar Sekia, Baskunes o Turiasu. Varias alcanzarían la época sertoriana pero, salvo excepción, no la sobrepasan. Sin embargo, la idea de una producción masiva, realizada expresamente para apoyar la causa de Sertorio por par- te de cecas locales como Bolskan o Turiasu, está hoy en entredicho (Gozalbes 2004-2005).

Estas monedas de plata peninsulares se tesaurizan con los denarios romanos y así encontramos tanto tesoros de una de las dos especies, como mixtos. Se intensifican a partir del último cuarto del siglo ii a.C. (Villaronga 1993a; Campo 1982), predominando en la Citerior (Ripollès 1982), pero con cierta presencia de sus monedas en los ocultamientos de la Vlterior,

especialmente en los ubicados en zonas mineras (Cha- ves 1996). El momento álgido de las pérdidas pare- ce coincidir con la guerra de Sertorio, quedando solo como moneda residual los pocos denarios ibéricos que se incluyen en los hallazgos posteriores compuestos, básicamente, por plata republicana oficial.

En la Edetania, la mencionada Arse no seguiría el mismo compás de las cecas del norte. Aunque las

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