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En cuanto a la categoría de “representación” y desde su acepción más básica, se

entiende como el proceso de repetir algo que previamente se ha dicho, o se ha mostrado. En la Grecia antigua la mimesis intentaba representar la naturaleza a través de lo escrito o lo verbal. Desde los estudios sociales se abarcan las cosmovisiones, es decir, cómo el hombre representa a partir de su pensamiento y acción, el rol en el mundo y el entramado social: representa a partir del lenguaje verbal y no verbal las formas de significar su individualidad y colectividad (Szurmuk y McKee, 2009).

En los años setenta y ochenta del siglo XX se ubica el apogeo del concepto de representación. Y no es que antes no hubiese tenido relevancia, al contrario, sólo era

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desarrollado y abordado desde el concepto de mentalidad. Para la época el concepto estuvo orientado a la identificación y análisis de las estructuras del pensamiento que se convertían en estereotipo o paradigma de una época especifica Chartier (1992). De modo sustancial el concepto de representación colectiva intentó comprender las percepciones y juicios del mundo social.

Desde Hall la representación es un proceso de producción de sentido a partir del lenguaje, que cobra significado cuando se pone en común con miembros de una colectividad Hall (1997). Este consenso de la representación del pensamiento colectivo conduce a instaurar lo simbólico como parte constituyente de la creencia y los discursos que

se materializan en la práctica; según Szurmuk y McKee ( 2009) “la representación

constituye la estructura de comprensión a través de la cual el sujeto mira el mundo: sus cosmovisiones, su mentalidad, su percepción histórica” (…) representar el acto mismo de cognición del sujeto” (Szurmuk y McKee 2009: 248); la representación hace parte del sistema de prácticas sociales.

Esta experiencia de representación mental es diversa entre los participantes de una comunidad; los modos de clasificación, separación y asociación son distintos, es decir, por más que haya conceptos preconcebidos para nombrar las cosas tangibles e intangibles, el sentido no es universal, es también una experiencia totalmente individual que lleva a comprender el porqué de las diversas formas de ver, entender y vivir el mundo.

Desde una mirada constructivista, Hall propone en principio tres enfoques para entender la representación. El primero es el enfoque reflectivo que como su mismo nombre lo indica, refleja y representa lo percibido, lo que más arriba se había descrito como mimesis. El segundo es el enfoque intencional, donde el hablante determina qué adquiere sentido y significado, claramente es un error, dado que el lenguaje no se puede

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individualizar, ya que él mismo existe y tiene sentido por la construcción de códigos y consensos compartidos. Por último, el enfoque constructivista del sentido, hace referencia a que un gran agregado de individualidades son los que construyen el sentido a partir de conceptos y signos que representan, pero donde lo simbólico es lo que trasciende a lo social y cultural (Hall, 1997).

En consecuencia, la línea constructivista de Hall expone que la representación escapa a la teoría de lo reflectivo. Sitúa que la representación es un proceso simbólico que se exterioriza a través del lenguaje, es decir, hay un tránsito de pensamiento, lenguaje y sentido que se manifiesta en la cultura. “Las cosas no significan: nosotros construimos el

sentido, usando sistemas representacionales —conceptos y signos—” (Hall, 2010: 454), la

representación (…) implica el trabajo activo de seleccionar y presentar, de estructurar y

moldear: no meramente la transmisión de un significado ya existente, sino la labor más activa de hacer que las cosas signifiquen” (Hall, 2010: 163). No obstante, no queda en estado plano, sino que empiezan a evidenciar variables en el estadio del lenguaje; imaginarios y prácticas que se transmiten, heredan o transforman.

Seguido a una primera etapa de reconocimiento, emerge la clasificación y la asignación de la representación, esto es, el poder de la representación que empieza a tomar sentido y visibilidad dada su condición de clasificación, por ejemplo la estereotipificación que, según Hall, es cuando se determina y se fijan características que al ser representadas parecieran estar naturalizadas (Hall, 2010). Así pues lo que está por

fuera de esa naturalización se excluye y se empiezan a visibilizar prácticas de violencia simbólica.

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Empieza entonces a tener un lugar protagónico el concepto de “ideología” que ligado al de representación da cuenta de la ya mencionada violencia simbólica como ejercicio de exclusión. De acuerdo con Hall, ideología refiere a los marcos mentales —“los lenguajes, los conceptos, las categorías, la imaginería del pensamiento y los sistemas de representación— que las diferentes clases y grupos sociales utilizan para entender, definir, resolver y hacer entendible la manera en que funciona una sociedad” (Hall, 2010: 134).

Desde la perspectiva teórica de Hall, es posible conocer y comprender la construcción de sentido de las mujeres en torno a la maternidad, dar cuenta de cómo la mujer ha empezado a resignificar los imaginarios y representaciones de la maternidad, puesto que emergen particularidades en la medida que se representa a sí misma y a su entorno de manera diferente, donde la estructuración de una nueva concepción de su vida puede ser aceptada o excluida por el contexto inmediato; de ahí que Hall también sea un referente para identificar las prácticas o discursos de violencia simbólica, toda vez que se rompe con la naturalización de una condición biológica como lo es la reproducción humana.

Desde la mirada de Foucault (2002) la representación está anclada a lo discursivo; a partir de la relación discurso y práctica se construye significado, es decir, nada llega a un estado de significado si no está dentro del discurso subjetivado, ideológico, que da cuenta

de la identidad. De acuerdo con este autor, en La arqueología del saber, la arqueología

sería un método para conocer el saber de una época, conocer la parte constituyente de los sujetos en sus prácticas discursivas.

Así, Foucault (2002) distingue contextos para llegar a conocer un saber colectivo; por un lado están los discursos que empiezan a cambiar y hacen parte de un quiebre o

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momento histórico; por otro lado, dentro de un momento especifico no hay concordancia entre cómo significan los discursos, es decir, la cultura presenta un variado abanico de discursos y significados: “la arqueología analiza el grado y la forma de permeabilidad de un discurso; del principio de su articulación sobre una cadena de acontecimientos se transcriben en los enunciados” (Foucault, 2002: 281).

Empieza entonces a encontrar las partes de un todo llamado representación cultural constituida por el pensamiento, el lenguaje, el sentido en la construcción de realidad y la ideología. Pareciera entonces que no hay ninguna representación que esté por fuera de lo ideológico, pues es la ideología misma que tiene incidencia en las relaciones, espacios, cuerpos y acciones. En este sentido, se busca definir la representación y su innegable relación con lo ideológico y las prácticas socioculturales.

En este sentido, los postulados de Foucault en La arqueología del saber (2002) nos orientan acerca de cómo conocer las representaciones a partir de la relación entre discursos y prácticas; esto es, cómo el hacer da cuenta de lo que se expresa discursivamente poniendo de manifiesto rasgos identitarios, que son específicos de una época, postulado que para el presente trabajo resulta pertinente.

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