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El autor va a ser prácticamente fiel en toda la narración a este orden, estableciendo tan solo dos cambios importantes. El primero, la no mención de los puntos 4 y 5, y el segundo, la opción sinóptica en el capítulo de la expulsión de los mercaderes del Templo. Otra importante variación es la introducción de los episodios de la natividad de Jesús y la referencia a los Hechos de los Apóstoles ya mencionados en la introducción.

El esquema es marcado a través de episodios que delimitan esta ordenación: En primer lugar, comenzando con la persona de Juan el Bautista (Jn 1, 19-34 Cf. pp. 22ss), más tarde haciendo referencia al episodio de la bodas de Canaán (Jn 2 Cf. p. 41s) (inicio del punto 6 del esquema de Juan); Curación de un enfermo en la piscina de Bethesda (Jn 5, 1-18 Cf. pp. 70-73) (inicio del punto 7) y de ahí pasando a la actividad de Jesús en Jerusalén hasta su muerte.

Todos los relatos sinópticos sobre el ministerio en Galilea se colocan arbitrariamente sobre este bastidor juánico. La mayor parte de estos capítulos se concentran en el Tercer Ministerio en Galilea, que es extendido sustancialmente en el tiempo.

Desde que el Nicodemo de la ficción vuelve a Jerusalén, tras separarse del grupo de sus discípulos hasta que posteriormente se vuelve a encontrar con el

Maestro en Jerusalén, ya en los preámbulos de la cuarta y última Pascua, el narrador-protagonista señala que ha pasado un año. Cómo entonces el autor puede ensamblar todos los elementos: reduciendo el tiempo entre su segundo viaje a Jerusalén —que se inicia a partir del capítulo del paralítico en la piscina de Bethesda— y su marcha a Galilea para la celebración de la Segunda Pascua. Entre estos dos episodios la acción se desarrolla en las proximidades del Lago Tiberíades y es entonces donde Jan Dobraczynski incorpora la mayor parte de las citas sinópticas. El autor hace coincidir la celebración de la Segunda Pascua con el episodio —sinóptico— de la misión de los discípulos. Es por ello que la cronología de Juan hasta el tercer y último viaje a Jerusalén tiene en determinados momentos ciertas incongruencias.

Sobre el bastidor de Juan va intercalando todos los relatos sinópticos galileos que caprichosamente encaja dentro de alguno de los tres ministerios de Jesús en Galilea según el esquema antes indicado.

En el primer ministerio se limita a contar el pasaje juánico de las bodas de Caná. En el segundo ministerio incluye el pasaje juánico de la curación del hijo del régulo, y ademas relatos sinópticos tales como el leproso, exorcismo en la sinagoga de Cafarnaúm, el rechazo de Jesús en Nazaret.

En el tercer ministerio en Galilea concentra la inmensa mayoría de los relatos sinópticos contenidos en las parte sinóptica 2 (Ministerio en Galilea). A la mitad de esta sección incluye lo que el relato juánico contaba acerca de este tercer ministerio, o sea: la multiplicación de los panes, Jesús andando sobre las aguas y el discurso eucarístico en la sinagoga de Cafarnaúm. Y luego sigue añadiendo relatos sinópticos, hasta empalmar con la parte sinóptica 4 (viaje a Jerusalén).

Y en este momento enlaza con el tercer viaje juánico a Jerusalén (9), y ya sigue el orden de este evangelio desde ahí hasta el episodio de la muerte de Jesús, con excepción del capítulo en donde Jesús es llevado ante Herodes Antipas, que se

toma de Lucas.

Como se puede apreciar, el gran bloque del único ministerio galileo sinóptico ha sido distribuido en el segundo y tercer ministerio galileo juánico, pero en distinta proporción. En el segundo apenas tres relatos, y en el tercero todos los demás.

Por tanto diríamos que básicamente Dobraczynski sigue el esquema juánico, y dentro de él encaja los relatos sinópticos siguiendo en general el orden sinóptico, pero de una manera bastante libre sobre todo en los pasajes encajados en el tercer ministerio galileo juánico, en donde no se sigue siempre escrupulosamente la secuencia diseñada en el cuarto evangelio.

Tras la muerte de Jesús, el propio personaje de Juan en la novela certifica episodios sinópticos como el episodio del sepulcro vacío (Mt 28, 1-8; Mc 16, 1-8; Lc 24, 1-8). Para los últimos capítulos el escritor se sirve, lógicamente, sobre todo del evangelio de Lucas y del Libro de los Hechos de los apóstoles (Camino a Emaús: Lc 24, 12-17. Aparición a los apóstoles: Lc 24, 36-42; Jn 20, 19-23; Mc 16, 14-19 —opta por la opción de Lucas y Marcos—. Ascensión: Lc 24, 50-53; Mc 16, 19; Hch 1, 6-11. Pentecostés: Hch 2, 1-13. Discursos de Pedro: Hch 2, 14ss... 22ss. Generosidad de Bernabé atribuida a Nicodemo: Hch 4, 36-37).

La novela, como acabamos de comprobar, tiene como base fundamental la exposición y defensa de la información contenida en los textos canónicos, armonizada e introducida en la novela a partir del testimonio y recopilación del narrador y personaje principal, Nicodemo. Dentro del conjunto de la novela, la atención a los episodios evangélicos y su coordinación constituyen el aspecto central de la obra. El argumento de la novela camina, de esta forma, parejo al de la concordia.

textos, sino también de recursos narrativos, temas y motivaciones apócrifas es bastante llamativo. Dentro de esta actitud el autor hace extender la idea de

canónico no sólo al propio texto evangélico, sino también a la interpretación

católica. En el caso concreto del uso del material apócrifo se hace patente una voluntad de incorporación de todos aquellos textos que con mayor profusión han ido teniendo un lugar de importancia en la representación artística y folklórica en la propia configuración de la liturgia y en la defensa de determinados dogmas de la Iglesia. Dentro de estos textos cabe destacar especialmente la alusión al

Protoevangelio de Santiago y todos aquellos textos pertenecientes a la tradición de

la Ascensión y Dormición de la Virgen. Por otro lado existe un importante referencia, más trastocada, a los apócrifos de la infancia y vida oculta de Jesús y al

ciclo de Pilatos, tanto en la delimitación de determinados personajes como de

escenas.

En la novela se establece una doble actitud ante los textos apócrifos antiguos, la postura que acabamos de mencionar, de acercamiento a determinados textos que han tenido una trascendencia dentro de la propia tradición católica, y por otro lado, otra que manifiesta una toma de distancia respecto a determinadas apreciaciones apócrifas que puedan desvirtuar la

humanidad de Jesús. Esta postura tiene un específico reflejo en la novela en la

escena del capítulo XI, donde se contrastan los testimonios de la partera de Belén con el de su hijo. Parece que el autor entendería al texto apócrifo como dos tipos de testimonios o recuerdos distintos, el primero, identificado con el relato de la madre, representaría el recuerdo fiable; el otro, el testimonio de su hijo, la tendencia a la imaginación legendaria alejada de la realidadxx.

La recurrencia al material apócrifo por parte de esta narración de ficción la veremos a continuación actuando de diferentes formas: en primer lugar, dentro de una voluntad apócrifa; en segundo lugar, en el hecho de hacer uso de giros o

herramientas narrativas típicamente apócrifas; en tercer lugar, en la concreta referencia y variación de determinados episodios. En cuarto y último lugar, en la

significativa importancia que en la obra adquiere el personaje de María, madre de Jesús.

La voluntad apócrifa de la novela se hace explícita en la propia presentación de la obra, que podríamos entender como una nueva versión de un texto antiguo, el Evangelio de Nicodemoxxi. Como éste, Nicodemo reafirma testimonialmente la

veracidad de los relatos concernientes a la vida de Jesús ya presentes en los evangelios y como éste la información viene presentada en forma epistolar. Por otro lado, el hecho de que el rabino fariseo se convierta en discípulo de Jesús es un elemento que no aparece en los evangelios, sino que es de extracción completamente apócrifaxxii.

Como ya pudimos ver en el capítulo anterior, existe un claro paralelismo entre los apócrifos de la Antigüedad y los apócrifos contemporáneos que estamos analizando en el hecho de poseer ambos una voluntad expresa de rellenar una serie de huecos dejados por los textos canónicos. Estos huecos responden a la necesidad de satisfacer determinadas curiosidades. En el caso de la novela de Dobraczynski esta curiosidad se dirige a elementos muy comunes —ya mencionados— de otras novelas de Jesús, como aspectos relativos a episodios de su infancia, la reacción de determinados personajes ante concretos episodios evangélicos y también elementos más propiamente contemporáneos como la geografía, cultura, historia, etc. Por otro lado, procurar responder a ciertas incógnitas referentes por ejemplo a los motivos que empujan a la condena a muerte de Jesús por parte de la clase sacerdotal y la posición de la autoridad romana en relación a ello, tema de incesante recurrencia en todo este subgénero novelístico y que también tiene una presencia, tal vez algo más polémica, dentro de los textos apócrifos antiguos. Otros detalles similares son por ejemplo la

otorgación de nombres propios procedentes de la tradición: Longinoxxiii, para el

soldado que atravesó el costado de Cristo, Joaquínxxiv para el padre de María, así

como la creación de nombres nuevos como, por ejemplo, para uno de los pastores que adoran a Jesús recién nacidoxxv. Por otro lado el hecho de que en la

delimitación de los personajes exista una voluntad de expandir tanto los detalles físicos como psicológicos de los caracteres, inspirándose en las referencias canónicas, es un aspecto que también encontramos similarmente en los textos apócrifos antiguos.

Dentro de esta novela un elemento que posee una considerable importancia es el hecho de la veracidad, vía ficción, de aquellos capítulos que se representan. Para ello no solamente es necesaria la calidad en las apreciaciones y testimonios del protagonista —elemento que ya vimos anteriormente a la hora de la configuración de novelas con un narrador testigo y sobre lo que posteriormente volveremos para el caso concreto del Nicodemo de Dobraczynski— sino también, la forma en la que la información es recopilada y se seleccionan los testigos presenciales, gracias a los cuales este Nicodemo de ficción accede indirectamente a los hechos. En la manera en la que estos testimonios se seleccionan y presentan podemos defender también un importante paralelismo con los apócrifos antiguos.

Comenzaremos con el testimonio de aquellos personajes tradicionalmente enfrentados con Jesús. Este aspecto puede verse especialmente en la carta IX de la novela en donde los rabinos en Galilea hablan a Nicodemo sobre el Maestro de Galileaxxvi. Estos personajes poseen una iconografía y actitudes muy similar a la

que podemos apreciar en textos antiguos como el Evangelio de Nicodemo (V, 2)xxvii.

Sus testimonios no solamente aportan nueva información sino que además iluminan aspectos de especial importancia y sirven para la defensa de postulados como la divinidad de Jesús, la virginidad de María, etc.xxviii A pesar de que el deseo

contradicciones o bien afirmaciones directasxxix, terminan por admitir o dejar

patente ideas que el autor del texto pretende explicitar. El hecho de que sean sus propios enemigos los que dejen asentadas estas cuestiones otorga mucha más veracidad al testimonio. En este episodio de la novela ocurre una situación similar, los sacerdotes de Galilea, queriendo desentenderse y despreciarlo, aportan

una serie de datos cruciales en la narración, entre los que se encuentra el propio hecho de admitir su genealogía y certificar su nacimiento en Belénxxx.

Un tipo de testimonio similar es el que facilita a lo largo de todo el relato el personaje de Judas, lo fidedigno de su información es la sinceridad —a pesar de ser destacado en los evangelios como mentiroso— que se expresa a través de su odio cuando refiere las actividades de Jesús y sus discípulos. Precisamente porque su forma de actuar es antagónicamente contraria a la de Jesús, el énfasis que pone en señalar estas diferencias son subrayadas por un lado y por otro lado les da mucha más garantía de autenticidad. Esta misma herramienta de validez del testimonio del enemigo y del mentiroso se ve muy claramente en la figura apócrifa de Satánxxxi y otros personajes como Anásxxxii, Caifás, etc.

Otro tipo de testimonio es el de aquéllos cuyas opiniones son positivas tanto sobre Jesús como sobre sus obras; en ellos la veracidad la aporta la propia sinceridad de su palabra o el hecho de ser personajes cuya personalidad funciona como garante.

En esta misma línea aparecen a menudo los propios discípulos siendo las personas que aportan información sobre Jesús, sobre todo Juan. Este hecho no se debe solamente a que en esta novela es especialmente relevante todo el material juánico, tanto en la relación de los episodios como en su interpretación exegética, sino a la propia impronta que el personaje de Juan simboliza en la tradición cristiana, reflejada asimismo en los textos apócrifos. El apóstol preferido es, por

sus propias características —sobre las que tendremos oportunidad de extendernos más tarde— sinónimo de inocencia y sinceridad y por ello es uno de los testigos más fiables dentro del grupo de sus seguidores. Este deseo de enfatizar este elemento de completa veracidad de los hechos a través de recursos narrativos podemos de nuevo verificarlo en la persona de Pedro. El Pedro que se acerca a informar a Nicodemo sobre gran parte de los episodios más relevantes de la Pasión, no es el Pedro seguro y prepotente que se dibuja en los capítulos del Ministerio de Jesús, sino el pecador arrepentido que abre su corazón al protagonista. La confesión por arrepentimiento está muy asociada en los textos apócrifos a personajes como Pilatosxxxiii.

El testimonio de la partera que asiste a la Virgen en el pesebre es especialmente interesante y de profunda inspiración apócrifa, las variaciones sobre esta tradición por parte de Dobraczynski son bastante esclarecedoras en cuanto a la utilización de este tipo de giros. El personaje de la partera, que aparece en los textos apócrifos con el nombre de Zelomi ó Saloméxxxiv, nunca

realmente llega a ejercer su función de partera, sino que su misión consiste simplemente en ser testigo de los prodigios que tienen lugar en el momento del nacimientoxxxv. Su tarea de comadrona nunca se lleva a cabo, porque uno de los

prodigios que tiene que presenciar es el hecho de que María no necesite ayuda ninguna a la hora de dar a luz, estos aspectos nuevamente tienen un reflejo en el relato que se describe en la novela de Dobraczynskixxxvi. Una de las principales

diferencias entre este tipo de testimonio y el que se recoge por el mismo personaje en los apócrifos, es que la partera en este caso no es testigo de los acontecimientos extraordinarios o de los elementos que hacen resaltar el marco teofánico de la escena —éstos son apreciados por otro tipo de testigoxxxvii— sino de

elementos menos extraordinarios pero a la vez reveladores del Misterio. En primer lugar certificará la rápida recuperación de María (Cf. Odas de Salomón 19,

Ascensión de Isaías XI, 13, Ev. del Ps. Mateo XIII, 3) y sobre todo la profunda

humanidad del nacidoxxxviii a la vez que su divinidad, que viene introducida por la

afirmación de María: «Él te lo pagará»xxxix. A pesar de ello, el autor no deja de

mencionar determinados detalles apócrifos como son la presencia del buey y la mula, reforzando no sólo el elemento iconográfico sino también el carácter mesiánico que a través de ellos se sugierexl

Otro tipo de informador crucial para muchos de los capítulos de la vida de Jesús que el narrador testigo no puede presenciar, es sin duda alguna, María, sobre cuya figura apócrifa nos extenderemos a continuación.

La mayor parte de los episodios propiamente apócrifos, o con una mayor carga de referencias apócrifas en esta novela están relacionados con la figura de María. Uno de los aspectos que más asemejan Las cartas de Nicodemo a determinados apócrifos antiguos es la presencia y el tratamiento de su figura afín a la propia actitud de los textos apócrifos de la Antigüedad. Por otro lado, esta novela expande narrativamente episodios y aspectos relativos a la figura de María que en los textos canónicos no aparecen bien suficientemente extendidos o directamente consignados.

Los apócrifos de la antigüedad precedieron a la especulación teológica patrística en la exposición narrativa de una doctrina popular presente en las primeras comunidades sobre la persona de la madre de Jesús: defensa de su virginidad perpetua e inmaculada concepción, centralidad en la comunidad de los discípulos, aportación a la acción de Cristo y testigo privilegiado en la economía de la salvación. En estos textos existe tanto la defensa de una serie de presupuestos teológicos como un esfuerzo hermenéutico en relación a las Escrituras para consignar estas verdades sobre la Virgen María siendo sus motivos en gran

medida doctrinales. Detrás del propio interés de colmar los espacios vacíos dejados por los evangelios en relación a los capítulos desconocidos de la vida de María y de la propia voluntad hagiográfica de ensalzar su persona, existe un propósito teológico-apologético de localizar su función dentro del contexto del Evangelio.

Aunque la teología y el magisterio de la Iglesia condenara como apócrifos estos textos, confirmó sus afirmaciones expresándolos a través de su lenguaje teológico. La expresión iconográfica posterior se encargaría de ir recogiendo tanto

las menciones apócrifas como la incorporación de posteriores presupuestos procedentes de la teología, sobre todo en la liturgia y el arte. No sólo se conservaron de esta forma muchas de estas referencias apócrifas, a pesar de no formar parte de las narraciones reveladas, sino que la expresión artística siguió haciendo uso de muchos de sus motivos dentro de las menciones iconográficas y simbólicas.

Ante la ya mencionada escasa información que aportan los evangelios canónicos sobre la madre de Jesús, Dobraczynski, intensifica la presencia de María alrededor de los capítulos de la vida del Maestro. Más que incorporar nuevos episodios, el escritor aprovecha numerosas referencias apócrifas y también enriquece las referencias evangélicas partiendo de presupuestos mariológicos teológicamente más elaborados. La forma en la que el autor reemprende la tarea de inserción de esta información es reutilizando escenas y elementos procedentes de los apócrifos —llevando a cabo una selección o depuración de los mismos— e incorporando determinados elementos ficticios y simbólicos que fueron consignados en la iconografía religiosa y el arte tras desarrollos teológicos posteriores a la edad antigua. Organizaremos estas menciones a través de esta la lógica y por el orden de aparición en el relato.

Con excepción de la escena de la Adoración de los Reyes Magos (Mt 2, 1-