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Part 4 102 

2. Future of PrenDB: on the road to SAR-by-Enzyme 118

Como ya hemos comentado anteriormente, la época que nos ha tocado vivir viene caracterizada no sólo por el cambio (que en todas las épocas ha existido) sino por la velocidad de este.

En este contexto, incluso siendo muy dinámico, es posible que haya momentos en los que los cambios te atropellen y tengas que hacer un esfuerzo para reciclarte, es decir para actualizar tus conocimientos.

Pero si lo que estas aprendiendo está al margen de esta evolución, no es que la novedad te coja con ‘el pie cambiado’, es que vas corriendo en la dirección contraria.

Hay cosas que las vemos muy evidentes. Cuando yo estudiaba bachillerato te enseñaban a calcular los logaritmos y las razones trigonométricas usando tablas, ahora cualquier chaval que necesite calcularlos lo hace utilizando una calculadora científica. ¿Tendría sentido que un profesor de matemáticas se empeñase en que sus alumnos siguiesen utilizando las tablas?

¿qué pensaríamos de un profesor que defendiese que hay que seguir trabajando con las tablas porque siempre se ha hecho así?

Pero, aun suponiendo que esto se hiciese dentro del sistema educativo, cuando ese alumno tuviese que emplear esos conocimientos en un marco laboral tendría que recurrir al medio más rápido y eficaz, por lo tanto todo lo aprendido estaría desfasado.

Hace unos años me comentaba un periodista, antiguo alumno de un centro tan prestigioso como la univer- sidad Complutense, que hasta finales de los años 80 y principios de los 90, en la facultad de periodismo había una asignatura (que para colmo se llamaba Tecnologías de la Información) en la que enseñaban a maquetar (y luego te examinaban) con ‘reglas de maquetación’, un instrumento llamado tipómetro que hacía años que no se utilizaba en ningún medio de comunicación escrito. Cuando, muy poco tiempo des- pués, estos alumnos llegaban a su primera experiencia laboral, además de las dificultades y los miedos habituales, se encontraban con que en las redacciones había unos ‘instrumentos del diablo’ (llamados ordenadores) que maquetaban con ‘elementos mágicos’ y no menos ‘diabólicos’ (llamados programas de maquetación), y que todas las fórmulas en las que habían invertido tiempo y esfuerzo (y de las que se habían tenido que examinar) no le servían (ni nunca les iban a servir) para nada.

He hecho estas alusiones para señalar tanto que el cambio siempre ha estado presente como que ha habido resistencias a incorporarlos al sistema.

Pero lo realmente distinto de la situación en la que vivimos ahora es que no se trata de sustituir un ins- trumento (la tabla) por otro más eficaz (la calculadora), sino que los nuevos medios son tan potentes que cambian las reglas del juego y la jerarquía de valores.

Hace poco tiempo, en una reunión de amigos escuché el comentario, en tono de broma, de que los telé- fonos móviles de última generación (iphone, blackberry, toda la gama de smartphones…) con su acceso continuo a internet, habían acabado con algo tan divertido como una `buena discusión´, porque siempre había alguien que sacaba el móvil y buscaba el dato, acabando así con la ‘porfía’.

Esta anécdota tiene su ‘aquel’ ya que, como decíamos antes, hace patente un cambio en las reglas del juego. El conocer los datos de antemano, y retenerlos en tu memoria, ya no tiene importancia. Ninguna memoria puede competir con la cantidad de datos a los que accedes desde un simple dispositivo de telefo- nía (del que ahora dispone cualquier chaval). Por lo tanto el esfuerzo habría que destinarlo a algo más útil.

Como decíamos en el preámbulo, el acceso a la información (al conocimiento) se ha popularizado de tal manera y es tan rápido que no tiene demasiado sentido seguir manteniendo los mismos criterios y valora-

ciones del aprendizaje de cuando ‘esto no era así’. antes, quien tenía acceso a la información, un acceso que solía ser muy vedado y selectivo, tenía el poder; ahora lo tiene quien sabe cómo usar un caudal de información y conocimientos de manera eficiente, quien, como se ha dicho antes, ha desarrollado una estructura mental capaz de establecer conexiones.

Porque lo que está claro es que cualquier intento de mantener la situación al margen de la innovación está condenada al fracaso, aparte de ser un esfuerzo estéril. La historia (como siempre) nos da multitud de argumentos en este sentido, y no siempre se trata de la incorporación de medios mecánicos: en las Olimpiadas de México en 1968, en la competición de salto de altura apareció un saltador norteamericano al que nadie conocía hasta ese día, Dick fosbury.

Este atleta sorprendió a todos saltando con una técnica totalmente revolucionaria: en lugar de emplear el denominado ‘rodillo ventral’, abordando el listón de frente y ‘batiendo’ sobre una pierna, él pasaba el listón de espaldas y ‘batía’ sobre las dos piernas. El resultado fue que este, hasta ese momento, desconocido saltador salió del Estadio Olímpico con la medalla de oro, habiendo batido el record olímpico y con su nombre en todos los tratados de atletismo denominando esta nueva técnica de salto. ¿Hay algún entre- nador que haya pretendido mantener la ‘ortodoxia’ del rodillo frente a la nueva técnica? ¿Cuánto tiempo hace que no se ve un saltador que no utilice la técnica ‘fosbury’ en una competición de salto de altura?

Si hablamos de la introducción de dispositivos tecnológicos se me ocurre un caso muy en la línea de lo que hablamos: hasta mediados del siglo XX, una de las habilidades que se exigía a un buen contable era la capacidad de realizar sumas de grandes columnas de cifras con rapidez y precisión.

Esta habilidad quedó superada cuando empezaron a utilizarse sumadoras mecánicas. Por cierto, muchos de estos contables de la ‘vieja escuela’ se resistían al uso del ‘artefacto mecánico’ argumentando que nunca serían tan precisos, e incluso tan rápidos, como un profesional concentrado y bien entrenado. Por supuesto a la vista está lo que sucedió. Preguntémonos ahora qué posibilidades de competir tendría uno de estos ‘hábiles sumadores’, no con una sumadora de manivela, sino con una hoja Excel. Y no es que los contables dejasen de ser necesarios con la aparición de nuevos recursos técnicos, sino que se requería de ellos nuevas habilidades, y por lo tanto nueva formación y entrenamiento.

Y este es el tema que quería plantear. Cuando hablamos de la incorporación de la innovación tecnológica no se trata de sustituir un instrumento (el libro de papel) por otro (el ordenador) que además consume energía. Lo que es realmente significativo no es leer una información en un folio, o leerla en una pantalla, sino que la incorporación de la innovación supone variar los criterios y la jerarquía del aprendizaje.

voy a tratar de explicar esto de una forma gráfica: Hay profesores que se quejan de que los alumnos no realizan los trabajos sobre las lecturas obligatorias. Cuando ‘mandamos’ realizar un trabajo sobre un libro (que normalmente incluye un resumen, una descripción de los personajes y un comentario perso- nal) el alumno se dirige a una de las páginas web de uso más común (por ejemplo ‘el rincón del vago’) y descarga un trabajo ya hecho que no se molesta ni en leer. Imprime este trabajo (que puede seleccionar entre distintas ofertas según la extensión exigida por el profesor) y lo entrega.

El profesor tendría que leer y evaluar un montón de folios que sus alumnos no han realizado. ¿No tendría más sentido, en lugar de quejarse, cambiar el modelo y criterio del trabajo? Se me ocurre que se podría

pedir al alumno que realizase una presentación, usando distintos materiales y que la defendiese directa- mente delante del grupo: ello supondría el uso de elementos de innovación tecnológica y desarrollo de habilidades que, al contrario de lo que sucede con muchas de las que ahora valoramos, sí les van a ser útiles y necesarias. aparte de que esa forma de trabajar resultará a los alumnos mucho más motivadora, más ‘conectada con su mundo’.

Desarrollo mi trabajo en una comunidad autónoma, Extremadura, que fue de las primeras en introducir los ordenadores en las aulas de los centros de secundaria. Incluso he oído que se la pone de ejemplo como ‘modelo de adaptación’ a los nuevos tiempos. Sin embargo, cabría hacernos una pregunta ¿se ha ido más allá de la mera presencia física de estos elementos de tecnología en las aulas? ¿se ha cambiado la forma y los criterios de la enseñanza? Yo creo que no. Por utilizar el mismo ejemplo de la calculadora, es como si dispusiésemos de una calculadora programable que permite hacer operaciones complejas de cálculo matemático, y la utilizásemos sólo para hacer sumas, porque es la única ‘tecla’ que conocemos, y siguiésemos utilizando las talas para calcular los logaritmos y, por supuesto, no incorporásemos ninguna operación compleja.

De hecho, se medía lo avanzado del sistema educativo extremeño en términos de ‘alumnos por ordena- dor’ y no de ‘alumnos que sabían utilizar el ordenador para incorporarlo a su proceso educativo’. Como expresó la (entonces) directora de Microsoft-España, Rosa María garcía (que luego fuese responsable de esta compañía para toda Europa y ahora lidera la estrategia de expansión de Siemens) “hay muchos ordenadores pero pocos contenidos para usarlos”.

En resumen, introducir la innovación tecnológica en el sistema educativo no consiste solamente en dotar a los centros de ordenadores y conexiones a la red, sino que es una revolución mucho más profunda en cuanto a la valoración y la jerarquía de lo que enseñamos, así como la forma de evaluarlo. De la evaluación hablaremos en el siguiente punto.

7. El sistema de evaluación debe ser una herramienta