8. Conclusion and Future research
8.4. Future research
El enfoque marxista tiene sus orígenes a mediados del siglo XIX. Surge como resultado de las obras de Karl Marx, cuya ética se apoya en la idea de que la humanidad se ha enajenado de su verdadera naturaleza y que esto puede ser superado. De acuerdo con él, un sistema productivo que degrada la labor humana en únicamente trabajo es un sistema de labor enajenado.
El método de Marx se basó en la concepción materialista de la historia, que afirma que la gente hace su propia vida en la actividad productiva. Esta actividad es el quehacer principal de la vida social y humana y en torno a ella se insertan otras preocupaciones más abstractas. De acuerdo con un resumen de Preston (1999) respecto a la obra “Los manuscritos económicos y filosóficos” de Marx, se habla en primer lugar de la enajenación del trabajo al convertirlo en rutina y especialización y negar la creatividad de quien trabaja. En segundo término, se menciona que la labor
no es voluntaria en la sociedad capitalista sino que es obligada. Finalmente, argumenta que los seres humanos son enajenados de su “ser como especie” ya que las relaciones sociales capitalistas degradan la creación humana colectiva del yo y la sociedad al reducir el mundo social a un vehículo para la satisfacción de carencias privadas.
La teoría marxista incluye la noción de clase que indica la existencia de grupos identificados por la posición ocupada en relación con los medios de producción. A partir de lo anterior, se identifican dos clases antagónicas existentes en la sociedad capitalista que son la burguesía y el proletariado. El proletariado es quien, como consecuencia de carecer de medios de producción, vende su fuerza de trabajo al precio del mercado. Su trabajo crea un excedente sobre sus necesidades de reposición que es el tiempo necesario para proporcionar las condiciones de existencia a quien trabaja (alimentos, vivienda, bienestar básico, etc.). El trabajo excedente constituye el plusvalor, base de la utilidad en el mercado, el cual es apropiado por quienes poseen los medios de producción. Para esta teoría la educación representa una manera de reproducir la conciencia de las y los trabajadores.
Para el sector agroalimentario en México, algunos conceptos derivados del marxismo, como la del proletariado, se ocuparon para analizar la estructura agraria del país. En el estudio de los mercados de trabajo rural, la teoría marxista fue acuñada en los estudios de Stavenhagen (1969), Pozas (1971) y Bartra (1974). El análisis se centró en la posesión de medios de producción y las relaciones laborales familiares o de mano de obra asalariada. Aunque dichas investigaciones centraban su análisis en la situación de clase del campesinado y las y los trabajadores agrícolas, sentaron las bases para el estudio de los mercados de trabajo agrícolas. Stavenhagen (1969) trata el tema de los jornaleros agrícolas en el ámbito nacional. Para este autor la posición de los jornaleros en la estructura de clases se explica por la propiedad de la tierra (posesión o no de la parcela) y los niveles de marginalidad que padece el campesinado, lo que determina su condición de clase y, por ende, la posición que este grupo guarda en el conjunto de las relaciones sociales de producción capitalista. Sin embargo, Stavenhagen no incluye al género en su
análisis, por lo que invisibilizó las condiciones específicas de las mujeres para acceder a propiedades y medios de producción. En 1971, Ricardo Pozas e Isabel Horcasitas definen al proletariado agrícola como el sector de los asalariados agrícolas que trabajan la tierra sin poseerla. En su categorización de proletariado agrícola hacen la distinción entre el semiproletariado, el subproletariado y el lumenproletariado.
Al abstraer teóricamente la situación de los mercados laborales agrícolas y la estructura de clases que la comprenden, se inician los estudios acerca del proletariado rural o de aquellas personas que careciendo de medios de producción como la tierra venden su fuerza de trabajo. Ejemplo de ello son los estudios de Grammont (1986) y Luisa Paré (1988).
Grammont (1986) señala que la transformación del campesinado pobre no conduce necesariamente a su proletarización absoluta, es decir, no se convierte forzosamente en proletariado agrícola o industrial. En los sistemas capitalistas latinoamericanos el fenómeno de la proletarización puede tomar varias formas, sin ser necesaria la proletarización absoluta del campesino pobre, lo que implica que no se encuentra en vías de desaparición. En este sentido, existe un acoplamiento o adaptación subordinada de la economía campesina al modelo de agricultura capitalista.
De acuerdo con Paré (1988), a mayor desarrollo capitalista de la agricultura, corresponde una mayor proporción de población sin tierra, parte de la cual está proletarizada. En función de su ingreso es posible identificar dos tipos de estratos de trabajadores asalariados, a saber, el de los semiproletariados y el de los proletariados. Aunque la aportación de Paré fue la de complejizar el análisis de las unidades de producción al adentrarse en la organización y constitución de la mano de obra, retomó el concepto marxista de proletariado, lo cual enfrascaba y ocultaba desigualdades al interior de dicha categoría como las especificidades genéricas y de edad. La incorporación de niños, niñas, mujeres y jóvenes fue invisibilizada al pasar por alto que en principio la gran mayoría de estos grupos poblacionales carece de medios productivos como la tierra, insumos o tecnología productiva y su acceso a los mismos es heterogéneo.
Posteriormente se comienzan a abordar los mercados de trabajo bajo enfoques específicos, como por ejemplo los estudios de caso de Antonieta Barrón respecto al empleo femenino en la agricultura.