nos y animales, que huyen indistin- tamente de su voz, como si se trata- ra de una plaga o una catástrofe na- tural; Esautomátix, el herrero, apro- vecha cualquier pretexto para dejar- lo inconsciente con un buen porra- zo, y no se muestra menos violento con Ordenalfabetix, el pescadero, que presume de vender género de primerísima calidad “importado” en carretas de bueyes desde Lutecia o Masillia. A veces, las discusiones entre el pescadero y el herrero des- encadenan una riña en la que inter- viene todo el pueblo. Edadepiédrix suele apuntarse a la trifulca, pese a sus noventa y tres años. Casado con la mujer más explosiva de la aldea, le enfurece que no le peguen por respeto a sus canas. A los galos les gusta murmurar, armar bronca y pe- lear. A pesar de todo, hay que que- rerlos, como dice el druida, pues son humanos y sus pequeñas mise- rias conviven con virtudes nada despreciables, como la amistad, el sentido del humor y el valor.
Obélix es sin duda el personaje más entrañable de la serie. De niño, era débil y tímido. Sus com- pañeros de escuela se burlaban de él, pero dejaron de hacerlo cuando se cayó en la marmita de la poción
mágica. Susceptible, sensible y enamoradizo, nunca se separa de Idéafix, un perrito blanco simpático y avispado. Obélix no es consciente de su fuerza descomunal y a veces arranca un árbol de una patada, provocando la consternación de Idéafix, que llora desconsolado, pues su sensibilidad ecológica no soporta que los humanos maltraten a la naturaleza. Al igual que el ca- pitán Haddock, Obélix posee un ca- rácter inestable. Se enfada muchísi- mo cuando alguien insinúa que de- bería adelgazar y puede ser tan ca- prichoso como un niño. Su frase fa- vorita es: “¡Están locos estos roma- nos!”, casi un mantra que le sirve para expresar su estupor ante lo que no entiende o le irrita. Obélix for- ma parte de esa espléndida gale- ría de secundarios que con sus flaquezas e imperfecciones tiñen la ficción de humanidad, dejando recuerdos inolvidables en los lecto- res, a veces abrumados por la exce- siva ejemplaridad del héroe princi- pal.
Cuando al cabo de los años volví a leer Astérix y los normandos, des- cubrí que la edad me había alejado de la épica, acercándome a la co- media. Sentí que Goscinny y Uder- zo habían prolongado el esfuerzo de Balzac en la Comedia Humana, retratando de forma indirecta la so- ciedad de su tiempo, con su grande- za y sus miserias, transitando con fluidez de la vida privada a la vida
pública, de las pequeñas anécdotas a los hechos destinados a permane- cer en la memoria colectiva. No se habían conformado con recrear las peculiaridades de la sociedad fran- cesa, jugando con el pasado y el presente. Además, se habían aden- trado con humor y agudeza en Gre- cia, Alemania, Reino Unido, Suiza, Bélgica, Córcega, España o Améri- ca, lo cual les había posibilitado ha- blar del milagro griego, el militaris- mo germánico, la flema británica, la pulcritud suiza, las patatas fritas belgas, el orgullo corso, el quijotis- mo ibérico y las exóticas costum- bres de los nativos del otro lado del Atlántico.
Los libros se parecen a los seres hu- manos. Cambian con los años, pero envejecen de otro modo. Algunas veces no superan la criba de las ge- neraciones posteriores, que los arrojan –con razón o injustamente– al olvido. No es el caso de las aven- turas de Astérix, el galo indomable, que aún sigue vivo y presente en la mente de varias generaciones de lectores. De niño, soñaba con internarme en el mundo del Capitán Trueno, usurpando a Crispín su pa- pel de pupilo. Ahora fantaseo con vivir en la “aldea de los locos”, dis- frutando de sus banquetes bajo la luz de la luna y sus bailes dionisía- cos hasta el amanecer. Eso sí, sin el bardo atado y amordazado, pues nunca me ha gustado que le cierren la boca a los artistas. R
Los libros se parecen
a los seres humanos.
Cambian con los
años, pero envejecen
de otro modo.
Algunas veces no
superan la criba de
las generaciones
posteriores, que los
arrojan –con razón o
injustamente– al
olvido.
Donde la prosa no llega…
Mis manos buscan unas manos
que tocar,
mis ojos unos ojos que mirar,
mis oídos palabras que
escuchar.
Encuentro presencia
inexistente.
Y me quedo en silencio,
acurrucada ante tanto vacío,
mi corazón queriendo ser
mirado.
Entonces llega ese aire
acariciante,
esa cálida brisa en primavera
invitando a mis miembros a
moverse,
a llenar de sonidos mi silencio,
a desplegar mi vida por la
tierra.
Y no sé si asustarme o
levantarme,
si mirar hacia dentro o hacia
fuera,
el suelo son arenas movedizas,
las piernas todavía me
flaquean.
Y Dios es una cosa diferente,
siempre una cosa diferente y
nueva.
Reviso aquello que ayer me
enseñaron,
aquello que creí,
aquello que esperé,
lo que deseo.
Y miro lo que es.
Y queda el desencanto.
Enfrente tengo la
ternura,
la gran ternura,
que aún no es suficiente
para cubrir tanta
carencia,
tanto esfuerzo
equivocado,
tanto cansancio inútil.
Y queda lo que es.
Siempre el deseo
y
“Lo que es”.
Por
Charo Rodríguez Fraile