V. CONCLUSION & FUTURE WORK
5.2 Future Work
Como se explicó anteriormente, la ruptura con la monarquía hispana alcanzó connotaciones insoslayables a partir de 1812, en que ya no era posible ocultar el afán emancipatorio.
El peligro que implicaba la restauración del orden imperial, con el consecuente riesgo de fracaso para la revolución, promovía la construcción de representaciones que apelaban a fortalecer rasgos memorativos que se remontaban a los tiempos de la conquista. Ellos complementan el proceso de construcción simbólica mediante expresiones discursivas en las que sus autores toman posición explícita respecto de un proceso revolucionario que no admitía enmascaramientos.
La conspiración de Alzaga en 1812, con el riesgo de la reposición de la “tiranía española”, es un ejemplo al que alude Beruti para señalar los peligros que amenazaban los proyectos de libertad que darían fin a trescientos años de dominación colonial.
Últimamente si hubieran logrado su maldita empresa, habrían concluido con esta gran capital, pues la envolvían en sangre, estos tigres del abismo; pero Dios que vela sobre el justo, atajó el golpe, haciendo que tres días antes de ejecutarse su inicuo y tiránico plan, se descubriera y el autor de él, Alzaga, con 14 hijos, lleno de caudal, y respetado, por sólo su ambición de mandar, perdiese como se ha visto la vida en un cadalso […] Aprendan los europeos a ser generosos y desinteresados, que si la suerte nos hubiera sido contraria, todos los bienes de los patricios los habrían confiscado […] y no ha sido otra cosa sino la ambición del oro, la que a ellos les mueve, pues su ídolo y Dios, que los domina es el dinero y por él es, por lo que han cometido tantas y tan grandes crueldades y tiranías inauditas, que cuenta la historia que han hecho desde su conquista en este nuevo mundo, en los 300 años que la han
dominado, y este mismo interés, es el que les mueve a no querer perder la prepotencia que tenían (Beruti, 1960, p. 3831).
El dominio español se advierte como “injusto” en tanto atacaba los derechos naturales. El 25 de mayo de 1814 el deán Gregorio Funes expuso sus impresiones sobre la revolución, en la Catedral de Buenos Aires, a través de una oración patriótica en la que enfatiza la importancia de la celebración de ese aniversario. La fecha se presenta como el día señalado que “debe celebrarse con magnificencia”, luego de tres siglos de “vergonzosa esclavitud” (Funes, 1856, Oración patriótica, p. 403). La celebración de 1814 se enmarca en un contexto de reposición de los monarcas europeos en sus respectivos tronos, luego del repliegue de Napoleón, a partir de las primeras derrotas sufridas por el ejército francés.
El deán Gregorio Funes también establece un anclaje genealógico que se remonta, diacrónicamente, a los siglos de dominación española en América. Describe un derrotero histórico en el que realza un tópico recurrente: América y los americanos. Revitaliza las nociones de “libertad”, “patria”, “ciudadano” y “pueblo”, asociados a la “equidad”, frente a categorías como “tiranía”, “opresor”, “enemigo”, “degradación”, “poder arbitrario”, “despotismo”. La “tiranía” de los reyes hispanos, calificados como “ambiciosos”, se extiende a la destrucción de los imperios azteca e incaico, “crimen contra las potestades de la América”, que se había presentado como “guerra justa”, cuando en realidad se trataba de una conquista ilegítima.
¿Qué derecho tuvieron los Reyes de España para atar al carro de su fortuna a los Moctezumas, y a los Incas y apoderarse de sus Imperios? La razón preside a todo orden social y es la que hace entrar en su apoyo a la religión: ella es el primer anillo de esa cadena, que ata a los hombres al trono de los reyes […] Pudieron lisonjearse los Reyes de España de tener a su favor este sagrado vínculo? Se le concedió acaso la conquista sobre algún príncipe agresor? Pero ¿cómo pudieron darse por ofendidos de quienes aún ignoraban su existencia? Donde no hay agravio no hay guerra justa y donde no hay guerra justa no hay conquista legítima (Funes, 1856, pp. 405-406).
Funes reconoce en la conquista el origen de los “males americanos”. Si bien rescata el “genio” de Colón como descubridor del “Nuevo Mundo”, más tarde, el navegante, se transformó en “instrumento” de los “reyes ambiciosos” y se abrió el camino a “insaciables conquistadores” que “devoraron” tierras y hombres. Funes desconoce la legitimidad de los reyes respecto de su acción sobre los dominios indígenas, así como su derecho a imponer un vínculo sagrado con la religión
cristiana. Argumenta su postura frente al desconocimiento que los indígenas tenían del dios católico, lo cual los inhabilitaba para agraviarlo. De este modo el deán compatibiliza su condición de clérigo y defensor de la difusión de la doctrina católica con su compromiso político a favor de la revolución.
El “amor a la patria” incluía la “venganza” contra la “tiranía”, ejercida por la corona española respecto de los “tronos americanos” y de “nosotros mismos” (Funes, 1856, p. 408). Frente al poder de los reyes sobre América, que pasó a considerarse como su “patrimonio exclusivo”, llegó el tiempo en que la “sabiduría eterna” dio un gobierno con “aire nacional”. Ese fue el momento fundante de la “santa revolución”, anclado en la “seguridad”, la “justicia”, la “libertad” y la “ley”. De este proceso América saldría vencedora y cargada con los “despojos” de los enemigos (Funes, 1856, p. 411). La condición de “santa” atribuida a la revolución, así como la “sabiduría eterna” que impregnaba al nuevo gobierno, resultan legitimadores discursivos de un movimiento de carácter continental que articulaba la política con la condición de católicos de los habitantes de América.
La “libertad”, la “igualdad” y el “derecho a la felicidad” de los hombres fueron interrumpidos con la “tiranía española”, que creó dos órdenes: el de patricios y el de europeos, uno de “infelices” y el otro de “afortunados”. Los conquistadores españoles forjaron las cadenas de los “americanos”. Estas escenas del mundo colonial se replicaban, según Funes, con la restauración monárquica de Fernando VII y su decisión de reconquistar los dominios coloniales, por lo cual se corría el riesgo de un “nuevo diluvio de sangre”, agravado por la disidencia de Montevideo, que podría ser superada con la unión de voluntades en nombre de la “patria” (Funes, 1856, pp. 414-418).
También la Gaceta, en enero de 1814, enfatizaba los estragos de la guerra, de la cual responsabiliza a los “verdugos peninsulares” y expone un juego de opuestos: por un lado la “dominación peninsular”, encarnada en la monarquía y en los “españoles crueles y feroces” y, por otro, los “patriotas”, la “libertad y el “orden”. El aniversario del 25 de mayo merecía ser enaltecido por constituir un hito en la “regeneración” que dio origen a una forma de dominación política opuesta al “trono antiguo de los opresores”. En consonancia con el discurso de Funes, la Gaceta otorga sentido a la guerra como respuesta irritante y de “venganza” frente a los “perversos españoles, que pretendían retomar el dominio colonial mediante la
difusión del terror y el espanto de sus armas” (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. IV, pp. 17, 41, 46, 49, 76, 81, 99).
La construcción genealógica que Funes expresa en la Oración Patriótica se continúa en el Manifiesto del Congreso Constituyente de 1819, firmado por el propio Funes e Ignacio Núñez, presidente y pro-secretario respectivamente. Si bien la diacronía del proceso revolucionario se había ampliado respecto de 1814 e incluía la declaración de independencia, la construcción memorativa retoma la referencia a los trescientos años de dominación previos al desenlace del 25 de mayo, que abrió la “trabajosa carrera de la virtud” (Funes, 1856, p. 423). La “resolución heroica” adoptada en 1810 había sido el primer paso de un proceso que tuvo continuidad con la reunión del congreso constituyente y con la declaración de la independencia en 1816, en medio de los avatares que la monarquía española y los disidentes impusieron para evitar los logros de la “emancipación”.
Esta resolución heroica causó una alarma general entre los déspotas subalternos, tanto más terribles en su opresión cuanto más vecinos a los oprimidos. Una larga servidumbre, dice un sabio, forma un deber de resignación y bajeza; besando entonces el hombre con respeto sus cadenas, tiembla examinar sus propias leyes (Funes, 1856, p. 424).
La enemiga era España, cuyo “rey ingrato” se oponía a la “nueva creación”, a la independencia y a la libertad luego de la “feliz metamorfosis” que impidió continuar unidos a la metrópoli (Funes, 1856, pp. 424-430). Luego de nueve años de revolución, se justificaba ampliamente el dictado de una Constitución que incluyera los principios del “orden social”. Este segmento discursivo introduce frases de auto- glorificación del ‘nosotros’, colectivo que integraba a quienes habían participado del proceso revolucionario, cuyos nombres y acciones debían constituir un legado para la “posteridad”.
Por lo que respecta a nosotros, no ambicionábamos otra gloria que la de merecer vuestras bendiciones: y que al leerla la posteridad diga llena de dulce emoción: Ved aquí la carta de nuestra libertad: estos son los nombres de los que la formaron, cuando aún no existíamos, y los que impidieron que, antes de saber que éramos hombres, supiésemos que éramos esclavos (Funes, 1856, pp. 443-444).
La necesidad de anclajes genealógicos y memorativos también se evidencia en las memorias de Tomás Guido (1788-1866) quien, en 1855, influenciado por el movimiento romántico de la Generación del ´37, redactó una reseña histórica en la
que destaca los episodios previos a la Revolución de Mayo, cuando él mismo participaba de las reuniones en casa de Vieytes, y el desarrollo de la misma. Guido pertenecía a una familia de comerciantes españoles radicados en Buenos Aires. Luchó durante las invasiones inglesas y fue nombrado secretario de Mariano Moreno durante su misión a Inglaterra en 1811. Formó parte de las tropas durante las libertadoras y fue incorporado como teniente en el ejército de San Martín. Ocupó diversos cargos durante los gobiernos de Rivadavia, Rosas y Urquiza. La reseña histórica fue redactada en Montevideo en 1855 y publicada en la revista “El Plata Científico y Literario”, que circulaba en Buenos Aires y Montevideo (Fradkin y Gelman, 2010, pp. 117-118).
Por un lado Guido subraya el enfrentamiento entre criollos y peninsulares, que se profundizaba en la medida que transcurrían los acontecimientos, pero que tenían un origen previo como resultado de “rivalidades locales” (Guido, 1960, p. 4312). La remoción del virrey Liniers y su reemplazo por Cisneros había sido uno de los episodios que Guido indica como manifestación de esas rivalidades, expresadas en el enfrentamiento entre las fuerzas que seguían al virrey depuesto y los peninsulares que agitaban su oposición a los franceses por ser los agresores de España.
El estallido de la revolución, producto de la acción de un conjunto de “patriotas”, merecía, según el memorialista, destacar los nombres de “los más insignes de aquellos varones fuertes”, “argentinos de feliz recordación”, a quienes el propio Guido fue presentado y recomendado.
[…] nombres para siempre venerables, que no escribe mi pluma jamás sin que mi memoria se ilumine a la luz de su gloria y sus recuerdos sin que mi corazón les tribute su homenaje más puro de reconocimiento, de admiración y de afecto (Guido, 1970, p. 4315).
La necesidad de construir una memoria histórica reivindicaba, en términos dicotómicos, la acción patriota frente a la opresión hispana. La población se encontraba “aletargada” por el “despotismo” de “tres centurias”. Por lo tanto era el gobierno revolucionario de la Primera Junta el que debía “descorrer el velo” y difundir, mediante el “espíritu de independencia”, los “derechos sociales y políticos ignorados para la mayoría de los colonos” (Guido, 1960, p. 4321).
Graben los argentinos en el corazón y en su memoria los preclaros nombres de los autores y fundadores de la independencia de la patria, y pase su
recuerdo imperecedero de generación en generación bajo las bendiciones de la república y del respeto que les tributa la historia (Guido, 1960, p. 4322). La intención memorialística incluía la transmisión intergeneracional, característica que los autores analizados explicitan en algún segmento de sus relatos. Son sus experiencias de vida, mediadas por los contextos de emergencia del presente desde el cual se emite el relato, las que se transmiten a las nuevas generaciones.
Como se indicó antes, la producción discursiva no puede soslayar el compromiso político de los autores. Los cantos y las odas patrióticas, las danzas, el teatro, las genealogías y los homenajes a figuras "heroicas", eran los pilares sobre los que se asienta la producción letrada íntimamente imbricada con las decisiones y prácticas políticas. Las composiciones poéticas y la prosa constituyen textos comprometidos con la dinámica revolucionaria, destinados a circular y difundirse entre los más variados sectores sociales de manera de fomentar una pedagogía cívica funcional a los objetivos de la independencia.
Este proyecto requería construir representaciones colectivas. El proceso está impregnado de simbolismos republicanos que, en algunos tramos, también referían a elementos identificatorios con el mundo indígena. De este modo, se gestaba un imaginario que hermanaba a los adherentes a la causa revolucionaria con quienes sufrieron en primera instancia el acoso español.
El menosprecio hacia lo hispano incluye una serie de componentes simbólicos explicitados en el lenguaje y se acompañaban de prácticas concretas discriminatorias y especialmente manifiestas en la guerra. Los triunfos patriotas habilitaban la subestimación de la organización militar realista, cuyos comandantes eran ridiculizados a favor de la auto-glorificación que también se extendía a quienes tenían un protagonismo político destacado.
El análisis inter-discursivo permite advertir que la producción letrada estimulaba la construcción de representaciones socioculturales de exclusión de la cultura hispana. La alusión a los anclajes históricos daba lugar al establecimiento de una progenie heroica que hundía sus raíces en el temprano mundo colonial y luego se resignificó con un sentido cívico patriótico. Esa construcción habilitaba la denigración de los elementos hispanos que pudieran atentar contra el proyecto de construcción ciudadana. Los anales se impregnan de un anti-hispanismo que ya no