VI. CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS
6.3 Future Work
Este subepígrafe emprende el estudio del testimonio como género literario. Para ello sigue los criterios de importantes autores. Estos se han dedicado a aspectos como la definición, las características, los rasgos fundamentales y las clasificaciones del mismo. Al finalizar se dan a conocer las características distintivas del testimonio literario, las cuales están presentes en la obra objeto de estudio.
Los estudios que encuentran en el testimonio la realización de un género literario no aparecen exentos de polémicas, tanto por su definición, rasgos, características y clasificación. Así lo corrobora Natalia Tobón cuando enuncia:
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[…] los textos testimoniales parecen escaparse de la conceptualización de literatos, antropólogos y sociólogos. No existe una definición consensuada sobre lo que es un texto testimonial ni sobre cuáles son los elementos que lo conforman. La imprecisión en la definición del testimonio incluye el considerarlos o no, textos literarios o sociológicos.127
Según la propia autora es fácil encontrar la causa de que así sea: «esta imprecisión es posible debido a la hibridez de los textos testimoniales; están en una constante transición entre polos opuestos: de la ficción a lo real, de lo literario a lo no literario, de la mediación a los relatos directos».128
En este mare magnum de diferentes posturas resulta pertinente que investigadores como Carlo Ginzburg, Jorge Eduardo Suárez Gómez, John Beverley y Mark Zimmerman, George Yúdice, Elzbieta Sklodowska y Natalia Tobón hayan intervenido con el objetivo de definir testimonio como género literario. En términos de Ginzburg, por ejemplo, se señala uno de los elementos más representativos del testimonio, su hibridez, al fusionar métodos del periodismo, la literatura, la sociología y la historia.
Sin embargo, será Jorge Eduardo Suárez Gómez quien ofrezca acertados y diáfanos criterios que explican la particularidad del testimonio literario y su proceso de creación. Para él, podría definirse la literatura testimonial como un género que «por medio de la literaturización de un hecho social previo, estructura una unidad discursiva híbrida y subordinada a los intereses ideológicos de sus productores».129 Según este autor, en esta definición general están presentes tanto «los hechos como sucedieron, y los elementos artísticos y subjetivos que reclama el enfoque tropológico».130
Hallados estos juicios, la presente investigación se afilia a ellos para comprender en qué consiste el testimonio literario y para clasificar la obra en estudio como tal. Sin desdecir lo anterior, se revisan otros textos en los que se analizan otros elementos peliagudos en torno al testimonio literario, entre ellos ocupa sobremanera la relación testimoniante-escritor o editor.
En la opinión de John Beverley y Mark Zimmerman al respecto subyace una definición de testimonio mucho más práctica:
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[…] una narración de extensión de novela o novela corta, contada en primera persona por un narrador que es también protagonista o testigo de los eventos que relata. La unidad de la narración es usualmente la vida o un episodio significativo […], por lo general la producción del testimonio involucra la grabación y/o transcripción y edición del recuento oral, por un interlocutor que es un periodista, escritor o activista social.131
Elzbieta Sklodowska, por su parte, se refiere a los dos sujetos activos en el proceso testimonial, el narrador y el editor, definiéndolos como: «formas que consisten en una transcripción por un gestor (editor) de un discurso oral de otro sujeto (narrador, interlocutor, protagonista) y que intentan incorporar el acto ilocutorio de testimoniar –con frecuencia reivindicador y denunciador– dentro de un molde mimético-realista».132 Sklodowska precisa que por realista entiende «un discurso que intenta ser correlato literario de la realidad, a la vez que tiende a un grado máximo de verosimilitud».133
La relación realidad-ficción, así como los fines del testimonio, también ha ocupado el interés de las definiciones. Así George Yúdice considera que es una narración auténtica hecha para denunciar una situación de explotación:
[…] una narración auténtica, contada por un testigo que es impulsado a narrar por la urgencia de una situación (guerra, opresión, revolución, etc.). Enfatizando en el discurso oral popular, el testigo describe su propia experiencia como el representante de una memoria e identidad colectiva. La verdad es invocada para denunciar una situación presente de explotación y opresión o para exorcizar y corregir la historia oficial.134
Mientras Werner Mackenbach pone a la vista que el testimonio quiebra la realidad y se instaura en la funcionalidad toda vez lo narrado llega al lector como producto de la edición de un texto construido:
[…] los testimonios traicionan la realidad, porque la manera de organizar, recortar y seleccionar el material, el montaje, la focalización sobre determinados sucesos, constituyen un relato que es [...] un modo de acercamiento, una versión de los
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hechos. Y ese modo unívoco de abordar lo real hace de la ficcionalidad un efecto del modo de narrar. Partiendo de que lo narrado en el testimonio no es un mero reflejo de lo real, sino producto de la organización, configuración y creación de un texto construido sobre acontecimientos históricos, determinado por las convicciones estéticas y políticas del autor.135
Con estos criterios se vislumbran las dos caras de la moneda: si bien el testimonio es una narración auténtica (George Yúdice) o un acontecimiento histórico (Werner Mackenbach) , el montaje del texto testimonial traiciona la realidad y constituye un relato que es una versión de los hechos, un producto de la creación. Es por eso que
Natalia Tobón lo define en términos más prácticos:
[…]aquella narración en primera persona de una experiencia contada oralmente por un protagonista, […]a una persona letrada, quien se encarga de transcribir y editar dicho discurso, buscando verosimilitud, fidelidad de la historia y calidad literaria y que se produce con intenciones de denunciar una situación u ofrecer una visión alternativa a la historia que es oficial y hegemónica.136
La visión de la autora se amplía hasta concebir ya no el testimonio, sino el proyecto testimonial, por lo que entiende:
[…] «proyecto testimonial» pues se desarrolla en tres niveles: una narración, una edición y una lectura. En el centro de ambos pactos está el testimonialista. Los testimoniantes son una parte fundamental en este proceso. Por último, se abre el espacio al lector, que es quien realiza el proyecto y acepta estos textos como le son presentados: como verdaderos.137
Si bien la presente investigación opera con el término más extendido, el de testimonio, y no el de proyecto testimonial, se afilia a los criterios de Natalia Tobón, ya que sin ser originales en sus esencias, aparecen explicados de una manera clara y precisa y ayudan a comprender la naturaleza del texto Reyita, sencillamente. Será este libro el resultado de los tres niveles antes mencionados: el de la narración de Reyita, el de la edición de Daisy Rubiera y el de la lectura de esta investigación, sin que sea posible discernir cada nivel como una parte sino tomándolo como un todo.
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La función de denuncia de una situación de explotación propia del testimonio según los criterios antes vistos coincide con el propósito del libro: el de revelar «el contexto en el cual se perpetuaban las discriminaciones hacia las mujeres cubanas afrodescendientes antes y después de la Revolución gracias al cual Daisy Rubiera expone la historia de Reyita como [una] vencedora de los obstáculos históricos, sociales, políticos y personales».138
El cumplimiento cabal del testimonio en la obra objeto de estudio se evidencia cuando en este sentido Rubiera reconoce su elaboración como autora del texto escrito que tuvo una génesis en la oralidad, y además declara su intencionalidad con la realización de este proyecto:
En la elaboración de este libro las mayores dificultades estuvieron en el traslado de la narrativa oral a la escritura. En la organizar en temas la esencia de la vida narrada para darle significado histórico y literario a esa memoria sin que perdiera los códigos […].139
Por otro lado, el testimonio literario, extendido su uso, se asocia con una serie de prácticas diversas, lo que hace que la crítica considere la existencia de tipos de testimonio literario:
Beverley y Zimmerman, que establecen una división entre testimonio y neotestimonio aunque en muchas obras se mezclan elementos de ambos. Otros autores como Elzbieta Sklodowska dividen en testimonio no mediato (autobiografías, memorias, diarios, entre otros) o testimonio mediato, donde se encuentran los testimonios novelizados (que son el testimonio noticiero y el testimonio etnográfico y/o socio-histórico) y las novelas testimoniales, (que son la novela testimonial y la novela pseudotestimonial).140
Obligada es la mención a Miguel Barnet en este aspecto, puesto que es uno de los autores que se ha dedicado al estudio de la novela testimonio como un subgénero del testimonio literario. La misma es una imbricación entre la novela y el testimonio, lo que le ha ocasionado muchas controversias en cuanto a su definición. Ha sido Barnet quien ha delimitado sus rasgos básicos en su artículo «La novela testimonio: socio-literatura», entre los que se encuentran: «el desentrañamiento de la realidad, la supresión del yo, la contribución al conocimiento de la realidad, la sagrada misión que tiene su gestor el de revelar la otra cara de la medalla y el lenguaje como punto más delicado apoyado en la
43 lengua hablada decantada […]».141
Si bien se ha incluido esta subdivisión del testimonio literario en tipologías más puntuales, es necesario esclarecer que se hace como parte de la revisión teórica, ya que la presente investigación no pretende, porque no le es indispensable para su análisis, subclasificar la obra en estudio de acuerdo con las variantes antes vistas. Finalmente no debe dejar de mencionarse el importante valor que ofrece la crítica al testimonio literario en Latinoamérica: según Eduardo Becerra «la irrupción y el auge de la escritura-testimonio podría haberse considerado como otro capítulo, más o menos significativo, en la historia literaria de Hispanoamérica».142 En el libro El cambio en la noción de literatura (1978) de Carlos Rincón, «se reitera el papel transgresor del género testimonial y se subraya su importancia como espacio textual que invita al replanteamiento de la tradición latinoamericana y que al tiempo evidencia la necesidad de un cambio de paradigma en los análisis literario».
Es por ello que investigadores como Miguel Barnet, Werner Mackenbach, Victoria García, Eugenia Houvenaghek, Amar Sánchez y Magda Zavala, han llegado a teorizar las características del género testimonio literario latinoamericano con el objetivo de la búsqueda de aquellos elementos que los une como creación artística literaria, es decir de una literatura de fundación: «literatura que busca en esencia encarnar de modo fiel el mundo de América Latina, sus complejas realidades, en cuanto sea posible despojada de prejuicios europeizantes».143 Este afán revelador y crítico del testimonio latinoamericano se revela en Reyita, sencillamente, en su denuncia de la violencia hacia la mujer negra y en la presentación de un personaje emancipado de la sociedad que la minusvalora.
Acorde con lo analizado hasta el momento se puede esclarecer que en el testimonio literario el testimoniante, que hace las veces de narrador y protagonista de la historia, es el que relata los eventos de forma oral a través de su propia experiencia en su condición de representante de una memoria e identidad colectiva; y el testimonialista, con su función de editor o escritor, es el encargado de escribir y producir el testimonio a través de la transcripción y edición de dicho relato, sin perder de vista la verosimilitud y con la intención de denunciar situaciones de opresión y de ofrecer una visión alternativa a la historia oficial y hegemónica. Estas ideas se ven reflejadas en Reyita, sencillamente. Testimonio de una negra cubana nonagenaria, obra que parte de la realidad de una
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testimoniante, Reyita, y que se recrea con la escritura fiel de Daisy Rubiera; hasta crear, en cumplimiento de lo sostenido por la bibliografía revisada, una cadena de mediación entre lo que pasó, lo que contó el narrador y lo que escribe el editor.