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Future Work

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8.1 Future Work

El edificio fue inaugurado oficialmente durante la Semana Universitaria, el viernes 7 de octubre de 1960, pues el día clásico de la Universidad ese año resultó ser un domingo. Era rector de la Universidad el Doctor Iván Correa Arango54 y director del Liceo Antioqueño el profesor Delio Fernández O.11

El acto inicial fue la bendición de la nueva sede, en eucaristía presidida por el señor arzobispo de Medellín, Monseñor Tulio Botero Salazar, celebrada en la capilla-oratorio61. La siguiente es la nota

de prensa del periódico El Colombiano:

Con motivo de las jornadas universitarias de la Universidad de Antioquia, fueron bendecidas ayer las instalaciones del Liceo Antioqueño, donde se forman varios centenares de bachilleres que mañana ingresarán a las facultades del Alma Mater. A la izquierda, monseñor Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín, en los momentos de bendecir el moderno edificio. A la derecha [abajo], un aspecto de la concurrencia a las ceremonias religiosas oficiadas con tal motivo. (Foto EL COLOMBIANO. Betancur) 61.

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De Liceo a Ciudadela Universitaria. Historia de la sede de Robledo de la Universidad de Antioquia

Panorámica del amplio y moderno edificio donde funciona el Liceo Antioqueño, situado en la fracción de Robledo, el cual fue bendecido ayer por el excelentísimo señor arzobispo de Medellín. (Foto EL COLOMBIANO. Betancur) 61.

Como parte del acto de inauguración se realizó la siembra de dieciocho árboles que simbolizaban cada una de las secciones académicas de la Universidad de Antioquia, acompañada de un emotivo discurso a cargo de Don Hernando Elejalde Toro. Estas fueron sus palabras72:

Excelentísimo Señor Arzobispo, Señor Rector,

Señor Representante del Ministerio de Educación, Señores Profesores,

Señores Estudiantes:

Mientras arde la llama olímpica de la Inteligencia, traída del viejo hogar a esta nueva casa, nueva y espaciosa, vengo a proponer diez minutos de consciencia a quienes han vivido cultivándola por años de esfuerzo y de fatiga.

A quienes como ustedes, jóvenes universitarios, apacientan sus anhelos en las ciencias del espíritu, en las ciencias matemáticas y en las ciencias naturales, es decir, en la ciencia, ese viejo sueño de la humanidad.

A quienes orienta, lumbre inextinguible, la Verdad Suprema, la Belleza Suprema y el Bien supremo, en el vibrante piélago armonioso de las plantas, los animales y los astros, y más que eso, en las constelaciones de la mente, de los afectos y de la voluntad. Les hablo en este ameno retiro de alegría, hecho para nosotros por el Alma Mater de la Raza, la invicta en fecundidad, la invicta en nobleza, la invicta en magnanimidad, la invicta en sabiduría y en esperanzas.

Y el tema, tan sencillo como trascendental, son estos arbolitos que ahora mismo plantan piadosas manos de reinas delicadas y manos de varones aguerridos, para recuerdo constante de este acto inaugural.

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Estos árboles, señores, son nuestro hermanos, condensación de tiempo en instantes, albúminas en portentosos edificios, obras del mismo Artífice.

Son árboles que dan flores, y por tanto príncipes, en que se miran con orgullo las algas humildes, los modestos musgos, los tímidos helechos, los pinos envidiosos y hasta los hongos ahilados y las minúsculas bacterias. En el arcano de sus simientas, a veces impalpables, guardan los anales de su estirpe desde que sólo era células separadas e invisibles.

Nosotros, en cambio, somos animales con espíritu, broche final de la Creación, a quienes sirven las sanas yerbas, los pobres invertebrados, los ágiles peces, los húmedos anfibios, las aves altaneras, los curiosos mamíferos y las rocas inertes. Y en nuestro espíritu átomo de eternidad, llevamos impresa la imagen del Omnipotente y apremiante el afán de volvernos a Él.

Esos árboles, señores, y su séquito de verdes paraninfos, por insignificantes que parezcan, en el mágico laboratorio de sus hojas, son los que convierten la luz solar en pasto de los animales hambrientos, son los que producen el oxígeno que mantiene el calor de la existencia. Con sus raíces, fijan los terrenos y sacan, hora tras hora, la lluvia que nos libra del desierto y de la muerte; con sus troncos dan la madera primordial de la industria, que jamás podrán reemplazar el hierro ni el oro; con su amable figura enaltecen la belleza del paisaje; y aún con sus cadáveres atesoran la energía en millonarios cúmulos de hulla y abonan el advenimiento de sus hijos en el humus fertilizante y negro.

Al mismo tiempo nosotros, con nuestros antepasados salvajes, con nuestros antepasados bárbaros, con nuestros antepasados cultos, montados, por decirlo así, sobre los vegetales y las bestias, montados ya sobre la biosfera que barniza el globito

terrestre, enano de las estrellas innumerables… nosotros constituimos el mundo ’nico

hasta ahora de la noosfera, o del pensamiento. Por el pensamiento revivimos lo pasado y lo futuro; por el pensamiento, transformamos la tierra y la unimos con la luna y tal vez con lejanos planetas; por el pensamiento, otra luz nos sostiene, otro fuego os reanima, otra lluvia nos refresca y otro horizonte contemplamos; por el pensamiento, nuestros hijos engendramos y a especie más excelsa pertenecemos.

Hay árboles, como los gigantes de California, que con más de cinco mil años cuentan la edad de la civilización, y hay hombres como Confucio, el padre de la más anciana de las civilizaciones; hay árboles como el de Guernica debajo el cual se congregaba la Raza de la Libertad, y hay hombres como Bolívar, retoño de esta Raza, que mereció, él sólo, el título insuperable de Libertador; hay árboles, como el canelo de Mutis, que daba descanso a aquel sabio, y hay hombres como Alejandro de Humboldt, que vino a América por Mutis, y que mereció el dictado envidiable de Descubridor intelectual de América; hay árboles, como la ceiba del Junín, que creció con nuestra hermosa ciudad, y hay hombres como Epifanio Mejía, ilustre cantor de esa ceiba y autor del Canto del Antioqueño, que es nuestro himno a la Libertad.

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También hay familias vegetales considerablemente benéficas, las gramináceas, las compositáceas, y las orquideáceas, de igual modo que, lo más granado de nuestra progenie, ha habido filósofos como Platón, Vico y Ortega; sabios, como Euclides, Descartes y Einstein; santos como San Francisco, Spinoza y Gandhi; artistas como el Cromagnon de las cavernas, como Miguel Ángel y Beethoven; y poetas como el del Romancero, como Shakespeare y Cervantes. Hay también familias vegetales mortalmente ponzoñosas, las ranunculáceas, las liliáceas y las solanáceas, de igual modo que, lo más ruin y detestable del Universo, hay violadores, ladrones, asesinos y falsarios.

Mas estas ceibas africanas, estos algarrobos europeos y estos eucaliptos australianos no son históricos todavía, ni son buenos, ni son malos. Son, modestamente, dieciocho árboles simbólicos de nuestros empeños universitarios.

Allí crecerán, menores, pero limpios y promisorios, como los jóvenes que apenas llegan a la Universidad, los seis árboles del Liceo, el del Instituto Nocturno de Bachillerato y el del Instituto Técnico de Comercio.

Allá, mayores y vigorosos, emblemas de la lucha por la salud y el bienestar, los respectivos árboles de las Facultades de Medicina y de Odontología y, muy cercanos, con finezas maternales, los de las Escuelas de Enfermería y de Auxiliares de Enfermería. En ese otro lugar, se levantarán los de las Facultades de Ingeniería Química, de Química Farmacéutica, y de Ciencias Económicas, con sus congéneres transformando como magnos el agua, el aire y la luz en vestido, alimentos y remedios.

Allí surgirá el de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, con hojas como libros, y con tantas como estudiantes e investigadores.

En el centro de este bosque de la cultura antioqueña, se erguirán, el árbol de la Facultad de Derecho, como la espada de la Justicia, y el de la Facultad de Ciencias de la Educación, como el cielo de las ideas, para cobijarnos bondadosos con follaje espléndido y altivo.

Que nada los detenga en su crecimiento hacia arriba, que nadie tronche sus preñadas y prolíferas yemas, que todos los abonemos con cariño generoso.

Los regaremos con manantiales y aguaceros, pero también, si es necesario, los regaremos con el sudor de nuestras frentes, con las lágrimas de nuestro corazón y con la sangre de nuestras venas, porque desde hoy hemos cifrado en ellos a la Universidad de Antioquia, madre nuestra y de la Raza.

La nueva sede, ahora en un sitio campestre, con nuevos y modernos locales, apropiado para las labores intelectuales y deportivas, tenía en sus instalaciones11:

Pabellón A, 10 aulas para el Primer Año

Pabellón B, 8 aulas y salón de botánica, para Segundo Año Pabellón C, 14 aulas, para Tercero y Cuarto Años

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Pabellón D, 10 aulas para Quinto y Sexto Años

Pabellón E, para la Administración, el servicio médico, odontológico y enfermería Pabellón G, amplio patio cubierto

Pabellón H, para la cafetería, dotada con modernas instalaciones importadas de Alemania En la foto, Gilberto Pizano Arroyave,encargado del nuevo

Laboratorio de Física probando los equipos también importados de Alemania.

Todos los pabellones contaban con servicios sanitarios y salas para el aseo y estaban unidos por pasarelas.

Cada pabellón tenía al frente un amplio patio. En el patio del pabellón A se hacían los actos públicos para todo el Liceo; allí se construyó en 1963 el monumento a la bandera y el estanque. En la parte inferior izquierda de la panorámica de 1960 se observa una pista con foso para salto y una para lanzamiento.

El costo de lo construido hasta 1960 ascendía a más de cuatro millones de pesos, faltando aún por construir el pabellón F, entre los pabellones E y G, edificio central de tres plantas destinado a la capilla, la biblioteca, el museo

de biología y la sala de música. Faltaba también el auditorio, el gimnasio, la piscina y los campos de deporte11.

El uso de los espacios fue cambiando con el tiempo, con adaptaciones según las necesidades y el criterio de las autoridades del Liceo.

Denominación de espacios en la época del Liceo. Entre el pabellón E y G se ubicaría el pabellón F, edificio central del Liceo. Panorámica de 196031

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