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Ese sexo (femenino) envenenó a nuestro primer padre, decapitó a Juan Bautista y llevó a la muerte al valiente Sansón. ¡Ay de ese sexo, en el que no hay temor, ni bondad, ni amistad, y al que hay que temer más cuando se le ama que cuando se le odia!

GEOFFROYDE VENDÓME

Los que insultan a las mujeres por envidia son hombres indignos que, habiendo conocido a muchas mujeres de mayor inteligencia y de más noble conducta que la suya, sienten hacia ellas amargura y rencor.

CRISTINADE PISAN

Desprecios, insultos, vejaciones, amenazas... Como tantas otras mujeres que se atrevieron a rebelarse contra la situación de exclusión, silencio y dominio masculino a la que se veían sometidas, Cristina de Pisan atravesó a lo largo de su vida por momentos muy duros. Sin embargo, el sentido de las muchas injusticias que se cometían contra ella y contra el sexo femenino en general le dio fuerzas para convertirse en una mujer excepcional, que llegó a ocupar un lugar destacado en la historia: poeta, historiadora y tratadista de asuntos morales y políticos, fue la primera escritora que logró ganarse la vida con sus libros y una de las primeras en alzar fuertemente su voz a favor de sus congéneres y entregarse con valentía a su defensa.

Aunque siempre se sintió francesa de corazón y francesa fue la lengua en la que escribió, Cristina había nacido en Venecia en 1364. Pertenecía a una familia de gentes muy cultas y bien relacionadas con el poder: su padre, Tomás de Pisan —o Pizan—, era un destacado médico y astrólogo, cuyos cuidados se disputaban algunos de los príncipes más importantes de la época. Ahora puede resultarnos extraña esa mezcla de ciencia médica y superstición, pero en aquella época era sin embargo algo normal. La astrología gozaba entonces de gran prestigio; se consideraba

que las posiciones de los planetas y sus movimientos influían de manera determinante en las personas, y no sólo en lo referente a su carácter o su estado de ánimo, sino también en todo lo que tenía relación con su organismo, sus enfermedades y los remedios que se debían aplicar para curarlas. De hecho, las cátedras de Astrología, así como las de Matemáticas y Geometría, necesarias para poder hacer los cálculos astrológicos, formaban parte habitualmente de las facultades de Medicina8.

Al llegar a la madurez, Tomás de Pisan siguió la costumbre habitual durante siglos en una sociedad muy poco dada a la movilidad, la de contraer matrimonio dentro del propio nivel social e incluso en el seno de una misma actividad profesional: su esposa era la hija de otro afamado médico. De aquel matrimonio nacieron, además de Cristina, dos hijos varones. Hacia 1365 —cuando la niña tenía alrededor de un año—, el astrólogo fue llamado a Francia por Carlos V, conocido como el Prudente, un monarca cuyo reinado, entre 1364 y 1380, marcó un breve período de calma en un siglo lleno de guerras y de catástrofes. Tan sólo unos años antes, en 1348, la terrible Peste Negra había provocado que Europa perdiera casi la mitad de sus habitantes, que quedaron reducidos por aquel entonces a cincuenta millones. Carlos el Prudente era un hombre culto y sensible, al que le gustaba rodearse de sabios y que disponía de una extraordinaria biblioteca —origen de la actual Biblioteca Nacional de París—, llena de ricos manuscritos. A Tomás de Pisan le demostró su aprecio colmándolo de dinero, propiedades y honores y, cuando en 1368, su esposa, su hija Cristina y sus dos hijos varones llegaron desde Venecia para instalarse junto a él en París, el propio rey les dio la bienvenida en su recién restaurado palacio del Louvre. Las puertas de la corte permanecieron siempre abiertas para la pequeña Cristina, llenando luego sus recuerdos de nostalgia e idealización, como si hubiera vivido entonces en un mundo mágicamente delicioso. Años más tarde, describía de esta manera el lujo y la belleza en el que vivía su admirado Carlos V: « […] los nobles tapices de oro y de seda trabajados en gran lizo que cubrían las paredes de las ricas habitaciones, de terciopelo bordado con grandes perlas, con oro y seda […] los pabellones y doseles de aquellos altos palios y aquellos tronos cubiertos, las vajillas de oro y plata de la mejor calidad con las que se servían las mesas, los grandes trincheros sobre los que descansaban jarras de oro, copas y cálices y demás vajillas de oro con piedras preciosas, las hermosas fuentes, los vinos, las carnes deliciosas servidas con largueza […]».

Su infancia fue, desde luego, excepcional. No sólo estuvo rodeada de bienestar, sino también de afecto. Según ella misma recuerda en sus textos, fue una criatura feliz, mimada y bien atendida por sus padres: «Fui como niña bautizada / y bien alimentada y querida / por mi madre, / quien tanto me amó, / que me crió a sus pechos». Es significativo cómo en esos versos Cristina subraya el hecho realmente especial de que su propia madre le diera de mamar: ésa era desde luego una costumbre muy poco habitual entre las damas de su posición, que solían entregar a los hijos

8 La primera cátedra en España de estas materias fue la de Astrología y Matemáticas de la Universidad de Salamanca, creada alrededor de 1460

para que fuesen criados por nodrizas. En la familias más ricas, el ama de cría podía vivir en la casa, pero era bastante frecuente que los recién nacidos, sobre todo las niñas, fuesen enviados al campo para ser amamantados por campesinas con las que solían permanecer, en caso de sobrevivir hasta cumplir los dos o tres años. Esta costumbre sólo desapareció a partir del siglo XVIII, cuando Rousseau y sus seguidores difundieron entre las clases cultas los conceptos de un nuevo sentimentalismo familiar; a partir de entonces se extendió la idea de los beneficios de la lactancia materna, comenzó a darse mucha más importancia al trato íntimo con los hijos, y la infancia empezó a ser reconocida como una etapa fundamental de la vida, en la que el cariño y la protección de los progenitores eran esenciales para el desarrollo de los individuos. Hasta ese momento, el hábito de dejar a los bebés a cargo de las nodrizas contribuía a los altos índices de natalidad de las élites, mucho más elevados que los que se daban entre las clases bajas: las mujeres humildes solían utilizar el período de lactancia para evitar nuevos embarazos, pues se creía que la leche materna se corrompía con el acto sexual y podía, por lo tanto, provocar la muerte del bebé. Las patricias, en cambio, se veían obligadas a asegurar el futuro de la dinastía del marido trayendo al mundo hijo tras hijo. Era frecuente que tuviesen una gestación cada año o cada año y medio durante su vida fértil. Cumplían así al pie de la letra con los preceptos de los moralistas cristianos, muchos de los cuales consideraban que la principal razón de la existencia de las mujeres sobre la tierra era su papel de vientres portadores de nuevas vidas. En el siglo XIII santo Tomás de Aquino lo enunciaba de esta manera: «Tal y como dicen las escrituras, fue necesario crear a la hembra como compañera del hombre; pero como compañera en la única tarea de la procreación, ya que para el resto, el hombre encontrará ayudantes más válidos en otros hombres, y a ella sólo la necesita para ayudarle en la procreación». Trescientos años más tarde, Lutero sería aún más brutal: «Aunque se agoten y se mueran de tanto parir, no importa, que se mueran de parir, para eso existen».

Y así ocurría, en efecto, que morían de parir, pues la muerte a causa de las complicaciones del embarazo, los abortos, el parto o el posparto era algo habitual. Por lo tanto, es lógico que para infinidad de mujeres, la procreación no fuera un momento placentero —como suele serlo ahora para las mujeres del primer mundo—, sino algo peligroso que provocaba en muchas de ellas un miedo terrible. A esos temores había que añadir, además, la preocupación por la supervivencia de los hijos: se ha calculado que a lo largo de los siglos que van desde la Edad Media hasta el XIX, la mortalidad infantil en Europa oscilaba, según las épocas y las regiones, entre el 50 y el 80%. En el mejor de los casos, pues, sólo uno de cada dos niños llegaba a alcanzar la edad adulta. Atravesar el embarazo, el parto y la infancia de los hijos era a menudo un camino de profundo sufrimiento y angustia.

En sus recuerdos posteriores, Cristina de Pisan tan sólo confesaba haber vivido un conflicto durante aquellos años felices de su niñez: la tensión entre su temprana pasión por el conocimiento, heredada de su padre, y el empeño maternal en convertirla en una mujer virtuosa al uso,

es decir, preparada para ejercer como esposa y madre, lejos de cualquier peligrosa tentación intelectual. Siguiendo a los pedagogos de la época, una niña del nivel social de Cristina debía ser someramente instruida, con el único y claro objetivo de poder responsabilizarse de sus deberes religiosos, maritales y domésticos. Un tratado francés para las esposas publicado en el mismo siglo en que ella vivió, Le Ménagier de Paris, llegaba incluso a especificar que las damas podían leer pero sólo aquellas cosas «escritas de puño y letra de su marido…, y ésas han de leerlas ellas solas, y para las otras pidan compañía y mándenlas leer a otros delante de ellas; y digan a menudo que no saben muy bien leer otra letra y escritura sino la de su marido. Y ello les sirve de buena doctrina y de muy grande bien, para evitar incluso las murmuraciones y sospechas». Le Ménagier de

Paris, que conoció un gran éxito a lo largo de varios siglos, había sido

escrito por un marido de avanzada edad para su joven esposa de quince años. En él se proponía como modelo de mujer a Griselda, un personaje de los cuentos populares, una muchacha de extracción humilde casada con un noble, sin más dote que la promesa de su obediencia, sometida por el esposo a pruebas que resultan ser verdaderas torturas y de las que ella, por supuesto, sale victoriosa gracias a su absoluta sumisión.

No sabemos si Cristina estudió en casa —con su propio padre o a cargo de algún preceptor— o si asistió a alguna escuela monacal para hijas de la nobleza o incluso a alguna de las escuelas laicas que existían en las ciudades más importantes, regidas por maestras. Pero cabe suponer que el papel de su padre en su esmerada instrucción debió de ser importante.

No era desde luego habitual que una mujer llegara a profundizar tanto en el conocimiento como ella hizo: las privilegiadas, las que tenían acceso a la educación, siempre una minoría, tan sólo aprendían a leer, pues incluso escribir solía considerarse algo peligroso; se les enseñaba también, por supuesto, la inevitable religión y los cuidados de la casa, en particular costura y tejido. Evidentemente, dado el nivel económico de esas niñas, casi ninguna de ellas tendría que ocuparse de las tareas domésticas, que recaerían en los criados o en los esclavos. Pero sí se les exigiría que vigilasen los trabajos de la servidumbre; y, si el futuro marido tenía la suficiente confianza en ellas, podría incluso llegar a permitirles participar en la administración de la casa, convirtiéndolas en depositarias de las llaves de la despensa, una auténtica caja fuerte en cualquier vivienda acomodada de la época, allí donde se almacenaban los granos, alimentos, condimentos y bebidas que serían imprescindibles en las estaciones frías o, aún más importante, en los frecuentes momentos de sequías y malas cosechas.

Además de la vigilancia de los criados y, en el mejor de los casos, el control de la despensa, la ocupación fundamental de las damas tenía que ver con todo lo relacionado con el tejido, ocupación que compartían con sus congéneres de las clases menos afortunadas: hilar, tejer, bordar o coser han sido en efecto durante siglos y siglos actividades típicamente femeninas. Las mujeres han vivido a lo largo de la historia rodeadas de husos, ruecas, telares, hilos, cintas, tejidos, agujas y alfileres, elaborando con sus manos todo un mundo de piezas útiles o suntuarias, modestas

telas de estambre para las ropas más humildes, pobres trajes remendados una y otra vez, suaves linos bordados para sus ajuares, ricas tapicerías de hilos de seda con las que cubrir ventanas y paredes y alejar los fríos, mantos de terciopelo y oro para adornar con devoción las imágenes sagradas... Espacios femeninos, salas, habitaciones o patios donde las mujeres han permanecido horas y horas inclinadas sobre sus labores, a solas consigo mismas o en compañía de amigas y familiares, charlando, riéndose, cantando, burlándose quizás a veces un poco de los hombres, contándose historias de hadas y demonios, creando un lenguaje propio de imágenes, colores y símbolos que apenas ha sido considerado más que el resultado de un puro entretenimiento, de una obligación doméstica o incluso moral, pues, como proclamaban los tratadistas, semejante tarea las mantenía alejadas de la peligrosa ociosidad, madre de tantas tentaciones.

Pero en muchos casos, los trabajos textiles no eran sólo una simple distracción o una parte de las tareas domésticas: para numerosas mujeres constituían una verdadera profesión con la que se ganaban dignamente la vida. A decir verdad, la idea de que el sexo femenino no ha trabajado nunca pertenece a una falsa mitología en torno a nuestra condición creada a lo largo del siglo XX. Por supuesto que las nobles, las damas ricas y las hijas de la burguesía acomodada permanecían alejadas de cualquier actividad que generase dinero y, por lo tanto, conllevase una vida pública y la posibilidad de acceder a la independencia. Pero ellas eran sólo una minoría. En el resto de las clases sociales, las mujeres han trabajado siempre, participando intensamente en la economía familiar, con la responsabilidad siempre añadida del hogar y de los hijos. Si comenzamos observando los niveles más bajos, los del campesinado, podemos comprobar que la actividad femenina era exactamente igual que la de los hombres; de hecho, en muchos de los latifundios de Europa, a los colonos casados se les atribuía el doble de tierra que a los solteros, lo cual demuestra que los brazos de una mujer valían lo mismo que los de su marido. El testimonio de una joven criada de la Inglaterra rural del siglo XIV pone de relieve la cantidad de responsabilidades que podían recaer sobre una chica del campo: «Tengo que aprender a hilar, rastrillar, cardar, tejer, limpiar los conejos, elaborar bebidas, hornear, hacer malta, cosechar, amontonar gavillas, quitar las malas hierbas, ordeñar, alimentar a los cerdos y limpiar sus pocilgas. En la casa tengo que hacer las camas, barrer, fregar y, en la cocina, limpiar los cacharros, lavar los platos, recoger la leña y encender el fuego, hervir la leche, limpiar el fogón y engrasar los moldes, hacer el queso y ocuparme de que todo esté en orden».

Sin duda alguna, la agitada vida de esa criada no era nada excepcional. La servidumbre ha sido —y aún sigue siendo— uno de los sectores en los que millones de mujeres han trabajado desde tiempos inmemoriales, y lo han hecho a menudo durante horas y horas, sin apenas descanso, gozando de poquísimos derechos y muy mal retribuidas. Creo que no es exagerado afirmar que muchas de las mujeres que a lo largo de la historia han disfrutado y disfrutan de su propio tiempo lo han hecho a costa de explotar a otras mujeres. Normalmente, y hasta bien entrado el

siglo XX, las niñas de las familias pobres eran enviadas a servir entre los ocho y los doce años. Su salario, cuando existía, era siempre menor que el de los hombres que se ocupaban de tareas similares, y no se les solía entregar hasta que salían de la casa para casarse. Ese sueldo acumulado constituía, por lo tanto, la dote que las jóvenes sirvientas aportaban al matrimonio. Pero muchos amos sin escrúpulos —o, aún peor, muchas amas— echaban a menudo a sus criadas sin pagarles nada. Esas mujeres abandonadas y desprotegidas terminaban en las calles, dedicadas a la prostitución de baja estofa o malviviendo de la mendicidad, aunque quizá sería más justo decir malmuriendo.

Aún peor que la situación de la servidumbre era, por supuesto, la de los esclavos, una vergonzante realidad durante largos siglos en Europa, y en particular en España. Heredada del mundo antiguo, la esclavitud fue legitimada por la Iglesia cristiana, aunque con ciertos matices: si griegos y romanos consideraban aceptable esclavizar a los vencidos en las guerras, fuera cual fuese su origen, la Iglesia prohibía esta costumbre cuando se tratase de fieles cristianos. A lo largo de la Edad Media, la mayor parte de los esclavos utilizados en los países europeos procedían de las tribus eslavas, aún no convertidas a la fe de Cristo. De hecho, la propia palabra esclavo, sclavus, nace en el latín medieval como una deformación de

siavus. En la península Ibérica, la esclavitud se nutrió especialmente de

musulmanes y norteafricanos, cuyo tráfico contribuyó a partir del siglo IX al desarrollo del comercio en los puertos del Mediterráneo, particularmente en Barcelona.

Pero desde finales de la Edad Media, los esclavos desaparecían de la mayor parte de Europa, pasando a convertirse en un «capricho» que muy pocos se atrevían a exhibir. Sólo en las tierras de la península Ibérica siguieron siendo habituales: al comenzar la colonización de las tierras americanas, se inició la costumbre de enviar allí a numerosos esclavos africanos a través de las sedes del comercio negrero, que radicaban en Lisboa, Sevilla y Las Palmas de Gran Canaria. Esta afluencia de seres humanos en compra-venta facilitaba su adquisición por parte de las familias portuguesas y españolas acomodadas. El tema ha sido aún poco investigado y se ignora el número total de esclavos que podían existir en las tierras de España en uno u otro momento, pero sí se sabe que abundaban en lugares como Sevilla, Valencia y, por supuesto, en la corte. Incluso se ha podido determinar que, en una ciudad como Salamanca, a principios del siglo XVI, las familias con cierto poder económico poseían uno o dos esclavos, mientras que las más importantes llegaban a tener hasta veinte. Algunos propietarios de seres humanos demostraban una enorme avidez por aquel tipo de perversa propiedad: uno de los arzobispos de Toledo, Alonso de Fonseca, tenía en 1525 más de cien esclavos. Semejante comercio era, por supuesto, muy rentable para mucha gente: para los dueños que se beneficiaban del trabajo gratuito, para los traficantes, para los colonos americanos y también para los sucesivos monarcas, que se ocupaban de otorgar las licencias a cambio de elevados cánones. La Corona llegó incluso a utilizar el tráfico negrero para financiar algunas de sus guerras: en 1551, Felipe II, como príncipe regente de Castilla, autorizó a un tal Hernando Ochoa a llevar 23.000 negros a las

Indias occidentales a cambio de 184.000 ducados que servirían para combatir la rebelión de los príncipes protestantes alemanes. No sé si cabe mayor cinismo: seres humanos vendidos para poder sostener una guerra contra otros seres humanos en nombre de Dios. Por cierto, resulta

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