III.3 The optimization problem
III.3.4 Genetic algorithm (GA)
III.3.4.7 GA Operators
Las amenazas de muerte de Enrique contra su hija no dejan de tener eco en cuantos vigilan a María. Una y otra vez le repiten que es reo de alta traición y pronto acompañará a los que han sufrido aquella pena tan afrentosa. María no duda; daría una y mil vidas antes que manchar su conciencia. Es la misma reciedumbre que anima a su madre. Se procura sistemáticamente que juren madre e hija, pero sus respuestas rotundas no varían, no acusan el menor temor a sus opresores. El Rey se ve en el aprieto de tener que declararlas traidoras, pero teme al pueblo y al Emperador; de ahí que sus exabruptos de momento no se materialicen.
María, un día, recibe la visita de su tutor Richard Fetherstone; Lady Shelton y otras mujeres de la casa presencian la entrevista, cumpliendo órdenes de escuchar todas sus conversaciones. La Princesa quería desahogarse de la mortal angustia que la oprimía sin levantar sospechas; sabiendo que ellas desconocían el latín, aprovechó el curso de la conversación más apropiado para declarar a su tutor que había olvidado completamente el latín que con tanto desvelo le había enseñado durante los últimos años y que si la oyera hablar en dicha lengua no podría entenderla; el tutor no lo podía creer y le pide que se exprese en latín para comprobarlo; María, entonces, con la mayor perfección idiomática, le dice: «El Rey está pensando en cortarme la cabeza, decídselo al embajador del Emperador». Sorprendido y angustiado, master Fetherstone, cuando pudo reaccionar, afirmó que, efectivamente, aquel latín era muy malo. Tan pronto como salió de allí acudió a Chapuys y le contó lo sucedido. El diplomático decidió hacer saber a Enrique que había oído un rumor en Londres de que María iba a ser condenada a muerte y pedirle que lo desmintiera por las funestas consecuencias que acarrearía sobre el reino. Por temor a Carlos V, de momento se paró el golpe. A los pocos meses master Fetherstone ingresaba en la Torre, de donde saldría más tarde para recibir su martirio.
Pero Ana Bolena no quería perder a su presa; ya que no conseguía degradarla tanto como deseaba, no cejaría en procurar su muerte, si no como reo de alta traición, como obstáculo para sus ambiciones personales. Aquellas predicciones de Elizabeth Barton se unían al clamor del pueblo y a otros vaticinios sobre su acceso al trono. Ana Bolena, presa de la mayor agitación, acudió al Rey con grandes lágrimas y sollozos y le hizo saber lo afligidísima que se encontraba de pensar que su hija sería excluida del trono a favor de María, siendo fruto ilegítimo de un matrimonio declarado ilegal solemnemente. Enrique, para tranquilizarla, prometió no solo desheredar a María sino acabar con su vida antes de que aquello pudiera suceder. Es en esta coyuntura cuando el consejo de algunos impidió la inmolación de su hija. Años más tarde, cuando María sea reina y Cranmer abogue por su vida, éste aludirá a que intervino para que Enrique no cumpliera sus propósitos.
Por entonces Chapuys registra su creencia de que «esta mujer ha pervertido de tal manera al Rey que no parece el mismo». Con malicia creciente, Ana Bolena insinúa a Enrique cómo por medios sobrenaturales ha sabido que mientras vivan la reina Catalina y
su hija ella no le podrá dar ningún heredero varón. La sentencia de muerte legal o un silencioso envenenamiento podrían resolver aquella situación.
No es de extrañar la tremenda aprensión de María temiendo que iba a ser envenenada. Chapuys y sus amigos de la corte le piden que tenga el máximo cuidado y lo mismo advierten a su madre, prisionera en Kimbolton. Las cancillerías europeas no hacen más que anunciar la muerte de la Reina y la Princesa y en España se elevan constantes peticiones en las iglesias por la vida de ambas24.
Bajo aquella tensión insostenible, oyendo constantes amenazas de muerte, en septiembre de 1534, María cae enferma. Postrada en su lecho, se queja de dolor de estómago y de cabeza; un boticario de Lady Shelton le da unas píldoras que le hacen sentirse mucho peor y él, muy asustado, promete no volver a administrarle nada por sí solo25.
María cree haber sido envenenada; pide que la atiendan otros facultativos y, sobre todo, volver a ver a su madre. Butts, el médico del Rey, la reconoce y escribe a Cromwell para significarle que María necesita, ante todo, liberarse de aquel ambiente tan hostil y opresivo. Un acercamiento a su madre sería la mejor medicina. Chapuys, alarmadísimo, pide con tanta insistencia al Rey que le conceda este permiso, que lo consigue, con las máximas garantías de seguridad.
En esta ocasión pudieron volver a verse madre e hija26. ¿Por qué se suaviza Enrique en esta ocasión? No puede dudarse que algo de afecto aún sentiría por su hija María, junto a la conveniencia política y lo harto que ya se iba encontrando de Ana Bolena; todo ello podría haber contribuido para hacerle tomar aquella resolución. María logró restablecerse y en octubre de 1534 Chapuys consigue ver a la Princesa con motivo de su desplazamiento a Greenwich:
Le hice saber que podía ir a Greenwich a verla pasar y ella me lo pidió con todas sus fuerzas. Entonces, acudí disfrazado y fue un gran placer para mí ver aquella excelente belleza, con su heroico comportamiento, intensificado por la compasión que despierta verla así tratada27.
María había tenido que cabalgar cubierta con una capucha para evitar que el pueblo la reconociese y solo al acceder a la embarcación pudo mostrarse con más libertad para que la viera Chapuys, entre el gran número de curiosos que se agolpaba para contemplarla:
Y cuando se acercó lo suficiente hizo que se descubriera la embarcación y salió al puente, al lugar más visible y pasó junto a mí, sin moverse del lugar que ocupaba para mirarme hasta que me perdió de vista. Gracias a Dios se encuentra muy buena y en bon point y parece feliz y animada28.
En aquellas miradas que se entrecruzaron Chapuys constataba el milagro de la reciente comunicación con su madre; breve y feliz intervalo entre tantos sufrimientos. La fuerza de dos voluntades indomables unidas y el incesante clamor del pueblo, que la bendecía mil veces más que cuando se le rendían honores de princesa de Gales, estaban dejando una impronta en María; se sabía la heroína de los ingleses. En el pulso que sostenía con Ana Bolena llevaba la mejor parte, porque ella había llegado a la convicción de que valía la pena perder la vida en la demanda.
A este estímulo se une la relevancia que adquiere su persona en la política internacional. El primer efecto de la sentencia de la Santa Sede a favor del matrimonio de
sus padres se manifiesta en la sorpresa y verdadera humillación que sufre Enrique de su antiguo aliado en las cuestiones del divorcio. Francisco I, en diciembre de 1534, envía una comisión presidida por el Almirante francés con objeto de pedirle la mano de su hija María para su tercer hijo, el duque de Angulema. Con amargura y despecho comprueba que María sigue siendo princesa de Gales y Catalina, reina de Inglaterra para Europa, que la autoridad del pontífice pesa más que la suya. Al principio pretende aceptar aquella embajada como una broma. El duque de Angulema, dice, haría mejor en casarse con la princesa Isabel, y no prosigue la conversación. Necesitará tres audiencias con el almirante De Brion y ver las instrucciones de Francisco I con su sello. Para colmo, hasta Carlos V, caballerosamente, da su consentimiento de ese enlace «por la paz de la Cristiandad y resistencia a sus comunes enemigos» y, sobre todo, para que María pueda verse libre de ese horror que la aprisiona.
Terrible fue la reacción del Rey queriendo anular aquel auge de María. No bastándole el juramento que había obligado a hacer a sus súbditos sobre la validez de su último matrimonio y su sucesión, hizo que se aprobara un severísimo estatuto con pena de muerte y confiscación de bienes para quien saludara a la Reina y a la Princesa con sus títulos, o hablase contra su segundo matrimonio, «de lo que la gente tiene mucho miedo», informaría Chapuys.
Es ahora cuando María vuelve a recibir fuertes presiones para jurar el Acta de Sucesión, amenazándosela con encerrarla en la Torre si sigue titulándose princesa29.
Sobre el temple de María en estos momentos habla con elocuencia el incidente que tuvo lugar por entonces en la capilla de Eltham, donde coincidieron la Princesa y Ana Bolena. María, tras rezar sus oraciones, hizo una reverencia y salió. Una dama oficiosa creyó que el saludo iba dirigido a Ana y así se lo comunicó; queriendo aprovechar la ocasión para atraerla, le envía este recado: la Reina os saluda afectuosamente deseando que ello pueda ser el comienzo de una amistosa correspondencia, que por su parte sería plena. La voz de María destrozó el tímpano y el ánimo de aquella entrometida cuando, desafiante en extremo del último estatuto, le contestó:
No es posible que la Reina pueda enviarme un mensaje. Su Majestad está muy lejos de aquí; deberíais haber dicho la Sra. Ana Bolena, porque yo no puedo reconocer a otra reina que a mi madre, ni estimar como amigos a los que no lo son de ella, y en cuanto a la reverencia que hice, iba dirigida al altar, a su Autor y al mío30.
No es de extrañar que la actitud de María provocara, además de la simpatía y el entusiasmo popular, una sentida admiración en el poeta John Heywood, que como dramaturgo había contribuido tanto a sus diversiones infantiles, cuando era la incuestionable heredera del trono. El hecho de que compusiera una balada en su honor, en este crítico año de 1534, señala su gran devoción y valentía.
Para él, María, a sus dieciocho años, sobrepasa en belleza, virtud y dignidad a todas las mujeres. Tanto como el alhelí a las malas hierbas, su rostro vivaz se sonroja más que la rosa; sus ojos de un cristal luminoso reflejan un sonriente amorcillo, son lámparas de gozo; la naturaleza ha perdido el molde cuando ella se formó, no puede hacer una criatura tan hermosa. ¿Quién encontrará un ser semejante aunque recorra todo el
mundo? Maravilla contemplar cómo la virtud adorna con honestidad a quien la naturaleza hizo tan hermosa. Su don como poeta es ensalzarla para que cuando le llegue la muerte su honesta fama viva siempre en la boca de los hombres. Esta digna dama es la hija de un rey y María es su nombre; y a sus dieciocho años así florece31.
Cuando el 5 de enero de 1535 Enrique se proclame cabeza suprema de la Iglesia Anglicana, por lo que se refiere a los actos formales, la revolución iniciada años atrás estaba cumplida. A ello se unirá una serie de horribles ejecuciones para desalentar cualquier resistencia en Inglaterra.
Durante todo el año 1535 Europa entera cree en el negro destino de Dª Catalina y de su hija María. Mason, residente en España, informa de cómo la gente espera oír todos los días las ejecuciones de madre e hija. Comienza el año con un tiempo lluvioso en extremo, que para mayor consternación del pueblo inglés no cesará hasta el mes de septiembre. Constantes lluvias y tormentas sazonan las sangrientas medidas de aquel gobierno.
Durante todo el año 1535 María se encontrará en inminente peligro de muerte. Esta presión extrema y continuada tiene su precio: poco antes de cumplir los diecinueve años cae enferma, y enferma de gravedad. En su lecho, en Greenwich, solo escucha negras recriminaciones y los peores augurios sobre su salud. «Podéis considerar», dice Chapuys a Carlos V, «qué solaz y pasatiempo puede tener cuando escucha a todos los que están con ella que desean su muerte, con lo que, dicen, el mundo estaría en paz y ellos descansando del fastidio y trabajo que tienen con ella»32.
Enrique, consciente de la situación, no solo no visita a su hija cuando acude a Greenwich sino que le hace oír sus voces destempladas a través de la puerta: es una traidora y merece la muerte. Lady Shelton se apresura a repetir estas amenazas añadiendo que su padre la titula «su peor enemigo» por su implicación en complots para rebelar a sus súbditos, siendo además la causante de la hostilidad que sufre de las potencias europeas. ¿Qué podía esperar sino ira y venganza?33
María se siente cada vez peor y los médicos no se atreven a tratarla. Chapuys cree que puede morir y aunque no se le permita visitarla, envía a Greenwich servidores para interesarse por ella. Protesta de tal manera ante Cromwell que consigue que la atienda el Dr. Butts.
Enrique llama finalmente a Chapuys y le pide que envíe médicos elegidos por él junto a los doctores de la Casa Real. Si María muere, el Rey quiere que la responsabilidad recaiga también en los médicos imperiales. Le dice a Chapuys que sus facultativos han diagnosticado la enfermedad incurable y que el médico de Dª Catalina lo sabe también.
Chapuys se alarma, sabe de cierto que el Dr. Butts dijo al Rey que la enfermedad de María era grave pero no incurable. Sin las debidas atenciones ella no podrá vivir y necesita sobre todo evitar el clima de persecución a que está sometida. Chapuys sabe también que los médicos están convencidos de que Enrique desea la muerte de su hija; el doctor español de la Reina ha rehusado asistirla allí porque María necesita estar junto a su madre para curarse.
La alarma de Chapuys crece cuando oye a algunos consejeros repetir las expresiones de Enrique: puesto que ninguna fuerza humana había sido capaz de reconciliar a su Rey con Carlos V, «Dios abriría una puerta» llevándose a María.
Tras la ansiedad de Chapuys, las dudas de los doctores y los deseos manifiestos de su muerte, seguía latiendo con fuerza el miedo a un envenenamiento. De ello habló en Roma el Dr. Ortiz con el auditor Simonetti y el earl de Northumberland confidenció a un informante de Chapuys algún misterioso conato de tal crimen.
No era para menos; Ana Bolena urgía constantemente a Enrique para que se condenara a María y repetía con obsesión creciente: «Ella es mi muerte y yo soy la suya; tendré cuidado de que no pueda reírse de mí cuando yo muera». Lo cierto es que la inseguridad de Ana crece a medida que se agudizan los sufrimientos de María. Un enviado francés que visitó la corte en el mes de la enfermedad de la Princesa —febrero de 1535— escribió que Ana se encontraba severamente restringida en sus movimientos y con miedo por su seguridad; su aspecto delataba ansiedad y agotamiento nervioso; le confió que su posición había llegado a ser más quebradiza de lo que lo había sido antes de su matrimonio. Se la vigilaba tan estrechamente que no podía hablar ni escribir libremente; esto se lo comunicó en un susurro y le abandonó abruptamente, confirmando así que no exageraba34.
Lo súbito de la enfermedad de María y su gravedad parecían explicar una dosis tóxica en su comida o bebida. En estas circunstancias la Reina escribió a Cromwell: si ella la pudiera atender personalmente, podría curarse y si la enfermedad era mortal y Dios se la quería llevar, su corazón de madre quedaría satisfecho dejándola morir en sus brazos. Pero si la dejaran cerca de ella, estaba dispuesta a obedecer las órdenes del Rey de no verla:
Podéis asegurarle que si se encontrara a una sola milla de mí, yo no la vería, porque el tiempo no me lo permite, y aunque lo deseara, no dispongo de medios. Podéis decir a Su Majestad que era mi deseo que la enviase a donde yo estoy porque el consuelo y el ánimo que tendría conmigo reportaría la mitad de su curación. Como mi petición es tan razonable y toca tan grandemente el honor y la conciencia del Rey, no creí que me lo pudiera negar. No desistáis, os lo ruego, y haced lo que podáis para que se haga así. He oído que él ha sospechado de su seguridad, algo tan fuera de razón que no puedo creer que haya entrado en su corazón, ni que, pienso, tenga tan poca confianza en mí. Si se imagina tal cosa, os ruego digáis a Su Majestad que es mi fija determinación morir en este reino; y ofrezco mi persona como garantía de que, si semejante cosa se intentara, puede ajusticiarme como a la mujer más traidora que jamás haya nacido35. Esta vez Enrique no se conmueve; su endurecimiento corresponde al miedo a una insurrección a favor de Dª Catalina y su hija, de lo cual existen síntomas evidentes, y también para evitar la fuga de una de las dos o de ambas. Esta es la razón de que la Reina salga al paso de estas sospechas y proclame una lealtad incuestionable pero incomprensible para el maquiavélico entorno del Rey.
No dejará Dª Catalina de insistir para ver a su hija, esta vez a Chapuys, donde con la confianza se desbordan la hondura de su amor y su ansiedad maternal:
Mi médico me ha informado en parte de la enfermedad de mi hija, dándome esperanzas de su curación, pero como conozco que su enfermedad dura tanto tiempo y veo que se retrasa en visitarla (...), tengo graves sospechas de su causa.
Porque me parece que lo que pido es justo y para el servicio de Dios, os ruego habléis con Su Alteza y le pidáis de mi parte que haga esa caridad de enviarme a nuestra hija adonde yo estoy, porque cuidándola con mis propias manos y bajo el consejo de mis médicos y del mío propio, si Dios quiere sacarla de este mundo, mi corazón quedará satisfecho; de otra manera con mucha pena. También diréis a Su Alteza que no hace falta ninguna otra persona; yo me basto para cuidarla; la pondré en mi propio lecho donde duermo y la velaré cuanto necesite. He recurrido a vos sabiendo que no hay nadie en este reino que se atreva a decir al Rey mi señor lo que deseo que le digáis; y ruego a Dios os recompense por la diligencia que haréis36.
Nadie se atreve a interceder por ella. En un Consejo Privado, Chapuys informa de que el Rey se declaraba harto de vivir en un estado de constante provocación y alarma, dejando entender que se iba a librar de su esposa y de su hija en cuanto se reuniera el Parlamento. Ante el horror y las lágrimas de algunos circunstantes, Enrique añadió con extrema dureza que no le disuadirían de su propósito aunque le fuera en ello la corona.
Concuerda esta actitud del Rey con la respuesta que recibió Chapuys de Cromwell al expresarle los deseos de la Reina de atender a su hija; eran peticiones justas pero de «asuntos duros de digerir, y no podía conseguir que su amo las masticara».
María, por su parte, e inútilmente también, había solicitado a Chapuys que intercediera con el Emperador para poder estar con su madre. Carlos V recibe esta destemplada contestación: «La mandamos y cuidamos como nos parece más oportuno y pertinente, y pensamos que no le corresponde a nadie prescribir cómo debemos tratar a nuestra propia hija, siendo como somos su padre natural»37.