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V.1.1 Literature review

Las medidas revolucionarias del Parlamento puestas en vigor con tanta crueldad por el Rey aumentan el profundo malestar de la mayoría de sus súbditos. La gente se ve constantemente arrestada por hablas como ésta: «¡Qué pena que a Enrique VIII no le hubieran enterrado en pañales!», «¡Cuándo caerá en picado la Sra. Ana!», «¡No volveremos a ser felices mientras no cambien las cosas!». La Merry England se está desvaneciendo38.

El 1 de enero de 1535 Chapuys informa a Carlos V de cómo Lord Darcy, Lord Hussey y el earl de Northumberland se le han acercado independientemente y Lord Darcy a fines de diciembre le ha sorprendido con el regalo de una hermosa daga «que me imagino indica indirectamente que los tiempos se hacen propicios para empuñar las armas». Lord Sandys, uno de los más leales y valientes capitanes de Enrique, pretendiendo estar enfermo, se retira a su propiedad de Hampshire, no sin antes enviar a Chapuys un mensaje: los tiempos eran tales que no podía invitarle a su casa pero le encargaba que informase al Emperador de que contaba con los corazones de todo el reino y el pueblo estaba tan alienado que ofrecería muy poca resistencia a cualquier intento de Carlos para remediar sus males.

El hecho es que el Consejo Imperial ya había sopesado la posibilidad de enviar una fuerza a Irlanda «considerando los ofrecimientos hechos por los diversos príncipes de allá para acatar la autoridad del Emperador y mantener los derechos de la Reina y de la Princesa»39.

Desde finales de 1534, pronósticos de adivinos se hacen eco de tanto malestar y Chapuys observa:

Se ha prohibido a los libreros vender o guardar pronósticos hechos últimamente en Flandes que amenazan al Rey con la guerra y multitud de desgracias este año y algunos de los principales de su Consejo han dicho que, estando las cosas como están, para poner patas arriba este reino no hace falta más que traducir o publicar esos vaticinios en inglés40.

El ambiente, enrarecido por momentos, era pródigo para camuflar en profecías ambiguas el deseo de la oposición. A fines de mayo de 1535 Sir Thomas Arundell, en una carta a Cromwell, reporta desde Dorsetshire las predicciones de Alexander Clavell: «El clero se iba a rebelar contra el Rey, pero el halcón blanco vendría del norte y acabaría con casi todos los sacerdotes»; estos vaticinios los había recogido Clavell de un anciano llamado Payne, muerto hacía cincuenta años41.

El halcón blanco era la divisa de Ana Bolena y esta profecía canalizaba el creciente sentimiento que se respiraba contra ella, a quien achacaban los males del reino. Los papeles de Estado testifican la fuerte resistencia de vicarios y párrocos, sacerdotes, capellanes e instituciones religiosas, representados por párrocos, canónigos y frailes, que súbitamente se encontraron fuera de su lugar tradicional en la Iglesia y en el orden social.

La resistencia se refugiaba en la profecía política y el trasfondo era inquietante; porque no solamente se trataba de problemas de sucesión y de reforma religiosa, sino del principio fundamental del orden y la obediencia. Tocaba cuestiones de autoridad, del

poder legítimo y su ejercicio y el derecho o deber de resistir aquel poder que ya era violencia desatada42.

Una de las profecías de mayor circulación durante el año 1535 hablaba de un desastre mundial que parecía aludir a problemas cercanos por sus referencias a insurrecciones, nuevas constituciones y leyes, además de un pasaje referente a la ruina y profanación de iglesias, monasterios saqueados y robados; se predecía que esta nueva legislación acabaría en catástrofe total; un joven, mucho tiempo cautivo, regresaría...

Chapuys recibe por entonces una carta cifrada de Carlos V interesándose por Reginald Pole. Un agente imperial, Martín de Zomoza, residente en Venecia y buen conocedor de la situación inglesa, hace un retrato sumamente positivo de este personaje y se lo presenta al Emperador como el instrumento idóneo para encauzar los asuntos de Inglaterra, defensor de los derechos de la Reina y la Princesa, así como posible restaurador de la obediencia a Roma:

Si queda Inglaterra en el presente estado de turbación a favor de la Reina o de la fe, ¿qué duda cabe de que con un poco de favor y ayuda sería recibido por la mayoría del pueblo como si hubiera bajado del Cielo? El solo podría hacer más que cuarenta mil extranjeros, porque ellos irían a destruir y él a salvarlos a todos. Sería una obra famosa y piadosa ayudar a semejante hombre para preservar un reino oprimido por una p… y sus amigos y restablecer a la Reina y la Princesa43.

La respuesta de Chapuys es entusiasta:

(...) Además de las gracias de su persona y sus singulares virtudes, la Reina no conoce a nadie en el mundo con quien quisiera mejor casar a la Princesa (...), muchos sostienen que el auténtico título de este reino pertenece a la familia del duque de Clarence (...). Esto podría inclinar a la Reina, de alguna manera, al proyecto [de invasión] y quitarle todos sus escrúpulos de conciencia y de otros respectos (...). Las cosas están habitualmente en tal condición que el menor ejército de Vtra. Majestad (...) haría que todos se declararan por Vos, especialmente si el dicho Sr. Reynaldo viniera con él, cuyo hermano menor [Sir Geoffrey Pole] está a menudo conmigo y quisiera ser más asiduo, pero yo le he disuadido por el peligro a que se expone. No cesa, como otros muchos, de suplicarme que os escriba sobre la facilidad con que se puede vencer al Rey y que todo el pueblo no ansía otra cosa. No le he dicho nada sobre su hermano, excepto que hace tiempo le advertí que más le valdría mendigar donde está antes de volver a esta confrontación porque se encontraría con el mismo tratamiento que el obispo de Rochester o peor (...). No se le ocultaba a Chapuys el valor único de Reginald Pole para aglutinar a la oposición de Enrique VIII, sobre todo si unía sus destinos a la princesa María y si la reina Catalina le apoyara. Pero Dª Catalina, con un sentido heroico de la lealtad al esposo que la había repudiado, no acababa de acceder; una rebelión armada necesariamente provocaría muchas muertes y «ella nunca sería causa de sufrimiento para aquel pueblo al que tan poco bien le había traído».

Por supuesto que Chapuys conoce los intentos de Enrique de hacer volver a Reginald Pole para inutilizarlo. Lo procura por todos los medios posibles, el principal, a través de Starkey, antiguo amigo de Pole, ya convertido en capellán del Rey y uno de sus más dóciles instrumentos. En una extensa carta datada en Londres el 15 de febrero de 1535 le vierte comprometedoras confidencias:

El Rey desea conocer vuestro veredicto sobre su reciente título de cabeza de la Iglesia en Inglaterra; con toda claridad, y me ordena os escriba para que, como hombre ilustrado, consideréis estas cosas, sin tener en cuenta afectos y dejando todas las consecuencias en manos de la sabiduría y la política del Rey; y que declaréis vuestra sentencia con toda veracidad y claramente, sin nada que se acerque al disimulo, cosa que Su Gracia, como príncipe, detesta.

Tras elogiar exageradamente a Cromwell, le habla de su buenísima disposición para con él y le insta a que vuelva lo más pronto posible a Inglaterra, donde le espera el Secretario «con amor estable y reverente, tal como demuestra su sabiduría y su alta política en asuntos de Estado».

Reginald Pole no cae en la trampa y recibe otra carta más explícita y urgente de Starkey: «debe dejar el estilo prudente y agudo» de sus escritos al Rey y contestar sencillamente a dos cuestiones: su matrimonio y su nuevo título. «El Rey no pide vuestro juicio sobre su proceder en estos asuntos. Dejadlos a un lado (...); solo mostradle si aprobaríais su primer matrimonio (...), sin miedo declarad vuestra opinión»44.

Para asegurarse más, Starkey escribe también a Edmund Harvel, caballero al servicio de Pole, agente como él de Cromwell, es decir, espía. Pero este último no dejará de profesar a Reginald Pole amor y respeto, cautivado por su trato exquisito, que entusiasma a cuantos le tratan.

Starkey insiste de nuevo enviando dos libros, uno de Richard Sampson y otro de Stephen Gardiner, De Vera Obedientia. Pole, más adelante, comentará a su gran amigo Gaspar Contarini que había recibido dos libros para moldear su opinión a gusto de Enrique. Cree que al Rey ya no se le pueden dar buenas palabras, «las palabras blandas no son de utilidad, porque la suavidad y el disimulo le han conducido a su locura»45.

Tardará catorce meses en contestar a las peticiones de Enrique. Sin miedo, con sinceridad absoluta, le dirá lo que nadie se había atrevido a formular en su presencia. Pero no le enviará este escrito mientras viva Ana Bolena. Pole, como Catalina y María, todavía confía en las buenas cualidades de Enrique y espera que, libre de aquella funesta influencia, vuelva a ser como antes.

Sabe que no puede volver a Inglaterra. Hubiera sido la presa más codiciada del Rey. Junto a Tomás Moro y Juan Fisher, por sus mentes privilegiadas y sus conductas intachables, supone el mayor desafío de su proceder ante sus súbditos y Europa entera. Pero Reginald Pole es con mucho el enemigo más temible por su vinculación a la Corona y sus posibles aspiraciones a la mano de la princesa María.

Carlos V, que por el bien de su prima parecía acceder a su posible matrimonio con un príncipe francés, no resulta demasiado entusiasmado con las noticias que le da Chapuys de Reginald Pole. Según afirmaciones de Quirini, los sentimientos del Emperador hacia este personaje encuentran expresión en las órdenes que reciben sus embajadores ante la Santa Sede para instar al Sacro Colegio a su nominación como cardenal, es decir, cortar toda posible relación de aquel proyecto tan acariciado por la Reina y la misma princesa María46.

En Venecia, víctima de tanta especulación dinástica, Pole saborea la amargura del destierro; teme sobre todo las represalias que amenazan a su familia. Es una impotencia que abre cauces espirituales a su vida, tan solicitada hasta ahora por la gloria mundana. Con indomable optimismo espera contra toda esperanza, alentado, como Tomás Moro, por un notable sentido del humor.

Enrique se encuentra en uno de los momentos más críticos de su reinado y de su vida personal, ante una rebelión latente contra las nuevas medidas que intenta aplicar; con un cansancio, incomodidad y exasperación crecientes en su convivencia con Ana Bolena que le hacen desear divorciarse de ella sin ver de momento la posibilidad de conseguirlo. Sus complacientes consejeros ahora no le secundan; Cranmer le hace saber que tendría que volver con Catalina, acatar la decisión de Roma y ser el hazmerreír de Europa... Cromwell le anima a continuar la política que ha iniciado, pero con mucho más ensañamiento para cuantos se resistieran. Así, María comenzará a sufrir las muertes de tres de sus seres más queridos.

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