CHAPTER SIX CONCLUSIONS AND SUGGESTIONS FOR
6.1 Gaps in the picture
al frente del gobierno de Honduras, mientras que Manuel Zelaya mantenía sus pretensiones de volver a su cargo, esperanzado en que los EEUU y Obama, mostraran una política distinta hacia América Latina, cumpliendo con las expectativas dejadas durante la cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago. En base a este planteamiento, Manuel Zelaya esperaba que Obama se decidiera por presionar abiertamente al gobierno de facto para su restitución inmediata. Pero por el contrario, la única señal de los norteamericanos fue el rechazo al golpe de Estado y el llamamiento para que los hondureños respetasen las “normas
democráticas”, y de esta manera resolver sus disputas a través del dialogo libre de interferencia extranjera.
Mientras tanto en el seno de la UNASUR la presidenta pro tempore, Michelle Bachelet, se mantenía en su postura de no reconocer al gobierno de Micheletti, al igual que las posibles elecciones presidenciales que estaba organizando su gobierno, en tanto no fuera restituido Manuel Zelaya como presidente de los hondureños.
Con respecto a esta postura debe tenerse en cuenta que al ser un organismo con una existencia tan corta, debe ir aprovechando los beneficios políticos que ofrecen las oportunidades que se van presentando en el escenario internacional, con el fin de ir consolidando su estructura y su posición en el contexto latinoamericano. En ese sentido esta posición puede enmarcarse dentro de una tendencia global que expresa su rechazo a los golpes de estado como forma para disolver un gobierno, al considerarse como una práctica excesivamente violenta y propia de la guerra fría, que no hace más que debilitar las instituciones políticas. En dicho contexto la posición de la UNASUR se percibe como el intento de un organismo joven para manifestar su posición frente a este tipo de sucesos en la región -
especialmente por el largo historial de golpes de Estado que ha tenido que vivir Latinoamérica -, evidenciando el interés de los Jefes de Estado por sentar un
precedente en Suramérica, al rechazar rotundamente este tipo de actuaciones y expresar su compromiso para avanzar en la búsqueda de posibles medidas a implementar en dado caso que se llegara a presentar un evento similar en cualquiera de los países miembros de UNASUR.
Sin embargo aunque parezca insuficiente que UNASUR no haya tomado medidas concretas en contra de Honduras, como la suspensión del comercio, o el cierre de embajadas, si quedo plasmado el compromiso de este organismo con la democracia y los derechos humanos en América Latina, abriendo el camino a lo que posteriormente en la cumbre de Guyana se daría a conocer como la Clausula Democrática.
Mientras que transcurría los meses y la restitución de Manuel Zelaya no llegaba, se hacía más factible la posibilidad de convocar a elecciones en Honduras para escoger a su nuevo presidente. Tal situación dividió en dos bloques a UNASUR. De un lado, Brasil, Venezuela, Argentina y Ecuador se mantuvieron en su posición de no reconocer el gobierno de facto presidido por Micheletti al igual que ningún proceso electoral nacido de un gobierno golpista. Mientras que su contra parte, Colombia y Perú, reconocieron la legitimidad del proceso electoral hondureño al igual que los resultados de los comicios.
Dicho reconocimiento del gobierno de Colombia y Perú, puede ser explicado como el producto de una actitud orientada a favorecer un determinado curso de acción por encima de otro, tal y como lo señala la lógica de consecuencias planteada por March y Olsen.
En este caso ambos países cuentan con una estrecha relación política y comercial con los Estados Unidos. Sin embargo a diferencia de Perú, Colombia tiene aún pendiente la ratificación de su Tratado de Libre Comercio en el Congreso norteamericano, razón por la cual el ex mandatario Álvaro Uribe vio la oportunidad para seguir mostrándose como el gran aliado estratégico de los Estados Unidos en la región -discurso que mantuvo durante toda la administración Bush- con el único propósito de recuperar el terreno perdido desde que Obama asumió la presidencia, quien de entrada se mostró menos receptivo al apoyo incondicional que expresó su antecesor al país suramericano.
Adicionalmente hay que tener en cuenta que la frágil relación política y diplomática entre Colombia y Venezuela y los continuos roces entre Chávez y Alan García motivaron el apoyo político de estos dos países suramericanos al gobierno de Porfirio Lobo. Tanto Alan García como Álvaro Uribe escogieron reconocer a Porfirio Lobo como presidente electo de Honduras, debido a las serias dificultades políticas con el gobierno de Hugo Chávez y a sus amplias diferencias ideológicas y políticas. Circunstancias que influyeron directamente en la pésima relación personal que mantienen hasta el día de hoy.
Este curso de acción se baso en dos supuestos; El primero se centro en que la salida de Zelaya representaría para Venezuela perder un aliado y socio del ALBA en Centro América y en segundo lugar, que el liderazgo de Hugo Chávez y Lula Da Silva al interior de UNASUR para no reconocer el gobierno de Porfirio Lobo perdiera importancia y peso en el contexto regional.
En conclusión el bloque de UNASUR no pudo hacer más que declarar abiertamente su rechazó al golpe de Estado en Honduras y mantener su posición de no reconocer las elecciones presidencias, mientras que de manera silenciosa aceptaba a regañadientes que la solución de la crisis y la restitución de Zelaya pasaba exclusivamente por las manos de la casa blanca.
4.3. CRISIS COLOMBIA-VENEZUELA (2009-2010): La cumbre extraordinaria