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General Guidelines Applicable to both Plan A and Plan B Students

In document University of the Pacific (Page 43-48)

Los yanomami del Orinoco, en la frontera venezolana-brasile- ña, llevaron a cabo expediciones guerreras hasta la década de 1970, en gran parte alimentadas por los ciclos de venganza a raíz de la muerte de familiares causadas por las enfermeda- des traídas por la colonización 102. Para completar su acto de

venganza, el matador debía de ceñirse a un complejo ritual de dieta y reclusión que lo colocaba en una posición similar a una

102 Severas críticas se han dirigido a los antropólogos, como Leopold Chagnon (1979), que condujeron trabajo de campo entre los yanomami de los años 1960-70, por haber contribuido, directa o indirectamente, a la expansión de las enfermedades y el auge guerrero.

muchacha durante la reclusión de la menarquia. En su estudio

Temps du Sang, Temps des Cendres(Tiempos de la sangre, tiem- pos de las cenizas), Bruce Albert muestra que el matador y la

muchacha menstruante compartían un mismo «estado de ho- micidio» ( unokai) y debían purgar su sangre, una sustancia íntimamente relacionada con la «imagen vital» de las perso- nas de ambos géneros. La salud de una persona depende de la limpieza y la cantidad de sangre en su cuerpo. Si tiene muy poca sangre, como los recién nacidos o los ancianos, puede caer fácilmente enferma. Si tiene demasiada sangre, como las mujeres menstruantes y los hombres homicidas, su cuerpo puede pudrirse. Las prácticas de dieta y de reclusión del «es- tado de homicidio» masculino y femenino tenían por objetivo regular la cantidad y el flujo de sangre para fortalecer ambos géneros (1985:348).

Según la teoría yanomami de la concepción, las mujeres menstrúan porque su corazón se carga cíclicamente de un exceso de sangre y se rompe, abriéndose unas grietas por las que se escurre la sangre hasta la vagina. Durante la pri- mera regla, pero también cada vez que sangra por la vagina, el exceso de sangre coloca a la joven en una situación de peligro de transformación que debe ser controlado por me- dio de la reclusión y las dietas para «secar» su cuerpo, y evitar que se pudra y que se envejezca prematuramente. El peligro de transformación también incumbe a su entorno. Así como la joven «se vuelve otra» cuando sangra (Albert, 1985:580), el medio ambiente, el clima, los ríos y el bosque, también podrían ser transformados de no respetarse la re- clusión femenina.

Ponemos en reclusión a las muchachas menstruantes para que el suelo del bosque no se metamorfosee [...] para que la lluvia no caiga incesantemente [...] para que las aguas no estén siempre de crecida [...] para que el tiempo no esté siempre cubierto. Si no las pu- siéramos en reclusión la gente se metamorfosearía (Albert, 1985:575. Traducción propia).

El recuerdo de Luna

Después de matar a un enemigo en la guerra, un hombre tam- bién sufría de un exceso de sangre y debía de someterse a la reclusión para «secarse», evitar envejecer y generar trastor- nos del medio ambiente. Según la concepción yanomami del homicidio, en venganza, la sangre derramada de la víctima penetra en la barriga de quien causó la herida. Esta ingestión de la sangre, también implica una absorción del proceso de putrefacción del cadáver de su víctima. Durante el tiempo que el cadáver se pudre en el bosque y dentro del cuerpo de su homicida, este último debe guardar dieta y reclusión. Se con- sidera que a medida que el proceso de putrefacción avanza, un líquido grasoso brota de la frente del homicida, que es el producto de la sangre de la víctima procesada en su cuerpo.

Mientras el cuerpo de la víctima entra en descomposi- ción [...] mientras su sangre se pudre [...] la boca del gue- rrero homicida es tomada por un olor pútrido ¡y se llena de gusanos! Exhala un olor de ser humano [...] esto hace que se le atolondre el corazón […] su pecho se pone muy débil (Albert, 1985:362. Traducción propia).

La reclusión del homicida terminaba cuando el cadáver de su víctima estaba completamente descompuesto y «seco», y que toda su grasa había sido transmutada en la grasa de la frente del homicida. Entonces el matador debía de vomitar con plan- tas eméticas, para purgar de su cuerpo todos los residuos del cadáver de su víctima. De otro modo, corría el riesgo de morir con el abdomen hinchado, lleno de los residuos de la putrefac- ción de su enemigo.

Los homicidas devuelven los residuos corruptos de su digestión: los cabellos; [...] las uñas [...] los residuos de las carnes sanguinolentas [...] la sangre coagulada [...] las venas podridas y ennegrecidas [...] botan los residuos de la digestión del cuerpo de su víctima al vomitar (Albert, 1985:375. Traducción propia).

Solamente después de haber concluido la reclusión se consi- deraba que la venganza estaba concluida y la rabia superada.

Es decir, la venganza no consistía solamente en matar al ene- migo, sino en procesarlo dentro del cuerpo, producir su grasa y dejar de lado la rabia.

Mientras no estoy en estado ritual de homicidio segui- ré sintiendo la cólera del duelo [...] cuando esté en estado ritual de homicidio, solamente entonces volve- ré a ser amigo (del grupo que en el pasado mató a mi padre) (Albert, 1985:370. Traducción propia).

El «estado de homicidio» de la joven menstruante y del gue- rrero eran rituales similares y paralelos, específicos a cada género. Ambos trataban de neutralizar los peligros asociados a la sangre derramada y su conclusión conducía al apacigua- miento de la rabia y al restablecimiento de la convivencia, fo- mentando la fertilidad de la gente y del medio ambiente. En algunas ocasiones, estos rituales eran llevados a cabo conjun- tamente por un hombre y una mujer. En particular, cuando una niña que había sido criada por su esposo –una práctica común en el pasado– llegaba a la menarquia. Ambos eran recluidos en «estado de homicidio» juntos. Ella porque estaba purgando el exceso de sangre de su corazón; él porque había ingerido la sangre de su esposa al convivir con ella. Al terminar la me- narquia, ambos estaban listos para tener hijos. La vivencia compartida del ritual de reclusión fomentaba la toma de res- ponsabilidad y el involucramiento ritual y afectivo del esposo en los procesos reproductivos de su esposa.

In document University of the Pacific (Page 43-48)