CHAPTER 3: GENERAL METHODOLOGY
3 General Methodology
La tasa de mortalidad infantil es uno de los mejores indicadores del nivel de vida de una comunidad o de un país, por ser la población menor de un año la más vulnerable a las características del medio, a la capacidad adquisitiva, y a las habilidades y competencias alcanzadas por los padres para protegerla. La educación tiene un impacto gravitante en todos estos factores y, por lo tanto, cuanto mayor es el nivel educativo de los padres —en especial de la madre, que por razones culturales asume más el cuidado del niño—, mayor probabilidad de sobrevivencia del recién nacido. Desde décadas anteriores se ha observado que, a pesar de los períodos de aguda crisis económica por los que ha pasado nuestro país, la mortalidad infantil ha disminuido de manera sostenida. Esto mismo ha ocurrido con la educación que, aun en las peores épocas, siguió incrementándose —y con mucha fuerza— para las mujeres. Si hay algún determinante que se correlacione perfectamente con el nivel de mortalidad infantil, éste es la educación alcanzada por las madres.
La tasa de fecundidad deseada expresa el nivel de fecundidad que teóricamente resultaría si todos los nacimientos no deseados pudieran ser prevenidos. No hemos utilizado la información de la endes 2004 porque resulta incoherente que esa tasa caiga en cuatro años para las mujeres sin educación —de 3 a ,4 hijos en promedio—, es decir, casi los mismos niveles que las mujeres con educación superior.
Gráfico 61
Perú: tasa global de fecundidad deseada y no deseada, según nivel educativo. 2000
Fuente: INEI: Encuesta Demográfica y de Salud Familiar 2000. Elaboración propia. 3 2,3 1,7 1,5 2,1 1,8 0,7 0,3 0 0,5 1 1,5 2 2,5 3 3,5 4 4,5 5 5,5
Sin educación Primaria Secundaria Superior
No deseada Deseada
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En el gráfico 62 observamos que, en general, la mortalidad infantil ha disminuido para todos los niños menores de un año, independientemente del nivel educativo de sus madres. Sin embargo, la diferencia por grado de instrucción de la madre es enorme. En los tres momentos en las que se hizo la encuesta, la caída más importante de la tasa de mortalidad infantil es cuando se pasa de madres con educación primaria a las que tienen estudios secundarios. A pesar del declive general de este indicador, la diferencia aún es de 3,7 veces entre el nivel de mortalidad de los niños cuyas madres no tienen nivel educativo y los de aquellos cuyas madres tienen estudios superiores. Hay que acotar que, en general, la mortalidad infantil es todavía alta en nuestro país si la comparamos con la de otros países de América Latina. Esto es válido inclusive para los casos de madres con nivel educativo superior, puesto que en países desarrollados, el nivel de la mortalidad infantil promedio está entre 5 y 15 por mil nacidos vivos, mientras que en el Perú las madres con mejores condiciones educativas están por encima de este promedio.
Gráfico 62
Perú: tasa de mortalidad infantil según nivel educativo de la madre. 1991-1992, 1996 y 2000
Fuente: INEI: Encuestas Demográficas y de Salud Familiar 99, 996 y 2000. Elaboración propia. 102 83 39 21 79 62 32 26 54 30 20 0 20 40 60 80 100 120 Po r m il na ci m ie nt os 1996 2000
Años de las encuestas
Sin educación Primaria Secundaria Superior
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En este documento ha quedado demostrado que la educación es uno de los determinantes sociales con mayor influencia en el bienestar físico, mental y social. Su efecto determinante puede ser medido de manera directa, pues la adquisición de conocimientos permite el desarrollo de competencias y habilidades para resolver problemas cotidianos, tomar decisiones acertadas y oportunas, cambiar actitudes impregnadas por creencias culturales represoras por otras más autónomas, etcétera, todo lo cual redunda en el cuidado y la preservación de la salud, así como en la búsqueda de la atención adecuada cuando aparecen problemas que atentan contra ésta.
No obstante, el mayor peso que tiene la fuerza determinante de la educación se percibe cuando ésta interactúa con otros determinantes sociales de la salud. Así, la influencia de la educación es crucial en el acceso diferenciado al empleo y, por ende, a los ingresos y a la capacidad adquisitiva, lo cual, a su vez, permite un acceso segregado al hábitat y a la conformación de entornos saludables. Hemos visto también cómo la educación tiene una poder determinante en los cambios en las relaciones de género, que permite que las mujeres puedan tomar decisiones en forma más autónoma respecto a diversos aspectos que atañen a su salud y al control sobre su propio cuerpo, tales como decidir cuándo acudir a los servicios de salud independientemente del permiso del marido, negarse a tener relaciones sexuales cuando saben que su pareja es portadora de una ETS, proveerse de anticonceptivos cuando deciden controlar su fecundidad, o tener mejores condiciones para enfrentar la violencia de su pareja contra ellas.
A mayor nivel de educación de los padres de familia, hay mejores indicadores de salud. La educación tiene efectos diferenciados en diversos aspectos de la salud. Hemos podido comprobar cómo en todos los asuntos referidos a la salud del niño, el nivel educativo de la madre tiene un peso muy fuerte. En diversos aspectos del desarrollo infantil —tales como la nutrición, la prevención de enfermedades, la atención adecuada y oportuna cuando se presenta algún problema de salud—, a mayor nivel educativo de la madre, mayor garantía para la vida y la salud del niño. En parte, esto se refleja en un indicador global como la tasa de mortalidad infantil, cuyo nivel guarda una relación perfecta e inversa con el grado de educación de la madre. Para los niños mayores de un año, la influencia de la educación de su madre se refleja, entre otros, en el porcentaje de desnutrición crónica, el cual se eleva enormemente a medida que el grado de escolaridad disminuye.
Hemos podido comprobar que se produce un salto muy importante en el cuidado de algunos aspectos de la salud cuando se pasa de la educación primaria a la secundaria. Esta diferenciación notable se da en el descenso de la mortalidad infantil, pues a pesar de que para el año 2000 su nivel se había reducido considerablemente, el paso de la primaria a la secundaria de las madres significa una caída de la tasa en 44%. Hay aspectos que, al parecer, están asociados a este hecho, tales como el acceso desigual a los medios de comunicación —y, por ende, a la información—, pues es considerable el incremento en este acceso cuando las mujeres tienen nivel educativo secundario
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respecto de las que tienen apenas primaria. Este estudio también comprueba cómo esta situación se ve reflejada en una diferencia ostensible en conocimientos elementales de salud entre las mujeres con educación secundaria y las que tienen primaria, tales como el uso de sales rehidratantes en caso de infecciones diarreicas agudas, o respecto a cuándo llevar al niño a un establecimiento de salud en caso de evidentes signos de emergencia. Todo esto juega un papel importante en determinar la vida o la muerte de los niños.
Por otra parte, hay aspectos relacionados con la propia salud de la mujer que sólo se ven impactados considerablemente por la educación cuando ella tiene estudios superiores. Éste es el caso, por ejemplo, de la violencia física, puesto que ocurre un cierto descenso —a pesar de que también en este nivel educativo la prevalencia es alta— sólo cuando ellas tienen educación superior. Lo mismo ocurre cuando se les pregunta si tienen la última palabra en decisiones respecto a su propia salud. Así, estos resultados brindan indicios de que las mejores condiciones para un mayor empoderamiento femenino y de equidad de género empiezan a configurarse únicamente cuando las mujeres alcanzan este nivel educativo.
También, en algunos casos, el incremento del nivel educativo trae aparejadas situaciones adversas para la salud, con relación sobre todo a los estilos de vida saludable. Hemos comprobado que a mayor nivel educativo, más ingesta de alcohol y de tabaco, lo cual, probablemente, esté en relación con la mayor capacidad adquisitiva de quienes tienen más escolaridad y con el estilo de vida social, que conlleva la mayor frecuencia de eventos festivos y de reuniones amicales. Creemos que se hace necesario indagar más sobre los cambios en los estilos de vida saludable de acuerdo con el estatus socioeconómico, y hacer la diferenciación entre los hábitos adquiridos socialmente en la educación no formal.
Por la información obtenida, se evidencia también que, en el caso de las mujeres, el paso de la primaria a la educación secundaria y/o superior les significa un importante incremento porcentual en las afecciones de ETS. Habría que considerar que las mujeres que no tienen educación y las que sólo tienen primaria están concentradas fundamentalmente en las zonas rurales, mientras que las demás habitan sobre todo en las urbes. La posibilidad de contagio en el área rural es menor, por el más bajo nivel en el intercambio y la multiplicidad de parejas sexuales respecto de lo que ocurre en la ciudad, lo cual podría ser una explicación.
Por último, existen situaciones en las que la educación aún no tiene el peso que se espera para mejorar el bienestar y la salud. Si bien hay alguna relación positiva entre educación y cada uno de estos aspectos, los porcentajes para todos los niveles educativos son muy bajos. Esto ocurre, por ejemplo, con el lavado de manos con detergente o jabón luego del contacto con elementos contaminantes o como precaución higiénica antes de la preparación de los alimentos. Ciertamente, a mayor nivel educativo, mayor porcentaje de lavado de manos, pero en el mejor de los casos esta costumbre resulta poco frecuente. De la misma manera, hay poca conciencia acerca de la necesidad de buscar ayuda especializada cuando se percibe algún problema vinculado a la salud mental. Hay una relación positiva con el nivel educativo pero, igualmente, en el mejor de los casos apenas se supera la cuarta parte de la demanda sentida.
En la primera parte de este informe hemos visto cómo, durante los últimos 30 años, se han incrementado significativamente los niveles de escolaridad de la
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población peruana, que han llegado a extenderse a todos los rincones del país. Esta realidad constituye un factor determinante en el mejoramiento de la salud. Sin embargo, también hemos podido notar que, a la par que la extensión educativa, la calidad de esta educación es muy baja, teniendo en cuenta el escaso rendimiento de los escolares en los distintos grados de educación, incluso comparándolos con los puntajes obtenidos por los demás países de la región.
Si bien es cierto que, a pesar de estas características, la educación actúa como un poderoso determinante de la salud, esto estaría señalándonos que si la educación impartida fuera de mayor calidad, los resultados respecto al bienestar y a la salud serían mucho mejores. Así, comprobamos que en varios aspectos de la salud el impacto de la educación sólo es efectivo cuando se pasa de la primaria a la secundaria, pero si se cumplieran los objetivos en la adquisición de conocimientos, actitudes y competencias, así como en el desarrollo de capacidades que se ha propuesto para la primaria, no tendría que ser necesario pasar a la secundaria para que el impacto en la salud fuera más notorio.
La educación escolarizada, aun si no brindara contenido alguno relacionado directamente con la salud, otorga una serie de competencias que permite a las personas acceder a otros servicios de información, los cuales serán asimilados si se han adquirido las habilidades para hacerlo. De lo contrario, las personas podrán contar con el medio físico —un aparato de radio o de televisión, o información impresa— pero no serán capaces de procesar los datos. Al parecer, estás competencias mínimas, con todas las deficiencias, se adquieren recién con el nivel de educación secundaria, y de ahí el probable impacto de ésta.
La educación es un componente fundamental para el desarrollo; por ende, requiere toda la atención y priorización del Estado. Una educación de calidad y con pertinencia se reflejará en una generación de seres humanos que construya un desarrollo humano sostenible y saludable.
• Siendo la educación un determinante social fundamental para una vida saludable, se requiere incrementar su influencia a través del aumento significativo de su calidad. • Para alcanzar la mejora educativa, queda el gran reto de transformar el sistema
educativo, buscando estrategias que permitan que los alumnos logren las competencias mínimas establecidas para cada nivel.
• No basta con mejorar los contenidos relacionados con temas de salud en el currículo escolar. También se requiere que los profesores asuman estilos de vida saludables y transmitan convincentemente estas actitudes a los alumnos. Esto permitirá, entre otras cosas, que los contenidos transmitidos sean ilustrados con ejemplos de la vida cotidiana, con cuestionamientos claros que desnaturalicen comportamientos dañinos considerados “normales” y que muestren los beneficios de incorporar hábitos dirigidos hacia una vida saludable.
• Para ello, se requiere que los profesores sean capacitados periódicamente no sólo en contenidos teóricos sino sobre todo en metodologías que cuestionen sus propios hábitos y creencias no saludables.
• También deberán capacitarse para impartir una educación no sexista, que desmitifique las creencias en torno al cuidado de los cuerpos de hombres y mujeres. Se deben cuestionar los roles socialmente asignados por género en la crianza de los hijos; por ejemplo, tanto los hombres como las mujeres deben ser capacitados en cómo cuidar la salud de los niños y las niñas, conocimiento que les será útil a ambos grupos cuando se conviertan en padres o madres.
• Así mismo, se requiere la participación activa y comprometida de los padres de familia y otros actores que trabajan en el ecosistema educativo, entre ellos los trabajadores de salud, las autoridades locales y los profesionales de los medios de comunicación. Ellos también deberán ser capacitados por los mismos profesores que han recibido formación en esta perspectiva.
• Ciertamente, las dificultades serán mucho mayores si no existe un entorno favorable, con servicios básicos de agua segura y servicios higiénicos que funcionen. Por eso, se requiere comprometer a las autoridades locales y regionales en el esfuerzo de dotar de estos servicios a las poblaciones y por ende a los establecimientos escolares.
• Sin embargo, aun en entornos desfavorables, muchas veces una educación adecuada hace la diferencia para enfrentar en mejores condiciones estas deficiencias. Se ha comprobado que en esos contextos, quienes tienen mayor educación, por
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ejemplo, a falta de redes de desagüe construyen pozos asépticos, y a falta de agua potabilizada hierven el agua.
• Hay varios aspectos que se requiere profundizar a través de la investigación. Una posible línea de estudio posterior es identificar el impacto que tiene una educación en la lengua y cultura de la persona, ya que esto podría mejorar la comunicación, los niveles de prevención y en general los indicadores de salud.
• Otra línea de investigación debería estar relacionada con los factores que expliquen los posibles impactos adversos sobre la salud que podría traer indirectamente la mayor educación, como es el caso de la mayor ingesta de alcohol y de tabaco.
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