4.6 Conclusion and recommendations
5.5.2 General and specific combining ability
Espiritualidad Espiritualidad
LA MODA...,
¿NO INCOMODA?
#6Plutarco
Bonilla A.
Fue profesor de la Universidad de Costa Rica y consultor de traducciones de Sociedades Bíblicas Unidas (Región de las Américas). Jubilado, vive en Costa Rica.EN LA PRESENTE NOTA trataremos pri-
mariamente un tema al que ya nos he- mos referido de manera parcial en otras de las notas precedentes.
Veamos algunos casos, de los cuales quien escribe ahora estas líneas ha sido testigo como parte de la congre- gación en que los hechos ocurrieron. **Aunque suele recomendarse que no se haga, comencemos con algo que consideramos muy negativo: en un culto evangélico, se lee un pasaje de las Escrituras inmediatamente, o casi inmediatamente, antes del sermón. Y luego, en este no se lo toma en cuenta, ni en forma directa ni indirectamente. Como consecuencia, la pregunta surge al momento: ¿Para qué se leyó ese texto? ¿Para “llenar un hueco” en el orden del culto? ¿O será para cumplir de manera rigurosa con lo establecido en el esquema litúrgico? ¿O para…? **Sigamos: Se lee un pasaje bíblico completo (una perícopa) y en el ser- món el predicador se dedica a explicar solo el último versículo sin vincularlo en ningún momento con el texto del cual es parte integral.
Lo anterior resulta aún más problemá- tico cuando eso se hace con un texto narrativo, ya sea de algún aconteci- miento o de una parábola.
**A lo largo del sermón, el predica- dor cita innumerables versículos bíbli- cos, tanto del Primer Testamento
El uso del texto bíblico
como del Nuevo, y da las referencias respectivas. En una ocasión contamos más de treinta citas de ese tipo.
En todo este panorama descubrimos, según nuestro leal saber y entender, algunos errores fundamentales.
Veamos.
(1) Al mencionar en un sermón la re- ferencia bíblica del texto que se cita, lo que se logra es distraer o confundir al oyente, pues si intenta encontrarla en su Biblia dejará de prestar atención a lo que el predicador haya continua- do diciendo y perderá así al menos esa parte del hilo del sermón.
(2) ¿Quiénes –o si se quiere, cuántos– recordarán al terminar el acto litúrgico las referencias mencionadas?
(3) Incluso esto que acabamos de afir- mar no deja de ser extraño, pues en nuestros cultos son poquísimas las personas –por lo general, ninguna– que se preocupan por tomar notas du- rante las predicaciones.
En muchas de nuestras iglesias evan- gélicas se hace una clara distinción entre “predicación” y “estudio bíbli- co”. Dejaremos por lo pronto de lado el hecho de que lo que muchos deno- minan “estudio bíblico”, no es, en sentido estricto, un estudio bíblico que hacen los congregados, sino el que hizo el pastor o líder, quien luego lo expone a los demás como si se tratara de otro sermón. Y ellos, los miembros
de la congregación, lo reciben pasiva- mente. De todos modos, es posible que en los estudios bíblicos quien los dirija haga las pausas necesarias para que los participantes tomen nota de lo que consideren de interés (incluidas las referencias que se mencionen). Pero lo normal es que no se haga eso durante la predicación.
Hay miembros de la congregación que han introyectado este “divorcio” entre predicación y estudio bíblico hasta el punto de desear que no se haga ningún cambio en esa diferencia de procederes.
Una anécdota personal ilustra esto que acabamos de decir. Hace muchos años me invitaron a predicar en la iglesia de la que soy miembro. Debía, en efecto, tener a mi cargo la predica- ción en los dos cultos (matutino y vespertino) de un mismo domingo. Escogí, para la predicación matutina, el texto de Romanos 12, con la idea de concentrar la reflexión en la intro- ducción del texto (primeros versícu- los) que sirve a modo de puente entre lo anterior (capítulo 11) y el resto del capítulo 12.
En el culto vespertino, cuando llegó el momento del sermón ocupé el púlpito y leí de nuevo el texto de Romanos 12. Luego, abandoné el púlpito y me coloqué casi en el centro de la “plata- forma”. Y dije más o menos lo si- guiente: “Esta mañana tuve el privile- gio de predicar sobre este mismo tex- to. Y aunque algunos de ustedes no estuvieron en el culto, lo que yo qui- siera hacer ahora es que juntos dialo- guemos sobre estas palabras del Apóstol Pablo”.
Dicho… ¡y hecho! Pero lo hecho no tenía nada que ver con estudiar el tex- to bíblico propuesto. Tuvo que ver, más bien, con el hecho de que, al ins- tante, una pareja se levantó y se au- sentó, alegando que “eso” no era “predicación” (o sea, la que ellos es- peraban).
Esa “fuga” no me molestó, pues no obligo a nadie a escucharme. ¡Ya lo hice con mis hijos cuando eran peque- ños…! Lo que sí me preocupó, y me
sigue preocupando, es que la actitud de aquellos “fugitivos” fue probable- mente reflejo de lo que sucede con muchos otros…, que no se atreven a huir: revela, por una parte, que mu- chos evangélicos tienen la sana cos- tumbre de leer las Escrituras, pero po- cos son los que de verdad las estudian; y por otra, que aquellos y muchos otros preferían “oír” (¿o será solo “es- cuchar”?) y ahorrarse así el esfuerzo de tener que pensar por sí mismos, de- jando esa tarea al expositor, quien la haría por ellos.
Volvamos al hecho de las repetidas ci- tas bíblicas con indicación de las refe- rencias respectivas, pues, aparte de lo dicho, también manifiesta que ahí hay “mar de fondo”.
Lo hay porque tal práctica muestra a las claras un evidentísimo mal uso del texto bíblico y una no menos mala comprensión de lo que hace que un determinado sermón sea realmente bí- blico.
Vamos con lo primero:
La costumbre de llenar un sermón de referencias bíblicas va siempre de ma- nera inevitable unida a dos otros as- pectos que están íntimamente relacio- nados: (1) se citan, en casi el ciento por ciento de los casos, versículos ais- lados, desconectados por completo de los contextos que les son propios, a los que ni siquiera se hace alusión; y (2), consecuentemente, la genuina exégesis bíblica brilla por su ausencia, como lo expresa con claridad meridia- na el conocido y casi manido dicho: “Todo texto sacado de su contexto no es más que un pretexto”, pretexto para apoyar lo que uno quiera afirmar. Me lo dijo, con otras palabras, en los ya lejanos últimos años de mi adolescen- cia (o primeros de mi juventud) quien fue mi primer profesor de griego, ca- tólico practicante él: “Bonilla, con la Biblia en la mano uno puede probar que el café es mejor que el chocolate”. Metáfora hiperbolizada, pero que en- cierra una gran verdad cuando el texto bíblico se utiliza, divorciándolo de su contexto, para sostener las ideas pro- pias que uno tenga.
Y lo segundo:
¿Es verdaderamente bíblico un ser- món cuando no se hace exégesis del texto bíblico que se ha usado o que se ha pretendido usar como base de la predicación? La abundancia de citas de la Biblia, ¿convierte en bíblico el sermón?
Creemos que no. Y lo consideramos así porque algunos de los sermones más pobres y antibíblicos que he escu- chado han salido de labios de predica- dores que citaban textos bíblicos a tro- che y moche, sin detenerse en nin- guno de ellos para interpretarlo ade- cuadamente. Y, casi al contrario, algu- nos de los sermones más bíblicos de los que he sido testigo los predicaron pastores que tomaron un pasaje bíbli- co, “pelearon” con él y, como Jacob- Israel con el Ángel del Señor, no lo abandonaron hasta que les dejó su bendición. Entonces, solo entonces, esos predicadores transmitieron a su congregación esa misma bendición. Todo ello sin necesidad de estar es- parciendo textos bíblicos a lo largo de treinta minutos o de una hora.
En nuestra opinión, eso es lo que hace que un sermón sea verdaderamente bí- blico. Eso es lo que necesita el pueblo de Dios y todos aquellos que quieran escuchar, en nuestras iglesias, pala- bras de sabiduría bíblica. R
¿Es verdaderamente
bíblico un sermón
cuando no se hace
exégesis del texto
bíblico que se ha
usado o que se ha
pretendido usar como
base de la
predicación? La
abundancia de citas de
la Biblia, ¿convierte
en bíblico el sermón?
”EL DESCANSO ETERNO”: ¿Qué Signi- fica? Adolf Deissmann (1995:313), al comentar este versículo, cita un epita- fio en una tumba en el cementerio de Bushney, Inglaterra, con fecha cerca de 1860. La fallecida se describe en términos muy sencillos y reales como "una mujer pobre que siempre estaba cansada". Después de esa identifica- ción, ella inscribió el siguiente verso conmovedor:
No llores por mí ahora. No llores por mí jamás, pues estaré ya sin hacer nada
por toda la eternidad.
Es fácil entender que para una mujer atribulada y fatigada, la esperanza de "no hacer nada para siempre" sería una esperanza muy pertinente y muy legítima. Fue precisamente a personas como ella que invitó Jesús cuando dijo, "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mt 11:28). Cristo si- gue extendiendo esa invitación a to- dos los que están aplastados y aplasta- das por las fatigosas cargas de la po- breza y la opresión, y de la vida mis- ma. En el designio de Dios, el trabajo debía ser creatividad, a la imagen y semejanza del Creador. Génesis 3 in- terpreta la fatiga como resultado del pecado, que no permite al trabajo ser libertad creadora.
Pero, ¿no resultaría muy aburrida toda
una eternidad de "no hacer nada"? No cabe duda que esa "pobre señora po- bre", que en su vida nunca conocía más que afanes y angustias, merecía esas agradables "vacaciones" con que ella soñaba. Y a juzgar por el vigor y la creatividad con que ella anticipaba su descanso eterno, podemos estar se- guros de que sabrá disfrutarlo en ple- nitud. Estará libre al fin para seguir escribiendo poesía.
Los mártires del quinto sello (Ap 6:9-11), estando ya en la misma pre- sencia del Señor, protestaban contra Dios por demorar tanto en vengar la sangre de ellos y en traer justicia al mundo. Este texto, el único otro pasa- je en el Apocalipsis donde ocurre el verbo "descansar", habla de una espe- cie de "descanso inquieto" de los san- tos glorificados. Aunque están con Dios en el cielo, después de todas las luchas de la vida, Dios tiene que man- darles que descansen. El descanso